Parte 1. Capítulo 20. Las llanuras argentinas

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/02/2021 - 15:00

Glenarvan y su avanzadilla han podido evitar un gran peligro y logran reunirse con el resto de los expedicionarios, que finalmente pueden saciar su sed y reponer fuerzas gracias a la caza. Todos juntos se adentran en un nuevo territorio al sobrepasar los dos tercios del recorrido.

Los hijos del capitán Grant. Parte 1, capítulo 20

Después de haberse entregado a la alegría que les causó el volverse a encontrar reunidos, Paganel, Austin, Wilson, Mulrady, todos los que habían quedado a retaguardia, exceptuando tal vez el Mayor Mac Nabbs, se dieron cuenta de una cosa, y es de que se estaban muriendo de sed. Pero afortunadamente, el Guamini corría a poca distancia. Se pusieron, pues, en marcha, y a las siete de la mañana la caravana completa llegó a la empalizada.

Al ver el suelo sembrado de cadáveres de lobos, fue fácil comprender la violencia del ataque y el vigor de la defensa. Los viajeros, después de beber abundantemente, celebraron un sustancioso almuerzo dentro de la ramada. Los filetes de ñandú fueron declarados excelentes, y el armadillo, asado en su concha, mereció ser colocado entre los manjares más deliciosos.

—Comer razonablemente —decía Paganel— sería ofender a la providencia, es preciso comer mucho, comer demasiado.

Y demasiado comió, sin que le sentase mal, gracias a las claras aguas del Guamini, que, en su concepto, poseían cualidades digestivas de una superioridad incontestable.

A las diez de la mañana, Glenarvan, no queriendo caer en las faltas en que incurrió Aníbal, en Capua, dio la señal de marcha. Los viajeros llenaron de agua sus odres, y partieron. Los caballos, enteramente recobrados, caminaron con mucho ardor, conservando casi continuamente el corto galope de caza. El país iba siendo más húmedo, y por consiguiente más fértil, pero siempre desierto. No se produjo ningún incidente durante las jornadas del 2 y del 3 de noviembre, y al anochecer, los expedicionarios, avezados ya a las fatigas de las largas marchas, acamparon en el límite de las pampas, en las fronteras de la provincia de Buenos Aires. Habían salido el 14 de octubre de la bahía de Talcahuano, y por consiguiente en veintidós días habían andado felizmente 450 millas, es decir, cerca de dos terceras partes del camino.

A la mañana siguiente traspasaron la línea convencional que separa la llanura argentina de la región de las pampas.

Allí esperaba Thalcave encontrar a los caciques en cuyas manos creía que se hallaban Harry Grant y sus dos compañeros de infortunio.

Buenos Aires es la provincia más vasta y más poblada de las catorce que componen la República Argentina. Su frontera confina con los territorios indios del sur, entre los 64 y 65°. Su suelo es asombrosamente fértil. Un clima particularmente salubre caracteriza aquella llanura cubierta de gramíneas y de plantas arborescentes leguminosas, la cual presenta una horizontalidad casi perfecta hasta el pie de las sierras de Tandil y de Tapalquen.

Desde que se separaron de las márgenes del Guamini, los viajeros observaron con la mayor satisfacción una mejora muy notable en la temperatura. No pasaba ésta por término medio de 17 grados centígrados, gracias a los vientos fuertes y fríos de la Patagonia que agitan incesantemente las ondas atmosféricas. Ni hombres ni animales tenían, pues, motivos de queja, después de tanta sequedad y tanto calor como habían arrostrado. Así es que avanzaban con ardor y confianza. Pero a pesar de lo dicho por Thalcave, el país parecía enteramente inhabitado, o hablando con más propiedad, deshabitado.

Siguiendo la dirección este se cortaban algunas lagunas de poca extensión, cuya agua era dulce, y otras cuya agua era salobre. En sus orillas, al abrigo de los zarzales, saltaban pequeños reyezuelos y cantaban alegres alondrillas, en compañía de los tangaras, rivales en colores de los centelleantes colibríes. Tan preciosos pájaros batían alegremente sus alas, sin cuidarse de los soldadescos estorninos, que ostentaban en los ribazos sus charreteras y sus solapas rojas. En los espinosos breñales se mecía y columpiaba como una hamaca de criollo el movedizo nido de los annubis, y a la orilla de las lagunas marchaban acompasadamente magníficos flamencos, sin desplegar al viento sus alas de color de fuego. Se distinguían agrupados millares de sus nidos, en forma de conos truncados de un pie de elevación, que parecían una ciudad en miniatura. Los flamencos, poco ariscos, no huían al acercarse los viajeros, lo que ponía de mal humor al sabio Paganel.

