Parte 1. Capítulo 24. En donde siguen haciendo vida de pájaros

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/03/2021 - 15:00

La casualidad hace que Paganel se de cuenta de que se puede dar otra interpretación a algunas palabras medio borradas del documento encontrado en la botella. Hasta ahora habían confiado en un significado de las palabras ambiguas que les condujo erróneamente al continente americano, cuando en realidad deberían buscar en otra parte del mundo...

Los hijos del capitán Grant. Parte 1, capítulo 24

Un profundo silencio acogió estas palabras tan inesperadas. ¿Qué quería decir el geógrafo? Hablaba, sin embargo, con una convicción tal, que todas las miradas se dirigieron a Glenarvan. Aquella afirmación de Paganel era una respuesta directa a la pregunta que se acababa de formular. Pero Glenarvan se limitó a mover la cabeza de un lado a otro, para decir que no estaba conforme con la aseveración del geógrafo.

Éste, sin embargo, dueño de sí mismo en aquella ocasión, continuó:

—¡Sí! —dijo con acento convencido. ¡Sí! ¡Nos hemos extraviado en nuestras investigaciones, y hemos leído en el documento lo que no hay!

—Explicaos, Paganel —dijo el Mayor—, pero con más calma.

—Es muy sencillo, Mayor. Lo mismo que vos, estaba yo en un error; lo mismo que vos, había hecho una interpretación falsa; pero ahora mismo, cuando desde lo alto del árbol respondía a vuestras preguntas, al detenerme en la palabra Australia, un rayo de luz ha cruzado por mi cerebro, y he visto claro lo que antes no había visto.

—¡Cómo! —exclamó Glenarvan. ¿Pretendéis que Harry Grant…?

—Pretendo —respondió Paganel— que la palabra austral que se encuentra en el documento no es una palabra completa, como habíamos creído hasta ahora, sino el radical de la palabra Australia.

—¡Sería una cosa muy singular! —replicó el Mayor.

—¡Singularísima! —replicó Glenarvan encogiéndose de hombros. Es una cosa, pura y simplemente, imposible.

—¡Imposible! —repitió Paganel. Es un vocablo que en Francia no admitimos.

—¡Cómo! —exclamó Glenarvan con el acento de la más profunda incredulidad. ¿Os atreveríais a demostrar, con el documento a la vista, que el naufragio de la Britannia ocurrió en las costas de Australia?

—Estoy seguro de ello —respondió Paganel.

—A fe mía, Paganel, vuestra interpretación me causa maravilla, procediendo nada menos que de todo un secretario de una sociedad geográfica.

—¿Por qué razón? —preguntó Paganel, herido en lo más vivo.

—Porque si admitís la palabra Australia, tenéis que admitir que en Australia hay indios, lo que hasta ahora a nadie se le había ocurrido.

El argumento no hizo mella en Paganel, el cual sin duda lo esperaba, pues le hizo sonreírse.

—Querido Glenarvan —dijo—, no cantéis victoria demasiado pronto. Voy a batiros en toda regla, como decimos nosotros los franceses, voy a batiros como no ha sido nunca batido ningún inglés. ¡Sera la revancha de Crécy y de Azincourt!

—No deseo otra cosa. Derrotadme, Paganel.

—Escuchad. No hay indios en el texto del documento que Patagonia. La palabra incompleta indi… no significa indios, sino indígenas, y convendréis conmigo en que hay indígenas en Australia.

Glenarvan miró fijamente a Paganel.

—¡Bravo, Paganel! —dijo el Mayor.

—¿Admitís mi interpretación, querido Lord?

—Sí —respondió Glenarvan—, si me probáis que el resto de la palabra gonia puede no aplicarse al país de los patagones.

—¡No! —exclamó Paganel. ¡No se trata en el documento de Patagonia! Leed en él cualquier cosa, menos Patagonia.

—Pero ¿qué se ha de leer?

Cosmogonía, teogonía, agonía.

—¡Agonía! —dijo el Mayor.

—Me es indiferente —respondió Paganel—, la palabra no tiene ninguna importancia. Ni siquiera trataré de averiguar su significado. El punto principal es que austral indica Australia, y hace falta estar ciegamente metidos en una falsa vía, para no haber, desde un principio, descubierto una explicación tan evidente. Si yo hubiese encontrado el documento, si mi juicio no hubiera estado falseado por vuestra interpretación, ¡jamás lo hubiera comprendido e interpretado de otro modo!

Estas palabras de Paganel fueron recibidas con hurras, aplausos y felicitaciones. Austin, los marineros, el Mayor y sobre todo Roberto, que encontraba un nuevo asidero a su esperanza que ya no tenía ninguno, aplaudieron al digno sabio. Glenarvan empezaba también a convencerse, y estaba próximo a confesarse vencido.

