Parte 2. Capítulo 13. Un primer premio de Geografía

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 05/07/2021 - 15:00

En su camino por tierras australianas la expedición de Glenarvan y sus compañeros se topa con una compañía inesperada: un joven indígena. Este muchacho encandila a los viajeros con sus modales y con la convicción con que demuestra los conocimientos que le ha inculcado la educación británica, y deja estupefacto a Paganel por sus peculiares conocimientos de Geografía...

Los hijos del capitán Grant. Parte 2, capítulo 13

Algunas colinas destacaban en el horizonte su prolongado perfil y terminaban la llanura a dos millas del railway. No tardó la carretera en internarse por gargantas angostas y caprichosas revueltas. Todas ellas iban a parar a una encantadora comarca, donde magníficos árboles, que no llegaban a formar bosques, sino grupos aislados, brotaban con una exuberancia enteramente tropical. Se distinguían entre los más admirables las camarinas, que al parecer han tomado de la encina la robusta estructura del tronco, de la acacia las olorosas flores y del pino la rudeza de las hojas. Mezclábanse con sus ramas los graciosos conos del banksie latifolia, cuya delgadez le hace tan elegante. Arbustos de tallos caídos causaban en las colinas el efecto de un agua verde que rebosa de estanques demasiado llenos. La mirada vacilaba entre todas aquellas maravillas naturales y no sabía dónde fijarse definitivamente.

La comitiva se detuvo un instante. Ayrton, a una orden de Lady Elena, hizo parar la carreta, cuyas ruedas dejaron de chirriar en el arenoso cuarzo. Dilatados tapices de verdor se extendían bajo los grupos de árboles, y solamente algunas protuberancias del terreno, dispuestas con regularidad, los dividían en casillas como un tablero de damas.

Paganel no se engañó a la vista de aquellas soledades, tan patéticamente dispuestas para dormir el eterno sueño. Reconoció aquellos cuadros funerarios, cuyos últimos vestigios desaparecen bajo la hierba, y que tan pocas veces encuentra el viajero en la tierra australiana.

—Las florestas de la muerte —dijo.

En efecto, se hallaba en presencia de un cementerio indígena, pero tan fresco, tan sombrío, tan lleno de misteriosos atractivos, tan amenizado por el revoloteo de alegres pajaritos, que no despertaba ninguna idea triste. Hubiérase dicho que era uno de los jardines del Edén, cuando la muerte estaba aún proscrita de la Tierra. Parecía hecho para los vivos. Pero aquellas tumbas, que el salvaje conservaba con piadosa solicitud, iban desapareciendo bajo una marea ascendente de verdor. La conquista había arrojado al australiano lejos de la tierra en que reposan sus antepasados, y la colonización entregará muy pronto aquellos campos de la muerte a los dientes de los rebaños. Ya en la actualidad aquellas florestas son muy escasas, y muchas de ellas, que cubren una generación reciente, son pisadas con indiferencia por los viajeros.

Sin embargo, Paganel y Roberto, que habían dejado a sus compañeros muy rezagados, seguían andando entre los tumuli de las sombrías arboledas. Hablaban y se instruían mutuamente, pues el geógrafo pretendía que ganaba mucho con la conversación del joven Grant. Pero no habían andado aún un cuarto de milla cuando Glenarvan notó que se detenían, se apeaban y se inclinaban al suelo. Sus gestos expresivos daban a entender que examinaban un objeto muy curioso.

Ayrton aguijoneó los bueyes, y no tardó la carreta en alcanzar a los dos amigos. Se reconoció inmediatamente la causa de su detención y asombro. Un niño indígena, de ocho años de edad, vestido a la europea, dormía pacíficamente a la sombra de un magnífico banksie.

Era difícil engañarse respecto a los rasgos característicos de su raza. Sus crespos cabellos, su tez casi negra, su nariz aplastada, sus labios gruesos, sus brazos extraordinariamente largos, le clasificaban sin vacilar entre los naturales del interior. Pero se distinguía en él una fisonomía inteligente, y sin duda alguna la educación había levantado a aquel joven salvaje de su bajo origen.

Lady Elena, a quien interesó mucho su presencia, bajó de la carreta, y luego toda la comitiva rodeó al pequeño indígena, que dormía profundamente.

—¡Pobre niño! —dijo Mary Grant—. ¿Estará perdido en este desierto?

