Parte 1. Capítulo 11. Travesía de Chile

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 21/12/2020 - 15:00

La expedición que se propone atravesar el continente Americano por tierra siguiendo el paralelo 37 parte con buen ánimo y a buen ritmo. Las primeras jornadas avanzan muy rápidamente, y Santiago Paganal demustra que sus conocimientos geográficos están muy por encima de sus avances en el aprendizaje del idioma español

Los hijos del capitán Grant. Parte 1, capítulo 11

La escolta indígena organizada por Glenarvan, se componía de tres hombres y un niño. El jefe de los mulateros era un inglés naturalizado en el país hacía veinte años. Tenía por oficio alquilar mulas a los viajeros y guiarles en la travesía de las cordilleras. Después era relevado por un baqueano o guía argentino, que conocía al dedillo el camino de las pampas. No había el conductor inglés olvidado de tal manera, en medio de las mulas y los indios, su idioma natural, que no pudiese sostener una conversación con los viajeros, de lo que resultaba, para la comunicación y ejecución de las órdenes, una facilidad de la que Glenarvan procuró sacar partido, pues Santiago Paganel no estaba aún bastante fuerte en español para hacerse comprender.

El jefe de los mulateros o capataz, según le llaman los chilenos, tenía a sus órdenes dos peones indígenas y un niño de doce años. Los peones cuidaban de los mulos cargados con el equipaje de los expedicionarios, y el niño conducía la madrina, yegua pequeña, que llena de cascabeles y campanillas, marchaba delante de la recua, compuesta de diez mulos. De éstos montaban siete los viajeros y uno el capataz, llevando los dos restantes las provisiones y algunas piezas de telas destinadas a captarse las simpatías de los caciques de la llanura. Los peones marchaban a pie, según costumbre.

El niño marchaba delante de la recua, compuesta de diez mulos.
El niño marchaba delante de la recua, compuesta de diez mulos.

Así, pues, la travesía de América debía verificarse en las mejores condiciones desde el punto de vista de seguridad y rapidez.

El paso por la cordillera de los Andes no es un viaje ordinario. No se puede emprender sin disponer de mulos vigorosos, de los cuales son los más estimados los de la provincia argentina. Estos híbridos han adquirido en el país un desarrollo superior al de la raza primitiva. Son fáciles de mantener, no beben más que una vez al día, andan, sin fatigarse, diez leguas en ocho horas y llevan sin gran trabajo una carga de catorce arrobas.

En la distancia que separa un océano de otro, no hay posadas. No se encuentra ni un mal ventorrillo. Se come carne seca o cecina, llamada en América tasajo, arroz sazonado con pimienta, y la caza que buenamente se presenta en el camino. Se bebe en la montaña el agua de los torrentes, en la llanura la de los arroyos, mezclándola con algunas gotas de ron o aguardiente de caña, de lo que cada cual lleva su provisión en un cuerno de buey llamado chifle. Conviene no abusar de bebidas alcohólicas en una región en que el sistema nervioso está siempre excitado. Respecto a camas, no hay más que el aparato indígena llamado vulgarmente recado, que se reduce a los pellones o zaleas de carnero, pieles curtidas por un lado y sin trasquilar por el otro, que se sujetan con anchas cinchas o correas lujosamente bordadas. Envuelto en ellas el viajero, arrostra victoriosamente la humedad de la noche y duerme a las mil maravillas.

Glenarvan, como hombre que sabe viajar y conformarse con los usos de todos los países, había adoptado para sí y todos los de la comitiva el traje chileno. Paganel y Roberto, que eran dos niños, uno grande y otro pequeño, no cabían de gozo en su pellejo cuando metieron la cabeza por la abertura del poncho nacional, especie de capote de monte que tiene un agujero en el centro, y los pies en las botas de cuero hechas con la piel de los corvejones de un potro.

Paganel y Roberto no cabían de gozo en su pellejo cuando metieron la cabeza por la abertura del poncho.
Paganel y Roberto no cabían de gozo en su pellejo cuando metieron la cabeza por la abertura del poncho.

