Parte 2. Capítulo 21. Cuatro días de angustia

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 30/08/2021 - 10:00

Los expedicionarios están en una situación verdaderamente comprometida, son un solo caballo y con la amenaza de que los maleantes dirigidos por Ben Joyce se apoderen del Duncan. Las circunstancias, por lo tanto, exigen tomar una determinación rápida y arriesgada, pero las cosas parece que siguen sin salir bien a nuestros amigos...

Parte 2. Capítulo 21

EL resto del día transcurrió sin novedad particular, terminando los preparativos para la marcha de Mulrady. El buen marino se alegraba de poder dar a Su Honor una prueba de su adhesión inalterable.

Paganel había recobrado su sangre fría y sus habituales maneras. Su mirada indicaba aún una viva preocupación, pero parecía decidido a guardarla secreta. Poderosas razones tenía sin duda para obrar así, pues el Mayor le oyó repetir con frecuencia estas palabras pronunciadas con el tono del que sostiene una lucha interior.

—¡No! ¡No! ¡No me creerían! ¡Y, además, para qué! ¡Es demasiado tarde!

Tomada esta resolución, se ocupó en dar a Mulrady las indicaciones necesarias para llegar a Melbourne, y con el mapa delante le trazó su itinerario. Todos los tracks, es decir, todos los senderos de la pradera terminaban en el camino de Lucknow. Este camino, después de bajar hacia el sur en línea recta hasta la costa, forma un recodo y tuerce en dirección a Melbourne. Era menester seguirle incesantemente, y no buscar atajos atravesando un país poco conocido. Haciéndolo así, Mulrady no podía extraviarse.

A algunas millas más allá del campamento en que Ben Joyce y sus bandidos debían hallarse emboscados, no había ya ningún peligro. Más adelante, Mulrady podía fácilmente ensanchar la distancia que le separaba de los malhechores, y llevar a cabo su importante misión.

A las seis comieron todos juntos. Llovía a torrentes. No ofreciendo la tienda suficiente abrigo, se refugiaron todos en la carreta, que era un parapeto seguro. Incrustada en la orilla parecía tener los sólidos cimientos de una ciudadela. Se componía el arsenal de siete carabinas y otros tantos revólveres, con víveres y municiones abundantes que permitían sostener un sitio bastante largo. Y como antes de seis días, el Duncan debía estar fondeado en la bahía Twofold, era lo más probable que veinticuatro horas después una parte de su tripulación se encontrase en la otra margen del Snowy. Si el paso del río no era aún practicable, los forajidos se verían obligados a retirarse delante de fuerzas superiores. Pero lo principal era que Mulrady saliese airoso de su arriesgada empresa.

A las ocho, que era el momento de partir, estaba la noche negra como boca de lobo. Trajeron el caballo, cuyos cascos, envueltos en trapos para apagar su ruido, no producían ninguno al tocar la tierra. El animal parecía fatigado, y sin embargo, de la seguridad y vigor de sus patas dependía la salvación de todos. El Mayor aconsejó a Mulrady que le llevara despacio luego que estuviese fuera del alcance de los bandidos. Lo principal era llegar con seguridad, aunque fuese con medio día de retraso.

John Mangles entregó a su marinero un revólver que acababa de cargar escrupulosamente con su propia mano. Un revólver es un arma terrible en manos de un hombre que no tiembla, porque seis tiros, disparados en algunos segundos, barren un camino obstruido por malhechores.

Mulrady montó a caballo.

—Toma la carta que has de entregar a Tom Austin —le dijo Glenarvan—. Que pase a la bahía de Twofold sin pérdida de tiempo, y si no nos encuentra allí por no haber podido salvar el Snowy, que se nos agregue inmediatamente. Ahora vete, mi bravo marinero, y que Dios te guarde.

Glenarvan, Lady Elena, Mary Grant, todos estrecharon la mano de Mulrady, cuya partida, en una noche oscura y lluviosa, por un camino erizado de peligros, atravesando las desconocidas inmensidades del desierto, hubiera impresionado a cualquier otro corazón menos intrépido y firme que el del valiente marinero.

