Parte 2. Capítulo 16. En el que el mayor sostiene que son monos

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 26/07/2021 - 12:00

La expedición continúa por el interior del continente australiano, haciendo nuevos descubrimientos que desafían sus ideas preconcebidas. En esta ocasión se topan con unos seres a los que confunden con monos, pero que demuestran unas habilidades que requieren de unas destrezas mentales mucho más desarrolladas de lo inicialmente esperado por los prejuicios occidentales.

Los hijos del capitán Grant. Parte 2, capítulo 16

Al amanecer del día siguiente, 5 de enero, los viajeros llegaron al vasto territorio del Murray, distrito despoblado y baldío que se extiende hasta la elevada barrera de los Alpes australianos. La civilización no le ha dividido aún en condados distintos, siendo la porción menos frecuentada y menos conocida de la provincia. Sus bosques caerán un día bajo el hacha del bushman, y sus praderas serán entregadas al rebaño del squatter; pero entretanto, el suelo permanece virgen, tal como brotó del océano Indico; es el desierto.

El conjunto de aquellos terrenos recibe en los mapas ingleses el significativo nombre de Reserve for the blacks, la reserva para los negros. Allí los indígenas han sido brutalmente acorralados por los colonos. Se les ha dejado en aquellas lejanas llanuras, en aquellos inaccesibles bosques, algunos sitios determinados, en que la raza aborigen acabará poco a poco por extinguirse. Cualquier blanco, colono, emigrado, squatter, bushman, puede traspasar sus límites. Únicamente el negro no puede salir de ellos.

Paganel, sin dejar de andar, se ocupaba de la grave cuestión de las razas indígenas. Acerca del particular todas las opiniones están conformes en que el sistema británico tiende al anonadamiento de las tribus conquistadas, haciéndolas desaparecer de las regiones en que vivían sus antepasados. Esta funesta tendencia se observa en todas partes, y más aún en Australia. En los primeros tiempos de la colonia, los deportados y hasta los mismos colonos consideraban a los negros como animales salvajes, y les cazaban y mataban a tiros. Se les degollaba, invocando la autoridad de los jurisconsultos para probar que los australianos estaban fuera de la ley natural, y que el asesinato de cualquiera de ellos no constituía ningún crimen. Los periódicos de Sydney hasta propusieron un medio eficaz para desembarazarse de las tribus del lago Humter, el cual consistía en envenenarles en masa.

Los ingleses, como se ve, al principio de su conquista, hicieron de la muerte el más poderoso auxiliar de la civilización. Sus crueldades fueron atroces.

Se condujeron en Australia como en las Indias, de donde han desaparecido ya cinco millones de indios, y como en El Cabo, donde una población de 1.000.000 de hotentotes ha quedado reducida a 100.000. Así es que la población aborigen, diezmada por los malos tratos y la embriaguez, tiende a desaparecer del continente ante una civilización homicida. Verdad es que ciertos gobernadores han dictado decretos contra los sanguinarios bushmen, conminando con unos cuantos latigazos al blanco que cortase la nariz o las orejas de un negro, o le privase del dedo meñique para hacerse con él un limpia-pipas. ¡Vanas amenazas! Los asesinatos se organizaron en vasta escala, y tribus enteras desaparecieron. Sólo en la isla de Van Diemen, que al principio del siglo contaba 500.000 indígenas, sus habitantes en 1863 habían quedado reducidos a 7. Y Le Mercure ha podido en fecha aún reciente publicar la noticia de la llegada a Hobart Town del último tasmaniano.

Ni Glenarvan, ni el Mayor, ni John Mangles contradijeron a Paganel. Aunque hubieran sido ingleses, no hubieran defendido a sus compatriotas. Los hechos eran patentes, incontestables.

—Cincuenta años atrás —añadió Paganel— habríamos ya encontrado en nuestro camino muchas tribus de naturales, y hasta ahora no ha aparecido ni un indígena. Dentro de un siglo no habrá ya en este continente un solo individuo de la raza negra.

En efecto, la reserva parecía absolutamente abandonada, sin hallarse en ella ni vestigio de campamento ni de chozas. Las llanuras y los grandes bosques se sucedían, y poco a poco fue tomando la comarca un aspecto salvaje. Parecía que ningún ser viviente frecuentaba aquellas lejanas regiones, cuando Roberto, deteniéndose delante de una selva de eucaliptos, exclamó:

—¡Un mono! ¡Un mono!