—Desde hace mucho tiempo —dijo al Mayor— tengo el capricho de ver volar a un flamenco.

—¡Buen capricho es! —dijo el otro.

—Y puesto que la ocasión se presenta, me aprovecho de ella.

—Aprovechadla, Paganel.

—Seguidme, Mayor. Y tú también, Roberto. Necesito testigos.

Y dejando Paganel seguir adelante a sus compañeros, se dirigió con Roberto Grant y el Mayor hacia donde estaban los fenicópteros.

Cuando los tuvo a tiro, disparó su carabina cargada con pólvora, porque no quería inútilmente derramar sangre, y todos los flamencos echaron a volar, mientras Paganel los observaba atentamente a través de sus anteojos.

Cuando los tuvo a tiro, disparó su carabina cargada con pólvora.
Cuando los tuvo a tiro, disparó su carabina cargada con pólvora.

—Y bien —dijo el Mayor cuando se perdieron de vista—, ¿les habéis visto volar?

—Si —respondió Paganel, a menos que fuera ciego, no podía hacer otra cosa.

—¿Y os han parecido flechas emplumadas?

—No, por cierto.

—Ni a mí tampoco —añadió Roberto.

—Me alegro —contestó el sabio con satisfacción. ¿Dónde tendría los ojos el más orgulloso de los hombres modestos, mi ilustre compatriota Chateaubriand, cuando comparó los flamencos con las flechas? ¡Ah, Roberto! La comparación es la más peligrosa de las figuras retóricas. Desconfía de ella siempre y no la emplees sino en último extremo.

—¿Estáis, por lo visto, muy satisfecho de vuestra observación? —dijo el Mayor.

—¡Mucho!

—Yo también, pero démonos prisa, porque vuestro Chateaubriand nos ha hecho quedar rezagados más de una milla.

Cuando se reunieron a sus compañeros, Paganel halló a Glenarvan en animada conversación con el indio, a quien al parecer no comprendía. Thalcave se paraba frecuentemente para observar el horizonte y en su rostro se pintaba su asombro cada vez más profundo.

Glenarvan, no viendo junto a él a su intérprete ordinario, había tratado, aunque infructuosamente, de interrogarle él mismo. Así es que, en cuanto vio a lo lejos al sabio, le gritó:

—¡Venid pronto, amigo Paganel, que Thalcave y yo no podemos entendernos!

Paganel conversó algunos minutos con el patagón, y volviéndose a Glenarvan, dijo a éste:

—Thalcave admira un hecho que es verdaderamente extraño.

—¿Cuál?

—No encontrar indios ni huellas de ellos en estas llanuras, en que se suelen encontrar siempre, bien ocupándose en cazar el ganado salido de las estancias, o bien marchando hacia los Andes para vender sus pieles de zorrillo y sus látigos de cuero trenzado.

—¿Y a qué atribuye Thalcave este abandono?

—No puede adivinar la causa, y por lo mismo se asombra.

—¿Pero qué indios esperaba encontrar en esta parte de las pampas?

—Precisamente los que han tenido en su poder cautivos extranjeros, los indígenas que mandan los caciques Calfucura, Catriel o Yanchetruz.

—¿Qué gentes son ésas?

—Jefes de bandas que eran muy poderosas treinta años atrás, antes de ser arrojadas al otro lado de las sierras. Desde entonces se han sometido todo lo que puede un indio someterse, y lo mismo recorren las pampas que la provincia de Buenos Aires. Yo también, como Thalcave, me asombro de no encontrar sus huellas en un país en que ejercían generalmente el oficio de salteadores.

—En este caso —preguntó Glenarvan—, ¿qué partido vamos a tomar?

—Voy a preguntárselo —respondió Paganel.