—¡Adiós, Milord! —dijo con voz tranquila, y desapareció por una senda que seguía a lo largo del bosque.

En aquel momento redoblaba la tempestad su fuerza. Las erguidas ramas de los eucaliptos crujían en las tinieblas con un ruido opaco. Se oía la caída en el suelo húmedo del azotado ramaje. Más de un árbol gigantesco que, aunque falto de savia, se había hasta entonces mantenido en pie, cayó durante la borrasca. El viento mezclaba con los chasquidos de los árboles y los rugidos del Snowy sus gemidos siniestros. Las nubes, impelidas por él hacia el este, se arrastraban por el suelo como jirones de vapor, aumentando el horror de la noche una oscuridad lúgubre.

Después que partió Mulrady, los viajeros se agazaparon en la carreta. Lady Elena y Mary Grant, Glenarvan y Paganel ocupaban el primer compartimiento que estaba herméticamente cerrado. En el segundo habían encontrado suficiente espacio Olbinett, Wilson y Roberto. El Mayor y John velaban fuera, pues era fácil, y por consiguiente posible, un ataque de los malhechores.

Los dos fieles vigilantes recibían filosóficamente las ráfagas que la noche les escupía en la cara. Procuraban atravesar con la mirada aquellas tinieblas tan propias para una celada, pues el oído nada podía percibir en medio del estrépito de la tempestad, los silbidos del viento, los chasquidos de las ramas, el derrumbamiento de los troncos y los mugidos de las aguas desencadenadas.

Algunos momentos de calma suspendían, sin embargo, de cuando en cuando la borrasca. El viento callaba como para tomar aliento, y únicamente se oía el Snowy que gemía al atravesar las inmóviles espadañas y el negro toldo de los gomeros. Durante estas treguas momentáneas, el silencio parecía más profundo. El Mayor y John Mangles escuchaban entonces con atención.

Durante una de aquellas suspensiones de hostilidades de la atmósfera, llegó hasta ellos un silbido agudo.

John Mangles se acercó rápidamente al Mayor.

—¿Habéis oído? —le dijo.

—Si —respondió Mac Nabbs—. ¿Es un hombre o un animal?

—Un hombre —contestó John Mangles.

Los dos escucharon nuevamente. El inexplicable silbido se repitió con frecuencia, y le sucedió una detonación casi imperceptible, porque la tempestad rugía con nueva violencia.

John Mangles y Mac Nabbs no podían oírse, y se colocaron a sotavento de la carreta.

En aquel momento se levantaron las cortinas de cuero de la carreta y salió de ella Glenarvan, que se reunió a sus compañeros. Había oído también el silbido siniestro, y el eco de la detonación que había llegado moribundo a la toldadura.

—¿En qué dirección ha sido? —preguntó.

—En aquélla —respondió John, indicando el sombrío track que había tomado Mulrady.

—¿A qué distancia?

—A tres millas por lo menos, teniendo en cuenta el viento —respondió John Mangles.

—Vamos —dijo Glenarvan, echándose la carabina al hombro.

—No —respondió el Mayor—. Puede ser todo un ardid para alejarnos de la carreta.

—¡Y si Mulrady ha caído herido por esos miserables! —replicó Glenarvan, cogiendo la mano de Mac Nabbs.

—Mañana lo sabremos —respondió fríamente el Mayor, resuelto a impedir que Glenarvan cometiese una imprudencia inútil.

—Vos no podéis separaros del campamento, Milord —dijo John—, iré yo solo.

—¡Tampoco! —dijo Mac Nabbs con energía—. ¿Queréis que nos vayan matando a todos uno tras otro, disminuir nuestras fuerzas, condenarnos a la impotencia para contrarrestar a los malhechores? Si Mulrady ha sido víctima, ¿qué podemos hacer? No se conjura una desgracia con otra. Mulrady ha partido designado por la suerte. Si hubiese sido yo el designado por ella, hubiera partido como él pero no hubiera pedido ni esperado ningún socorro.