Y señalaba un cuerpo negro que saltando de rama en rama con sorprendente agilidad, pasaba de una rama a otra como si le sostuviese en el aire algún aparato membranoso.

¿Vuelan acaso los monos en aquel extraño país, como algunas zorras dotadas por la Naturaleza de alas de murciélago?

La carreta se paró, y todos siguieron con la vista las evoluciones del animal, que se perdió poco a poco en las alturas del eucalipto. Luego se le vio bajar con la rapidez del relámpago, correr al llegar a tierra haciendo mil contorsiones y piruetas, y extender sus largos brazos alrededor del liso tronco de un enorme gomero. Todos se preguntaron cómo treparía por aquel árbol que no podía abrazar, cuando el mono, hiriendo el tronco en varios puntos con una especie de hacha, hizo pequeñas muescas a guisa de escalones, y se encaramó por ellas hasta llegar a la cruz del árbol, entre cuyo follaje desapareció en algunos segundos.

—¡Vaya con el animal ese! —exclamó el Mayor—. ¿Qué clase de mono será?

—Ese mono —respondió Paganel— es un australiano de pura raza.

No habían tenido aún tiempo los compañeros del geógrafo de encogerse de hombros, cuando resonaron a poca distancia algunos gritos que se podían ortografiar con estas palabras: ¡coo-eeh!, ¡cooe-eeh! Ayrton azuzó los bueyes, y cien pasos más adelante, los viajeros llegaron a un campamento de indígenas.

¡Qué triste espectáculo! Se levantaban del desnudo suelo diez o doce tiendas, llamadas gunyos en el país, hechas de tiras de corteza escalonadas como las tejas de un tejado, que no protegían más que por un lado a sus miserables habitantes. Aquellos seres degradados por la miseria causaban repugnancia. Entre hombres, mujeres y niños, eran unos treinta, vestidos de pieles de canguro sucias y destrozadas. Lo primero que hicieron al acercarse la carreta, fue echar a correr; pero les tranquilizaron algunas palabras de Ayrton pertenecientes a un dialecto inteligible. Entonces volvieron no del todo recelosos, pero tampoco del todo confiados, como los animales ariscos cuando se les ofrece un bocado que es de su gusto.

Dichos indígenas, cuya estatura era de 5 pies y 4 pulgadas a 5 pies y 7 pulgadas, tenían el color oscuro, aunque no precisamente negro, un color casi de hollín, los cabellos vedijosos, los brazos largos, el abdomen abultado, el cuerpo velludo, con costurones que no eran más que las cicatrices de las heridas o de las incisiones practicadas en las ceremonias fúnebres. Nada tan horrible como su monstruoso rostro, su boca enorme, su nariz aplastada y casi al nivel de las mejillas, su mandíbula inferior prominente, armada de dientes blancos, pero salientes. Ninguna criatura humana presenta el tipo de la bestialidad tan profundamente marcado.

—No se engañaba Roberto —dijo el Mayor—, son monos, monos de pura sangre, si se quiere, pero monos.

—Mac Nabbs —respondió con afable acento Lady Elena—, ¿seréis capaz de decir que no cometen un acto de barbarie los que les cazan como bestias salvajes? Esos desgraciados seres son hombres.

—¡Hombres! —exclamó Mac Nabbs—. Todo lo más son seres intermedios entre el hombre y el orangután. Y si midiéramos su ángulo facial, veríamos que es tan cerrado como el de un mono.

Acerca del particular Mac Nabbs tenía razón. El ángulo facial del indígena australiano es muy agudo y sensiblemente igual al del orangután, que es de sesenta a setenta y dos grados. No sin falta absoluta de razón propuso Monsieur de Rienzi incluir a los salvajes australianos en una raza particular a que en su clasificación da el nombre de pithecomorfos, es decir, hombres con formas de mono.

