Parte 2. Capítulo 17. Los colonos millonarios

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 02/08/2021 - 10:00

Durante la travesía de la vasta región de Victoria la posible amenaza de la banda de maleantes que provocó el accidente de Camden Bridge obliga a tomar precauciones a nuestros amigos. Inesperadamente encuentran en aquel inhóspito paraje la hospitalidad de dos hermanos ingleses que emprendieron la aventura de colonizar ese territorio.

Los hijos del capitán Grant. Parte 2, capítulo 17

A las siete de la mañana del día 6 de enero, después de una noche pasada tranquilamente a los 146° 15' de longitud, los viajeros siguieron atravesando el vasto distrito. Avanzaban siempre hacia delante y las huellas de sus pasos trazaban en la llanura una línea rigurosamente recta. Dos veces encontraron pisadas de squatters que se dirigían hacia el norte, y entonces las diversas señales se hubieran confundido si el caballo de Glenarvan no hubiese dejado en el polvo la marca de Black Pain, fácil de reconocer por los dos tréboles.

Surcaban de cuando en cuando la llanura caprichosos creeks, rodeados de bojes. Las aguas de aquellos arroyos debían ser temporales y no permanentes, y procedían de las vertientes de los Buffalos Rangers, cordilleras de montañas de mediana altura, cuya línea pintoresca ondulaba en el horizonte.

Se resolvió pasar allí la noche. Ayrton hizo andar mucho los bueyes, los cuales llegaron algo fatigados, después de una jornada de 35 millas. Levantóse la tienda debajo de gigantescos árboles, y, cerrada ya la noche, se cenó rápidamente. Después de una marcha semejante, había más sueño que apetito.

Paganel, que era el primero a quien tocaba estar de centinela, no se acostó, y, con la carabina al hombro, vigiló el campamento, paseándose continuamente para que no le venciera el sueño.

Aunque no había luna, el resplandor de las constelaciones australes volvían la noche casi luminosa. Complacíase el sabio en la lectura del gran libro del firmamento, siempre abierto y siempre interesante para el que sabe comprenderlo. El profundo silencio de la Naturaleza dormida era únicamente interrumpido por el ruido de los caballos trabados que pacían a saltos en la llanura.

Paganel estaba absorbido completamente por sus meditaciones astronómicas, y se ocupaba más de las cosas del cielo que de las de la tierra, cuando le sacó de su éxtasis una música lejana.

Escuchó con atención, y, no sin asombro, creyó reconocer los sonidos de un piano. No era ilusión, no había engaño posible.

—¡Un piano en el desierto! —dijo para sí—. Nunca lo hubiera creído.

Era en efecto muy sorprendente, y Paganel prefirió creer que algún extraño pájaro de Australia imitaba los sonidos de un «Pleyel» o de un «Erard», como otros imitan las palpitaciones del reloj o el ruido de la hoja metálica pasada por la piedra del afilador.

Pero en aquel momento se oyó una voz de timbre muy puro. El piano acompañaba un canto. Paganel escuchó, sin querer rendirse a la evidencia. Algunos instantes después se vio obligado a reconocer la pieza sublime que alguien tocaba.

Era Il mio tesoro in tanto, del Don Juan.

¡Pardiez! —pensó el geógrafo—. Por raros que sean los pájaros australianos y aunque se les suponga los más filarmónicos de todos los pájaros habidos y por haber, no pueden cantar música de Mozart.

Escuchó hasta el final la sublime inspiración del inmortal maestro. El efecto de aquella suave melodía en medio de una noche silenciosa y clara, era indescriptible. Paganel permaneció largo tiempo dominado por un encanto imposible de expresar, y luego que cesó el canto, volvió a quedar todo en el más profundo silencio.

Cuando Wilson relevó a Paganel, le encontró profundamente meditabundo.

Nada dijo Paganel al marinero, reservándose dar a Glenarvan al día siguiente cuenta de todo, y se acurrucó bajo la tienda.

Al día siguiente despertaron a la comitiva aullidos inesperados. Glenarvan se levantó inmediatamente. Dos magníficos pointers, admirables modelos del pachón inglés, corrían por el lindero del bosque. Al acercárseles los viajeros se internaron en la arboleda redoblando sus ladridos.

—Por lo visto —dijo Glenarvan— hay en este desierto una hacienda y cazadores, puesto que hay perros de caza.