Y después de una breve conversación con Thalcave, dijo:

—He aquí su parecer, que me parece muy discreto. Debemos continuar nuestra marcha hasta el Fuerte Independencia, lo que no nos separa de nuestro camino, y allí, si no tenemos noticias del capitán Grant, sabremos al menos qué se ha hecho de los indios de la llanura argentina.

—¿Dista mucho de aquí ese fuerte? —preguntó Glenarvan.

—No, está situado en la sierra de Tandil, a unas sesenta millas.

—¿Y cuándo llegaremos?

—Pasado mañana por la tarde.

Este incidente desconcertó no poco a Glenarvan, que lo que menos podía esperar era no hallar indios en las pampas, donde ordinariamente hay demasiados. Indudablemente les había arrojado de allí alguna circunstancia muy especial. Lo más grave de todo era no saber, en el caso de ser Harry Grant prisionero de alguna de aquellas tribus, si había sido conducido hacia el sur o hacia el norte. Esta duda inquietaba mucho a Glenarvan, pues lo que principalmente interesaba era no perder la pista del capitán. De todos modos, lo mejor era seguir el consejo de Thalcave y llegar a la aldea de Tandil. Allí al menos encontrarían con quién hablar.

A las cuatro de la tarde se distinguió en el horizonte una colina, que en un país tan llano podía pasar por una montaña. Era la sierra de Tapalquen, en cuya falda acamparon los viajeros aquella noche.

La sierra se pasó al día siguiente con la mayor facilidad del mundo, siguiendo las arenosas ondulaciones de un terreno de suaves pendientes. Risa causaba una sierra semejante a viajeros que habían salvado la cordillera de los Andes. Casi no fue necesario hacer acortar el paso a los caballos. Al mediodía dejaron atrás el abandonado Fuerte de Tapalquen, primer eslabón de la cadena de fortines que se extiende por el borde sur contra los bandidos indígenas. Pero para mayor sorpresa de Thalcave, tampoco allí se encontró ni la sombra de un indio. Sin embargo, al mediodía, tres corredores de las llanuras, bien montados y bien armados, observaron un momento la caravana, pero, sin dejar que se les acercase, huyeron con la rapidez de un relámpago.

Glenarvan estaba furioso.

—Gauchos —dijo el patagón, dando a aquellos indígenas el nombre que había provocado una discusión entre el Mayor y el geógrafo.

—¡Gauchos! —repitió Mac Nabbs. Pues bien, Paganel, hoy que no sopla el norte, ¿queréis decirnos lo que opináis de esos animales?

—Opino que parecen bandidos —respondió Paganel.

—¿Y de parecerlo a serlo, distinguidísimo sabio?

—No hay más que un paso, distinguidísimo Mayor.

A la contestación de Paganel sucedió una carcajada general que, no sólo no le desconcertó, sino que le sirvió de asidero para una observación muy curiosa referente a los indios.

—He leído no sé dónde —dijo— que el árabe tiene en la boca una rara expresión de ferocidad, al paso que sus ojos tienen una expresión dulce. En el salvaje americano sucede todo lo contrario. La expresión de sus ojos es maligna.

Ningún fisonomista de profesión hubiera caracterizado mejor la raza india.

Siguiendo las instrucciones de Thalcave, los viajeros marchaban formando un pelotón compacto. Aunque el país aparecía desierto, era siempre de temer una emboscada. La precaución fue, sin embargo, inútil, y aquel mismo día acamparon sin novedad en una espaciosa toldería abandonada, en que el cacique Catriel reunía ordinariamente sus bandas de indígenas. El patagón, inspeccionando él terreno, no encontró en él huellas recientes, y se convenció de que la toldería estaba desde hacía mucho tiempo inhabitada.

Al día siguiente, Glenarvan y sus acompañantes se hallaban en la llanura, desde la cual distinguieron las primeras estancias próximas a la sierra de Tandil.

Pero Thalcave resolvió no detenerse en ellas y seguir adelante hasta llegar al «Fuerte Independencia», donde quería informarse sobre aquel singular abandono del territorio.

