Parte 3. Capítulo 12. Los funerales de un jefe maorí

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 29/11/2021 - 15:00

Los expedicionarios, cautivos, afrontan momentos difíciles. Su captores deben decidir si vivirán para ser canjeados por compañeros presos por los británicos o si deben morir para vengar la muerte de Kara Teté. Mientras tanto, asistimos a los preparativos y ceremonias que acompañan al funeral de un gran jefe maorí y continuamos sin conocer la suerte de Roberto Grant y Santiago Paganel.

Parte 3. Capítulo 12

Kai Koumou unía el título de ariki al de jefe de tribu, lo que es bastante frecuente en Nueva Zelanda. La dignidad de sacerdote, de que estaba revestido, le permitía extender sobre las personas y sobre las cosas la supersticiosa protección del tabú.

El tabú, común a los pueblos de raza polinesia, tiene por efecto impedir toda relación con la persona o con la cosa tabuada. Según la religión maorí, el que pone una mano sacrílega en lo que está declarado tabú, será castigado con la muerte por el dios irritado. Si la divinidad tardase en vengar su propia injuria, no faltarían medios a los sacerdotes para acelerar la venganza.

Los jefes aplican el tabú o consagración con un fin político, a no ser que resulte de una situación ordinaria de la vida privada. Circunstancias hay en que un indígena queda consagrado durante algunos días. Queda consagrado, cuando se ha cortado el pelo, cuando acaba de sufrir la operación de la puntura, sin la cual no se puede pintar el cuerpo de una manera permanente, cuando construye una piragua, cuando edifica una casa, cuando padece una enfermedad mortal, cuando se muere. Si, por ejemplo, un inmoderado o imprevisor consumo disminuye excesivamente la pesca de los ríos o da lugar a que escaseen las patatas, se aplica a las plantaciones y a los ríos un tabú económico que los proteja. Un jefe que quiere alejar de su casa a los importunos, consagra su casa; si quiere monopolizar en su exclusivo provecho las relaciones con un buque extranjero, consagra el buque; si está descontento de un traficante europeo, consagra al traficante. El tabú se parece bastante al antiguo veto de los reyes.

Nadie puede tocar impunemente un objeto consagrado. Un indígena en estado de interdicción queda privado de ciertos alimentos durante un período determinado. Si es rico, se libra de la severa abstinencia por la asistencia de sus esclavos, que le introducen en el gaznate los manjares que sus manos no pueden tocar; pero si es pobre, queda condenado a coger del suelo los alimentos con la boca, como si fuese una bestia.

En una palabra, esta singular costumbre dirige y modifica las más insignificantes acciones de los neozelandeses. El tabú es la incesante intervención de la divinidad en la vida social. Tiene fuerza de ley, y pudiéramos decir que todo el código indígena, código no discutible ni discutido, se resume en la frecuente aplicación del tabú.

El que sustraía a los furores de la tribu a los prisioneros encerrados en el Waré Atoua era un tabú arbitrario.

Algunos indígenas, amigos y partidarios de Kai Koumou, se habían detenido súbitamente a la voz de su jefe y habían protegido a los cautivos.

No se crea, sin embargo, que Glenarvan se hiciera ilusiones acerca de la suerte que le estaba reservada. Había que pagar con la muerte la que había dado a un jefe, y la muerte en los pueblos salvajes no es más que el último término de un prolongado suplicio. Glenarvan esperaba, pues, expiar cruelmente la legítima indignación que había armado su brazo, pero abrigaba también la esperanza de que sobre él exclusivamente descargaría Kai Koumou su cólera.

¡Qué noche pasó y qué noche pasaron sus compañeros! ¿Quién sería capaz de pintar sus angustias y medir sus padecimientos? El pobre Roberto y el buen Paganel no habían reaparecido. Pero ¿cómo dudar de su suerte? ¿No eran acaso las primeras víctimas sacrificadas a la venganza de los indígenas? Toda esperanza había desaparecido, hasta del corazón de Mac Nabbs, que no desesperaba fácilmente. John Mangles se volvía loco en presencia de la sombría desesperación de Mary Grant, separada de su hermano. Glenarvan estaba pensando en la terrible demanda de Lady Elena, que para sustraerse al suplicio o a la esclavitud quería recibir la muerte de manos de su esposo. ¿Tendría él este valor horrible?

«¿Y con qué derecho mataré yo a Mary?», pensaba John, cuyo corazón se hacía pedazos.

Una evasión era evidentemente imposible. Diez guerreros, armados hasta los dientes, estaban de centinela junto a la puerta del Waré Atoua.

