Parte 3. Capítulo 11. El lago Taupo

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/11/2021 - 15:00

Nuestros amigos son conducidos por sus captores a su poblado al lado del lago Taupo. Allí son importunados por algunos neozelandeses, pero protegidos por su jefe, que atisba la posibilidad de canjearlos por algunos de sus amigos que a su vez han sido hechos cautivos por lo europeos. En ese delicado equilibrio de intereses suceden hechos impactantes...

Parte 3. Capítulo 11

Un día muy anterior a los tiempos históricos, por medio de un descubrimiento de las cavernas que había entre las lavas traquíticas del centro de la isla, se formó un abismo insondable de 25 millas de largo y 20 de ancho. El abismo se hizo largo, pero sin dejar de ser abismo, invadiéndolo y llenándolo las aguas precipitadas de los cerros circundantes. Hasta ahora, para medir su profundidad, han sido impotentes las sondas.

Tal es el imponente lago Taupo, que se eleva a 1.250 pies sobre el nivel del mar, y está dominado por un anfiteatro de montañas, cuya altura es de 400 toesas. Enormes rocas cortadas a pico se distinguen al oeste; al norte, algunas cimas lejanas y coronadas de árboles; al este, una dilatada playa, surcada por una senda y sembrada de fragmentos de piedra pómez que brillan entre las zarzas; al sur, conos volcánicos detrás de un primer término de bosques que sirven de marco a aquel inmenso cuadro de agua, cuyas estrepitosas tempestades pueden competir con los ciclones del océano.

Toda aquella región hierve como una caldera inmensa suspendida sobre las llamas subterráneas. Los terrenos se estremecen acariciados por el fuego central, y filtran en muchos puntos tibios vapores. La corteza exterior se hiende y resquebraja como una costra que se deja calcinar por un calor demasiado intenso, y sin duda toda la comarca se abismaría en un horno candente, si 12 millas más lejos no hallasen una salida por los cráteres del Tougariro los vapores encerrados.

Por el norte, aparece dicho volcán con un penacho de llamas y de humo descollando sobre montecillos ignígenos. El Tougariro debe formar parte de un sistema orográfico bastante complicado. El monte Ruapahou, aislado en la llanura, levanta a 9.000 pies de altura, detrás del Tougariro, su cabeza que se pierde en las nubes. Ningún mortal ha puesto el pie en su inaccesible cono, ni mirada alguna de hombre ha sondeado las profundidades de su cráter, al paso que en veinte años han sido tres veces medidas, por Monsieurs Bidwill y Dyson, y recientemente por Monsieur De Hochstetter, las cimas más accesibles del Tougariro.

Los mencionados volcanes tienen sus leyendas, que no hubiera dejado Paganel en otra circunstancia cualquiera de referir a sus compañeros. Les hubiera contado el altercado que con motivo de una mujer se suscitó un día entre el Tougariro y el Taranaki, que eran entonces vecinos y amigos. El Tougariro, que tiene la cabeza caliente como todos los volcanes, se salió de sus casillas y abofeteó al Taranaki. Éste, humillado y lleno de miedo, huyó por el valle de Whanganni, dejó caer en la fuga dos pedazos de montaña, y llegó a la orilla del mar, donde se eleva solitario con el nombre de Mont Egmont.

Pero ni Paganel estaba de humor para contar cuentos, ni sus amigos en disposición de oírlos. Observaban todos silenciosamente la margen nordeste del Taupo, a donde acababa de llevarles la más cruel fatalidad. No existía ya en Pukawa, en los bordes occidentales del lago, la misión establecida por el reverendo Grace. El ministro había sido arrojado por la guerra lejos del foco principal de la insurrección. Los prisioneros estaban a discreción de maoríes ávidos de represalias, precisamente en la porción más salvaje de la isla en que nunca había penetrado el cristianismo.

Kai Koumou, al dejar las aguas del lago, atravesó una especie de ancón, a manera de embudo, que forma el río, dobló un agudo promontorio y se acercó a la playa oriental del lago, al pie de las primeras ondulaciones del monte Manga, tumescencia considerable que tiene 30 toesas de altura. Se extendían allí campos de phormium, precioso lino de Nueva Zelanda. El phormium de los naturalistas es el karakeké de los indígenas. Tan útil planta no tiene el menor desperdicio. Su flor suministra la miel, que es excelente; su tallo produce una sustancia gomosa que remplaza la cera y el almidón; su hoja, más dócil, más condescendiente, más servicial aún, se presta a numerosas transformaciones, pues fresca sirve de papel y una vez seca es una yesca excelente; con ella, además, rastrillándola, se hacen cuerdas, cables y redes; con sus fibras tejidas se forman mantas y cubrecamas, y teñida de rojo o negro, viste a los maoríes más elegantes.

