Parte 2. Capítulo 09. La provincia de Victoria

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 07/06/2021 - 15:00

La expedición terrestre comienza a buen ritmo, cumpliéndose las previsiones de Glenarvan y sus compañeros. La travesía del contienente se ve amenizada por una variedad de paisajes acompañada de las notas eruditas de Paganel, que deslumbra a sus amigos con su profundo conocimiento de las peculiaridades del terreno por el que viajan.

Los hijos del capitán Grant. Parte 2, capítulo 9

Era el 23 de diciembre de 1864. El mes de diciembre, tan lúgubre, tan nebuloso en el hemisferio boreal, debería llamarse junio en aquel continente. Astronómicamente, el verano contaba ya dos días de existencia, porque el 21 el sol había entrado en Capricornio, y su presencia sobre el horizonte menguaba ya algunos minutos.

Así, pues, el nuevo viaje de Lord Glenarvan se verificaba en la estación más calurosa del año y bajo los rayos de un sol casi tropical.

En aquella parte del océano Pacífico el conjunto de las posesiones inglesas se llama Australasia. Comprende Nueva Holanda, Tasmania, Nueva Zelanda y algunas islas circunvecinas. En cuanto al continente australiano, se divide en vastas colonias de extensión y riquezas muy desiguales. Basta examinar los mapas modernos levantados por los señores Petermann o Prerchoell para convencerse de la simetría de estas divisiones. Los ingleses han tirado a cordel las líneas convencionales que separan aquellas grandes provincias, sin tener en cuenta ni vertientes geográficas, ni cursos de ríos, ni variedades de climas, ni diferencias de razas. Aquellas colonias confinan rectangularmente unas con otras y se tocan como las piezas de un tablero de damas. Aquella disposición de líneas y ángulos rectos constituye la obra de un geómetra, no la obra de un geógrafo, únicamente las costas, con sus crestas, sus bahías, sus cabos, sus ensenadas, protestan en nombre de la Naturaleza con su irregularidad encantadora. Aquel aspecto de tablero de ajedrez excitaba, y muy justamente, la verbosidad de Paganel. Es seguro que si Australia hubiese sido francesa, los geógrafos galos no hubiesen llevado a tan alto grado su pasión por la escuadra y el tiralíneas.

Las colonias de la gran isla oceánica son actualmente seis: Nueva Gales del Sur, capital Sydney; Queenslandia, capital Brisbane; la provincia de Victoria, capital Melbourne; Australia meridional, capital Adelaida; Australia occidental, capital Perth, y por último, Australia septentrional, sin capital aún. Sólo las costas tienen colonos, y apenas se encuentra una que otra ciudad importante a 20 millas del interior, y éste, cuya superficie es igual a dos terceras partes de Europa, permanece casi inexplorado.

Pero afortunadamente, el paralelo 37 no atraviesa aquellas inmensas soledades, aquellas inaccesibles comarcas, que han costado ya a la Ciencia numerosas víctimas. Glenarvan no hubiera podido atravesarlas. No tenía que cruzar más que la parte meridional de Australia, que se compone de una angosta tira de la provincia de Adelaida, de la provincia de Victoria en todo su ancho, y por último, del vértice del triángulo invertido que forma Nueva Gales del Sur.

Sesenta y dos millas escasas separan el cabo Bernouille de la frontera de Victoria. Sesenta y dos millas representan, poco más o menos, dos días de marcha, y Ayrton creía poder al día siguiente pernoctar en Aspley, que es la ciudad más occidental de la provincia de Victoria.

El principio de un viaje se distingue siempre por el brío de los jinetes y de los caballos. Nada tenemos que decir acerca de la animación de los primeros, pero es conveniente moderar el paso de los segundos. El que quiere ir lejos, debe guardar consideraciones a su cabalgadura. Así, pues, se decidió que por término medio no se andaría diariamente más que de 25 a 30 millas.

Además, el paso de los caballos debía subordinarse al más lento de los bueyes, verdaderos aparatos mecánicos que pierden en tiempo lo que ganan en fuerza. La carreta, con sus pasajeros y sus provisiones, era el núcleo de la caravana, la fortaleza ambulante. Los jinetes podían recorrer las inmediaciones, pero sin alejarse nunca de ella.

