Parte 1. Capítulo 16. El río Colorado

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 25/01/2021 - 15:00

El viaje de los expedicionarios prosigue en compañía del indio Thalcave, con quien afrontan algunas dificultades climatológicas. Además consiguen comunicarse con él de manera algo precaria pero suficiente para recabar informaciones que pueden resultar de mucha utilidad para encontrar al capitán Grant.

Los hijos del capitán Grant. Parte 1, capítulo 16

A las ocho de la mañana del día siguiente, 22 de octubre, Thalcave dio la señal de marcha. Entre los 22 y 42 grados, el suelo argentino se inclina de oeste a este, y por consiguiente los viajeros no tenían más que hacer, que descender hasta llegar al mar por una pendiente suave.

Glenarvan, cuando el patagón rehusó el caballo que le ofrecía, creyó que prefería ir a pie, según tienen algunos guías por costumbre, y en verdad que sus largas piernas debían hacerle muy fácil el camino.

Pero Glenarvan se engañaba.

En el momento de partir, Thalcave silbó de un modo particular, y al momento salió de una espesura próxima, acudiendo al llamamiento de su amo, un magnífico caballo argentino, de soberbia alzada. Aquel animal era de una belleza perfecta. Su color castaño oscuro indicaba que era de gran poder y resistencia, altivo, animoso y veloz; tenía la cabeza ligera y descarnada, las ventanas de la nariz muy abiertas, los ojos ardientes, los corvejones anchos, el crucero bien pronunciado, el pecho alto, las ranillas largas, todas las cualidades, en fin, que constituyen la fuerza y ligereza. El Mayor, muy inteligente en la materia, admiró sin reservas aquel modelo de la raza de las pampas, hallando en él ciertas analogías con el hunter inglés. Aquel gallardo animal se llamaba Thaouka, que quiere decir pájaro en lengua patagónica, y era muy acreedor a este título.

Apenas Thalcave estuvo montado, su caballo dio un bote. El patagón, consumado jinete, estaba magnífico. Llevaba sujetos al arnés los instrumentos de caza usados en la llanura argentina, las bolas y el lazo. El primero consiste en tres bolas reunidas por medio de una correa que se lleva atada a la parte anterior de la silla. El indio, aunque tenga el animal o el enemigo que persigue a cien pasos de distancia, tira las bolas con tal precisión que las arrolla a sus piernas y le derriba. Es, por consiguiente, en sus manos un arma formidable, porque la maneja con una destreza sorprendente. El lazo no abandona como las bolas la mano que lo maneja. Se compone únicamente de dos tiras de cuero trenzadas, cuyo largo no suele exceder de 30 pies, y termina en un nudo corredizo que se desliza por una argolla de hierro. La mano derecha arroja el nudo corredizo, y la izquierda tiene asido el resto de la cuerda, cuya extremidad está sólidamente sujeta a la silla. Una larga carabina, terciada en bandolera, completaba las armas ofensivas del patagón.

Thalcave, sin cuidarse de la admiración que producía con su gracia natural, su continente y su soltura, se puso a la cabeza de los viajeros, cuyos caballos marcharon al galope o al paso, pues el trote les era desconocido. Roberto montaba con valor y seguridad, y Glenarvan se tranquilizó muy pronto respecto de su firmeza para mantenerse en la silla.

La llanura de las pampas empieza al pie mismo de la cordillera. Se puede dividir en tres partes. La primera, desde la cordillera de los Andes, comprende una extensión de 250 millas, cubierta de maleza y arbustos. La segunda, que tiene de ancho 450 millas, está tapizada de una hierba magnífica, y se detiene a 180 millas de Buenos Aires. Desde este punto hasta el mar, el viajero no encuentra más que una serie de inmensas praderas de alfalfa y cardos. Ésta es la tercera parte de las pampas.

Al salir de las gargantas de la cordillera, los viajeros se encontraron con un gran número de dunas de arena llamadas médanos, verdaderas olas incesantemente agitadas por el viento cuando no las encadena al suelo las raíces de los vegetales. Esta arena es sumamente fina, y así es que se levanta al menor soplo y forma verdaderas trombas que suben a una altura considerable. Aquel espectáculo causaba a la vez placer e incomodidad, porque si bien no hay nada tan curioso como aquellas mangas que vagan por la llanura, luchando, confundiéndose, derribándose, levantándose en un espantoso desorden, tampoco hay nada más molesto que el impalpable polvo que se desprende de aquellos innumerables torbellinos y penetra en los ojos por más que se cierren los párpados.