—Supongo —respondió Lady Elena— que ha venido de muy lejos para visitar estas florestas de la muerte. ¡Aquí reposan sin duda los que él ama!

—Pero no le debemos abandonar —dijo Roberto—. Está solo, y…

La caritativa frase de Roberto fue interrumpida por un movimiento del joven indígena, que se volvió sin despertar; pero entonces llegó a su colmo la sorpresa de todos viendo en su espalda un escrito que decía lo siguiente:

TOLINÉ TO BE CONDUCTED TO ECHUCA CARE OF JEFFRIES SMITH RAILWAY PORTER PREPAID. 14

—¡Lo que son los ingleses! —exclamó Paganel—. Remiten un niño lo mismo que una mercancía, y lo registran como un fardo. Me lo habían dicho, pero no quería creerlo.

—¡Pobrecito! —dijo Lady Elena—. ¿Estaría en el tren que ha descarrilado en Camden Bridge? ¡Tal vez en el descarrilamiento han muerto sus padres y ha quedado solo en el mundo!

—No es de creer, señora —respondió John Mangles—; ese escrito, por el contrario, indica que viajaba solo. Ahora lo sabremos.

En efecto, el niño se despertaba. Poco a poco abrió los ojos y los volvió a cerrar inmediatamente, no pudiendo resistir la luz del día. Pero Lady Elena le cogió una mano, y entonces él se levantó y dirigió una mirada atónita al grupo de los viajeros. Un sentimiento de miedo alteró sus facciones, pero le tranquilizó la presencia de Lady Elena.

—¿Comprendes el inglés, amigo? —le dijo la joven Lady.

—Lo comprendo y lo hablo —respondió el niño en el idioma de los viajeros, pero con un acento muy marcado.

Su pronunciación recordaba la de los franceses que se expresan en la lengua del Reino Unido.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Lady Elena.

—Toliné —respondió el indígena.

—¡Ah! ¡Toliné! —exclamó Paganel—. Si no me engaño, esta palabra australiana significa corteza de árbol.

Toliné hizo una señal afirmativa y volvió a mirar a los viajeros.

—¿De dónde vienes, amigo? —le preguntó Lady Elena.

—De Melbourne, por el railway de Sandhurst.

—¿Estabas en el tren que ha descarrilado en el puente de Camden? —preguntó Glenarvan.

—Sí, señor —respondió Toliné—; pero el Dios de la Biblia me ha protegido.

—¿Viajabas solo?

—Solo. El reverendo Paxton me había confiado a los cuidados de Jeffries Smith. Desgraciadamente, el pobre factor ha sido muerto.

—¿Y en el tren no conocías a nadie?

—A nadie, señor, pero Dios protege a los niños y no los abandona.

La voz de Toliné era tan dulce que llegaba al alma. Cuando hablaba de Dios, su palabra era más grave, sus ojos resplandecían, y en ellos se reflejaba todo el fervor que contenía su alma inmaculada.

Este entusiasmo religioso en una edad tan tierna se explica fácilmente. Aquel niño era uno de esos jóvenes indígenas bautizados por los misioneros ingleses y educados por ellos en las austeras prácticas de la religión metodista.

Sus respuestas tranquilas, su grave continente, su traje oscuro, le daban ya la apariencia de un pequeño reverendo.

¿Pero a dónde iba por aquellas regiones desiertas? ¿Por qué había salido de Camden Bridge? Lady Elena le interrogó sobre el particular.

—Volvía a mi tribu, que está en el Lachlan —respondió—. Quiero volver a mi familia.

—¿Australiana? —preguntó John Mangles.

—Australiana del Lachlan —respondió Toliné.

—¿Y tienes padre? ¿Tienes madre? —dijo Roberto Grant.

—Sí, hermano mío —respondió Toliné ofreciendo su mano al joven Grant, a quien este nombre de hermano afectó sensiblemente. Abrazó Roberto al pequeño indígena y no hubo necesidad de más para hacer de ellos dos amigos.

