Parte 1. Capítulo 23. En donde llevan vida de pájaros

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 15/03/2021 - 15:00

Glenarvan y sus amigos se refugian en un inmenso árbol de la enorme e inesperada avenida de agua, y ven desaparecer en ella a Thalcave con su caballo Tahouka. Se establecen en el árbol haciendo recuento de sus recursos para sobrevivir durante el tiempo en que el terreno siga anegado de agua, cuando el sabio Paganel anuncia un sorprendente descubrimiento sobre el paradero de Harry Grant.

Los hijos del capitán Grant. Parte 1, capítulo 23

El árbol en que Glenarvan y sus compañeros acababan de hallar un refugio parecía un nogal, por sus hojas relucientes y redondeadas. Era el ombú, que se encuentra aisladamente en las llanuras argentinas. Su tronco retorcido se fija al suelo, no sólo por sus robustas raíces, sino también por vigorosos retoños que le sujetan tenazmente. Sólo así se comprende que pudiera contrarrestar la avenida.

El ombú que servía de asilo a los expedicionarios tenía cien pies de altura, y con la sombra de su copa podía cubrir una superficie de 60 toesas. Toda aquella andamiada descansaba sobre tres grandes ramas que arrancaban de la parte superior del tronco, cuyo diámetro era de 6 pies. Dos de las ramas subían casi perpendicularmente, y sostenían el inmenso parasol de follaje, cuyas ramas cruzadas, mezcladas, entretejidas como por la mano de un cestero, formaban un abrigo impenetrable. La tercera rama se extendía casi horizontalmente encima de las aguas mugidoras, que acariciaba con sus últimas hojas. Figuraba una avanzada punta de aquella isla de verdor rodeada de un océano. No faltaba espacio en el interior de aquel árbol gigantesco. El follaje, desenvolviéndose lozano desde el centro de la circunferencia, dejaba grandes intervalos muy despejados, verdaderos rasos, aire abundante y mucho frescor. Al ver aquellas ramas que se perdían en las nubes, aquellas enredaderas y bejucos parásitos que entrelazaban sus tallos, aquellas aberturas del follaje por las que deslizaba el sol sus rayos, se hubiera dicho que el tronco del ombú sostenía él solo un buque entero.

El <i>ombú</i> que servía de asilo a los expedicionarios tenía cien pies de altura
El ombú que servía de asilo a los expedicionarios tenía cien pies de altura

Al llegar los fugitivos, todo un mundo alado huyó hacia las ramas superiores, protestando con sus chillidos contra tan flagrante usurpación de domicilio. Se contaban por centenares los pájaros que habían buscado un asilo en aquel ombú solitario. Había mirlos, estorninos, jilgueros y, sobre todo, picaflores, pájaros moscas de resplandecientes matices, que pareció, cuando volaron, que una bocanada de aire despojaba el árbol de todas sus flores.

Tal era el asilo en que hallaron acogida Glenarvan y sus compañeros. El joven Grant y el ágil Wilson, apenas llegaron al árbol, se encaramaron a lo más alto. Su cabeza se abrió paso entre las ramas que formaban su verde cúpula. Desde aquel punto culminante abarcaba su vista un dilatado horizonte. Les cercaba por todos lados el océano engendrado por la inundación, y por lejos que quisieron llevar sus miradas, no distinguieron el límite de las aguas. Ningún árbol descollaba sobre la líquida llanura, siendo el ombú el único en medio del líquido elemento, que se estremecía a su embate. A lo lejos, derivando del sur al norte, pasaban, arrastrados por la impetuosa corriente, troncos desarraigados, ramas retorcidas, bálagos arrebatados de algún rancho demolido, vigas robadas por las aguas a los tejados de las estancias, cadáveres de animales ahogados, pieles ensangrentadas y en un árbol vacilante toda una familia de rugidores jaguares, que para sostenerse hincaban las zarpas en su frágil almadía. Más lejos aún, llamó la atención de Wilson un punto negro, ya casi invisible. Eran Thalcave y su fiel Thaouka que desaparecieron en lontananza.

—¡Thalcave! ¡Amigo Thalcave! —exclamó Roberto, tendiendo los brazos hacia el valeroso patagón.

—Se salvará —respondió Wilson—. Pero volvamos junto a Su Honor.

Un instante después, Roberto Grant y el marinero descendían los tres pisos de ramaje y se hallaban en la trifurcación del tronco, en que estaban sentados o cabalgando en las ramas o cogidos a ellas según la aptitud de cada cual, Glenarvan, el Mayor, Austin y Mulrady.