Paganel abría ya la boca para contar sus impresiones de la noche pasada, cuando aparecieron dos jóvenes cabalgando en dos verdaderos hunters, en dos caballos de pura raza.

Los dos jinetes, vestidos con elegantes trajes de caza, se detuvieron al ver a los viajeros acampados como gitanos. Se preguntaban al parecer lo que significaba la presencia de gente armada en aquel sitio, cuando repararon en las viajeras que bajaban de la carreta.

Inmediatamente se apearon y se adelantaron hacia ellas sombrero en mano.

Lord Glenarvan les salió al encuentro, y en su calidad de extranjero les dio a conocer su nombre y título. Los jóvenes se inclinaron, y el de más edad dijo:

—¿Queréis, Milord, hacernos el obsequio de descansar en nuestra casa con estas señoras y con vuestros compañeros?

—¿Señores? —preguntó Glenarvan.

—Michel y Sandy Patterson, propietarios de «Hottam Station». Estáis ya en las tierras del establecimiento, y no tendréis que andar ni un cuarto de milla.

—Señores —dijo Glenarvan—, no quisiera abusar de vuestra atenta hospitalidad…

Milord —replicó Michel Patterson—, aceptando hacéis un favor a unos pobres desterrados que tendrán mucho placer en ofreceros lo que ofrecer se pueda en el desierto.

Glenarvan hizo una inclinación de cabeza en señal de asentimiento.

—Caballero —dijo entonces Paganel, dirigiéndose a Michel Patterson—, ¿sería indiscreción en mí preguntaros si sois vos quien cantaba ayer un trozo del divino Mozart?

—Precisamente —respondió el interrogado—, y mi primo Sandy me acompañaba.

—Pues recibid —dijo Paganel— las felicitaciones de este francés, apasionado admirador de tan inspirada música.

Paganel tendió la mano al joven, el cual la estrechó con mucho afecto. Después Michel Patterson indicó hacia la derecha el camino que había que seguir. Los caballos quedaron al cuidado de Ayrton y los marineros, y por consiguiente los viajeros, hablando y admirando, se trasladaron a pie, guiados por los dos jóvenes a la casa de «Hottam Station».

El establecimiento era verdaderamente magnífico y estaba dispuesto con la rigurosa severidad de los parques ingleses. Inmensas praderas cercadas de vallas cenicientas, se extendían hasta perderse de vista. Pastaban en ellas millares de bueyes y millones de carneros. Gran número de pastores y un número mayor aún de perros guardaban aquel tumultuoso ejército. Se mezclaban con los mugidos y los balidos los ladridos de los mastines y el chasquido estridente de los stock-whips.

Hacia el este, la mirada se detenía en un lindero de mangustanes y gomeros que dominaba la imponente cima del monte Hottam, cuya altura es de 7.500 pies. Prolongadas y verdes arboledas de hojas perennes se descubrían en todas direcciones. Se agrupaban a trechos, formando bosquecillos, muchos grasstrees, arbustos de diez pies de altura, parecidos a las palmeras barrigonas, cuyo tronco desaparece bajo su cabellera de largas y estrechas hojas. Embalsamaba el ambiente el perfume de los laureles-menta, cuyas flores blancas despedían suavísimos aromas. Estaban entonces en plena florescencia.

Las especies trasplantadas de los climas europeos se hermanaban simpáticamente con los encantadores grupos de árboles indígenas. El melocotonero, el peral, el manzano, la higuera, el naranjo y hasta la misma haya fueron saludados con entusiasmo por los viajeros, los cuales, andando bajo la sombra de los árboles de su país, se maravillaron al ver los preciosos pájaros que revoloteaban entre las ramas, los satin-birds, de sedoso plumaje, y las serículas, vestidas de oro y terciopelo negro.

Por primera vez pudieron admirar, entre otras aves espléndidas, al menuro o pájaro lira, cuyo apéndice caudal figura el gracioso instrumento de Orfeo.

Se deslizaban entre arborescentes helechos, y parecía imposible, cuando su cola rozaba las ramas, que no se oyesen los armoniosos acordes con que el inspirado Alción levantó de nuevo los derribados muros de Tebas. A Paganel le entraban deseos de cantar.

