Parte 1. Capítulo 26. El Atlántico

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 05/04/2021 - 15:00

Tras la tempestad los intrépidos viajeros viajan sobre el ombú, que es arrastrado por la corriente de la inundación en dirección este, coincidiendo con su destino, el océano Atlántico. Este singular viaje concluye con emotivos reencuentros y despedidas.

Los hijos del capitán Grant. Parte 1, capítulo 26

El ombú navegó durante dos horas por el inmenso lago, sin llegar a tierra firme. Poco a poco se habían ido apagando las llamas que le devoraban. Había desaparecido el principal peligro de tan espantosa travesía. El Mayor se limitó a decir que no sería absolutamente imposible que se salvasen.

La corriente, conservando su dirección primitiva, iba siempre del sudoeste al nordeste. La oscuridad, tan sólo iluminada de vez en cuando por algún relámpago lejano, era profunda, y Paganel buscaba en vano en el horizonte puntos de mira. La tempestad tocaba a su término. Las gruesas gotas de lluvia fueron remplazadas por ligeras nubecillas que el viento dispersaba con su soplo, y los grandes nubarrones ya vaciados se dividían en fajas en las alturas del cielo.

Rápida era la marcha del ombú en el impetuoso torrente. Se deslizaba a una velocidad sorprendente, como si debajo de su corteza hubiese oculta una poderosa locomotora. Ningún motivo había para creer que no estuviese derivando por espacio de muchos días. Sin embargo, a eso de las tres de la madrugada, el Mayor hizo observar que sus raíces rozaban algunas veces el suelo. Tom Austin, por medio de una larga rama sondeó con mucho cuidado y vio que el terreno iba subiendo poco a poco. Veinte minutos después se produjo un choque, y el ombú se detuvo de repente.

—¡Tierra! ¡Tierra! —exclamó Paganel con voz sonora.

La extremidad de las ramas calcinadas había tropezado con una desigualdad del terreno. Los navegantes quedaron muy contentos de haber varado. El escollo era el puerto.

Roberto y Wilson, que habían puesto ya el pie en un punto sólido, lanzaron un grito de alegría cuando se oyó un silbido que todos conocían. Resonó en la llanura el galope de un caballo, y la elevada estatura del indio se destacó en la sombra.

—¡Thalcave! —exclamó Roberto.

—¡Thalcave! —repitieron unánimemente sus compañeros.

—¡Thalcave! —repitieron unánimemente sus compañeros.
—¡Thalcave! —repitieron unánimemente sus compañeros.

—¡Amigos! —dijo el patagón, que había esperado a los viajeros en el punto a que debía conducirles la corriente, puesto que le había conducido a él.

Thalcave en aquel momento levantó a Roberto Grant en sus brazos sin advertir que estaba asido por Paganel, y le estrechó contra su pecho. Glenarvan, el Mayor y los marinos, muy contentos por haber vuelto a encontrar a su fiel guía, le dieron todos la mano afectuosamente. Después el patagón les condujo al sotechado de una estancia abandonada, en que ardía un buen fuego que les reanimó, mientras en él se asaban suculentas magras de venado con que recrearon su paladar y complacieron su estómago. Y cuando poco después empezaron a reflexionar, ninguno de ellos podía creer que hubiese salido sano y salvo de una aventura compuesta de tan diferentes peligros, el agua, el fuego y los caimanes de los ríos argentinos.

Thalcave contó en pocas palabras su historia a Paganel, e hizo recaer sobre su intrépido caballo toda la gloria de su salvación milagrosa. Paganel procuró entonces explicarle la nueva interpretación del documento, que les permitía concebir nuevas esperanzas. ¿Comprendió el indio las ingeniosas hipótesis del sabio? Es muy dudoso, pero vio a sus amigos felices y confiados, y no necesitaba otra cosa.

Fácilmente se comprenderá que los intrépidos viajeros, después del forzoso descanso que habían tenido en el ombú, no se hicieron rogar para ponerse inmediatamente en marcha. En efecto, a las ocho de la mañana estaban todos en pie. Se hallaban demasiado al sur de las estancias y de los saladeros para procurarse medios de transporte, y por consiguiente, se vieron en la imprescindible necesidad de hacer su viaje a pie. En resumidas cuentas, no se trataba más que de unas 40 millas, y Thaouka no se negaría a llevar de vez en cuando a un peatón fatigado. En treinta y seis horas se podían alcanzar las playas del Atlántico.