Pero Lady Elena tenía más razón aún que Mac Nabbs, considerando como seres dotados de alma a aquellos indígenas colocados en el último peldaño de la escala humana. Entre el bruto y el australiano media el insondable abismo que separa los géneros. Pascal ha dicho muy justamente que el hombre no es bestia en ninguna parte. Verdad es que muy justamente añade también que tampoco en parte alguna es ángel.

Sin embargo, respecto de la segunda parte de la proposición del gran pensador, Lady Elena y Mary Grant la combatían con su conducta victoriosamente. Aquellas dos mujeres caritativas bajaron de la carreta, tendieron una mano cariñosa a tan miserables criaturas, y les ofrecieron alimentos que los salvajes engullían con repugnante avidez. Y con tanto más motivo debían los indígenas tomar a Lady Elena por una divinidad, cuanto que, según su religión, los blancos son antiguos negros que han sido blanqueados después de su muerte.

Las mujeres principalmente excitaron la piedad de las viajeras. No hay nada comparable a la condición de la australiana, a la cual una naturaleza madrastra ha rehusado todos los encantos. La australiana es una esclava, arrebatada por la fuerza brutal, que no tiene más regalo de boda que los golpes de waddie, especie de bastón que nunca se cae de las manos de su amo. Acometida por una ancianidad precoz y fulminante, tiene que soportar los más penosos trabajos de una existencia vagabunda, llevando con sus hijos, envueltos entre juncos, los instrumentos de pesca y caza, y las provisiones de phormium tenax, con que fabrica redes. Tiene que procurar víveres a su familia, y al efecto caza lagartos, opossums y serpientes hasta en la cima de los árboles; corta la leña del hogar, arranca las cortezas de la tienda; es, en una palabra, una pobre bestia de carga, que ignora lo que es reposo, y no come más que los repugnantes restos que buenamente le quiere arrojar su amo.

En aquel momento, algunas de aquellas desgraciadas, privadas tal vez del alimento desde muchos días, procuraban atraer los pájaros presentándoles algunos granos.

Se las veía tendidas en aquel suelo abrasador, inmóviles, como muertas, aguardando horas enteras que un inocente pájaro se pusiese al alcance de su mano. No llega a más su industria en materia de lazos, y para dejarse coger de una manera tan torpe, se necesita ser un volátil australiano.

Sin embargo, los indígenas, haciéndose cada vez más confiados, rodearon a los viajeros, y hubo entonces necesidad de ponerse muy alerta contra sus instintos de rapiña. Hablaban, o por mejor decir, silbaban un idioma, chascando la lengua, que más que lenguaje humano parecía un grito de animales. Con todo, su voz tenía inflexiones afectuosas sumamente dulces, repitiendo a menudo la palabra, noki, noki, cuyo significado daban a comprender suficientemente sus gestos. Esta palabra significa «¡dadme, dadme!» y se aplica a todos los objetos, hasta a los más insignificantes. Mucho tuvo que bregar con ellos Monsieur Olbinett para defender los equipajes, y sobre todo los víveres de la expedición. Aquellos pobres hambrientos devoraban con los ojos la carreta y exhibían agudos dientes que se habían tal vez ejercitado en pedazos de carne humana; porque si bien en tiempo de paz la mayor parte de las tribus australianas no son antropófagas, hay pocos salvajes que no saboreen la carne de un enemigo vencido.

A petición de Elena, Glenarvan dio orden de distribuir algunos alimentos. Los naturales comprendieron su intención y se entregaron a demostraciones que hubieran conmovido el corazón más insensible. Lanzaron rugidos parecidos a los de las fieras enjauladas cuando el guarda les lleva la ración diaria. Podía el Mayor no tener razón, pero era incontestable que aquella raza se aproximaba mucho a los animales.

Monsieur Olbinett, con su galantería habitual, creyó deber servir antes a las mujeres, pero estas desventuradas criaturas no se atrevían a comer antes que sus temibles amos. Éstos se arrojaron sobre la galleta y la carne seca como sobre una presa.

Mary Grant, al pensar que su padre era cautivo de tan groseros indígenas, sintió acudir las lágrimas a sus ojos. Se hacía cargo de cuánto debía sufrir un hombre como Harry Grant, esclavo de aquellas tribus vagabundas, sujeto a la miseria, al hambre y a los malos tratos. John Mangles, que la observaba con inquietud, adivinó los pensamientos que rebosaban de su mente y se adelantó a sus deseos, interrogando al contramaestre de la Britannia.