El precioso phormium, cuya especie más notable es la chlamydie tenacissima o lachenolia ramosa, abunda en las dos islas, encontrándose lo mismo a orillas del mar que a lo largo de los ríos y en las márgenes de los lagos. En el sitio a que habían llegado los cautivos cubrían dilatados campos, formando verdaderos bosques. Sus flores, de color rojo oscuro, parecidas a las de la agave, se abrían en todas direcciones, saliendo del inextricable laberinto de sus largas hojas, que formaban un trofeo de cortantes cuchillas. Los graciosos necturianos, que constituyen una de las numerosas variedades del vicilin o pájaro mosca, libaban zumbando el meloso jugo de los cálices.

Se chapuzaban en las aguas del lago bandadas de ánades negros, salpicados de gris y verde, bastante domesticados.

A un cuarto de milla, en lo más escarpado de la montaña, se veía un pah, parapeto maorí colocado en una posición inexpugnable, al cual los cautivos, desembarcados uno tras otro, fueron conducidos por los guerreros, dejándoles las manos y los pies sueltos. Se llegaba a la fortaleza por una senda que atravesaba campos de phormium, y un bosque de hermosos árboles, kaikateas, de hojas persistentes y bayas rojas, dracenes austrialis, el ti de los indígenas, cuya copa compite ventajosamente con la del sagú, huions, que sirve para teñir de negro. Al acercarse los indígenas, echaron a volar bandadas de grandes palomas de metálicos reflejos, glaucopos cenicientos y un sin número de estorninos de curúnculas rojizas.

Después de un largo rodeo, Glenarvan, Lady Elena, Mary Grant y sus compañeros, entraron en el pah.

La fortaleza estaba defendida por un recinto exterior de fuertes empalizadas, de 15 pies de altura, al que seguía una estacada y después una barrera con arpilleras cerraba el segundo recinto, es decir, la plataforma del pah, que estaba cubierta de construcciones maoríes y de unas cuarenta chozas simétricamente alineadas.

Al llegar allí, impresionó horriblemente a los cautivos la presencia de muchas cabezas que adornaban la empalizada del segundo recinto. Lady Elena y Mary Grant volvieron la vista con más asco aún que espanto. Aquellas cabezas habían pertenecido a jefes enemigos muertos en los combates, y con cuyos cuerpos se habían nutrido los vencedores. Acerca del particular, sus órbitas vacías no dejaban al geógrafo la menor duda.

Los ojos habían sido, en efecto, devorados, y las cabezas, preparadas según un procedimiento indígena, extraído el cerebro y despojadas de la epidermis, con las narices sostenidas por medio de tablillas, y rellenas de phormium sus ventanas, con la boca y los párpados cosidos, se habían metido en un horno y sometido a una fumigación de treinta horas. Las cabezas preparadas de este modo se conservan indefinidamente sin alteración ni arrugas, y constituyen trofeos de victorias.

Los maoríes conservan frecuentemente la cabeza de sus propios jefes; pero en estos casos, los ojos quedan en sus cuencas, como si estuviesen mirando. Los neozelandeses exhiben con orgullo estos restos, y los presentan a la admiración de los jóvenes guerreros, al mismo tiempo que con solemnes ceremoniales pagan un tributo de veneración.

Pero en el pah de Kai Koumou, no enriquecían más que cabezas de enemigos en el horrible museo, en que sin duda más de un inglés con las órbitas vacías aumentaba la colección del jefe maorí.

La casa de Kai Koumou se elevaba en el fondo del pah, entre varias chozas de menos importancia, delante de un espacioso terreno descubierto que los europeos hubieran llamado campo de operaciones. Consistía todo el edificio en un armazón de estacas que servía de asidero y punto de apoyo a una trabazón de ramas entrelazadas interiormente y tapizadas de tela de phormium. Veinte pies de longitud, quince de anchura y diez de elevación daban a Kai Koumou una habitación de tres mil pies cúbicos, que bastan y sobran para el palacio de un jefe zelandés.

Se entraba en la casa por una sola abertura, a que servía de parque un tejido vegetal muy tupido. Los aleros del tejado se prolongaban hacia el exterior a manera de impluvio. Adornaban el edificio algunas figuras esculpidas en los extremos de las asnas, y el wharepuni o portal ofrecía a la admiración de los viajeros, follajes, símbolos, monstruos curiosos, adornos debidos al cincel de los escultores indígenas.