No hay nada tan curioso como aquellas mangas que vagan por la llanura.
No hay nada tan curioso como aquellas mangas que vagan por la llanura.

Este fenómeno, sostenido por los vientos del norte, duró una gran parte del día. Los expedicionarios marcharon, sin embargo, rápidamente, de suerte que a las seis de la tarde las cordilleras, a la distancia ya de 40 millas, se presentaban como una mole oscura perdida en la bruma del crepúsculo.

Los viajeros habían andado 38 millas y se sentían bastante fatigados. Con placer vieron llegar la hora de acostarse. Acamparon a orillas del rápido Neuquén, río turbio y de avenidas, encauzado por altas márgenes rojizas. Algunos geógrafos llaman al Neuquén, Ramid o Comoe, y nace en medio de lagos que únicamente conocen los indios.

La noche y día siguientes no ofrecieron incidente alguno digno de ser reseñado. Se caminaba de prisa y sin dificultades, en un terreno compacto y bajo una temperatura muy soportable. A cosa del mediodía el sol calentó mucho, y a la caída de la tarde se presentó en el horizonte del sudoeste una barrera de nubes, que era un síntoma seguro de variación del tiempo. El patagón no podía equivocarse acerca del particular, y con el dedo indicó al geógrafo la zona occidental del cielo.

—Comprendo —dijo Paganel, y añadió, dirigiéndose a sus compañeros—: El tiempo va a variar, no tardará en soplar el pampero.

Y explicó que el pampero es un viento del sudoeste muy seco, frecuente en las llanuras argentinas. Thalcave no se había engañado. Durante la noche, bastante penosa para gentes que no tenían más abrigo que un simple poncho, el pampero sopló con mucha fuerza. Los caballos se echaron al suelo, y los hombres se tendieron junto a ellos formando un apretado grupo. Glenarvan temía algún grave retraso si el huracán se prolongaba; pero Paganel le tranquilizó después de haber consultado su barómetro.

—Ordinariamente —le dijo— el pampero engendra tempestades de tres días que la bajada del mercurio indica de una manera segura. Pero al contrario, cuando, como ahora, el barómetro sube, toda la tempestad se reduce a unas cuantas horas de furiosas ráfagas. Tranquilizaos, pues, querido amigo; al rayar el alba habrá recobrado el cielo su acostumbrada pureza.

—Habláis como un libro, Paganel —respondió Glenarvan.

—Soy un libro, en efecto —replicó Paganel—, y os dejo que me hojeéis cuanto queráis.

El libro no se engañaba. A la una de la mañana cesó repentinamente el viento, y todos pudieron hallar en el sueño un reposo reparador. Al amanecer, se levantaron ágiles y dispuestos para todo, especialmente Paganel, que hacía chascar sus articulaciones desperezándose como un cachorro.

Era aquel día el 24 de octubre. Diez días habían transcurrido desde que los expedicionarios salieron de Talcahuano. Noventa y tres millas separaban aún a los viajeros del punto en que el río Colorado corta el paralelo 37, y por consiguiente, para llegar a éste se necesitaban tres días de viaje. Durante aquella travesía del continente americano, Lord Glenarvan acechaba con escrupulosa atención la aproximación de los indígenas. Quería interrogarles acerca del capitán Grant por medio de Thalcave, con el cual, además, empezaba Paganel a entenderse suficientemente. Pero se seguía una línea poco frecuentada por los indios, porque los caminos de las pampas que van de la República Argentina a las cordilleras están situados más al norte. No se encontraban indios errantes ni tribus sedentarias de las que viven sometidas a la autoridad de un cacique. Si acaso aparecía a lo lejos algún jinete nómada, huía rápidamente, no teniendo ningún interés en ponerse en comunicación con desconocidos. Aquel grupo debía parecer sospechoso a cualquiera que se aventurase por la llanura, lo mismo al bandido, cuya prudencia se alarmaba a la vista de ocho hombres bien armados y bien montados, que al viajero honrado que en aquellas comarcas solitarias estaba siempre receloso contra algún malintencionado. Así, pues, había una imposibilidad absoluta de establecer relación alguna con malos ni con buenos. De lamentar era no encontrarse delante de una cuadrilla de rastreadores24, aunque con ellos la conversación tuviese que empezar a tiros.