Llegó la mañana del 13 de febrero. Ninguna comunicación hubo entre los indígenas y los prisioneros defendidos por el tabú. La casa contenía cierta cantidad de víveres que los desgraciados dejaron casi intactos. El apetito desaparecía delante del dolor. No sobrevino durante todo el día ningún accidente que pudiese inspirar la menor esperanza, ni que modificase la situación en lo más mínimo. Sin duda la hora de los funerales del jefe muerto y la del suplicio debían sonar al mismo tiempo.

Glenarvan se hallaba persuadido de que Kai Koumou había renunciado a toda idea de canje, pero el Mayor conservaba acerca del particular alguna débil esperanza.

—¿Quién sabe —decía, recordando a Glenarvan el efecto producido en el jefe por la muerte de Kara Teté—, quién sabe si Kai Koumou no está reconocido en el fondo de su alma?

No obstante las observaciones de Mac Nabbs, Glenarvan no quería concebir esperanzas. Pasó el día siguiente sin ningún preparativo de suplicio. He aquí la razón de esta tardanza.

Los maoríes creen que durante los tres primeros días que siguen a la muerte, el alma habita el cuerpo del difunto, y hasta extinguirse el término de tres veces veinticuatro horas, el cadáver permanece insepulto. Observaron con todo rigor esta costumbre. El pah siguió desierto hasta el 15 de febrero. John Mangles, subiéndose a los hombros de Wilson, observó con frecuencia los parapetos exteriores, en los cuales no se presentó ningún indígena. Únicamente había los centinelas, guardando la puerta del Waré Atoua.

Pero al tercer día se abrieron las chozas, y los salvajes, hombres, mujeres y niños, que sumaban algunos centenares de maoríes, se reunieron en el pah mudos y tranquilos.

Kai Koumou salió de su morada, y rodeado de los principales personajes de su tribu, se colocó en el centro del recinto, en un otero que tenía algunos pies de altura. Detrás, a algunas toesas de distancia, los indígenas formaban un semicírculo. Toda la asamblea guardaba profundo silencio.

A una señal de Kai Koumou, un guerrero se dirigió al Waré Atoua.

—Acuérdate —dijo Lady Elena a su marido.

Glenarvan la estrechó contra su corazón. En aquel mismo momento, Mary Grant se acercó a John Mangles.

Lord y Lady Glenarvan —dijo— se harán cargo de que si una mujer puede morir a manos de su esposo para librarse de una existencia vergonzosa, una prometida, para salvarse del mismo peligro, puede morir también a manos de su prometido. John, en este instante supremo puedo decíroslo; ¿no soy yo acaso desde largo tiempo vuestra prometida en el secreto de vuestro corazón? ¿Puedo contar con vos, John, como Lady Elena con Lord Glenarvan?

—¡Mary! —exclamó el joven capitán fuera de sí—. ¡Ah! ¡Querida Mary…!

No pudo concluir. Se levantó la cortina y los cautivos fueron llevados a la presencia de Kai Koumou. Las mujeres se resignaban a su suerte, y los hombres disimulaban sus angustias bajo una calma que probaba una energía sobrehumana.

Llegaron ante el jefe zelandés. Éste no les hizo esperar la sentencia.

—¿Has matado a Kara Teté? —preguntó a Glenarvan.

—Lo he matado —respondió el Lord.

—Mañana morirás al salir el sol.

—¿Yo solo? —preguntó Glenarvan, cuyo corazón latía con violencia.

—¡Ah! ¡Si la vida de nuestro Tohonga no fuera más preciosa que la vuestra! —exclamó Kai Koumou expresando un feroz sentimiento.

En aquel momento se produjo alguna agitación entre los indígenas. Glenarvan dirigió alrededor una mirada rápida. Se entreabrió la multitud, y apareció un guerrero lleno de sudor y rendido de fatiga.

Kai Koumou, apenas lo vio, le dijo en inglés, con evidente intención de que le comprendiesen los cautivos:

—¿Vienes del campo de los pakekas?

—Sí —respondió el maorí.

—¿Has visto al prisionero, a nuestro Tohonga?

—Lo he visto.

—¿Vive?

—¡Ha muerto! ¡Los ingleses le han fusilado!

No había ya salvación para Glenarvan y sus compañeros.

—Todos —exclamó Kai Koumou— moriréis mañana al rayar el día.

Un castigo común esperaba, indistintamente, a aquellos desgraciados.

Lady Elena y Mary Grant dirigieron al cielo una mirada de reconocimiento sublime.

Los cautivos no fueron conducidos al Waré Atoua. Aquel día debían asistir a los funerales del jefe y a las sangrientas ceremonias que les acompañaban. Un tropel de indígenas les condujo a pocos pasos de un enorme koudi, donde quedaron con centinelas de vista. El resto de la tribu, sumida en su dolor oficial, les había, al parecer, olvidado.