El pavimento del interior de la casa era de tierra apisonada y se levantaba medio pie sobre el nivel del piso exterior. Las camas se reducían a algunos zarzos de caña y colchones rellenos de helechos secos, siendo su terliz un tejido formado con las largas y flexibles hojas del tiphe. Una piedra agujereada que había en el centro constituía el hogar, y otro agujero en el techo era la chimenea. El humo, cuando se había condensado suficientemente, se decidía a aprovecharse de aquella salida, después de haber depositado en las paredes de la choza un barniz del más hermoso color negro.

Al lado de la casa del jefe estaban los almacenes de sus provisiones, su cosecha de phormium, patatas, taros, helechos comestibles, y los hornos en que se cuecen estos alimentos colocándolos sobre piedras calientes. Más lejos, en algunos pequeños cercados, había cerdos y cabras, escasos descendientes de los animales útiles aclimatados por el capitán Cook. Corrían por allí algunos perros acechando su escasa comida. Los pobres animales estaban bastante mal nutridos para alimentar ellos a los maoríes.

Glenarvan y sus compañeros habían, de una ojeada, abarcado el conjunto, y esperaban cerca de una choza deshabitada la determinación del jefe, sufriendo entretanto las injurias de un grupo de repugnantes viejas, furiosas arpías, que se acercaban a ellos, les amenazaban con el puño, y aullaban, y vociferaban. Algunas palabras inglesas que se escapaban de sus abultados labios, dejaban comprender que pedían una pronta venganza.

Lady Elena estaba tranquila en apariencia. En medio de la amenazadora gritería, afectaba una calma que no podía hallarse en su corazón. La valerosa mujer, temiendo que Lord Glenarvan perdiese su sangre fría, hacía para contenerse heroicos esfuerzos. La pobre Mary Grant se sentía desfallecer, y John Mangles la sostenía resuelto a hacerse matar para defenderla. Sus compañeros soportaban de diferente modo aquel diluvio de injurias, unos con indiferencia, como el Mayor y otros con una exasperación creciente, como Paganel.

Glenarvan, queriendo poner a Lady Elena a cubierto de los ultrajes de aquellas furias, se dirigió resueltamente a Kai Koumou, e indicándole el inmundo grupo, le dijo:

—Échalas.

El jefe maorí miró fijamente a su prisionero sin responderle, y después, con un gesto, impuso silencio a la horda aulladora. Glenarvan se inclinó en señal de reconocimiento y volvió lentamente a ocupar su puesto entre los suyos.

En aquel momento se juntaron en el pah unos cien neozelandeses, viejos, adultos, niños, tranquilos algunos de ellos, pero sombríos, aguardando las órdenes de Kai Koumou; los otros, entregándose a todos los arrebatos de un dolor violento, por haber perecido sus parientes o amigos en los últimos combates.

De todos los jefes que se levantaron a la voz de William Thompson, Kai Koumou era el único que volvía a los distritos del lago, y el primero que comunicaba a su tribu la derrota de la insurrección nacional, batida en las llanuras del bajo Waikato. De los doscientos guerreros que mandados por él corrieron a la defensa del territorio, faltaban a su regreso ciento cincuenta. Algunos eran prisioneros de los invasores, pero la mayor parte habían quedado tendidos en el campo de batalla, y no debían volver nunca más al país de sus abuelos.

Así se explicaba el profundo desconsuelo que se apoderó de la tribu a la llegada de Kai Koumou. Nada habían traslucido aún de la última derrota, y la infausta nueva cayó entre ellos como una bomba.

En los salvajes, el dolor moral se manifiesta siempre con demostraciones físicas. Así es que los parientes y amigos de los guerreros muertos, especialmente las mujeres, se arañaban la cara y los hombros con agudas conchas, y la sangre se mezclaba con sus lágrimas. La profundidad de las incisiones indicaba los grados de desesperación. Las desgraciadas zelandesas, ensangrentadas, furiosas, estaban horribles.

Aumentaba su desesperación otro motivo, muy grave en concepto de los indígenas. No sólo el pariente y amigo que lloraban habían dejado de existir, sino que sus huesos no reposarían en la tumba familiar. La posesión de los restos mortales es sagrada en la religión maorí e indispensable a los destinos de la vida futura, no precisamente la carne, que es perecedera, sino los huesos, que son recogidos con el mayor cuidado, y los indígenas los limpian, los rascan, los pulimentan, los barnizan y los depositan definitivamente en el Ooupa, es decir, la mansión de la gloria. Adornan las tumbas estatuas de madera que reproducen fielmente los dibujos o pinturas del cuerpo del difunto. Pero las tumbas de los que han caído en la refriega quedarán vacías, no se podrán celebrar las ceremonias religiosas, y los huesos que no trituren los colmillos de los perros salvajes blanquearán insepultos en el campo de combate.