Bajo todos los puntos de vista, el Mayor obraba debidamente conteniendo a Glenarvan y a John Mangles. Tratar de alcanzar al marinero, salir al encuentro de los bandidos emboscados detrás de algunas matas, en medio de la oscuridad de la noche, era una insensatez, y, además, una hazaña completamente inútil. La comitiva de Glenarvan no estaba tan sobrada de hombres que pudiese sacrificar ninguno de ellos.

No parecía, sin embargo, que Glenarvan estuviese dispuesto a ceder a las reflexiones que se le hacían. Su mano asía con fuerza la carabina. Daba vueltas y revueltas alrededor de la carreta. Prestaba atento oído a todos los rumores. Se esforzaba en penetrar con la mirada la oscuridad siniestra. La idea de que uno de los suyos estaba herido tal vez mortalmente, abandonado y sin auxilios, llamando en vano a aquéllos por quienes se había inmolado, torturaba su cerebro. Mac Nabbs no sabía qué hacer para impedir que Glenarvan, tomando únicamente consejos de su generoso y lacerado corazón, se hiciese víctima de los golpes de Ben Joyce.

—Edward —le dijo—, serenaos. Escuchad a un amigo. ¡Pensad en Lady Elena, en Mary Grant, en todos los que quedan! Además, ¿a dónde queréis ir? ¿Dónde pensáis encontrar a Mulrady? ¡Ha sido atacado a dos millas de aquí! ¿En qué camino? ¿Qué senda tomaréis?

En aquel momento, como respondiendo al Mayor, se oyó un grito de angustia.

—¡Escuchad! —dijo Glenarvan.

El grito venía del mismo lado de que había partido la detonación, a la distancia de menos de un cuarto de milla.

Glenarvan, rechazando a Mac Nabbs, se adelantaba ya por el sendero, cuando a 300 pasos de la carreta se oyeron estas palabras:

—¡Auxilio! ¡Auxilio!

Al oír aquella voz angustiosa y desesperada, John Mangles y el Mayor corrieron hacia ella.

Pocos instantes después, distinguieron a lo largo del bosque una forma humana que se arrastraba lanzando lúgubres gemidos.

Allí estaba Mulrady, herido, moribundo, y cuando sus compañeros lo levantaron, vieron sus manos ensangrentadas.

Arreciaba entonces la lluvia, y el viento desencadenado azotaba el ramaje de los dead trees. En medio de la violenta ráfaga, Glenarvan, el Mayor y John Mangles transportaron el cuerpo de Mulrady.

Al llegar, todos se levantaron. Paganel, Roberto, Wilson y Olbinett salieron de la carreta, y Lady Elena cedió su puesto al pobre marinero. El Mayor quitó a éste las ropas empapadas de agua y sangre, y descubrió su herida. Era una puñalada en el costado derecho.

Mac Nabbs le curó diestramente, pero aún no podía decir si el arma había interesado órganos esenciales. La sangre brotaba a sacudidas y borbotones, lo que, unido al desfallecimiento y a la palidez del herido, probaba que la herida era grave. Ésta fue lavada por el Mayor con agua fría, y con un tapón de yesca y un apósito de hilas sujetas con una compresa y un vendaje, pudo al fin conseguirse contener la hemorragia.

Restañada la sangre, Mulrady fue colocado en posición supina, con la cabeza y el pecho levantados, y Lady Elena le hizo beber algunos sorbos de agua.

Pasado un cuarto de hora, el herido, inmóvil hasta entonces, hizo un movimiento y entreabrió los ojos. Sus labios murmuraron palabras incoherentes, y el Mayor, acercando el oído le oyó repetir:

—Milord… la carta… Ben Joyce…

El Mayor repitió estas palabras y miró a sus compañeros. ¿Qué quería decir Mulrady? Ben Joyce había acometido al marinero, pero ¿por qué? ¿Era solamente para detenerle, para impedirle que llegase al Duncan? La carta…

Glenarvan registró los bolsillos de Mulrady. No encontró en ellos la carta dirigida a Tom Austin.