—Voy a haceros, querido Paganel, la última observación, y me inclinaré delante de vuestra perspicacia.

—Hablad, Glenarvan.

—¿Cómo completáis las palabras nuevamente interpretadas y de qué modo leéis el documento?

—Nada más fácil. El documento está aquí —dijo el geógrafo, sacando el precioso papel que tan concienzudamente estudiaba desde hacía algunos días.

Reinó un profundo silencio, mientras Paganel, tomándose tiempo para responder, coordinaba sus ideas. Con el dedo índice seguía en el documento líneas interrumpidas, en tanto que con seguro acento y subrayando ciertas palabras leyó como sigue:

«El 7 de junio de 1862 la fragata Britannia, de Glasgow, ha zozobrado después de (poned si queréis) dos días, tres días o una larga agonía (poco importa, es de todo punto indiferente), en las costas de Australia. Dirigiéndose a tierra, dos marineros y el capitán Grant, van a tratar de abordar (o han abordado) el continente, en que serán (o son) prisioneros de crueles indígenas. Han arrojado este documento, etc.».

—¿Está bien claro?

—Muy claro —respondió Glenarvan—, si el nombre de continente puede aplicarse a Australia, que no es más que una isla.

—Tranquilizaos, querido Glenarvan; los mejores geógrafos están conformes en llamar Continente australiano a la isla de Australia.

—Entonces, amigos míos —exclamó Glenarvan—, no puedo deciros más que una cosa: ¡A Australia, y que el cielo nos proteja!

—¡A Australia! —repitieron unánimemente sus compañeros.

—¿Sabéis, Paganel —añadió Glenarvan—, que vuestra presencia a bordo del Duncan es un hecho providencial?

—Bueno —respondió Paganel. Pongamos que soy un enviado de la providencia, y no hablemos más del asunto.

Así terminó aquella conversación que tan grandes consecuencias tuvo en el porvenir, y cuyo primer resultado fue modificar completamente el estado moral de los viajeros. Habían vuelto a coger el hilo de Ariadna en el laberinto en que se creían perdidos para siempre. Sobre las ruinas de sus proyectos frustrados se levantaba una nueva esperanza. Podían sin miedo dejar a la espalda el continente americano, y todos sus pensamientos tendían el vuelo hacia la tierra australiana. Al volver a bordo del Duncan, no llevarían a él la desesperación, y Lady Elena y Mary Grant no tendrían que llorar la irrevocable pérdida del desventurado capitán. Olvidaron los peligros de su situación para entregarse a la alegría no teniendo más sentimiento que el de partir inmediatamente.

Eran las cuatro de la tarde, y se resolvió cenar a las seis. Paganel quiso celebrar aquella feliz jornada con un festín espléndido. Pero como los medios eran muy limitados, propuso a Roberto ir a cazar en el bosque próximo. Al oír la proposición, Roberto palmoteó con entusiasmo. Cogieron los cazadores el frasco de Thalcave, limpiaron los revólveres, los cargaron con munición menuda, y partieron.

—No os alejéis —dijo gravemente el Mayor a los dos cazadores.

Cuando hubieron partido, Glenarvan y Mac Nabbs consultaron las muescas practicadas en el árbol, mientras Wilson y Mulrady reanimaban el fuego.

Glenarvan, al llegar a la superficie del inmenso lago, no vio ninguna señal de decrecimiento. Parecía, no obstante, que las aguas habían alcanzado su máximo de elevación, si bien la violencia con que corrían de sur a norte probaba que no se había restablecido aún el equilibrio entre los ríos argentinos. Antes de bajar aquella masa líquida, era preciso que permaneciese inmóvil y tendida, como el mar en el momento de concluir el flujo y empezar el reflujo. No se podía, pues, contar con que estuviesen próximas a bajar las aguas mientras corrían hacia el norte con la rapidez de un torrente.

Mientras Glenarvan y el Mayor hacían sus observaciones, resonaron en el árbol algunos disparos, acompañados de gritos de alegría casi tan ruidosos como ellos. El soprano de Roberto hacía escalas sobre el bajo profundo de Paganel. No se podía decir cuál de los dos era más niño. La caza prometía, y dejaba presentir maravillas culinarias. Cuando el Mayor y Glenarvan estuvieron de vuelta en el hogar, tuvieron que felicitar a Wilson por una excelente idea que se le había ocurrido. El buen marino, con un alfiler torcido y un pedazo de hilo, improvisó un aparejo, y se dedicó a una pesca milagrosa. Cogió algunas docenas de pececillos, llamados mojarras, tan delicados y sabrosos como los eperlanes, que saltaban metidos en un pliegue de su poncho y prometían formar un plato exquisito.