Ante esta idea se multiplicaron las muestras de dolor. Sucedieron a las amenazas de las mujeres las imprecaciones de los hombres contra los europeos. Las injurias tomaron mayor fuerza, y los gestos adquirieron más violencia. Los gritos debían ser preludio de brutales escenas.

Temiendo Kai Koumou ser desobedecido por los fanáticos de su tribu, hizo conducir a los cautivos a un lugar sagrado, situado al extremo opuesto del pah, en una escarpada meseta. Fueron todos los prisioneros trasladados a una choza que se apoyaba en un cerro que descollaba sobre ella 100 pies, y terminaba en una escarpa casi vertical aquel lado del fuerte. Aquella choza era una casa consagrada, Wercaloua, en que los sacerdotes o arikis enseñaban a los zelandeses que existe un dios en tres personas: padre, hijo y pájaro o espíritu. Espaciosa y bien cerrada, contenía los santos y escogidos alimentos que Maoui Ranga Pangui come por la boca de los sacerdotes.

Puestos momentáneamente a cubierto del furor de los indígenas, se tendieron en mantas de phormium. Lady Elena, agotadas sus fuerzas y vencida su energía moral, se arrojó en brazos de su esposo.

Glenarvan, estrechándola cariñosamente contra su corazón, le dijo:

—¡Valor, mi adorada Elena! ¡El cielo no nos abandonará!

Apenas los cautivos quedaron encerrados, Roberto se encaramó a los hombros de Wilson, y pudo atisbar por un intersticio abierto entre el techo y la pared, de la cual colgaban sartas de amuletos. Desde allí abarcaba su mirada toda la extensión del pah hasta la casa de Kai Koumou.

—Están todos agrupados alrededor del jefe —dijo en voz baja—. Mueven los brazos… Aúllan… Kai Koumou quiere hablar.

Roberto guardó algunos minutos de silencio, y luego añadió:

—Kai Koumou habla… Los salvajes se tranquilizan… Le escuchan…

—Es evidente —dijo el Mayor— que ese jefe está personalmente interesado en protegernos. Quiere canjear sus prisioneros por algunos jefes de su tribu. ¿Lo consentirán sus guerreros?

—¡Sí…! Le escuchan… —dijo Roberto—. Se dispersan… Algunos entran en sus chozas… Otros salen de la fortaleza…

—¿De veras? —exclamó el Mayor.

—Sí, Monsieur Mac Nabbs —respondió Roberto—. Kai Koumou se ha quedado solo con los guerreros de su piragua… ¡Ah! Uno de ellos viene hacia aquí…

—Baja, Roberto —dijo Glenarvan. En aquel momento, Lady Elena, que se había levantado, cogió el brazo de su marido.

—Edward —dijo con voz firme—, ni Mary Grant ni yo debemos caer vivas en manos de los salvajes.

Y sin decir más, entregó a Glenarvan un revólver cargado.

—¡Un revólver! —exclamó Glenarvan, en cuyos ojos brilló un destello.

—¡Sí! ¡Los maoríes no registran a sus cautivos! Pero esta arma es para nosotros, Edward, no para ellos…

—Glenarvan —dijo rápidamente Mac Nabbs—, ¡ocultad ese revólver! No es tiempo aún.

Glenarvan ocultó el revólver, en el acto de levantarse la cortina que cerraba la entrada de la casa, apareciendo un indígena.

Hizo éste a los prisioneros señal de que le siguiesen. Glenarvan y sus compañeros atravesaron el pah, y se detuvieron delante de Kai Koumou.

Alrededor del jefe estaban reunidos los principales guerreros de su tribu. Se veía entre ellos al maorí cuya embarcación se agregó a la de Kai Koumou en la confluencia del Pohainhenna y el Waikato. Era un hombre de unos cuarenta años, de feroz y cruel fisonomía. Se llamaba Kara Teté, que en lengua zelandesa significa irascible. Kai Koumou le guardaba ciertas deferencias, y se conocía que Kara Teté gozaba de gran consideración en la tribu por las complicadas pinturas que ostentaba en su semblante. Sin embargo, un observador hubiera adivinado que había rivalidad entre los dos jefes. El Mayor observó que la influencia de Kara Teté hacía sombra a Kai Koumou. Los dos mandaban con un poder igual las importantes comarcas del Waikato. Así es que durante la conversación la boca de Kai Koumou se sonreía afablemente, pero sus ojos le hacían traición denunciando una enemistad profunda.