Reaparecieron entonces los árboles que faltaban casi completamente desde que los viajeros dejaron la cordillera. La mayor parte de ellos se plantaron al llegar los españoles al territorio americano. Había acederaques o cinamomos, melocotoneros, álamos, sauces, acacias, que brotaban espontáneamente y con una precocidad notable. Grandes vallados formados con estacas formaban los corrales, paciendo y cebándose en la llanura inmediata millares de bueyes, carneros, vacas y caballos, que llevaban impresa con un hierro candente la marca del dueño, mientras que enormes perros guardaban los alrededores con incansable vigilancia. El terreno algo salino que se extiende al pie de las montañas, conviene admirablemente al ganado y produce excelente forraje, por cuya razón es el preferido para las estancias, que son dirigidas por un mayordomo y un capataz que, por cada mil cabezas de ganado, tienen a sus órdenes cuatro dependientes.

Aquellas gentes viven como los pastores de la Biblia, siendo sus rebaños tanto o más numerosos que los que poblaban las llanuras de Mesopotamia. Pero el pastor de las pampas no tiene familia, los grandes estancieros son ricos mercaderes de bueyes, que en nada se parecen a los patriarcas de los tiempos bíblicos.

Todo esto explicó Paganel con la mayor precisión a sus compañeros, haciendo con tal motivo un discurso antropológico muy interesante en que comparaba las razas. Hasta consiguió llamar la atención del Mayor, que no ocultó la satisfacción con que le oía.

Paganel tuvo también ocasión de hacer observar un curioso efecto de espejismo muy común en las llanuras horizontales. Las estancias, vistas desde lejos, parecían grandes islas. Se hubiera dicho que un agua limpia, que se apartaba a medida que se iban acercando los viajeros, reflejaba los álamos y los sauces de los vallados, siendo tan completa la ilusión que costaba trabajo desprenderse de ella.

Las estancias, vistas desde lejos, parecían grandes islas.
Las estancias, vistas desde lejos, parecían grandes islas.

Durante la jornada del 6 de noviembre se encontraron varias estancias y también uno o dos saladeros en que las reses, después de haberse cebado con suculentos pastos, entregan la garganta al cuchillo del carnicero. El saladero, como su nombre indica, es el sitio en que se salan las carnes. Estos repugnantes trabajos comienzan al fin de la primavera, en cuya época van los saladores a apoderarse de los animales en el corral, echándoles el lazo, que manejan hábilmente, y los conducen al saladero. Centenares de bueyes, toros, vacas y cameros son muertos, desollados y descuartizados. Pero no siempre los toros se dejan coger sin resistencia. Entonces el matarife se convierte en torero, y ejerce este peligroso oficio con una destreza y también con una ferocidad poco comunes. La matanza ofrece un espectáculo de lo más repugnante. No hay nada que dé más asco que las cercanías de un saladero de donde salen, al mismo tiempo que una atmósfera cargada de fétidas emanaciones, feroces gritos de matarifes, siniestros aullidos de perros, prolongados berridos y balidos de reses moribundas, que se mezclan con los estridentes graznidos de las auras, grandes buitres de la llanura argentina, que acuden a millares desde veinte leguas a la redonda, para disputar a los carniceros los despojos aún palpitantes de sus víctimas.

Pero a la sazón los saladeros permanecían mudos, pacíficos y desiertos, no habiendo llegado aún la época del terrible degüello.

Thalcave apresuraba la marcha, porque quería llegar aquella misma tarde al «Fuerte Independencia». Los caballos, estimulados por sus jinetes y por Thaouka, cuyo ejemplo seguían, cruzaban casi volando las altas gramíneas. Se encontraron muchas granjas almenadas y defendidas por profundos fosos. La casa principal tenía una terraza desde la cual sus moradores, militarmente organizados, podían contrarrestar a tiros los ataques de los bandoleros de la llanura. Glenarvan hubiera tal vez hallado allí los datos que buscaba, pero lo más seguro era llegar a la aldea de Tandil. No se detuvieron, pues, los expedicionarios. Vadearon el río de los Huesos, y, algunas millas más adelante, el Chapaleofú. Muy pronto la sierra de Tandil presentó a los pies de los caballos la escarpa alfombrada de césped de sus primeras pendientes, y una hora después la aldea se destacó al fondo de una estrecha garganta, dominada por los almenados muros del «Fuerte Independencia».

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