Sin embargo, Lord Glenarvan no se contentaba con admirar las encantadoras maravillas de aquel oasis improvisado en el desierto australiano. Oía atentamente la narración de sus jóvenes propietarios. En Inglaterra, en medio de sus civilizadas campiñas, el recién llegado hubiera inmediatamente dicho a su huésped de dónde venía y a dónde iba. Pero allí, por un sentimiento de delicadeza escrupulosamente observado, Michel y Sandy Patterson se creyeron en el deber de darse a conocer a los viajeros a quienes ofrecieron hospitalidad, y les contaron su historia.

Era la de todos los jóvenes ingleses, inteligentes e industriosos, que no creen que la riqueza exima del trabajo. Michel y Sandy Patterson eran hijos de un banquero de Londres. A la edad de veinte años, el jefe de su familia les dijo: «Aquí tenéis millones, jóvenes. Id a alguna colonia lejana, fundad en ella un establecimiento útil, y aprended trabajando a conocer la vida. Si conseguís buen éxito tanto mejor y si fracasáis importa poco. No sentiré los millones que os hayan servido para aprender a ser hombres». Los dos jóvenes obedecieron. Escogieron en Australia la colonia de Victoria para sembrar en ella los billetes de Banco paternales, y no tuvieron motivos de arrepentimiento. A los tres años el establecimiento prosperaba.

En las provincias de Victoria, de Nueva Gales del Sur y de Australia meridional, se cuentan más de tres mil haciendas dirigidas muchas de ellas por los squatters que crían ganado, y las demás por los settlers, cuya principal industria es el cultivo de la tierra.

El establecimiento más importante de este género, antes de llegar los dos jóvenes ingleses, era el de Monsieur Jamieson, que ocupaba una superficie de cien kilómetros, con veinticinco kilómetros más de ribera en el Paroo, que es uno de los afluentes del Darling.

La hacienda de «Hottam» no tardó en superar a la de Jamieson en extensión y en negocios. Los dos jóvenes eran a la vez squatters y settlers, es decir, ganaderos y labradores. Administraban con extraordinaria habilidad, y lo que es aún más difícil, con una energía poco común su propiedad inmensa.

Como se ve, la hacienda de «Hottam» estaba situada a gran distancia de las principales ciudades, en medio de los desiertos poco frecuentados del Murray. Ocupaba el espacio comprendido entre los 146° 48' y 147°, es decir, un terreno que de largo y de ancho tenía cinco leguas, entre los Buffalos Rangers y el monte Hottam. En los dos ángulos, al norte de aquel vasto cuadrilátero se levantaba a la izquierda el monte Aberdeen, y a la derecha descollaban las crestas del High Barben. No faltaban transparentes aguas serpenteando en tortuosos arroyos, gracias a los afluentes del Even’s River, que desaguaba al norte en el lecho del Murray. Por lo mismo, la cría de ganado y el cultivo de la tierra prosperaban igualmente. Diez mil áreas de tierra, admirablemente amelgadas y abonadas, mezclaban con las producciones exóticas las producciones indígenas, y al mismo tiempo millares de reses pacían en las verdes praderas. Los productos de «Hottam» eran, por las mismas circunstancias, pagados a precios muy altos en los mercados de Castlemaine y de Melbourne.

Acababan de dar Michel y Sandy Patterson estas noticias circunstanciadas de su industriosa existencia, cuando apareció la morada al final de un paseo bordeado de camariñas.

Se hallaron ante una casa encantadora de madera y ladrillo, medio oculta en un bosque de emerófilis. Tenía la elegante forma del chalet suizo, y una balaustrada rodeaba las paredes como un antiguo impluvio, colgando de ellas lámparas chinescas. Delante de las ventanas había, para amortiguar la luz, transparentes multicolores que parecían un entretejido de flores naturales. Nada podía darse más elegante, ni que más alegrase la vista, y nada tampoco más cómodo que aquellos aposentos. Del verde musgo y de los bosquecillos agrupados alrededor de la casa salían candelabros de bronce que sostenían elegantes faroles. Al cerrar la noche, todo el parque se iluminaba con la blanca luz del gas, procedente de un pequeño gasómetro oculto en un bosquecillo de mialls y helechos arborescentes.