Eran de ver sus mulos ricamente enjaezados, con el freno árabe en la boca, la larga brida de cuero trenzado que servía al mismo tiempo de látigo, la cabeza cuajada de adornos de metal y las alforjas, de colores chillones, conteniendo la ración del día. Paganel, siempre distraído, estuvo a punto de recibir un par de coces de su excelente cabalgadura en el momento de poner el pie en el estribo; luego que estuvo montado con la inseparable bandolera de la que colgaba el anteojo de larga vista, se confió enteramente al instinto del animal, y no tuvo motivos de arrepentirse de ello. Roberto mostró desde luego gran aptitud para la equitación, y si la ejercitaba, llegaría a ser un excelente jinete.

Se comenzó la marcha con un tiempo soberbio, estando el cielo puro, y a pesar de los ardores del sol, la brisa del mar refrescaba suficientemente la atmósfera. La caravana siguió a buen paso las tortuosas playas de Talcahuano, para ganar a treinta millas al sur la extremidad del paralelo. La marcha fue rápida durante aquella primera jornada por entre la espadaña y las cañas de antiguos pantanos desecados, y se habló poco. Los adioses de despedida habían dejado cierta amargura en el corazón de los viajeros. Aún podían ver el humo del Duncan que se perdía en el horizonte. Todos callaban, a excepción de Paganel. El estudioso geógrafo se dirigía a sí mismo preguntas en español, y se contestaba satisfactoriamente en la misma lengua.

El capataz era también un hombre bastante taciturno, y no era su profesión la más adecuada para hacer de él un hablador. Hablaba apenas a sus mulateros. Éstos, prácticos en su oficio, sabían muy bien lo que hacer. Si algún mulo se detenía, lo arreaban con un grito gutural, y si esto no era suficiente, con un buen canto que arrojaban con mano certera, le sacaban de su apatía. Si se desataba una cincha, si se rompía una brida, el mulatero, quitándose el poncho, tapaba con él la cabeza del animal, y reparada la avería, seguía la marcha.

Es costumbre de los mulateros partir a las ocho, después de almorzar, y caminar hasta las cuatro de la tarde. Glenarvan se atuvo a ella. Precisamente, cuando dio el capataz la voz de alto, los viajeros llegaban a la villa de Arauco, situada en la extremidad de la bahía, sin haber abandonado la playa espumosa del océano. Para hallar el extremo del paralelo 37 hubiera sido preciso avanzar 20 millas al oeste hasta la bahía Carnero. Pero los agentes de Glenarvan habían ya recorrido aquella parte del litoral sin encontrar ningún vestigio del naufragio. Una nueva expedición hubiera sido inútil, y se resolvió por lo tanto tomar la ciudad de Arauco por punto de partida. Desde allí debía seguirse el camino hacia el este, siguiendo una línea rigurosamente recta.

La caravana entró en la ciudad para pernoctar en ella, y acampó en medio del patio de un ventorro, cuyas comodidades se hallaban aún en un estado rudimentario.

Arauco es la capital de Araucania, estado que tiene 50 leguas de largo y 40 de ancho, habitado por los molucas, los primogénitos de la raza chilena cantados por Ercilla. Es una raza altiva y fuerte, la única de las dos Américas que no se ha doblegado nunca a una dominación extranjera. Aunque Arauco perteneció en otro tiempo a los españoles, las poblaciones no se sometieron, resistieron entonces como resisten en la actualidad las invasiones de Chile, y su bandera independiente, que es una estrella blanca en campo azul ondea aún en la cúspide de la colina fortificada que defiende la ciudad.