Sin embargo, si bien Glenarvan, por interés de sus investigaciones, tenía motivos para quejarse de la falta de indios, sobrevino un incidente que justificó mucho la interpretación dada al documento.

La ruta seguida por la expedición cortó varios senderos de la pampa, entre otros uno muy importante, el del Carmen a Mendoza, fácil de reconocer por las osamentas de animales domésticos, mulos, caballos, carneros y bueyes, destrozados por el pico y las garras de las aves de rapiña y blanqueadas por la acción de la atmósfera. Había millares de ellos y sin duda más de un carcomido esqueleto humano confundía su polvo con el de los más humildes animales.

El sendero era fácil de seguir por las osamentas de animales...
El sendero era fácil de seguir por las osamentas de animales...

Hasta entonces Thalcave no había hecho ninguna observación respecto de la ruta rigurosamente seguida. Comprendía, sin embargo, que no siendo ninguna de las conocidas en las pampas, no le conduciría a ciudades ni aldeas, ni a los establecimientos de las provincias argentinas. Todas las mañanas se avanzaba hacia levante, sin separarse de la línea recta, y todas las tardes el sol poniente se encontraba en la extremidad opuesta de esta línea. En su calidad de guía, Thalcave debía extrañar que no sólo no era él quien guiaba, sino que era guiado. Con todo, en medio de su asombro, se condujo con la reserva característica de los indios, y no hizo la menor observación respecto de los simples senderos desdeñados hasta entonces. Pero al llegar a la expresada vía de comunicación, detuvo su caballo y se volvió a Paganel.

—El camino del Carmen —dijo.

—Lo sé, bravo patagón —respondió el geógrafo, en su español más puro—, el camino del Carmen a Mendoza.

—¿No lo tomamos? —repuso Thalcave.

—No —respondió Paganel.

—Y ¿a dónde vamos?

—Siempre al este.

—Eso no es ir a ninguna parte.

—¿Quién sabe?

Thalcave calló y miró al sabio con profunda sorpresa. Sin embargo, no podía creer que se chanceara el geógrafo. Un indio, siempre grave, no concibe que se pueda hablar nunca en broma.

—¿No vais, pues, al Carmen? —añadió después de un instante de silencio.

—No —respondió Paganel.

—¿Ni a Mendoza?

—Tampoco.

En aquel momento Glenarvan, reuniéndose a Paganel, preguntó a éste lo que decía Thalcave, y por qué se había parado.

—Me ha preguntado si íbamos al Carmen o a Mendoza —respondió Paganel—, y le ha causado extrañeza mi respuesta negativa a su doble pregunta.

—Nuestra ruta debe necesariamente parecerle muy extraña —dijo Glenarvan.

—Ya lo creo. Dice que no vamos a ninguna parte.

—Pues bien, Paganel, ¿no podríais vos explicarle el objeto de nuestra expedición, y el interés que tenemos en dirigirnos siempre hacia el este?

—Muy difícil será —respondió Paganel—, porque un indio no entiende una palabra de grados terrestres, y la historia del documento será para él una historia fantástica.

—¿Pero —dijo con seriedad el Mayor— será la historia lo que él no comprenda o será al historiador?

—¡Ah, Mac Nabbs! —replicó Paganel. ¡Veo que aún dudáis de mi español!

—Pues bien, probad, mi digno amigo.

—Probemos, nada se pierde.

Paganel se dirigió al patagón y empezó un discurso frecuentemente interrumpido por falta de vocablos, y por la dificultad de traducir ciertas particularidades y de explicar a un salvaje medio ignorante pormenores muy poco comprensibles para él. El sabio era digno de verse. Gesticulaba, articulaba, hacía mil contorsiones, y caían gotas de sudor de su frente a su pecho como una cascada. Cuando no bastaba la lengua, el brazo procuraba ayudarle. Paganel se apeó y trazó en la arena una carta geográfica en que se cruzaban latitudes y longitudes, en que figuraban los dos océanos y en que se prolongaba el camino del Carmen. Nunca profesor alguno se había visto tan apurado.

Thalcave lo miraba todo tranquilamente, sin dejar traslucir si comprendía o no algo.

La lección del geógrafo duró más de media hora. Después calló, se limpió el rostro inundado de sudor, y miró al patagón.