Desde la muerte de Kara Teté habían transcurrido los tres días reglamentarios. El alma del difunto había, por tanto, abandonado definitivamente sus mortales despojos. Empezó la ceremonia.

El cuerpo fue transportado a una pequeña eminencia, en el centro del recinto. Llevaba un suntuoso traje y estaba envuelto en un magnífico manto de phormium. En la cabeza, adornada con plumas, ostentaba una corona de hojas verdes. Ni en su cara, ni en su pecho, ni en sus brazos, frotados con aceite, se notaba la menor señal de corrupción.

Los parientes y amigos llegaron al pie de la eminencia, y de repente, como si un director de orquesta hubiese levantado la batuta para que empezase la sinfonía, se oyó un inmenso concierto de llantos, gemidos y sollozos. Se lloraba al difunto, sometiéndose a un ritmo riguroso y a una pesadísima cadencia. Los parientes más próximos se golpeaban la cabeza, y algunos deudos íntimos se arañaban el semblante con las uñas, más pródigos de sangre que de lágrimas. Este deber salvaje era concienzudamente cumplido por las desventuradas mujeres. Pero como si tan horribles demostraciones no fuesen aún suficientes para aplacar el alma del difunto, cuyo enojo hubiera caído sin duda sobre la tribu entera, sus guerreros, no pudiendo volverle a la vida, quisieron que no tuviese que echar de menos en el otro mundo el bienestar y las comodidades y placeres de la existencia terrestre. La compañera de Kara Teté no debía abandonar a su esposo en la tumba, y ella misma se hubiera negado a sobrevivirle. Tal es la costumbre, conforme con el deber, y los ejemplos de semejantes sacrificios son muy numerosos en la historia zelandesa.

Apareció la mujer de Kara Teté, que era aún bastante joven. Sus desgreñados cabellos flotaban sobre sus hombros. Sus sollozos y gemidos subieron al cielo. Palabras vagas, recuerdos, frases interrumpidas en que celebraba las virtudes del muerto, entrecortaban sus alaridos, y en un supremo paroxismo de su dolor, se arrojó al suelo, golpeándolo con la cabeza.

Kai Koumou se acercó a ella. La desgraciada víctima se levantó, pero el jefe descargó contra ella una poderosa lanza llamada meré y la infeliz cayó como herida por un rayo.

Resonó entonces un espantoso griterío. Cien brazos amenazaron a los cautivos, aterrados ante aquel horrible espectáculo. Pero nadie se movió, porque no había terminado aún la fúnebre ceremonia.

La mujer de Kara Teté se había reunido a éste en la tumba, y los dos cuerpos yacían juntos. Pero el difunto no tenía bastante para la eterna vida con su fiel compañera. ¿Quién les serviría cerca de Noui Atoua si sus esclavos de este mundo no les siguiesen al otro?

Seis infelices criados, a quienes habían reducido a la más dura servidumbre las implacables leyes de la guerra, fueron conducidos delante de los cadáveres de sus señores. Durante la vida del jefe habían estado sujetos a las más crueles privaciones, habían sufrido mil malos tratos, escasamente alimentados, condenados incesantemente a rudos trabajos propios de bestias de carga, y según la creencia maorí, iban al otro mundo a arrostrar eternamente una existencia tan angustiosa como la de la Tierra.

Parecía que los infelices estaban resignados con su suerte. No les causaba la menor impresión un sacrificio que tenían previsto desde hacía mucho tiempo. La circunstancia de no estar maniatados demostraba que no había ningún peligro de que al recibir la muerte tratasen de defenderse.

Además, la muerte que sufrieron fue rápida, y no se les sujetó a prolongadas angustias. Éstas estaban reservadas a los autores del homicidio, los cuales, agrupados a veinte pasos de distancia, apartaban la vista de aquel espantoso espectáculo, cuyo horror debía ir en aumento.

Seis mazazos o golpes de maté, descargados por seis atléticos guerreros, derribaron a las víctimas y las dejaron tendidas en un charco de sangre.

Así se preludiaron las más espantosas escenas de canibalismo.

El cuerpo de los esclavos no está protegido por el tabú como el cadáver de su amo. Pertenece a la tribu. Viene a ser como la moneda de cobre que se echaba a las plañideras de oficio en las antiguas exequias. Así es que, terminado el sacrificio, todos los indígenas de todas las condiciones, jefes, guerreros, viejos, mujeres, niños, se arrojaron sobre los inanimados restos de las víctimas, y en menos tiempo del que se necesita para describir tan repugnante escena, los cuerpos, aún calientes, fueron hechos menudos pedazos, pues entre doscientos maoríes que presenciaron el sacrificio, no hubo ni uno solo que renunciase a la parte de carne humana que le correspondía.