Wilson dio cuenta de la visita que acababa de hacer a la cima del árbol, participando todos de su opinión con respecto a Thalcave, cuya salvación y la de Thaouka a nadie parecieron dudosas, y lo único que no se sabía era si sería Thalcave quien salvase a Thaouka o si sería Thaouka quien salvase a Thalcave.

Mucho más alarmante era sin contradicción la situación de los huéspedes del ombú. No era de temer que el árbol cediese al empuje de la corriente, pero la creciente inundación podía ganar sus ramas altas, tanto más cuanto que la depresión del suelo hacía de aquella parte de la llanura un punto el más a propósito para la acumulación de las aguas. Por lo que pudiera suceder, mandó Glenarvan practicar algunas muescas, por las cuales era fácil guiarse para medir los diversos niveles del agua. La crecida, entonces estacionaria, había, al parecer, llegado a su mayor elevación, lo que tranquilizaba algo.

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Glenarvan.

—¡Vamos a hacernos el nido, por supuesto! —respondió alegremente Paganel.

—¡El nido! —exclamó Roberto.

—Como lo oyes, muchacho; porque no pudiendo vivir como viven los peces, hemos de vivir como viven los pájaros.

—¡Bien! —replicó Glenarvan. ¿Pero quién nos dará la comida?

—Yo —respondió el Mayor.

Todas las miradas se dirigieron a Mac Nabbs, que cómodamente sentado en una poltrona natural, formada por dos ramas elásticas, tenía en una mano unas alforjas mojadas, pero repletas.

—¡Ah, Mac Nabbs! —exclamó Glenarvan. ¡Ya lo sabía! En todo pensáis, hasta en las circunstancias en que es natural olvidarlo todo.

—Desde el momento —respondió el Mayor— en que resolvimos no ahogarnos, supuse que no sería con la intención de morirnos de hambre.

—También a mí se me hubiera ocurrido la misma idea —dijo ingenuamente Paganel. ¡Pero soy tan distraído!

—¿Y qué contienen las alforjas? —preguntó Tom Austin.

—Comida para siete hombres durante dos días —respondió Mac Nabbs.

—De acuerdo —dijo Glenarvan—, espero que dentro de veinticuatro horas habrá la inundación bajado suficientemente.

—O que hallaremos un medio de volver a ganar la tierra firme —replicó Paganel.

—Nuestro primer deber es, pues, almorzar —dijo Glenarvan.

—Después de secarnos —observó el Mayor.

—¿Y el fuego? —dijo Wilson.

—Se encenderá —replicó Paganel.

—¿Dónde?

—Encima del tronco, ¡por supuesto!

—¿Con qué?

—Con leña seca que cortaremos del árbol.

—¿Pero cómo la encenderemos? —dijo Glenarvan. Nuestra yesca está lo mismo que una esponja mojada.

—Nos pasaremos sin ella —respondió Paganel. Con un poco de musgo seco, un rayo de sol y la lente de mi anteojo, vais a ver qué fuego enciendo. ¿Quién va al bosque a hacer leña?

—¡Yo! —exclamó Roberto.

Y seguido de su amigo Wilson, desapareció como un gato en las profundidades del árbol. Durante su excursión, Paganel encontró suficiente cantidad de musgo seco; se procuró un rayo de sol, que encontró fácilmente, porque el astro del día brillaba entonces con un vivo resplandor, y con el auxilio de su lente, encendió sin trabajo el musgo que había cogido, que colocó sobre un lecho de hojas húmedas en la trifurcación de las grandes ramas del ombú. Preparado convenientemente aquel hornillo natural, que no ofrecía peligro alguno de incendio, aguardó a Wilson y a Roberto, que no tardaron en llegar con haces de ramas secas que arrojaron sobre el musgo encendido. Paganel, para que el fuego no se apagase, se colocó encima de la hoguera, con sus largas piernas abiertas, a la usanza árabe, y bajándose y levantándose rápidamente, estableció por medio de su poncho, una fuerte corriente de aire. Se encendió la leña, y una hermosa llama se elevó chisporroteando del improvisado brasero. Todos se secaron a su gusto, dejando los ponchos colgados de las ramas, que se balanceaban al soplo del viento. Después almorzaron con racionamiento, porque era preciso pensar en el mañana, y tal vez la inmensa cuenca tardaría más tiempo en vaciarse de lo que Glenarvan esperaba. Además de que las provisiones eran escasas. El ombú no producía fruto alguno. Afortunadamente, podía suministrar un buen contingente de huevos frescos, gracias a los numerosos nidos que colgaban de sus ramas, sin contar con sus anfitriones emplumados. Estos recursos no eran de despreciar.

En la posibilidad de que se prolongase su permanencia forzada en el árbol, los viajeros trataron de establecerse en él cómodamente.