—¿Qué, comprende? —preguntó Glenarvan.

—Veremos —respondió Paganel—, pero si no ha comprendido, renuncio a hacerme comprender.

Thalcave no se movía, ni hablaba. Sus miradas permanecían fijas en las líneas trazadas en la arena, que el viento borraba poco a poco.

—¿Y bien? —le preguntó Paganel.

No pareció que Thalcave le oyese. Paganel veía ya asomar a los labios del Mayor una sonrisa irónica, y queriendo defender su honor, iba a empezar con nuevas energías sus demostraciones geográficas, cuando el patagón le detuvo con un gesto.

—¿Buscáis un prisionero? —preguntó.

—Sí —respondió Paganel.

—¿Y precisamente en esta línea comprendida entre el sol que se pone y el sol que nace? —añadió Thalcave, precisando con una comparación al estilo indio la ruta del oeste al este.

—Sí, sí, eso es.

—¿Y es vuestro Dios —dijo el patagón— quien ha confiado a las olas del mar los secretos del prisionero?

—Dios mismo.

—¡Que su voluntad se cumpla, pues! —respondió Thalcave con cierta solemnidad. Marchemos hacia el este, y si es preciso, hasta llegar al sol.

Paganel, triunfante en la persona de su discípulo tradujo inmediatamente a sus compañeros las respuestas del indio.

—¡Qué raza tan inteligente! —añadió. De veinte campesinos de mi país, diecinueve no hubieran comprendido una palabra de mis explicaciones.

Glenarvan suplicó a Paganel que preguntase al patagón si había oído decir que hubiesen caído algunos extranjeros en manos de los indios de las pampas.

Paganel hizo la pregunta a Thalcave y aguardó la respuesta.

—Tal vez —respondió el patagón.

Apenas Paganel tradujo esta respuesta de Thalcave, los siete viajeros rodearon a éste, y todos le interrogaron ansiosamente con la mirada.

Paganel, conmovido y casi sin encontrar palabras, prosiguió el interesante interrogatorio, procurando con sus miradas, fijas en el grave indio, sorprender su respuesta antes que saliese de sus labios.

Repetía en inglés uno tras otro todos los vocablos españoles del patagón, de suerte que sus compañeros le oían hablar, por decirlo así, en su idioma patrio.

—¿Quién era ese prisionero? —preguntó Paganel.

—Un extranjero —respondió Thalcave. Un europeo.

—¿Le habéis visto?

—No, pero han hablado de él los indios, ¡era un valiente! ¡Tenía un corazón de toro!

—¡Un corazón de toro! —dijo Paganel. ¡Ah! ¡Magnífica lengua patagona! ¿Comprendéis, amigos? ¡Era un valiente!

—¡Era mi padre! —exclamó Roberto Grant.

Y dirigiéndose en seguida a Paganel, le preguntó cómo se decía esta frase en español. El profesor se lo dijo, y entonces Roberto cogió las manos de Thalcave, y le dijo con voz dulce:

—¡Es mi padre!

—¡Su padre! —respondió el patagón, cuyos ojos brillaron súbitamente.

Cogió al niño en sus brazos, lo sacó de la silla y le contempló con la más curiosa simpatía. Una emoción pacífica se reflejó en su semblante inteligente.

Pero Paganel no había terminado aún su interrogatorio. ¿Dónde estaba, qué hacía aquel prisionero? ¿Cuándo había oído hablar de él Thalcave? Todas estas preguntas se acumulaban a la vez en su mente.

Por las respuestas del indio, que no se hicieron esperar, supo que el europeo era esclavo de una de las tribus indias que recorren el país entre el río Colorado y el río Negro.

—¿Pero dónde se hallaba últimamente? —preguntó Paganel.

—Bajo el poder del cacique Calfucura —respondió Thalcave.

—¿En la línea que hemos seguido hasta ahora? —Sí.

—¿Y quién es ese cacique?

—¡El jefe de los indios poyuches; un hombre de dos lenguas y de dos corazones!

—Es decir, falso en las palabras y en las acciones —dijo Paganel, después de traducir a sus compañeros esta bella imagen de la lengua patagona.

—¿Y podremos rescatar a nuestro amigo? —añadió.

—Tal vez, si se halla aún en manos de los indios.

—¿Y cuándo habéis oído hablar de él?