En aquel momento bajaron los cazadores de la cima del árbol.
En aquel momento bajaron los cazadores de la cima del árbol.

En aquel momento bajaron los cazadores de la cima del árbol. Paganel llevaba con mucho cuidado para que no se rompiesen, huevos de golondrina negra, y una sarta de gorriones que bautizó con el nombre de peleles. Roberto había cazado diestramente algunos pares de jilgueros, pajaritos verdes y amarillos, muy sabrosos, y muy buscados en los mercados de Montevideo.

Paganel, que conocía cincuenta y una maneras de preparar los huevos, tuvo que limitarse a cocerlos en las cenizas calientes.

Sin embargo la cena fue tan variada como agradable. El tasajo, los huevos duros, las mojarras asadas, los gorriones y los jilgueros muy doraditos al fuego, compusieron uno de esos banquetes cuyo recuerdo se consigna en los fastos culinarios.

La conversación fue alegre. Todos felicitaron a Paganel como cazador y cocinero. El sabio aceptó los parabienes con la modestia que tan bien sienta al verdadero mérito, y luego se entregó a consideraciones curiosas acerca de aquel magnífico ombú que les abrigaba con su sombra, y cuyas raíces, según él, alcanzaban profundidades inmensas.

—Roberto y yo —dijo chanceándose— nos creíamos en medio de un bosque mientras cazábamos. Hubo un momento en que temimos perdernos. ¡Yo no acertaba a hallar el camino que había seguido! El sol declinaba en el horizonte. Buscaba en vano la huella de mis pasos. El hambre se hacía sentir cruelmente. Resonaban en la espesura rugidos de fieras… ¡Pero no, no hay fieras, y lo siento mucho!

—¡Cómo! —exclamó Glenarvan. ¿Sentís que no haya fieras?

—Sí, por cierto.

—Cuando sobre todo son de temer por su ferocidad…

—La ferocidad no existe… científicamente hablando —respondió el sabio.

—¡Buenas salidas tenéis! —respondió el Mayor. Paganel, no me haréis admitir jamás la utilidad de las fieras. ¿De qué sirven? ¿Queréis decírmelo?

—Mayor —exclamó Paganel—, sirven para hacer clasificaciones, órdenes, familias, géneros, subgéneros, especies.

—¡Vaya una ventaja! —dijo Mac Nabbs. ¡Como si todas esas cosas que habéis dicho sirviesen de algo! Si yo durante el diluvio hubiera sido compañero de Noé, hubiera impedido al imprudente patriarca meter en el arca parejas de leones, tigres, panteras, osos y otros animales tan dañinos como inútiles.

—¿Eso hubierais hecho? —preguntó Paganel escandalizado.

—Lo hubiera hecho.

—Pues bien, habríais hecho una barbaridad, habríais cometido un crimen bajo el punto de vista zoológico

—Pero no bajo el punto de vista humanitario —respondió el Mayor.

—¡Blasfemias! —respondió Paganel. Yo, todo lo contrario, habría conservado los megaterios, los pterodáctilos, y todos los seres antediluvianos de los que, desgraciadamente, estamos privados…

—Pues yo digo —replicó Mac Nabbs—, que Noé hizo lo que debía, dejándoles abandonados a su suerte, en la hipótesis de que viviesen en su tiempo.

—Pues yo os digo que Noé obró mal —respondió Paganel—, y que se hizo acreedor a la maldición de los sabios hasta la consumación de los siglos.

Los oyentes de Paganel y del Mayor no podían contener la risa viendo disputar a los dos amigos sobre la conducta del viejo Noé. El Mayor, que en su vida había discutido con nadie, andaba todos los días a la greña con Paganel, faltando a todos sus principios. Verdad es que el sabio, le provocaba continuamente.

Glenarvan intervino en el debate, como tenía por costumbre, y dijo:

—Sea o no deplorable, bajo el punto de vista científico o bajo el punto de vista humanitario, estar privados de fieras, hoy por hoy tenemos que pasarnos sin ellas. Paganel no podía esperar encontrar ninguna en este bosque aéreo.

—¿Por qué no? —preguntó el sabio.

—¿Fieras en un árbol? —preguntó Tom Austin.

—Sin duda. El tigre de América, el jaguar, cuando le acosan muy de cerca los cazadores, se refugia en los árboles. Cualquiera de ellos, sorprendido por la inundación, hubiera aceptado el asilo que ofrecen las ramas del ombú.

—Pero, en fin, ¿supongo que no habéis encontrado ninguno? —dijo el Mayor.