Así, pues, no habiéndose prescrito ninguna orden especial de marcha, cada cual era libre en sus acciones hasta cierto límite, y los cazadores recorrían la llanura, los amables conversaban con los moradores de la carreta y los filósofos filosofaban juntos. Paganel, que poseía todas estas cualidades, debía estar y estaba a la vez en todos los puntos.

Nada interesante ofreció la travesía de Adelaida. Una costa de lomas poco elevadas, pero de mucho polvo, una larga extensión de terrenos baldíos, cuyo conjunto constituye lo que se llama el bush en el país, algunas praderas cubiertas de unos arbustos de hojas angulosas que codician mucho las ovejas, se sucedieron durante algunas millas. Se veían a trechos algunos pig faces (carneros con cabeza de cerdo de una especie particular de Nueva Zelanda), que pacían entre los postes de la línea telegráfica recientemente establecida desde Adelaida a la costa.

Hasta entonces aquellas llanuras recordaban singularmente las monótonas extensiones de terreno de la Pampa argentina. El mismo suelo herbáceo y compacto, el mismo horizonte enteramente despejado. Mac Nabbs sostenía que no había variado de país; pero Paganel afirmó que la comarca no tardaría en modificarse. Con su garantía, todos se prometían espectáculos maravillosos.

Alrededor de las tres, la carreta atravesó un ancho espacio desprovisto de árboles, conocido con el nombre de llanuras de los mosquitos. El sabio tuvo la satisfacción geográfica de comprobar que merecía su nombre.

Mucho dieron que sentir a los viajeros y a sus cabalgaduras las reiteradas picaduras de aquellos importunos dípteros, de los que no era posible librarse, y sí solamente se podía calmar el dolor que ocasionaban, con sendos frascos de amoniaco del botiquín portátil; Paganel no pudo reprimirse, y cubrió de maldiciones a aquellos mosquitos encarnizados, que mecharon su prolongada personalidad con sus aguijones sedientos de sangre.

A la caída de la tarde, algunos setos vivos de acacias amenizaron la llanura. De cuando en cuando se veían bosquecillos de gomeros blancos; más adelante, una senda recientemente trazada, y luego árboles de procedencia europea, olivos, limoneros y verdes hayas, y al fin una empalizada bien conservada. A las ocho, los bueyes, a quienes el aguijón de Ayrton obligó a acelerar la marcha, llegaron a la Estación de Red Gum.

Esta palabra estación se aplica a los establecimientos del interior en que se cría ganado, que es la principal riqueza de Australia. Los ganaderos se conocen con el nombre de squatters, es decir, gentes que se sientan en el suelo11.

En efecto, es la primera posición que toma todo colono fatigado después de atravesar aquellas comarcas inmensas.

Red Gum Station era un establecimiento de poca importancia. Pero Glenarvan halló en él la más franca hospitalidad. La mesa estaba siempre puesta para el viajero bajo el techo de aquellas habitaciones solitarias, y en un colono australiano se encuentra siempre un huésped obsequioso.

Al día siguiente, Ayrton unció sus bueyes al rayar el alba. Quería llegar aquella misma tarde a la frontera de Victoria. El terreno se fue poco a poco presentando más accidentado. Una sucesión de colinas poco elevadas, y salpicadas de arenas de color escarlata, ondeaba hasta perderse de vista. Hubiérase dicho que era una inmensa bandera roja, cuyos pliegues hinchaba el viento con su soplo. Algunos malleya, especie de abetos manchados de blanco, cuyo tronco es recto y liso, extendían sus ramas y sus hojas de un color verde oscuro sobre fértiles praderas en que hervían inmensas manadas de gerbos. Más adelante aparecieron espaciosos campos llenos de maleza y de tiernos gomeros, y luego se fueron separando los grupos; los arbustos aislados se convirtieron en árboles, y presentaron la primera muestra de los bosques de Australia.

El aspecto del país, en las inmediaciones de la frontera de Victoria, se modificaba sensiblemente. Los viajeros hallaban una tierra nueva. La línea recta era su imperturbable dirección, sin que ningún obstáculo, lago o montaña les obligase a desviarse. Ponían invariablemente en práctica el primer postulado de la geometría, y seguían el camino más corto que se conoce para ir de un punto a otro. Hacían caso omiso de todas las dificultades y fatigas. Su marcha se subordinaba al lento paso de los bueyes, los cuales, si bien no iban de prisa, al menos caminaban sin detenerse.