—Puesto que —dijo Paganel— la cocina y el comedor están en el entresuelo, nos acostaremos en el cuarto principal. La casa es grande y el alquiler no es crecido; no podemos quejarnos. Veo allá arriba hamacas naturales en donde, atándonos bien, dormiremos como en las mejores camas del mundo. Nada tenemos que temer, y, además, habrá siempre uno de centinela, para que no se nos sorprenda. No sorprendiéndonos, somos más que suficientes para rechazar cualquier agresión de indios o de animales salvajes.

—No nos faltan más que armas —dijo Tom Austin.

—Tengo mis revólveres —dijo Glenarvan.

—Y yo los míos —añadió Roberto.

—¿De qué sirven? —respondió Tom Austin— si Monsieur Paganel no encuentra algún medio para fabricar pólvora.

—No se necesita —dijo Mac Nabbs, enseñando un frasco en buen estado.

—¿De dónde lo habéis sacado, Mayor? —preguntó Paganel.

—De Thalcave. Comprendió que podría sernos útil y me lo entregó antes de arrojarse al agua para auxiliar a Thaouka.

—¡Generoso y magnánimo indio! —exclamó Glenarvan.

—Sí —respondió Tom Austin. Si todos los patagones están cortados sobre el mismo patrón, ¡viva la Patagonia!

—Pido que no se olvide al caballo —dijo Paganel. Forma parte del patagón, y mucho me engaño o volveremos a ver a los dos.

—¿A qué distancia nos hallamos del Atlántico? —preguntó el Mayor.

—A cuarenta millas todo lo más —respondió Paganel. Y ahora, amigos míos, puesto que cada cual es libre de sus acciones, os pido permiso para retirarme. Me voy a buscar más arriba un observatorio, y con la ayuda de mis anteojos, os pondré al corriente de las cosas de este mundo.

Se accedió a los deseos del sabio, el cual trepó con mucha destreza de una a otra rama y desapareció detrás de la espesa cortina de follaje. Sus compañeros se ocuparon entonces de la organización de sus dormitorios y preparación de sus lechos, lo que no fue largo ni difícil. No había colchones que mullir, ni muebles que arreglar, y cada cual ocupó su puesto junto al fuego.

Entonces se trabó conversación, no sobre la situación presente, que era menester sobrellevar con paciencia, sino sobre el inagotable tema del paradero del capitán Grant. Si se retiraban las aguas, antes de tres días podían muy bien los expedicionarios hallarse a bordo del Duncan. Pero con ellos no iría Harry Grant ni sus dos marineros, náufragos desventurados. Después de haber atravesado infructuosamente América, parecía que toda esperanza de encontrarles estaba irrevocablemente perdida. ¿A dónde dirigir nuevas pesquisas? ¡Cuál no sería el dolor de Lady Elena y de Mary Grant al saber que el porvenir no les reservaba ya ni un átomo de esperanza!

—¡Pobre hermana! —dijo Roberto. ¡Todo ha concluido para nosotros!

Por primera vez no encontró Glenarvan, para contestar a Roberto, una palabra de consuelo. ¿Qué esperanza podía dar al pobre niño? ¿No había seguido con rigurosa exactitud las indicaciones del documento?

—¡Y, sin embargo —dijo—, este 37° de latitud no es una cifra vana! Que se aplique al naufragio o que se aplique al cautiverio de Harry Grant, no ha sido supuesto, interpretado, adivinado. Lo hemos visto con nuestros propios ojos.

—Todo eso es cierto, Milord —respondió Tom Austin—, y, sin embargo, las investigaciones han sido infructuosas.

—Motivos hay para irritarse, para desesperarse —exclamó Glenarvan.

—Para irritarse, no diré que no —dijo Mac Nabbs con su tranquilidad acostumbrada—, ¿pero para desesperarse? De ninguna manera. Precisamente, porque poseemos una cifra indiscutible, debemos seguir hasta lo último sus indicaciones.

—¿Qué queréis decir? —preguntó vivamente Glenarvan. ¿Qué nos queda por hacer, en vuestro concepto?

—Una cosa muy sencilla y muy lógica, querido Edward. Hagamos rumbo al este cuando lleguemos a bordo del Duncan, y sigamos el paralelo 37, si es preciso, hasta volver a nuestro punto de partida.

—¿Creéis, Mac Nabbs, que no he pensado ya en ello? —respondió Glenarvan. No una, sino cien veces. ¿Pero qué probabilidad de éxito tenemos? ¿Dejar el continente americano, no es alejarnos del punto indicado por el mismo Harry Grant, de esa Patagonia tan claramente nombrada en el documento?

—¿Queréis, pues —respondió el Mayor—, volver a empezar vuestras investigaciones en las pampas, cuando tenéis la certeza de que el naufragio de la Britannia no ocurrió en las costas del Pacífico, ni en las del Atlántico?