Los viajeros, a quienes interesaban vivamente las respuestas del joven salvaje, se fueron poco a poco sentando a su alrededor, y le escuchaban atentamente. Ya el sol se ocultaba detrás de los grandes árboles. Y como el punto parecía propicio para hacer un alto e importaba poco andar o no algunas millas más antes de cerrar la noche, Glenarvan dio orden de prepararlo todo para acampar allí mismo. Ayrton desunció los bueyes, y con ayuda de Mulrady y de Wilson los trabó y les dejó pacer a sus anchas. Se levantó la tienda. Olbinett preparó la cena. Toliné, aunque tenía hambre, aceptó su parte con algunas ceremonias. Se sentaron todos, estando los dos niños al lado uno de otro. Roberto escogía los mejores bocados para su nuevo camarada, y Toliné los aceptaba con una timidez graciosa y encantadora.

La conversación no languidecía. Aquel niño interesaba a todos, y todos le interrogaban. Todos deseaban conocer su historia, que era muy sencilla. Su pasado fue el de los pobres indígenas confiados desde su más tierna edad a los cuidados de las sociedades caritativas por las tribus avecindadas en la colonia. Los australianos tienen amables costumbres. No profesan a sus invasores el odio feroz que caracteriza a los de Nueva Zelanda y también tal vez a algunas tribus de Australia septentrional. Se les ve frecuentar las grandes ciudades, Adelaida, Sydney, Melbourne, y pasearse por ellas con su traje bastante primitivo. Trafican con pequeños productos de su industria, instrumentos de caza y pesca y armas, y algunos jefes de tribu, sin duda por economía, dejan a sus hijos aprovecharse de los innumerables beneficios de la educación inglesa.

Esto hicieron los padres de Toliné, verdaderos salvajes de Lachlan, vasta región situada más allá del Murray. Desde la edad de cinco años el niño había permanecido en Melbourne, y no había vuelto a ver a ninguno de los suyos. Y sin embargo, el imperecedero sentimiento de la familia vivía en su corazón, y sólo para volver a ver a su tribu, tal vez dispersa, a su familia, sin duda diezmada, había tomado el penoso camino del desierto.

—¿Y después de haber abrazado a tus padres volverás a Melbourne? —le preguntó Lady Glenarvan.

—Sí, señora —respondió Toliné, mirando a la hermosa Lady con una sincera expresión de ternura.

—¿Y qué quieres hacer con el tiempo?

—¡Quiero arrancar a mis hermanos de la miseria y la ignorancia! ¡Quiero instruirles, quiero que aprendan a conocer y amar a Dios! ¡Quiero ser misionero!

Estas palabras, pronunciadas con animación por un niño de ocho años, podían ser motivo de risa para ciertos caracteres ligeros y burlones; pero fueron comprendidos y respetadas por aquellos graves escoceses, y todos ellos admiraron el religioso denuedo del joven discípulo, aprestado ya al combate. Paganel se sintió conmovido en el fondo de su corazón, y el niño indígena le inspiró una verdadera simpatía.

¿Por qué no hemos de decirlo? Hasta entonces le había hecho poquísima gracia aquel salvaje vestido a la europea. No había hecho un viaje a Australia para ver australianos con gabán. Quería verles cubiertos nada más que de pinturas. El traje europeo trastornaba todas las ideas. Pero desde el momento en que Toliné hubo hablado con tanto ardor, se declaró su admirador entusiasta.

El final de la conversación debía, además, convertir al buen geógrafo en el mejor amigo del pequeño australiano.

A una pregunta de Lady Elena, Toliné respondió que estudiaba en la escuela normal de Melbourne, dirigida por el reverendo padre Paxton.

—¿Y qué te enseñan en la escuela? —preguntó Lady Glenarvan.

—Me enseñan la Biblia, Matemáticas, Geografía…

—¡Ah! ¡Geografía! —exclamó Paganel, herido en su fibra más sensible.

—Sí, señor —respondió Toliné—. Obtuve un primer premio de Geografía antes de las vacaciones de enero.

—¿Has obtenido un premio de Geografía, muchacho?

—Vedlo, señor —dijo Toliné, sacando un libro del bolsillo.

Era una Biblia bien encuadernada, en cuya primera página se leía esta mención honorífica: Escuela Normal de Melbourne, primer premio de Geografía, Toliné de Lachlan.

Paganel no pudo contenerse. Un australiano fuerte en Geografía era la mayor de las maravillas, y besó en las dos mejillas a Toliné, ni más ni menos que si hubiera sido el mismo reverendo Paxton, en el día de la distribución de premios. Paganel, sin embargo, debería haber sabido que este hecho no era raro en las escuelas australianas. Los jóvenes salvajes son muy aptos para las ciencias geográficas, que estudian con placer, al paso que se manifiestan rebeldes a los cálculos.