Llegado el momento, el guía y sus compañeros dejaron a la espalda las tierras bajas aún inundadas, y empezaron a atravesar llanuras más elevadas. El territorio argentino recobraba su monótona fisonomía. Algunos arbolillos, plantados por manos europeas, descollaban a trechos sobre los pastos, tan escasos como en las inmediaciones de las sierras de Tandil y Tapalquen, no permitiéndose crecer los árboles indígenas sino en el límite de aquellos inmensos prados y en las cercanías del cabo Corrientes.

Así se pasó aquella jornada. Al día siguiente, se hizo sentir la proximidad del océano 15 millas antes de llegar a él. La virazón, viento singular que sopla regularmente durante la segunda mitad del día y de la noche, encorvaba las altas hierbas. Del árido suelo brotaban bosquecillos muy poco espesos, compuestos de pequeñas mimosas arborescentes, arbustos de acacias y ramos de curra-mammel.

Algunas lagunas salinas, que brillaban como pedazos de espejo, hicieron penosa la marcha, porque obligaban a dar muchos rodeos. Los viajeros aceleraban el paso para llegar aquel mismo día al lago Salado en las costas del océano, y estaban bastante fatigados, cuando a las ocho de la tarde divisaron las dunas de arena, de 20 toesas de altura, que delimitaban el borde espumoso, enseguida llegó a sus oídos el prolongado murmullo de la marea ascendente.

—¡El océano! —exclamó Paganel.

—¡Sí, el océano! —afirmó Thalcave.

Y aquellos peregrinos, a quienes parecía faltarles las fuerzas, escalaron las dunas con una agilidad sorprendente.

Pero la oscuridad era ya completa. En vano pasearon las miradas por la inmensa sombra, buscando el Duncan, que no distinguieron.

—Allí está, sin embargo —dijo Glenarvan—, esperándonos y corriendo bordo tras bordo.

—Mañana lo veremos —replicó Mac Nabbs.

Tom Austin llamó al invisible yate haciendo de su mano una bocina, pero no obtuvo respuesta. Verdad es que el viento era muy fuerte y la mar estaba gruesa. Las nubes corrían hacía el oeste, y la espumosa cresta de las olas se deshacía en polvo fino que llegaba hasta encima de las dunas. Así, pues, aunque el Duncan se hallase en el punto de la cita, era imposible al vigía oír ni ser oído. La costa no ofrecía ningún abrigo; ningún puerto, ninguna bahía, ninguna ensenada. Se componía de prolongados bancos de arena que se perdían en el mar, siendo su proximidad más peligrosa que la de las rocas a flor de agua. Como los bancos provocan el furor de las olas, en ellos suele haber muy mala mar, y se estrellan o embarrancan irremisiblemente los buques que durante la tempestad se extravían en aquel laberinto de bajíos.

Era, pues, muy natural que el Duncan juzgando aquella costa detestable y sin puerto de refugio, se mantuviera alejado. John Mangles con su acostumbrada prudencia, debía guardarse lo más posible. Tal fue la opinión de Tom Austin, el cual afirmó que el Duncan tendría que mantenerse al menos a cinco buenas millas de la insidiosa costa.

El Mayor aconsejó a su impaciente amigo que se resignase. No había medio alguno de disipar aquellas densas tinieblas. ¿A qué conducía cansar la vista, obligándola a otear un horizonte profundamente oscuro?

En seguida organizó Mac Nabbs una especie de campamento abrigado por las dunas; se apuraron en la cena las últimas provisiones, y siguiendo el ejemplo del impertérrito Mayor, cada cual hizo un hoyo que le sirviese de dormitorio, y se acurrucaron todos con la arena hasta la barbilla.

Todos, menos Glenarvan, durmieron profundamente. El viento era bastante fuerte, y el océano se resentía aún de la última tormenta. Sus olas, siempre tumultuosas, se estrellaban al pie de los bancos, rugiendo como truenos. A Glenarvan le parecía imposible tener el Duncan tan cerca. Era inadmisible la suposición de que no hubiera acudido a la cita. Glenarvan había dejado la bahía de Talcahuano el 14 de octubre, y el 12 de noviembre llegaba a las costas del Atlántico. Durante los treinta días invertidos en atravesar Chile, la cordillera, las pampas y la llanura argentina, tiempo sobrado había tenido el Duncan para doblar el cabo de Hornos y llegar a la playa opuesta. Para un buque de sus cualidades no había retrasos posibles, y aunque la tempestad había sido violenta y terribles sus furores en el gran campo de batalla del Atlántico, el yate era un buen buque y su capitán un buen marino. Allí, pues, debía estar.