Mientras se preparaba la cena, Glenarvan, Paganel y el capataz se pasearon entre las casas cubiertas de guano. Arauco no ofrece más curiosidad arquitectónica que una iglesia y las ruinas de un convento de franciscanos. Glenarvan procuró inútilmente recoger algunos datos relativos al objeto de la expedición. Paganel estaba desesperado porque no podía hacerse comprender de los habitantes, pero hablando éstos el araucano, lengua madre cuyo uso es general hasta el estrecho de Magallanes, el español que hablaba Paganel le sirvió tanto como el hebreo. Hizo funcionar sus ojos, ya que nada tenía que hacer con los oídos, y experimentó una verdadera alegría de sabio al observar los varios tipos de la raza moluca que se le ponían delante. Los hombres tenían la estatura alta, la cara chata, la tez cobriza, la barba rala, la mirada recelosa y la cabeza ancha y perdida en una larga cabellera negra. Parecían entregados a la haraganería especial de las gentes de guerra que no saben qué hacer en tiempo de paz. Sus mujeres, miserables y animosas, se dedicaban a las más penosas faenas, echaban el pienso a los caballos, limpiaban las armas, araban, cazaban para sus señores, y aún les quedaba tiempo para invertirlo en sus ponchos de color azul turquesa, que requieren dos años de trabajo, valiendo cada uno de ellos por lo menos 100 pesos fuertes.

En resumen, los molucas forman un pueblo poco interesante y de costumbres bastante rudas. Tienen todos los vicios humanos contra una sola virtud, el amor a la independencia.

—Son unos verdaderos espartanos —decía Paganel, cuando, al terminar el paseo, se sentó a la mesa para cenar.

El digno sabio exageraba, y sus exageraciones cómicas provocaron cierta hilaridad colectiva cuando dijo que su corazón francés palpitaba con violencia durante su visita a la ciudad de Arauco. Al preguntarle el Mayor la causa de su inesperada palpitación, respondió que su emoción era natural, pues un compatriota suyo ocupó en otro tiempo el trono de Araucania. El Mayor le suplicó dijese el nombre de aquel soberano, y Santiago Paganel nombró con orgullo al buen Monsieur De Tonneins, excelente sujeto, antiguo abogado de Périgueux, demasiado barbudo tal vez en aquel país de pocas barbas, que había experimentado lo que los reyes destronados han dado en llamar con enfático sentimentalismo la ingratitud de sus súbditos. Habiéndose sonreído ligeramente el Mayor ante la idea de un antiguo abogado derribado del trono, Paganel respondió con mucha gravedad que era tal vez más fácil a un abogado ser un buen rey que a un rey ser un buen abogado. Todos celebraron la ocurrencia y bebieron algunas gotas de chichi19 a la salud de Orelio Antonio I, ex rey de Araucania. Pocos minutos después los viajeros, envueltos en sus ponchos, dormían profundamente.

A las ocho de la mañana siguiente, los expedicionarios, con la madrina en vanguardia y los mulateros a retaguardia, prosiguieron al este el camino del paralelo trigésimo séptimo. Atravesaron el fértil territorio de Araucania, rico en viñas y rebaños. Pero poco a poco fueron quedando desiertos los campos, y apenas si de milla en milla se distinguía una choza de rastreadores, o indios domadores de caballos, célebres en toda América. Se veía también, de cuando en cuando, una casa de postas abandonada que servía de albergue al vagabundo indígena de las llanuras. Durante aquella jornada cortaron dos ríos el paso a los viajeros, el Raque y el Tubal.

El capataz descubrió un vado que permitió pasar a la otra orilla.
El capataz descubrió un vado que permitió pasar a la otra orilla.

Pero el capataz descubrió un vado que permitió pasar a la otra orilla. La cordillera de los Andes se destacaba en el horizonte, siendo hacia el norte mayores y más numerosos sus picos y colinas. Allí no eran aún más que las vértebras inferiores de la enorme espina dorsal en que se apoya todo el armazón del Nuevo Mundo.

A las cuatro de la tarde, después de andar 35 millas, se detuvo la caravana en medio del campo, debajo de un bosque de gigantescos mirtos. Se quitó la brida a los mulos, que fueron a pastar libremente la espesa hierba de las sabanas. Salieron de las alforjas el tasajo y el arroz acostumbrado. Las zaleas extendidas en el suelo sirvieron de colchones, los recados hicieron el papel de almohadas, y en aquellos improvisados lechos conciliaron todos un sueño reparador, mientras que los mulateros y el capataz velaban por turno.