Unos y otros se disputaban a puñetazos y zarpadas la más inmunda piltrafa. Se veían en ellos el delirio y la furia de los tigres encarnizados en la presa. Poco después ardían en varios puntos del pah inmensas hogueras, infestando la atmósfera el olor de la carne que en ellas se asaba; y sin el tumulto del festín, sin los gritos de fruición frenética que salían de todas las bocas al mismo tiempo que mascaban, los cautivos habrían oído rechinar los huesos de las víctimas entre las quijadas de los caníbales.

Glenarvan y sus compañeros, anhelosos, jadeantes, procuraban ocultar a la vista de las dos pobres mujeres aquella escena abominable. Comprendían entonces cuál era el suplicio que les esperaba al rayar el alba del siguiente día, y los crueles tormentos que sin duda precederían a su muerte. El horror había ahogado la voz en su garganta.

Empezaron en seguida las danzas fúnebres. Fuertes licores espirituosos extraídos del Piper excelsum, verdadero espíritu de guindilla, activaron la embriaguez de los salvajes. No eran ya seres humanos. ¿No era posible que olvidando el tabú del jefe, cometieran los mayores desmanes contra los prisioneros?

Afortunadamente, Kai Koumou había conservado la razón en medio de la embriaguez general. Otorgó una hora más a aquella orgía de sangre para que, después de llegar a su más alto grado se fuese extinguiendo, y después se representase el último acto de los funerales con el aparato de costumbre.

Fueron levantados los cadáveres de Kara Teté y de su mujer, y se les doblaron los muslos contra el vientre, en conformidad con lo que el rito zelandés prescribe. Tratábase ahora de inhumarlos, no de una manera definitiva, sino puramente provisional, hasta que la tierra hubiera consumido sus partes blandas y dejado sólo la osamenta.

Se había escogido el sitio del Oudoupa, es decir, de la tumba, fuera de la fortaleza, a dos millas de distancia de ésta, en la cúspide de un cerro llamado Maunganamu, situado en la margen derecha del lago.

Allí debían ser transportados los cadáveres. Se trajeron al pie de la prominencia dos féretros muy rudimentarios, o mejor dicho, dos angarillas, en que fueron colocados los inanimados cuerpos, muy recogidos, muy doblados los miembros en todas sus articulaciones, obligándoles a sentarse más bien que a estar echados, y se les mantuvo en esta posición por medio de vendajes circulares.

Cuatro guerreros cargaron con los féretros, y toda la tribu, entonando de nuevo el himno fúnebre, les siguió procesionalmente hasta el lugar de la inhumación.

Los cautivos, siempre vigilados, vieron cómo el cortejo fúnebre salía del primer recinto del pah, y los cantos y los gritos fueron llegando a sus oídos cada vez más amortiguados.

El funerario convoy permaneció media hora aproximadamente fuera de su vista en las profundidades del valle. Después lo volvieron a ver avanzando como una inmensa serpiente por un tortuoso sendero de la montaña.

La distancia daba una apariencia fantástica al movimiento ondulatorio de aquella larga columna.

Detúvose la tribu a una altura de 800 pies, en la cima del Maunganamu, en el punto escogido para enterrar a Kara Teté.

La tumba de un simple maorí se hubiera reducido a un hoyo y un montón de piedras. Pero a un jefe poderoso, temido, destinado sin duda a una apoteosis, una deificación próxima, su tribu le reservaba una tumba digna de sus hazañas.

El Oudoupa estaba cercado de empalizadas, y junto a la fosa en que debían reposar los cadáveres, se levantaban estacas adornadas con figuras pintadas de rojo. Los parientes no habían olvidado que el Waídona, el espíritu de los muertos, se alimenta de sustancias nutritivas, como hace el cuerpo durante esta perecedera vida, razón por la cual habían depositado en aquel lugar víveres abundantes y escogidos, y también las armas y trajes del difunto.

Nada faltaba para comodidad de éste en la tumba. Los dos esposos fueron metidos en ella, y cubiertos de tierra y de hierbas después de una nueva serie de lamentos.

El cortejo descendió silenciosamente de la montaña, y nadie en lo sucesivo podía volver a subir al Maunganamu sin cometer un crimen que se castigaría con la última pena, porque el Maunganamu era sagrado, tan sagrado como el Tougariro, donde reposan también los restos de un jefe que pereció víctima de un terremoto en 1846.

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