—Ayrton —le dijo—, ¿eran como los que tenemos ahora delante los salvajes de cuyas manos pudisteis evadiros?

—Sí, capitán —respondió Ayrton—. Todas las tribus del interior se parecen, sólo que ahora no veis más que un puñado de estos pobres diablos, al paso que en las márgenes del Darling hay tribus numerosas mandadas por jefes cuya autoridad es temible.

—Pero —preguntó John Mangles—. ¿Qué puede hacer un europeo en poder de semejantes hordas?

—Lo que hacía yo —respondió Ayrton—; cazar, pescar con ellos, tomar parte en sus combates. Como os he dicho ya, es tratado según los servicios que presta, y siendo hombre inteligente y valeroso, se labra en la tribu una posición distinguidísima.

—¿Pero está cautivo? —dijo Mary Grant.

—Y vigilado de manera —añadió Ayrton— que no puede dar un paso ni de noche ni de día.

—Sin embargo, vos, Ayrton —dijo el Mayor tomando parte en la conversación—, conseguisteis escapar.

—Sí, Monsieur Mac Nabbs, gracias a un combate entre mi tribu y otra vecina. Me aproveché de la ocasión, y conseguí evadirme. No me arrepiento. Pero creo que si tuviese que volver a hacer lo que hice, preferiría una eterna esclavitud a los tormentos que tuve que arrostrar para atravesar los desiertos del interior. ¡No quiera Dios que el capitán Grant intente semejante medio de salvación!

—Es verdad —respondió John Mangles—. Debemos desear, Miss Mary, que vuestro padre se halle en poder de una tribu indígena. Así encontraremos más fácilmente sus huellas que si estuviese errante por los bosques del continente.

—¿Tenéis aún esperanza? —preguntó la joven.

—Espero siempre, Miss Mary, veros feliz un día, con la ayuda de Dios.

Los húmedos ojos de Mary Grant pudieron únicamente dar las gracias al joven capitán.

Durante esta conversación, se produjo entre los salvajes un movimiento insólito, lanzaron todos terribles aullidos, echaron a correr en distintas direcciones, y cogieron sus armas como si de ellos se hubiese apoderado un furor repentino.

No sabía Glenarvan a dónde querían ir a parar con sus aspavientos, cuando el Mayor preguntó a Ayrton:

—Habiendo vivido tanto tiempo entre los australianos, comprenderéis sin duda el lenguaje de éstos.

—No del todo —respondió el contramaestre—; porque cada tribu tiene un idioma particular. Creo, sin embargo, adivinar que estos salvajes, para probar su reconocimiento a Su Honor, quieren representar en su presencia el simulacro de un combate.

Tal era, en efecto, la causa de aquella agitación. Los indígenas, sin más preámbulos, se atacaron con un furor muy bien fingido, de suerte que cualquiera, no estando prevenido de antemano, hubiera tomado su lucha por lo serio. Los australianos son excelentes cómicos, según dicen los viajeros, y en aquella ocasión acreditaron su gran talento para la escena.

Sus instrumentos de ataque y defensa consistían en un rompecabezas, especie de maza de madera a que no hay ningún cráneo que resista, y un tomahawk, piedra afilada muy dura, sujeta entre dos palos por una especie de goma. Esta hacha tiene un mango de diecisiete pies de largo, y es un instrumento tan temible en la guerra como en la paz, porque lo mismo sirve para derribar ramas que para derribar cabezas, y según los casos corta árboles o corta cuerpos.

Tales eran las armas que agitaban manos frenéticas al compás de espantosas vociferaciones. Los combatientes se arrojaban unos contra otros, y los unos caían como muertos, y los otros daban gritos de victoria. Las mujeres, principalmente las viejas, poseídas del demonio de la guerra, les excitaban al combate, se precipitaban sobre los fingidos cadáveres, y los mutilaban en apariencia con una ferocidad que, siendo real, no hubiera sido más horrible. A cada instante Lady Elena temía que degenerase la farsa en verdadera batalla. Los chiquillos, que habían también tomado parte en el combate, luchaban resueltamente. Los niños, y sobre todo las niñas, que parecían aún más frenéticas, se administraban soberbios puñetazos con feroz empuje.