Estas reflexiones que se hizo Glenarvan no llegaron a tranquilizarle completamente. Cuando luchan el corazón y la razón, no es ésta nunca la más fuerte. El laird de Malcolm Castle buscaba en aquella oscuridad a todos los que amaba, a su adorada Elena, a Mary Grant, a los tripulantes del yate. Vagaba por la desierta playa que cubrían las olas con sus brillantes fosforescencias.

Miraba, escuchaba y hasta hubo momentos en que le pareció sorprender en el mar un resplandor indeciso.
Miraba, escuchaba y hasta hubo momentos en que le pareció sorprender en el mar un resplandor indeciso.

Miraba, escuchaba y hasta hubo momentos en que le pareció sorprender en el mar un resplandor indeciso.

—No me engaño —dijo—, he visto la luz de un buque, la luz del Duncan. ¡Ah! ¿Por qué no han de poder mis miradas atravesar estas tinieblas?

Se le ocurrió entonces una idea. Paganel se tenía por nictálope, Paganel veía de noche. Fue a despertar a Paganel.

El sabio dormía en su agujero lo mismo que un topo, cuando un vigoroso brazo le arrancó de su lecho de arena.

—¿Quién va? —preguntó.

—Soy yo, Paganel.

—¿Quién sois vos?

—Glenarvan. Venid, tengo necesidad de vuestros ojos.

—¿De mis ojos? —respondió Paganel, restregándoselos sin misericordia.

—Sí, de vuestros ojos para distinguir nuestro Duncan en medio de las tinieblas. Vamos, pronto.

—¡Al diablo la nictalopía! —dijo Paganel, alegrándose, sin embargo, de ser útil a Glenarvan.

Y se levantó, se desperezó, y refunfuñando como todos los que se despiertan antes de haber satisfecho su sueño, siguió a su amigo a la playa.

Glenarvan le suplicó que examinase el horizonte del mar, y durante algunos minutos, Paganel lo contempló concienzudamente.

—¿Y qué, no distinguís nada? —preguntó Glenarvan con ansiedad.

—¡Nada! Un gato no vería un buey a dos pasos.

—Buscad una luz roja o una luz verde, es decir, una luz de babor o de estribor.

—No veo ninguna luz verde ni roja. ¡Todo lo veo negro! —respondió Paganel, cuyos ojos se cerraban involuntariamente.

Por espacio de media hora siguió maquinalmente a su impaciente amigo, dejando caer la cabeza sobre el pecho, y levantándola luego repentinamente. Sus pasos eran inseguros, y tropezaba incesantemente como un ebrio. No respondía, ni hablaba una sola palabra. Glenarvan lo miró, y vio que andaba dormido.

Entonces le cogió del brazo, y, sin despertarlo, le volvió a conducir a su agujero, donde le sepultó cómodamente.

Apenas rayó el alba, todos los expedicionarios se levantaron al oírle gritar:

—¡El Duncan! ¡El Duncan!

—¡Hurra! ¡Hurra! —contestaron a Glenarvan sus compañeros precipitándose a la playa.

En efecto, 5 millas mar adentro, el yate, con las mayores cargadas, se mantenía a poco vapor. Su humo se perdía confusamente en las brumas de la mañana. La marejada era fuerte, y un buque de tanto calado como el Duncan no podía sin mucho peligro acercarse a los bancos.

Glenarvan observaba con el anteojo de Paganel las evoluciones de su yate, de las cuales dedujo que John Mangles no había distinguido a los expedicionarios, pues el buque seguía bolineando con las gavias rizadas.

Pero en aquel momento, Thalcave, después de atacar bien su carabina la descargó en dirección del yate.

Todos escucharon y miraron. Tres veces la carabina del indio despertó con su estampido los ecos de las dunas.

Al cabo se vio partir de un costado del yate una humareda blanca.

—¡Nos han visto! —exclamó Glenarvan. ¡El cañón del Duncan ha contestado!

Y algunos segundos después, una detonación sorda expiró en el límite de la playa. Inmediatamente el Duncan viró, y forzando el vapor, se acercó a la costa cuanto pudo.

Luego, con el auxilio del anteojo, se vio echar un bote al agua.

Lady Elena no podrá venir —dijo Tom Austin— porque hay demasiado oleaje.

—Ni tampoco puede John Mangles dejar el buque —respondió Mac Nabbs.

—¡Hermana mía! ¡Hermana mía! —decía Roberto, tendiendo sus brazos hacia el yate que avanzaba rápidamente.

—¡Ah! ¡Cuánto tardamos en llegar a bordo! —exclamó Glenarvan.