No se veían cuadras, establos, cobertizos, ni nada de lo que indica una explotación rural. Todas estas dependencias formaban una verdadera aldea compuesta de más de veinte chozas y viviendas, y estaban situadas a la distancia de un cuarto de milla, en el fondo de un ameno valle. Alambres eléctricos ponían en comunicación instantánea la aldea y la casa de los amos. Ésta, alejada de todo bullicio, parecía perdida en un bosque de árboles exóticos.

Al llegar al extremo de una alameda, se presentó a los viajeros un puentecito colgado, de una gran elegancia, que echado sobre un creek murmurador, permitía la traslación al parque reservado. Los viajeros pasaron el puente, y un conserje de buen aspecto les salió al encuentro, abriéndoles inmediatamente de par en par las puertas de la casa. Los huéspedes de «Hottam» penetraron en las suntuosas habitaciones que contenían aquel exterior de flores y ladrillos.

Se ofreció a sus ojos todo el lujo de la vida artística y elegante. Pasada la antecámara, adornada con pertrechos de caza, se abría un gran salón con cinco ventanas, en el que el amor a las artes, a la estética y a la comodidad estaba demostrado por un piano cubierto de partituras antiguas y modernas, caballetes con lienzos a medio pintar, zócalos y pedestales con estatuas de mármol, algunos cuadros de la escuela flamenca colgados de las paredes, ricos tapices en que se hundían los pies como en un espeso césped, tapices recamados de graciosos episodios mitológicos, una antigua araña colgada del techo, preciosas porcelanas y mil variadas chucherías de mucho gusto, mil bagatelas costosas y delicadas que parecía imposible se encontrasen en una habitación australiana. Todo lo que era capaz de agradar, todo lo que podía disipar el tedio de una expatriación involuntaria, todo lo que parecía a propósito para despertar los recuerdos de la manera de vivir en Europa, amueblaba aquel salón de hadas. Cualquiera hubiera dicho que era aquélla la residencia de un acaudalado magnate de Francia o Inglaterra.

Al trasluz del delicado tejido de los transparentes, las cinco ventanas permitían el paso a una luz ya suavizada por las penumbras de la balaustrada. Lady Elena experimentó un verdadero éxtasis. La habitación dominaba por aquel lado un dilatado valle que se extendía hasta la falda de las montañas del este. La sucesión de praderas y bosques que interrumpían a trechos espaciosos rasos, el conjunto de las colinas graciosamente redondeadas y los relieves del terreno accidentado ofrecían una perspectiva indescriptible, con la cual no se podía comparar la de ninguna otra comarca del mundo, ni la misma del Valle del Paraíso, tan célebre en las fronteras noruegas del Telemark. Aquel vasto panorama, sembrado a trechos de luz y de sombra, variaba a cada hora, siguiendo los caprichos del sol a que parecía subordinado. La imaginación no podía soñar nada más admirable, satisfaciendo aquel cuadro encantador todos los apetitos de la mirada.

Por orden de Sandy Patterson, el cocinero de la morada acababa de improvisar un almuerzo, y los viajeros, un cuarto de hora después de su llegada, estaban sentados a una mesa suntuosamente servida. La buena calidad de los manjares y de los vinos era indiscutible; pero en medio de aquellos refinamientos de la opulencia, lo que más agradaba era la alegría de los dos jóvenes squatters, que se sentían verdaderamente dichosos al poder ofrecer bajo su techo tan espléndida hospitalidad.

Por otra parte, no tardaron en conocer el objeto de la expedición, y tomaron un vivo interés en las investigaciones de Glenarvan, dando a los hijos del capitán las mayores esperanzas.

—Harry Grant —dijo Michel— ha caído evidentemente en manos de los indígenas, puesto que no ha reaparecido en los establecimientos de la costa. El documento prueba que conocía exactamente su posición, y preciso fue, para que no ganase alguna colonia inglesa, que en el instante de llegar a la costa le cogiesen los salvajes.

—Como sucedió precisamente a su contramaestre Ayrton —respondió John Mangles.

—¿Pero aquí —preguntó Lady Elena—, nadie ha oído hablar jamás de la catástrofe de la Britannia?

—Jamás, señora —respondió Michel.

—¿Y qué trato, en vuestro concepto, habrá sufrido el capitán Grant, cautivo de los australianos?