Diez minutos hacía ya que duraba aquel simulacro de combate, cuando de repente los combatientes se detuvieron. Se les cayeron las armas de las manos. Al estrepitoso tumulto sucedió un profundo silencio. Los indígenas permanecieron inmóviles en su última actitud, como personajes de cuadros vivos. Hubiérase dicho que se habían petrificado.

¿Cuál era la causa de semejante peripecia? ¿Por qué aquella repentina inmovilidad marmórea? No se tardó en saberlo.

Una bandada de cacatúas desplegaba en aquel momento su vuelo a la altura de los gomeros, poblando el aire con su charla, y con los vigorosos matices de sus plumas que parecían un arco iris que volaba. El combate fue interrumpido por la aparición de aquella deslumbradora nube de pájaros, y a la guerra sucedió la caza, que es más útil.

Uno de los indígenas, cogiendo un instrumento de una estructura particular, pintado de rojo, se separó de sus compañeros, que permanecieron inmóviles, y oculto entre los árboles y la maleza, se dirigió hacia el grupo de cacatúas. Se deslizaba sin ningún ruido, sin rozar con una hoja, sin mover la más pequeña piedra. Era una sombra que avanzaba.

Al llegar a una distancia conveniente, lanzó su instrumento, que siguió una línea horizontal a 2 pies del suelo. Así recorrió el arma un espacio de unos 50 pies, y luego levantándose súbitamente en ángulo recto sin tocar el suelo, subió a la altura de 5 pies, hirió mortalmente una docena de pájaros y, describiendo una parábola, retrocedió hasta volver a los pies del cazador.

Glenarvan y sus compañeros quedaron asombrados, sin atreverse a dar crédito a sus ojos.

—¡El bumerán! —dijo Ayrton.

—¡El bumerán! —exclamó Paganel—. ¡El bumerán australiano!

Y fue, como un niño, a recoger el maravilloso instrumento, para ver lo que tenía dentro.

No tenía nada; pero, en efecto, era de presumir que modificaba su curso un mecanismo interior, un resorte súbitamente distendido.

El bumerán consistía simplemente en un pedazo de palo duro y encorvado, cuya longitud era de 30 a 40 pulgadas. En su parte media su diámetro era de 3 pulgadas, y sus dos extremidades terminaban en aguda punta. Su parte cóncava entraba 6 líneas, y su parte convexa presentaba dos cortes muy afilados. Era el instrumento tan sencillo como incomprensibles sus evoluciones.

—¡He aquí a lo que se reduce el famoso bumerán! —dijo Paganel después de examinar atentamente el extraño instrumento—. Un pedazo de palo, y nada más. ¿Por qué en determinado momento de su curso horizontal se remonta y vuelve luego a la mano que lo ha arrojado? Los sabios y viajeros no han encontrado hasta ahora la explicación de tan singular fenómeno.

—¿No será —dijo John Mangles— un efecto análogo al del aro, que lanzado de cierta manera vuelve a su punto de partida?

—O mejor —añadió Glenarvan— ¿un efecto retrógrado análogo al de la bola de billar picada en un punto determinado?

—No —respondió Paganel—; en ambos casos hay un punto de apoyo que determina la reacción; el aro tiene el suelo y la bola el tablero. Pero aquí no hay ningún punto de apoyo, y el instrumento sin tocar a tierra sube a una altura considerable.

—¿Cómo explicáis, pues, el hecho, Monsieur Paganel? —preguntó Lady Elena.

—No lo explico, señora, no hago más que cerciorarme de él, y sólo me parece evidente que el efecto depende de la conformación particular del bumerán y de la manera de lanzarlo. Pero esta manera es aún el secreto de los australianos.

—Pero no deja de ser ingenioso… para monos —añadió Lady Elena mirando al Mayor, el cual meneó la cabeza muy poco convencido.

Corría el tiempo y Glenarvan creyó que no debía retardar más su marcha hacia el este, y al efecto iba a suplicar a los viajeros que entrasen en la carreta, cuando llegó corriendo un salvaje y pronunció algunas palabras con mucha animación.

—¡Han visto casuarios! —dijo Ayrton.