—Paciencia, Edward —respondió el Mayor. Dentro de dos horas estaréis allí.

¡Dos horas! En efecto, la lancha, movida por seis remos, no podía en menos tiempo cubrir su trayecto de ida y vuelta por vigorosos y diestros que fuesen los remeros.

Entonces Glenarvan se acercó a Thalcave, el cual, con los brazos cruzados y al lado de Thaouka, miraba tranquilamente el agitado lomo de las olas.

Glenarvan le cogió la mano y le indicó el yate.

—Ven —le dijo.

El indio movió lentamente la cabeza.

—Ven, amigo —repitió Glenarvan.

—No —respondió tranquilamente Thalcave—. Aquí está Thaouka y allí las pampas —añadió abarcando con un ademán apasionado la inmensa extensión de las llanuras.

Glenarvan comprendió que el indio no querría abandonar jamás la pradera en donde blanqueaban los huesos de sus padres. Conocía el religioso lazo que unía a los hijos del desierto con su país natal. Estrechó la mano de Thalcave, y no insistió. Ni insistió tampoco cuando el indio, que se sonrió a su manera, se negó a admitir la paga de sus servicios diciendo:

—Por amistad.

Glenarvan no pudo contestarle. Hubiera querido al menos dejar algo al indio que le recordase a sus amigos de Europa. Pero ¿qué le quedaba? Sus armas, sus caballos, todo se lo había arrebatado la desastrosa inundación.

En el mismo caso se hallaban sus amigos.

No sabía, pues, cómo manifestar su gratitud al generoso y valiente guía, cuando una idea asaltó su mente. Sacó de su cartera un medallón precioso que era un admirable retrato, una obra maestra de Lawrence, y lo ofreció al indio.

—Mi esposa —dijo.

Thalcave miró el retrato con ternura, y pronunció estas palabras:

—¡Buena y bella!

Después Roberto, Paganel, el Mayor, Tom Austin y los dos marineros, dirigieron al patagón las más patéticas frases de despedida. Todos se sentían profundamente conmovidos al separarse de aquel amigo tan intrépido y tan lleno de abnegación. Thalcave les estrechó a todos contra su ancho pecho. Paganel le hizo aceptar un mapa de la América meridional y de los dos océanos, que el indio había muchas veces mirado con interés. Era lo más precioso que el sabio poseía. En cuanto a Roberto, no podía dar más que sus caricias, y las ofreció a su salvador, reservándose algunas para Thaouka.

Entretanto, la lancha del Duncan se acercaba; se deslizó por un estrecho canal que formaban los bancos, y tocó en la playa donde quedó varada.

—¿Mi esposa? —preguntó Glenarvan.

—¿Mi hermana? —exclamó Roberto.

Lady Elena y Miss Grant os aguardan a bordo —respondió el timonel de la lancha. Pero partamos, Milord, sin perder un instante, porque empieza el reflujo.

Se prodigaron al indio los últimos abrazos. Thalcave acompañó a sus amigos hasta la lancha, que fue puesta a flote. En el momento en que entraba Roberto en ella, el indio le cogió en sus brazos y le miró con ternura.

—¡Ahora vete! —dijo. ¡Ya eres un hombre!

—¡Adiós, amigo! —repitió Glenarvan.

—¡Nunca más nos volveremos a ver! —exclamó Paganel.

¿Quién sabe? —respondió Thalcave, señalando al cielo.

—<i>¿Quién sabe?</i> —respondió Thalcave, señalando al cielo.
—¿Quién sabe? —respondió Thalcave, señalando al cielo.

Fueron las últimas palabras del indio, que se perdieron en el soplo del viento.

La lancha se alejó, ayudada por la marea descendente.

Durante mucho tiempo, la silueta inmóvil de Thalcave apareció por entre la espuma de las olas. Después su gigantesca estatura fue menguando, menguando incesantemente, hasta que desapareció de la vista de sus amigos de un día.

Una hora después, Roberto subía el primero a bordo del Duncan y se enlazaba al cuello de Mary, en tanto que la tripulación del yate acogía a los expedicionarios con alegres y estrepitosos hurras.

De este modo se había llevado a cabo la travesía de la América del Sur, siguiendo una línea rigurosamente recta. Ni montañas, ni ríos, hicieron separarse a los viajeros de la imperturbable senda que se habían trazado, y si bien no tuvieron que combatir la mala voluntad de los hombres, los elementos, desencadenados frecuentemente contra ellos, sometieron a rudas pruebas su generosa intrepidez.

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