—Los australianos no son crueles, señora —respondió el joven squatter—, y acerca del particular Miss Grant puede estar tranquila. Hay muchos ejemplos que acreditan la dulzura de su carácter, y algunos europeos han vivido entre ellos mucho tiempo sin que hayan tenido motivos de quejarse de ningún acto brutal.

—Entre otros, King —dijo Paganel—, el único que sobrevivió a la expedición de Burke.

—No solamente ese atrevido explorador —contestó Sandy—, sino que también un soldado inglés, llamado Beckley, el cual, en 1803, habiéndose escapado en la costa de Fort Philippe, fue recogido por los indígenas y vivió con ellos treinta años.

—Y muy posteriormente —añadió Michel Patterson—, uno de los últimos misioneros del Australasian nos dice que un tal Morril acaba de ser devuelto a sus compatriotas después de dieciséis años de cautiverio. La historia del capitán debe ser análoga a la suya, pues en 1846 le hicieron prisionero los naturales y le internaron en el continente, habiéndole puesto en sus manos el naufragio de la Peruana. Debéis, pues tener esperanza.

Estas palabras causaron mucha alegría a cuantos les oyeron, pues corroboraron las opiniones ya emitidas por Paganel y Ayrton.

Luego, cuando las viajeras se levantaron de la mesa, se habló de los desertores de presidio. Los squatters conocían la catástrofe de Camden Bridge, pero la presencia de una cuadrilla de malhechores no les inspiraba el menor cuidado. No se habían de atrever unos cuantos fugados a atacar una hacienda, cuyo personal ascendía a más de cien hombres. No era de creer, además, que se aventurasen a penetrar en los desiertos de Murray, donde nada podían hacer, ni en las colonias de Nueva Gales, cuyos caminos están muy vigilados. Tal era también la opinión que había Ayrton manifestado.

Lord Glenarvan no pudo negarse a pasar el resto del día en la estación de «Hottam», con sus amables anfitriones. Verdad es que se retrasaban doce horas, pero bien necesitaban este descanso los caballos y los bueyes, que se rehicieron ventajosamente en los cómodos establos de la hacienda.

Conviniendo Glenarvan en detenerse un día, los dos jóvenes sometieron a sus huéspedes un programa que fue aceptado sin discusión.

Al mediodía, siete vigorosos caballos piafaban en la puerta de la casa, destinándose a las señoras un elegante breack, que permitía a su cochero hacer ostentación de su habilidad para el manejo del four in hand17.

Los jinetes, precedidos de batidores y armados de excelentes escopetas de último modelo, se colocaron galopando al estribo del coche, mientras la traílla o jauría de perros de caza recorría alegremente la maleza.

Durante cuatro horas, la cabalgata se internó por todas las vueltas y revueltas de aquel parque que no era menor que un pequeño Estado de Alemania. Dentro de él hubiera cabido holgadamente el Reuss Schleitz o el Saxe Coburgo Gotta. No había tantos habitantes, pero había en cambio más carneros. La caza abundaba en tales términos, que no hubiera podido levantar mayor número de reses todo un ejército de ojeadores. Se sucedían sin interrupción los disparos, poniendo en alarma a los huéspedes pacíficos de los bosques y las llanuras. El joven Roberto, al lado del Mayor Mac Nabbs, hizo maravillas. A pesar de las recomendaciones de su hermana, el valiente niño iba siempre a la cabeza del grupo de cazadores y era el que más tiraba. Pero John Mangles le tomó a su cargo, y Mary Grant se tranquilizó.

Durante la batida se mataron ciertos animales particulares del país, de los cuales hasta entonces Paganel no había conocido más que el nombre, entre otros el wombat y el bandicot.

El wombat es un herbívoro que vive mucho tiempo bajo tierra, siendo sus instintos parecidos a los del tejón, pero es grande como un carnero y de muy buen paladar su carne.

El bandicot es una especie de marsupial, que podría dar quince y raya a la zorra de Europa como ladrón de los corrales. Tiene pie y medio de longitud y su aspecto es repugnante, pero a Paganel, que fue quien lo mató, se lo hizo parecer muy hermoso su amor propio de cazador.

—Es una bestia adorable —decía.

Roberto, a más de otras piezas importantes, mató muy diestramente un danjure viverium, especie de zorra pequeña, cuyo pelo negro moteado de blanco vale tanto como el de marta, y dos opossums que se ocultaban bajo el follaje de los grandes árboles.