—¡Cómo! ¿Se trata de una caza? —dijo Glenarvan.

—Es preciso verla —exclamó Paganel—. ¡Debe de ser curiosa! Tal vez el bumerán va a funcionar de nuevo.

—¿Qué opináis, Ayrton?

—La función no será larga, Milord —respondió el contramaestre.

Los indígenas no habían perdido un instante. La muerte de unos cuantos casuarios es para ellos un golpe de fortuna, porque asegura víveres a la tribu para algunos días. Así es que los cazadores recurren a toda su habilidad para apoderarse de una presa semejante. ¿Pero cómo sin perro y sin armas de fuego alcanzan a un animal tan ágil? Ésta era la interesantísima parte del espectáculo reclamado por Paganel.

El emú o casuario sin casco, llamado mourenk por los naturales, es una gran ave perteneciente a la familia de las zancudas rabipennes, que tiene seis pies y medio de altura, y empieza a hacerse rara en las llanuras de Australia. Su carne es blanca y muy parecida a la del pavo. Tiene en la cabeza una lámina córnea; sus ojos son pardos y su pico negro y encorvado hacia abajo; sus pies constan de tres dedos armados de poderosas uñas, sus alas son verdaderos muñones inhábiles para el vuelo, y su plumaje, por no decir su pelaje, es más oscuro en el cuello que en el pecho. No vuela, pero corre más que el más rápido caballo, y no le alcanzaría ningún perro. Sólo se le puede coger a fuerza de ardides, y aun así es necesario ser muy astuto.

He aquí por qué, al aviso del indígena, diez australianos se desplegaron en guerrilla en una admirable llanura, en que el índigo crecía espontáneamente y alfombraba de azul el suelo con sus hermosas flores. Los viajeros se detuvieron a la entrada de un bosque de mimosas.

A la aproximación de los naturales se levantaron seis emús, echaron a correr y se detuvieron a la distancia de una milla. Luego que el cazador de la tribu hubo reconocido su posición, hizo una señal a sus camaradas para que se detuviesen. Éstos se echaron al suelo de bruces, y él, sacando de un cajoncillo dos pieles de casuario debidamente cosidas, se disfrazó con ellas. Pasó su brazo derecho por encima de su cabeza, y moviéndolo, imitaba a un casuario que busca comida.

Se dirigió el indígena hacia donde estaban las aves, deteniéndose de cuando en cuando, para fingir que picoteaba algunos granos, y de cuando en cuando también envolviéndose en un torbellino de polvo que levantaba con los pies. Desempeñaba su papel a las mil maravillas. No era posible reproducir más fielmente las maneras del emú. Lanzaba graznidos sordos, capaces de engañar a las mismas aves, como sucedió en efecto. No tardó el salvaje en colocarse en medio del descuidado grupo, y de repente su brazo blandió la maza, y los seis emús cayeron muertos.

El cazador había conseguido su objetivo; la caza había terminado.

Entonces Glenarvan y todos los expedicionarios se despidieron de los indígenas. Éstos no manifestaron gran sentimiento por su separación. Tal vez el buen éxito de la caza de los casuarios les hacía olvidar su hambre satisfecha. No tenían siquiera el reconocimiento del estómago, más vivo que el del corazón en las naturalezas incultas y en los brutos.

—Eso no obstante, no se podía dejar de admirar en algunas ocasiones su inteligencia y destreza.

—Ahora, querido Mac Nabbs —dijo Lady Elena—, convendréis conmigo en que los australianos no son monos.

—¿Por qué? ¿Porque imitan fielmente las maneras de un animal? —replicó el Mayor—. Esto precisamente justifica mi doctrina.

—Chancearse no es responder —dijo Lady Elena—. Quiero, Mayor, que modifiquéis vuestra opinión.

—Pues bien, sí, prima mía, o mejor dicho, no. Los australianos no son monos, pero los monos son australianos.

—¿Por qué?

—¿No sabéis la opinión que a los negros merece la interesante raza de los orangutanes?

—No.

—Los negros dicen —replicó el Mayor— que los monos son negros como ellos, pero más taimados. Él no hablá po no trabaja, decía un negro envidioso de un orangután domesticado, a quien su amo alimentaba perfectamente sin mandarle hacer nada en todo el día.

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