Toliné no había comprendido lo que significaban las súbitas caricias del sabio. Lady Elena le tuvo que explicar que Paganel era un célebre geógrafo, y en caso necesario, un profesor distinguido.

—¡Un profesor de Geografía! —respondió Toliné—. ¡Cuánto me alegro! ¡Examinadme, señor, examinadme!

—¡Examinarte, muchacho —dijo Paganel—, no deseaba otra cosa! Lo hubiera hecho sin tu permiso. No sentiré saber cómo enseñan Geografía en la escuela normal de Melbourne.

—¿Y si Toliné os diera lecciones, Paganel? —dijo Mac Nabbs.

—¡Lecciones a mí! —exclamó el geógrafo—. ¡Lecciones al secretario de la Sociedad de Geografía de Francia!

Afianzó sus gafas en su nariz, irguió su elevada estatura, y tomando el tono grave, como conviene a un profesor, empezó sus preguntas.

—Discípulo Toliné —dijo—; levantaos.

Toliné, que estaba de pie, no podía levantarse más. Aguardó, pues, en actitud modesta las preguntas del geógrafo.

—Discípulo Toliné —prosiguió Paganel—, ¿cuáles son las cinco partes del mundo?

—Oceanía, Asia, África, América y Europa —respondió Toliné.

—Muy bien. Hablemos primero de Oceanía, ya que nos hallamos en ella en este momento. ¿Cuáles son sus principales divisiones?

—Se divide en Polinesia, Malasia, Micronesia y Melanesia. Sus principales islas son: Australia, que pertenece a los ingleses, Nueva Zelanda, que pertenece también a los ingleses, Tasmania, que pertenece a los ingleses, las islas Chatham, Auckland, Macaría Kermadec, Mackin, Maraki, etcétera, que pertenecen a los ingleses.

—Bien —respondió Paganel—; pero, ¿y Nueva Caledonia, las Sandwich, las Mentana y las Pomodou?

—Son islas colocadas bajo el protectorado de la Gran Bretaña.

—¡Cómo! ¡Bajo el protectorado de la Gran Bretaña! —exclamó Paganel—. Pero me parece que Francia…

—¡Francia! —dijo el niño con extrañeza.

—¡Toma! ¡Toma! —dijo Paganel—. ¿Es eso lo que os enseñan en la Escuela Normal de Melbourne?

—Sí, señor profesor; ¿acaso no nos enseñan bien?

—¡Sí! ¡Sí! Perfectamente —respondió Paganel—. Toda la Oceanía es de los ingleses. Por supuesto. Continuemos.

Paganel estaba tan sorprendido como despechado, lo que hacía la delicia del Mayor.

Siguieron las preguntas.

—Pasemos a Asia —dijo el geógrafo.

—Asia —respondió Toliné— es un país inmenso. Capital: Calcuta. Ciudades principales: Bombay, Madrás, Calicut, Adén, Malaca, Singapur, Pegou, Colombo. Islas: Laquedivas, Maldivas, Chagos, etcétera. Pertenece a los ingleses.

—¡Bueno! ¡Bueno, discípulo Toliné! ¿Y África?

—África contiene dos colonias principales: Al sur la de El Cabo, con Cape-Town por capital, y al oeste los establecimientos ingleses. Ciudad principal: Sierra Leona.

—¡Bien contestado! —dijo Paganel, que empezaba a comprender aquella geografía anglo-fantástica, perfectamente enseñada—. En cuanto a Argel, Marruecos, Egipto…, están borrados de los atlas británicos. Quisiera ahora hablar un poco de América.

—Se divide —respondió Toliné— en América septentrional y América meridional. La primera pertenece a los ingleses por el Canadá, el Nuevo Brunswick, la Nueva Escocia y los Estados Unidos bajo la administración del gobernador Johnson.

—¡El gobernador Johnson! —exclamó Paganel—. ¡El sucesor del gran Lincoln, asesinado por un fanático partidario de la esclavitud! ¡Perfectamente! ¡No se puede decir más! Y en cuanto a la América del Sur con su Guayana, sus Malvinas, su archipiélago de las Shetland del Sur, su Georgia, su Jamaica, su Trinidad, etcétera, pertenece también a los ingleses. No disputaré acerca del particular. Pero quisiera, Toliné, conocer tu opinión, o mejor dicho, la de tus profesores sobre Europa.