Siendo el tiempo tan propicio, gozando de buena salud todos los viajeros, sin exceptuar a Roberto, y habiendo empezado el viaje bajo tan buenos auspicios, era preciso aprovechar las circunstancias y seguir adelante con el ardor de un jugador que está de suerte. Ésa era la opinión de todos. En la siguiente jornada se avanzó mucho, salvando sin el menor contratiempo la corriente del Bell, y por la tarde, acampando en las márgenes del río Biobio, que separa el Chile español del Chile independiente, Glenarvan pudo añadir al activo de la expedición 35 millas más sobre las ya recorridas. El paisaje seguía siendo fértil, abundando en él las amarilis, las violetas arborescentes, daturas y cactos de doradas flores. Algunos animales, se atisbaban entre los arbustos. Pero se veían muy pocos indígenas, y estos pocos eran casi todos guasos, hijos degenerados de indios y españoles, que galopaban en caballos ensangrentados por las gigantescas espuelas que calzaban sus pies desnudos, pasando como sombras. No había con quién hablar en el camino, y por lo tanto no era posible obtener ninguna noticia. Glenarvan se consolaba con la idea de que Grant, prisionero de los indios, había sido arrastrado por ellos más allá de la cordillera de los Andes. Más acá de las pampas, no podían ser fructuosas las pesquisas. Era, pues, preciso armarse de paciencia y seguir caminando con ligereza y sin descanso.

El 17, a la hora de costumbre, se volvió a emprender la marcha en el mismo orden que en los días anteriores, lo que no tenía de muy buen humor a Roberto, cuya impaciencia le inducía a ganar la delantera a la madrina con gran desesperación de su mulo. Era preciso que Glenarvan le reconviniese severamente para que el mocito no se separase de su puesto.

El terreno se hacía entonces más accidentado. Algunas prominencias preludiaban próximas montañas, y los ríos se multiplicaban, sometiéndose, no sin murmurar, a los caprichos de las pendientes. Paganel consultaba frecuentemente sus mapas, y cuando en ellos no figuraba alguno de los ríos y arroyos que se encontraban a cada paso, su sangre de geógrafo hervía en sus venas y se incomodaba de la manera más encantadora del mundo.

—Un río que no tiene nombre —decía— es un río que no tiene estado civil. Es un río que no existe a los ojos de la ley geográfica.

Así es que bautizaba aquellos ríos sin nombre, los anotaba en el mapa y les daba las más retumbantes calificaciones de la lengua española.

—¡Qué lengua! —exclamaba. ¡Qué lengua tan rotunda y sonora! ¡Es una lengua de metal, y estoy seguro de que se compone de setenta y ocho partes de cobre y de veintidós de estaño, como el bronce de las campanas!

—¿Pero progresáis en ella? —le preguntó Glenarvan.

—¡Ciertamente, querido Lord! ¡Ah! ¡Si no fuera por el acento! ¡Pero me mata el acento!

Entretanto, Paganel hacía desesperados esfuerzos para enseñar a su gaznate a vencer las dificultades de la pronunciación, sin olvidar sus observaciones geográficas. En esto sí era extraordinariamente fuerte, y no tenía maestro. Cuando Lord Glenarvan interrogaba al capataz sobre una particularidad del país, su sabio compañero contestaba antes que el guía. Éste le miraba con asombro.

Aquel mismo día, a cosa de las dos de la tarde, se presentó una senda que cortaba la línea seguida hasta entonces. Glenarvan preguntó naturalmente su nombre, y naturalmente también Santiago Paganel se encargó de contestarle.

—Éste —le dijo— es el camino de Yumbel a Los Ángeles.

Glenarvan miró al capataz.

—Exactamente —dijo éste.

Y dirigiéndose en seguida al geógrafo, le preguntó:

—¿Habéis atravesado ya este país?

—Ya lo creo —respondió formalmente Paganel.

—¿En mulo?

—No, en butaca.

El capataz, que no le comprendió, se encogió de hombros, y volvió a colocarse a la cabeza de la caravana.

A las cinco de la tarde se detuvieron en un barranco poco profundo, a pocas millas de Loja, acampando los viajeros aquella noche al pie de las sierras, primeros escalones de la gran cordillera.

  • 19. Aguardiente de maíz fermentado.

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