Así fue que después de andar en dos días 60 millas, la caravana, el 23 por la tarde, llegó a la parroquia de Aspley, primera ciudad de la provincia de Victoria, situada a los 141° de longitud, en el distrito de Wimerra.

Cuidó Ayrton de llevar la carreta a Crown’s Inn, una venta que, a falta de otro nombre mejor, se llamaba «Fonda de la Corona». La cena, compuesta únicamente de carnero guisado de diferentes maneras, humeaba sobre la mesa.

Se comió mucho, y no se habló menos. Todos deseaban conocer las particularidades del continente australiano, y preguntaban incesantemente al geógrafo. Paganel no se hizo rogar, y empezó su narración diciendo que en otro tiempo la provincia australiana se llamaba Australia feliz.

—¡Acertada calificación! —dijo—. Más propio hubiera sido llamarla Australia rica, porque la riqueza no hace la felicidad de los países como hace la de los individuos. Australia, gracias a sus minas de oro, ha sido invadida por devastadoras bandas de aventureros. Ya lo veréis cuando atravesemos los terrenos auríferos.

—¿No es de origen muy reciente la colonia de Victoria? —preguntó Lady Glenarvan.

—Sí, señora, no cuenta más que treinta años de existencia. Un martes, 6 de junio de 1835…

—A las siete y cuarto de la tarde —añadió el Mayor, que se complacía en lanzar pullas a Paganel sobre la precisión de las fechas.

—No a las siete y cuarto, sino a las siete y diez minutos —replicó gravemente el geógrafo—. Betman y Falckmer fundaron un establecimiento en Puerto Felipe, en la bahía en que se extiende actualmente la gran ciudad de Melbourne. Por espacio de quince años, la colonia formó parte de Nueva Gales del Sur, y dependió de Sydney, su capital. Pero en el año 1851, fue declarada independiente y tomó el nombre de Victoria.

—¿Y desde entonces ha prosperado mucho? —preguntó Glenarvan.

—Vos mismo podréis juzgarlo, mi noble amigo —respondió Paganel—. Tengo las cifras suministradas por la última estadística, y diga Mac Nabbs lo que quiera, no hay nada tan elocuente como las cifras.

—Adelante —dijo el Mayor.

—Adelante voy. En 1836, la colonia de Puerto Felipe tenía 244 habitantes. Actualmente, la provincia de Victoria cuenta 550.000. 7.000.000 de cepas le dan anualmente 121.000 galones de vino. 103.000 caballos atraviesan galopando sus llanuras, y 675.272 bueyes pacen en sus praderas.

—¿No tiene también cierto número de cerdos? —preguntó Mac Nabbs con sorna.

—Sí, Mayor, setenta y nueve mil seiscientos veinticinco, si mal no recuerdo.

—¿Y cuántos carneros, Paganel?

—Siete millones ciento quince mil novecientos cuarenta y tres, Mac Nabbs.

—¿Incluyendo el que nos comemos, Paganel?

—No, sin incluirlo, porque le faltan ya tres cuartas partes que hemos devorado.

—¡Bravo, Monsieur Paganel! —exclamó Lady Elena riendo estrepitosamente—. Fuerza es convenir que sois muy fuerte en cuestiones geográficas, y mi primo Mac Nabbs, haga lo que quiera, no os cogerá en un renuncio.

—Es mi oficio, señora, saber estas cosas y otras muchas más, y enseñároslas en caso necesario. Así, pues, podéis creerme cuando os digo que este extraño país nos reserva maravillas…

—Hasta ahora, sin embargo… —respondió Mac Nabbs, que encontraba gusto en contradecir al geógrafo para excitar su facundia.