—¿Europa? —preguntó Toliné, que no comprendía la animación del geógrafo.

—¡Sí! ¡Europa! ¿A quién pertenece Europa?

—Pues Europa pertenece a los ingleses —respondió el niño con un tono de profunda convicción.

—Lo sospechaba —replicó Paganel—. Pero, ¿cómo? Esto es lo que quisiera saber.

—Europa pertenece a Inglaterra por Escocia, Irlanda, Malta, las islas Jersey y Guernesey, las islas Jónicas, las Hébridas, las Shetland, las Orcadas…

—¡Bien! ¡Bien, Toliné! Pero hay otros Estados, hijo mío, de que no haces mención.

—¿Cuáles, señor? —respondió el niño sin desconcertarse.

—España, Rusia, Austria, Prusia, Francia…

—Son provincias y no Estados —dijo Toliné.

—¡Cáspita! —exclamó el secretario de la Sociedad de Geografía, quitándose los anteojos.

—Sin duda, España, capital Gibraltar.

—¡Admirable! ¡Perfecto! ¡Sublime! ¿Y Francia? Como soy francés me alegraría saber a quién pertenezco.

—Francia —respondió tranquilamente Toliné— es una provincia inglesa, cuya capital se llama Calais.

—¡Calais! —exclamó Paganel—. ¡Cómo! ¿Crees que Calais pertenece aún a Inglaterra?

—Sin duda.

—¿Y que es la capital de Francia?

—Sí, señor, allí reside el gobernador, Lord Napoleón…

Al oír estas últimas palabras, Paganel rompió a reír con toda su fuerza. Toliné no sabía qué pensar. Le habían preguntado, y había respondido lo mejor posible. Pero él no tenía la culpa de la singularidad de sus respuestas; ni siquiera la sospechaba. Sin embargo, no parecía desconcertado, y aguardaba con aplomo la terminación de aquellos arrebatos.

—¿No os lo decía yo? —dijo riendo el Mayor a Paganel—. ¿No tenía razón cuando os anunciaba que el discípulo os daría lecciones?

—Es verdad, amigo Mayor —replicó el geógrafo—. ¡Vaya una manera que tienen en Melbourne de enseñar Geografía! Ya saben lo que se hacen los profesores de la Escuela Normal. ¡Pardiez! Con una educación tan ingeniosa se comprende que los indígenas se sometan. Dime, hijo mío, ¿y la Luna también es inglesa?

—Lo será —respondió gravemente el joven salvaje.

Paganel se levantó. Le era imposible estarse quieto. Necesitaba reír a carcajada tendida, y se fue a desahogarse a un cuarto de milla del campamento.

Glenarvan había ido a buscar un libro que tenía en su pequeña biblioteca de viaje. Era el Manual de Geografía de Samuel Richardson, obra muy en boga en Inglaterra, y más al corriente de la Ciencia que los profesores de Melbourne.

—Toma, hijo mío —dijo a Toliné—, toma este libro y guárdalo. Tienes en Geografía algunas ideas falsas que te conviene reformar. Te lo doy como un recuerdo de nuestro encuentro.

Toliné tomó el libro sin responder, y lo hojeó con alguna atención, moviendo la cabeza con incredulidad, y sin decidirse a meterlo en el bolsillo.

La noche había cerrado enteramente. Eran las diez. Había que pensar en echarse un rato para poder madrugar. Roberto ofreció a su amigo Toliné la mitad de su cama. El joven indígena aceptó.

Lady Elena y Mary Grant volvieron a la carreta, y los viajeros se acostaron bajo la tienda, en tanto que las carcajadas de Paganel se mezclaban con el suave canto de las urracas silvestres.

Pero a las seis de la mañana siguiente, cuando un rayo de sol despertó a los viajeros, buscaron inútilmente al niño australiano. Toliné había desaparecido. ¿Quería llegar cuanto antes a las comarcas del Lachlan? ¿Habían herido su amor propio las risas de Paganel? No se sabe.

Pero cuando Lady Elena se despertó, encontró sobre su pecho un fresco ramillete de sensitivas de hojas sencillas, y Paganel, en uno de sus numerosos e interminables bolsillos, la geografía de Samuel Richardson.

  • 14. Toliné, para ser conducido a Echuca, al cuidado de Jeffries Smith, empleado de los ferrocarriles. Porte pagado.

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