—Hace ya mucho tiempo y desde entonces el sol ha traído dos veranos al cielo de las pampas.

La alegría de Glenarvan era indescriptible. Esta respuesta concordaba exactamente con la fecha del documento. Pero quedaba que hacer aún una pregunta a Thalcave. Paganel la formuló al momento.

—Habláis de un prisionero —dijo—, ¿no había tres?

—No lo sé —respondió Thalcave.

—¿Y nada sabéis acerca de su actual situación?

—Nada.

Esta última palabra puso fin a la conversación. Era posible que los tres prisioneros se hallasen separados desde mucho tiempo. Pero de los datos suministrados por el patagón resultaba que los indios hacían mención de un europeo que se hallaba en su poder. La fecha de su cautiverio, el punto mismo en que debía encontrarse, todo, hasta la frase patagona empleada para expresar su valor, se refería evidentemente al capitán Harry Grant.

Al día siguiente, 25 de octubre, los viajeros emprendieron de nuevo la marcha hacia el este con multiplicado ardor. La llanura, siempre triste y monótona, formaba uno de esos espacios interminables que en el país se llaman travesías. El terreno arcilloso, entregado a la acción de los vientos, era perfectamente horizontal, sin una piedra, sin un guijarro, no siendo en algunos barrancos áridos y secos o en las márgenes de pantanos artificiales abiertos por las manos de los indios. A trechos muy dilatados aparecían selvas bajas y oscuras en que descollaban algunos algarrobos blancos, cuyas vainas contienen una pulpa azucarada, agradable y refrescante, y algunos grupos de terebintos, juncos, retamas silvestres y arbustos espinosos, cuya falta de lozanía demostraba la esterilidad de la tierra.

La jornada del 26 fue penosa. Se trataba de llegar al río Colorado, y en efecto, los caballos, hostigados incesantemente, apretaron tanto el paso, que aquella misma tarde alcanzaron el magnífico río de las regiones de las pampas, a los 69° 45’ de longitud. Su nombre indio, Cobu Leubu, significa gran río. El Cobu Leubu, después de un largo rodeo, desagua en el Atlántico, produciéndose en su desembocadura una particularidad curiosa. Sea efecto de filtración o de evaporación, el volumen de sus aguas disminuye a medida que se acerca al mar, y la causa de este fenómeno no se ha determinado aún completamente.

El primer cuidado de Paganel al llegar al Colorado, fue bañarse en sus aguas.
El primer cuidado de Paganel al llegar al Colorado, fue bañarse en sus aguas.

El primer cuidado de Paganel al llegar al Colorado, fue bañarse geográficamente en sus aguas teñidas por una arcilla rojiza. Le sorprendió su profundidad, exclusivamente debida a la licuación de las nieves por los primeros calores del verano. Además, la anchura del río era tal, que los caballos no pudieron atravesarlo a nado. Afortunadamente, subiendo río arriba a algunos centenares de toesas, se encontró un puente de cáñamo, sostenido por correas de cuero, que era un puente colgante a la manera india, y la caravana pudo acampar en la orilla izquierda.

Paganel, antes de entregarse al sueño, quiso determinar con exactitud la posición del Colorado, y lo dibujó cuidadosamente en su mapa, sintiendo no poder hacer otro tanto con el Yarú-Dzangho-Tchú, que corría lejos de él, en las montañas del Tíbet.

En los dos siguientes días, el 27 y el 28 de octubre, el viaje no ofreció notables incidencias. La misma monotonía y la misma esterilidad del terreno. Era imposible un paisaje menos variado, un panorama más insignificante. El suelo, sin embargo, era cada vez más húmedo. Hubo que pasar cañadas y esteros, lagunas permanentes cubiertas de hierbas acuáticas. Al anochecer se detuvieron los caballos a orillas de un espacioso lago, cuyas aguas muy mineralizadas le han valido, tal vez, el nombre de Ure lanquem, lago amargo, que le han dado los indios. Este lago fue testigo en 1862 de las crueles represalias de las tropas argentinas. La caravana acampó como de costumbre, y la noche hubiera sido tranquila, sin la presencia de los monos, titíes y perros salvajes, que, sin duda en honor de los viajeros, pero con gran molestia para su aparato acústico, ejecutaron una sinfonía natural que no hubiera desaprobado un compositor del porvenir.

  • 24. Bandidos o merodeadores de la llanura.

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