—Pero aguardad, impaciente Mayor —exclamó Paganel—. Apenas habéis puesto un pie en la frontera y ya estáis murmurando. Pues bien, yo os digo y repito y sostengo que esta comarca es la más curiosa de toda la Tierra. Su formación, su naturaleza, sus productos, su clima, y hasta su desaparición futura, han asombrado, asombran y asombrarán a todos los sabios del mundo. Figuraos, amigos, un continente cuya periferia, no el centro, se elevó primitivamente sobre las olas como un anillo gigantesco, que en su parte central encierra tal vez un mar interior medio evaporado; cuyos ríos se secan de día en día; en que no hay humedad ni en el aire ni en la tierra; en que los árboles pierden anualmente su corteza en lugar de perder sus hojas; en que éstas se presentan al sol de perfil y no de cara, y no dan sombra; en que la madera es con frecuencia incombustible; en que los árboles son bajos y las hierbas gigantescas; en que los animales son extraños; en que los cuadrúpedos, como el equidna y el ornitorrinco, pertenecen a la familia de los edentados monotremas, tienen pico a la manera de los patos, y han obligado a los naturalistas a crear especialmente para ellos un nuevo género; en que el canguro anda a saltos con sus patas desproporcionadas y desiguales; en que el bowerd bird abre sus salones para recibir las visitas de sus amigos alados; en que los carneros tienen la cabeza de cerdo; en que las zorras vuelan como ardillas de un árbol a otro; en que los cisnes son negros; en que hacen nidos las ratas; en que los pájaros asombran la imaginación con la diversidad de sus cantos y de sus aptitudes; en que uno sirve de reloj, otro chasca con un látigo de postillón, otro imita al afilador; otro marca los segundos como un péndulo; en que tal ave ríe por la mañana al salir el sol, y tal otra llora por la tarde cuando el sol se pone. ¡Oh! ¡Comarca extraña, ilógica, si las hay! ¡Tierra paradójica formada contra la Naturaleza! Con razón dijo de ti el sabio botánico Crimard que eres una especie de parodia de las leyes universales, o por mejor decir, un guante de desafío arrojado a la cara del resto del mundo.

El tren de frases de Paganel, lanzado a todo vapor, no había al parecer de detenerse nunca. El elocuente secretario de la Sociedad Geográfica estaba como disparado y no era ya dueño de sí mismo. Hablaba sin parar, gesticulaba como si quisiera romperlo todo, y blandía su tenedor con gran peligro de los que comían a su lado. Pero al fin ahogaron su voz un estrépito de bravos, y pudo callar.

—¿Y eso es todo, Paganel?

—¡No! ¡No es todo! —respondió el sabio con nueva vehemencia.

—¿Cómo? —preguntó Lady Elena, cuya curiosidad era insaciable—. ¿Hay algo aún más asombroso en Australia?

—Sí, señora; su clima. Su clima, por su extrañeza, excede a sus productos.

—¡Es imposible!

—No hablo de las cualidades higiénicas del continente australiano, tan rico en oxígeno y tan pobre en ázoe. No tiene vientos húmedos porque los alisios soplan paralelamente a sus costas, y en él se desconocen la mayor parte de las enfermedades, el tifus y el sarampión y muchas afecciones crónicas.

—Lo que no deja de ser una ventaja —dijo Glenarvan.

—Sin duda, pero no me refiero a ella —respondió Paganel—. Aquí el clima posee una cualidad inverosímil.

—¿Cuál? —preguntó John Mangles.

—No me creeréis.

—Sí, os creemos —exclamaron todos con impaciencia.

—Pues bien, es…

—¿Qué?

—Moralizador.

—¿Moralizador?

—Sí —respondió el sabio con convicción—. ¡Sí, moralizador! Aquí los metales expuestos al aire no se oxidan, ni los hombres tampoco. Aquí la atmósfera pura y seca lo blanquea todo rápidamente, el lienzo y las almas. Bien habían notado en Inglaterra las virtudes de este clima, cuando se resolvió enviar a este país las gentes que tenían necesidad de moralizarse.

—¿De veras se experimenta esa influencia? —preguntó Lady Glenarvan.

—Sí, señora; en los animales y en los hombres.

—¿No os chanceáis, Monsieur Paganel?

—No me chanceo. Los caballos y demás animales son aquí de una docilidad notable. Ya tendréis ocasión de verlo.

—No es posible.

—Pues es muy cierto. Aquí los malhechores, transportados por este aire vivificador y salubre, se regeneran en pocos años. Este efecto es conocido de los filántropos. En Australia todas las naturalezas se vuelven mejores.

—Pero entonces, vos, Monsieur Paganel, vos que sois tan bueno —dijo Lady Elena—, ¿qué llegaréis a ser en esta tierra privilegiada?

—Inmejorable, señora —respondió Paganel—, inmejorable.

  • 11. Del verbo inglés to squat, que significa: agacharse, ponerse en cuclillas.

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