Pasaron una noche de inquietudes y angustias. El estado del herido inspiraba serios temores. Le devoraba la calentura. Lady Elena y Mary Grant, dos hermanas de caridad como no es posible que haya otras, no se apartaron un instante de su lado. Nunca enfermo alguno ha sido cuidado con mayor solicitud ni por manos más competentes.

Amaneció y cesó la lluvia. Densas nubes circulaban aún en las profundidades del cielo. La tierra estaba sembrada de ramas desgarradas. La arcilla, reblandecida por los torrentes de agua que habían caído, había formado nuevos baches.

John Mangles, Paganel y Glenarvan pasaron al rayar el alba a reconocer las inmediaciones del campamento. Tomaron la senda manchada aún de sangre. No encontraron vestigio alguno de Ben Joyce ni de su partida. Llegaron hasta el punto en que había ocurrido el ataque. Había en tierra dos bandidos muertos por las balas de Mulrady. Uno de ellos era el cadáver del herrador de Black Point. Su semblante, descompuesto por la muerte, inspiraba horror.

Glenarvan no llevó más adelante sus investigaciones. La prudencia le prohibía alejarse, y volvió a la carreta, muy preocupado por la gravedad de la situación.

—No podemos pensar en enviar a Melbourne otro mensajero —dijo.

—Sin embargo, es indispensable, Milord —respondió John Mangles—, y yo haré lo posible por pasar por donde no pudo hacerlo mi marinero.

—No, John. ¡Ni siquiera tienes un caballo para recorrer doscientas millas!

En efecto, el caballo de Mulrady, único que quedaba, no había reaparecido. ¿Había sido muerto por los bandoleros? ¿O andaba extraviado por el desierto? ¿No se habían apoderado de él los malhechores?

—Sobrevenga lo que quiera, no nos separaremos —dijo Glenarvan—. Aguardaremos ocho días, quince días, hasta que las aguas del Snowy recobren su nivel normal. Entonces a cortas jornadas nos iremos acercando a la bahía de Twofold, desde la cual remitiremos al Duncan por una vía más segura la orden de trasladarse a la costa.

—No se puede tomar otro partido —respondió Paganel.

—Así, pues, amigos míos —repuso Glenarvan—, no más separaciones. Un hombre arriesga demasiado aventurándose solo en el desierto infestado de bandidos. ¡Y ahora, que Dios salve a nuestro pobre marinero, y nos proteja a todos!

Glenarvan tenía razón en condenar toda tentativa aislada, como la tenía también en esperar en las márgenes del Snowy que hubiese un paso practicable. Treinta y cinco millas escasas le separaban de Delegete, que es la primera ciudad fronteriza de Nueva Gales del Sur, donde encontraría medios de transporte para ganar la bahía de Twofold. De allí podría mandar por telégrafo las órdenes relativas al Duncan.

Estas medidas eran acertadas, pero tardías. Si Glenarvan no hubiese enviado a Mulrady por el camino de Lucknow, ¡cuántas desgracias se hubieran evitado, sin contar el asesinato del marinero!

Al volver al campamento halló a sus compañeros menos afectados. Parecía que habían recobrado alguna esperanza.

—¡Está mejor! ¡Está mejor! —exclamó Roberto saliendo al encuentro de Lord Glenarvan.

—¿Mulrady?

—¡Sí, Edward! —respondió Lady Elena—. Ha sobrevenido una reacción. El Mayor está más tranquilo. Nuestro marino vivirá.

—¿Dónde está Mac Nabbs? —preguntó Glenarvan.

—Junto a él. Mulrady ha querido tener con él un rato de conversación. Conviene no interrumpirles.

Efectivamente, haría una hora que el herido había salido de su letargo, y que su calentura había bajado mucho.