—No —respondió Paganel—, a pesar de que hemos batido bien todo el bosque. Es de lamentar, porque hubiera sido una caza soberbia. El jaguar es uno de los carniceros más feroces. De un zarpazo mata un caballo, y cuando ha probado una vez carne humana, la prefiere a todas las otras. Lo que más le gusta es la del indio, después la del negro, luego la del mulato, y finalmente la del blanco.

—Me alegro de ocupar el cuarto lugar —respondió Mac Nabbs.

—Lo que prueba que sois insípido —respondió Paganel con acento de desdén.

—Me alegro de ser insípido —replicó el Mayor.

—¡Pero es humillante! —respondió el intratable Paganel. El blanco se proclama el primero de los hombres, y parece que los jaguares no son de su misma opinión.

—Sea lo que quiera, amigo Paganel —dijo Glenarvan—, atendiendo a que entre nosotros no hay indios, ni negros, ni mulatos, bueno es que no haya tampoco jaguares. Nuestra situación no es realmente agradable…

—¡No es agradable! —exclamó Paganel, asiéndose a aquella palabra que podía dar un nuevo giro a la conversación. ¿Os quejáis de vuestra suerte, Glenarvan?

—Pero, ¿podría no quejarme? —respondió el noble Lord. ¿Estáis acaso bien aposentado entre ramas incómodas?

—En ninguna parte he estado nunca mejor, ni aun en mi gabinete. ¿Qué nos falta? Hacemos vida de pájaro, cantamos y revoloteamos. Empiezo a creer que los hombres han sido creados para vivir en los árboles.

—Como lo prueban sus alas —dijo el Mayor irónicamente.

—Un día u otro se las harán.

—Pero entretanto —respondió Glenarvan—, permitidme, querido amigo, preferir a esta morada aérea la arena de un parque, el pavimento de una casa o la cubierta de un buque.

—Glenarvan —respondió Paganel—, es preciso aceptar las cosas como vienen. Si son buenas, tanto mejor. Si son malas, paciencia. Veo que echáis de menos las comodidades de Malcolm Castle.

—No, pero…

—Estoy seguro de que Roberto es perfectamente feliz —dijo Paganel para asegurar al menos un partidario a sus teorías.

—Sí, señor Paganel —exclamó Roberto con alegría.

—Gracias a su edad —respondió Glenarvan.

—Y a la mía —replicó Paganel. Cuanto menor es el número de las comodidades, menor es también el de las necesidades, y éstas y la felicidad se hallan en razón inversa.

—Paganel —dijo el Mayor—, ¿vais a pronunciar un discurso contra las riquezas?

—No, Mac Nabbs —respondió el sabio—; pero si me lo permitís, os contaré una historia árabe, que me ha venido ahora a la memoria y que viene aquí como anillo al dedo.

—¡Sí, sí, señor Paganel! —exclamó Roberto.

—¿Y qué probará vuestra historia? —preguntó el Mayor.

—Lo que prueban todas las historias, amigo mío.

—Muy poca cosa —respondió Mac Nabbs. En fin, contad la anécdota Sheherezade, vos que sabéis contar con tanta gracia.

Paganel se entregó a consideraciones curiosas acerca de aquel magnífico ombú que les abrigaba con su sombra...
Paganel se entregó a consideraciones curiosas acerca de aquel magnífico ombú que les abrigaba con su sombra...

—Había —dijo Paganel— un hijo del gran Harún al Raschid, que no era feliz. Fue entonces a consultar a un viejo derviche. El anciano sabio le dijo que la felicidad era muy difícil de hallar en este mundo. «Sin embargo —añadió—, conozco un medio infalible de procurárosla». «¿Cuál es?», preguntó el joven príncipe. «Poneos —respondió el derviche— la camisa de un hombre dichoso». El príncipe abrazó al sabio anciano, y partió en busca de su talismán. Visitó todas las capitales de la Tierra… Se puso camisas de reyes, de emperadores, de príncipes, de magnates. No le sirvieron de nada. No era feliz. Se puso camisas de artistas, de guerreros, de comerciantes. Lo mismo. Anduvo mucho, sin encontrar la felicidad. Después de haber probado tantas camisas, se volvía desesperado y cariacontecido a su patria, cuando vio a un pobre labrador, que alegre y cantando, iba detrás del arado. «He aquí —dijo— un hombre que posee la felicidad, o no hay felicidad en la Tierra». Se dirigió a él. «Buen hombre —le dijo—, ¿eres feliz?». «Sí», respondió el labrador. «¿No deseas nada?». «Nada». «¿No cambiarías tu suerte por la de un rey?». «¡Jamás!». «Pues bien, véndeme la camisa». «¡Mi camisa! No tengo camisa».

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