Kai Koumou interrogó a Glenarvan.

—¿Eres inglés? —le preguntó.

—Sí —respondió el Lord sin vacilar, porque esta cualidad debía facilitar el canje.

—¿Y tus compañeros? —dijo Kai Koumou.

—También. Somos viajeros, que hemos naufragado. Pero si os importa saberlo, os diré que no hemos tomado parte en la guerra.

—Poco importa —respondió brutalmente Kara Teté—. ¡Todos los ingleses sin excepción son enemigos nuestros! ¡Los tuyos han invadido nuestro país, han talado nuestros campos, han incendiado nuestras aldeas!

—Han hecho mal —respondió Glenarvan con voz grave—. Te lo digo porque así lo siento, no porque me hallo en tu poder.

—Escucha —dijo Kai Koumou—. El Tohonga, el gran sacerdote de Noui Atoua 5, ha caído en poder de tus hermanos. Es prisionero de los pakekas 6. Nuestro dios nos manda rescatar su vida. Hubiera querido arrancarte el corazón, hubiera querido que tu cabeza y la de tus compañeros quedasen suspendidas para siempre en las estacas de esta empalizada. Pero Noui Atoua ha hablado.

Al decir esto, Kai Koumou, dueño hasta entonces de sí mismo, temblaba de cólera, y una exaltación feroz contraía sus facciones.

Pasados algunos instantes, añadió más tranquilamente:

—¿Crees que los ingleses canjearán por ti a nuestro Tohonga?

Glenarvan vaciló antes de responder, y observó con detenimiento al jefe maorí.

—Lo ignoro —dijo después de un momento de silencio.

—Habla —replicó Kai Koumou—. ¿Vale tu vida la de nuestro Tohonga?

—No —respondió Glenarvan—. No soy entre los míos un jefe, ni un sacerdote.

Paganel, que no esperaba semejante respuesta, quedó estupefacto, y miró a Glenarvan con el más profundo asombro.

Kai Koumou pareció no menos sorprendido que el digno geógrafo.

—¿Dudas, pues? —dijo.

—No sé nada —repitió Glenarvan.

—¿No te aceptarán los tuyos para canjear contigo a nuestro Tohonga?

—Conmigo solo, no —repitió Glenarvan—. Con todos nosotros, tal vez.

—Los maoríes —dijo Kai Koumou— damos cabeza por cabeza.

—Ofrece antes la devolución de las mujeres a trueque de la de tu sacerdote —dijo Glenarvan señalando a Lady Elena y Mary Grant.

Lady Elena quiso lanzarse hacia su esposo, pero el Mayor la detuvo.

—Estas dos señoras —añadió Glenarvan inclinándose con respeto ante Lady Elena y Mary Grant— pertenecen en su país a la clase más elevada.

El jefe maorí miró con desdén a su prisionero. Asomó a sus labios una sonrisa maligna, pero la contuvo inmediatamente, y respondió con un furor que apenas podía reprimir:

—¿Te has figurado que has de engañar a Kai Koumou con falsas palabras, europeo maldito? ¿Crees que los ojos de Kai Koumou no saben leer en los corazones?

Y señalando a Lady Elena, añadió:

—¡Ésta es tu mujer!

—No. ¡La mía! —gritó Kara Teté.

Y rechazando a los prisioneros, puso su mano en el hombro de Lady Elena, que palideció al percibir aquel contacto impuro.

—¡Edward! —gritó la desgraciada, llena de terror.

Glenarvan, sin pronunciar una palabra, levantó el brazo. Sonó un tiro. Kara Teté cayó muerto.

Al oír el estampido del revólver, salieron de las chozas oleadas de indígenas. El pah se llenó en un instante. Cien brazos se levantaron contra los prisioneros, arrancando el revólver de la mano de Glenarvan.

Kai Koumou miró al Lord de un modo extraño, y luego, escudándole con una mano, contuvo con la otra a la horda, que iba a acometer a los europeos.

Su voz dominó el tumulto:

—¡Tabú! ¡Tabú! —gritó.

La multitud se detuvo ante Glenarvan y sus compañeros, momentáneamente preservados por el poder sobrenatural de la palabra tabú.

Algunos instantes después, eran conducidos al Waré Atoua, que les servía de cárcel. Pero Roberto Grant y Santiago Paganel habían desaparecido.

  • 5. Nombre del dios zelandés.
  • 6. Europeos

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