Glenarvan no respondió.

—¿Y por débil que sea la probabilidad de encontrar a Harry Grant siguiendo al paralelo indicado por él, no debemos intentarlo?

—No digo que no… —respondió Glenarvan.

—¿Y vosotros, camaradas —añadió el Mayor dirigiéndose a los marinos—, no sois de mi misma opinión?

—De la misma —respondió Tom Austin—, cuya contestación Mulrady y Wilson aprobaron con un movimiento de cabeza.

—Oídme, amigos míos —dijo Glenarvan después de reflexionar algunos instantes—; oídme todos, y particularmente tú, Roberto, porque la cuestión es grave. Yo haré cuanto es posible hacer en el mundo para encontrar al capitán Grant; me he comprometido a ello, y a ello, si es menester, dedicaré toda mi vida. Escocia entera me ayudará a salvar al hombre heroico que se ha sacrificado por ella. Creo, como el Mayor, que por débil que sea la probabilidad del buen éxito, debemos dar la vuelta al mundo siguiendo el paralelo 37, y yo la daré. Pero no es ésta la cuestión que hay que resolver, es otra más importante, es la siguiente: ¿Debemos abandonar definitivamente y desde este mismo momento nuestras investigaciones en el continente americano?

Esta pregunta, categóricamente formulada, no obtuvo respuesta. Nadie se atrevía a darla.

—¿Qué contestáis? —añadió Glenarvan, dirigiéndose más concretamente al Mayor.

—Mi querido Edward —respondió Mac Nabbs—, el que os respondiera hic et nunc incurriría en una grave responsabilidad. La cosa merece meditarse. Ante todo, deseo saber cuáles son las comarcas que atraviesa el 37° de latitud austral.

—Eso es cosa de Paganel —respondió Glenarvan.

—Preguntémosle, pues —replicó el Mayor.

Tan oculto estaba el sabio en el espeso follaje del ombú, que no se le veía. Fue necesario llamarle.

—¡Paganel! ¡Paganel! —exclamó Glenarvan.

—Presente —respondió una voz que bajaba del cielo.

—¿Dónde estáis?

—En mi torre.

—¿Podéis bajar un instante?

—¿Me necesitáis?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para saber qué países atraviesa el paralelo 37.

—Nada más fácil —respondió Paganel—, y si otra cosa no pedís, no tengo necesidad de moverme de mi observatorio.

—Pues bien, decid.

—Al dejar América, el paralelo 37 sur, atraviesa el océano Atlántico.

—Bueno.

—Encuentra la isla de Tristán da Cunha.

—De acuerdo.

—Pasa 2o debajo del cabo de Buena Esperanza.

—¿Después?

—Atraviesa el mar de las Indias.

—¿Luego?

—Roza la isla de San Pedro, del grupo de las islas Amsterdam.

—Adelante.

—Corta Australia por la provincia de Victoria.

—Proseguid.

—Saliendo de Australia…

Quedó sin concluir esta última frase. ¿Nada más sabía ya el sabio? No, pero un grito formidable partió de las alturas del ombú. Glenarvan y sus amigos se miraron unos a otros. ¿Acababa de sobrevenir una nueva catástrofe? ¿Había caído el desgraciado Paganel? Wilson y Mulrady volaban ya para socorrerle, cuando apareció un cuerpo largo. Paganel revoloteaba de rama en rama. Sus manos no podían agarrarse a nada. ¿Estaba vivo? ¿Estaba muerto? No se sabía, e iba ya a caer en las aguas mugidoras, cuando el Mayor le detuvo al pasar.

Iba ya a caer en las aguas mugidoras, cuando el Mayor le detuvo al pasar.
Iba ya a caer en las aguas mugidoras, cuando el Mayor le detuvo al pasar.

—Gracias, Mac Nabbs —exclamó Paganel.

—¿Qué tenéis? —dijo el Mayor. ¿Qué os ha sucedido? ¿Alguna de vuestras eternas distracciones?

—¡Sí! ¡Sí! —respondió Paganel muy sofocado. ¡Sí! ¡La más fenomenal de mis distracciones!

—¿Cuál?

—¡Nos hemos engañado! ¡Nos engañamos aún! ¡Seguimos incesantemente engañados!

—¡Explicaos!

—Glenarvan, Mayor, Roberto, amigos míos —exclamó Paganel—, cuantos me oís, sabed que buscamos al capitán Grant donde no está.

—¿Qué decís? —exclamó Glenarvan.

—¡Digo que no sólo le buscamos donde no está —añadió Paganel—, sino que le buscamos donde no ha estado nunca!

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