Pero el más importante de tan altos hechos fue sin contradicción la caza del canguro. A las cuatro, poco más o menos, levantaron los perros una manada de estos marsupiales. Los pequeñuelos se metieron precipitadamente en la bolsa maternal, y toda la manada huyó en fila. No hay nada tan sorprendente como los enormes saltos del canguro, cuyas extremidades posteriores, mucho más largas que las anteriores, se distienden con la elasticidad de un resorte.

Al frente de la fugitiva manada iba un macho de cinco pies de altura, magnífico ejemplar del marsopas gigantescus u hombre viejo, como dicen los bushmen.

Se anduvieron cuatro o cinco millas cazando con ardor y con afición decidida. Los canguros no se rendían, y los perros, que no sin razón les tienen cierto respeto, pues temen sus vigorosas pezuñas, terminadas en aguda punta, necesitan pensarlo mucho antes de acercarse a ellos. Pero al cabo, extenuados por su prolongada carrera, los animales acosados se detuvieron, y el hombre viejo se apoyó en el tronco de un árbol en actitud de defensa. Uno de los pointers, que corría ciegamente y no pudo contener su impulso, llegó junto a él y de un solo golpe fue despanzurrado.

Buena cuenta hubieran dado de toda la jauría aquellos vigorosos marsupiales. No se les podía acometer más que a tiros, y era evidente que se necesitaba una bala bien dirigida para derribar al gigantesco hombre viejo.

En aquel momento estuvo Roberto a punto de ser víctima de su imprudencia. Para asegurar más el tiro, se acercó demasiado al canguro y éste se lanzó a él de un salto y le derribó. Resonó un grito de angustia. Mary Grant, muda, casi ciega, desde lo alto del breack tendía las manos hacia su hermano tan querido. Ningún cazador se atrevía a disparar contra el animal, temiendo herir al joven.

Pero de repente, John Mangles, abriendo su cuchillo de monte, acometió resueltamente al canguro con peligro de su vida y sepultó en su corazón la afilada hoja. Cayó el animal, y Roberto se levantó completamente ileso. Un momento después estaba entre los brazos de su hermana.

—¡Gracias, Monsieur John! —dijo Mary, tendiendo la mano al joven capitán.

—Respondía de él —dijo John Mangles, estrechando la temblorosa mano de la joven.

Con este incidente terminó la cacería. Muerto el jefe de los marsupiales, se dispersó toda la manada, y fueron conducidos a la casa los ensangrentados despojos de la magnífica res. Eran entonces las seis de la tarde. Esperaba a los cazadores una soberbia comida, en que una sopa de cola de canguro, preparada a la usanza indígena, fue el plato predilecto.

Después de los helados y sorbetes que acompañaron a los muy variados postres de todas clases, los convidados pasaron al salón. La noche se dedicó a la música. Lady Elena, excelente pianista, puso sus talentos a disposición de los squatters. Michel y Sandy Patterson cantaron con el mejor gusto trozos escogidos de las últimas partituras de Gounod, de Víctor Marsé, de Feliciano David y hasta de ese genio no comprendido que se llama Ricardo Wagner.

A las once se sirvió el té, preparado con la perfección inglesa, que no ha podido igualar ningún otro pueblo. Pero habiendo Paganel manifestado deseos de probar el té australiano, le presentaron una pócima negra como tinta, compuesta de un litro de agua en que durante cuatro horas había hervido media libra de té, y el geógrafo la tomó haciendo mil gestos, pero declaró que era una bebida excelente.

A las doce de la noche, los huéspedes, conducidos a dormitorios frescos y cómodos, prolongaron en sus sueños las delicias de aquel día.

Al amanecer del día siguiente se despidieron de los jóvenes squatters, a quienes agradecieron sus atenciones y les hicieron prometer formalmente devolver la visita en Europa en el castillo de Malcolm. Se puso luego la carreta en marcha, rodeó la falda del monte Hottam, y pronto desapareció la casita a las miradas de los viajeros. Durante cinco millas más, aún pisaron los cascos de los caballos el terreno de la hacienda. A las nueve se dejó atrás la última valla, adelantándose los expedicionarios por las casi ignoradas comarcas de la provincia de Victoria.

  • 17. Un tronco o doble tiro de caballos.

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