Pero el primer cuidado de Mulrady, al recobrar la memoria y el uso de la palabra, fue llamar a Lord Glenarvan, y a falta de éste, al Mayor Mac Nabbs, que, viéndole tan débil, quiso prohibirle que hablara, pero Mulrady insistió con tanto empeño que fue preciso ceder a su exigencia.

Hacía ya algunos minutos que había empezado la conversación, cuando llegó Glenarvan, que quedó esperando las revelaciones de Mac Nabbs.

No tardaron en levantarse las cortinas de la carreta, y el Mayor apareció, reuniéndose en seguida a sus amigos al pie de un gomero, donde se había levantado la tienda. Una grave preocupación se leía en su semblante, ordinariamente tan frío, expresando sus miradas una dolorosa tristeza cuando se fijaron en Lady Elena y en Mary Grant.

Glenarvan le interrogó y el Mayor le dijo en sustancia y con muy pocas palabras lo que acababa de saber, que era lo siguiente:

«Mulrady, al salir del campamento, siguió una de las sendas que Paganel había indicado, caminando con toda la celeridad que permitía la oscuridad de la noche. En su concepto, había aproximadamente recorrido una distancia de dos millas, cuando algunos hombres —le pareció que eran cinco— atacaron de frente al caballo, el cual se encabritó».

Mulrady echó mano del revólver e hizo fuego. Le pareció ver caer a dos de sus agresores. Al resplandor de los disparos, reconoció a Ben Joyce. Pero nada más. Ni siquiera tuvo tiempo de disparar todos los tiros de su revólver. Cayó derribado por un golpe violento que recibió en el costado derecho.

Con todo, no había perdido aún el conocimiento. Los asesinos le creían muerto, y él sintió cómo le registraban. Oyó también después pronunciar estas palabras: «Tengo la carta», dijo uno de los bandidos. «Dámela —respondió Ben Joyce—, y ahora el Duncan es nuestro».

Al llegar Mac Nabbs a este punto de la narración, Glenarvan no pudo reprimir un grito.

Mac Nabbs continuó:

—«Ahora —añadió Ben Joyce—, alcanza el caballo y tráemelo. Dentro de dos días estaré a bordo del Duncan, dentro de seis, en la bahía de Twofold, que es el punto de cita. La comitiva de Milord se hallará aún atascada en los pantanos de Snowy. Pasad el río por el puente de Kemple-pier, ganad la costa, y aguardadme. No me faltarán medios de introduciros a bordo. En cuanto arrojemos al mar la tripulación, con un buen buque como el Duncan seremos los amos del océano Índico». «¡Hurra por Ben Joyce!», exclamaron los bandidos. En seguida trajeron el caballo de Mulrady a Ben Joyce, y éste desapareció a galope por el camino de Lucknow, en tanto que su gente se dirigía por el Sudeste al Snowy River. Mulrady, aunque gravemente herido, tuvo bastante fuerza para llegar arrastrándose a trescientos pasos del campamento, donde le recogimos desangrado y casi moribundo. Tal es —dijo Mac Nabbs— la historia de Mulrady. ¿Comprendéis ahora por qué el denodado marinero ponía tanto empeño en hablar?

La revelación aterró a Glenarvan y a sus compañeros.

—¡Piratas! ¡Piratas! —exclamó Glenarvan—. ¡Mi tripulación degollada! ¡El Duncan en poder de forajidos!

—¡Sí! Ben Joyce sorprenderá el buque —respondió el Mayor—, y entonces…

—¡Pues bien, es necesario, es indispensable que lleguemos a la costa antes que esos miserables! —dijo Paganel.

—Pero, ¿cómo pasamos el Snowy? —preguntó Wilson.

—Como ellos —respondió Glenarvan—. Ellos van a pasarlo por el puente de Kemple-pier, nosotros pasaremos también por él.

—Pero, ¿qué será de Mulrady? —preguntó Lady Elena.

—Le llevaremos relevándonos. ¿Puedo entregar mi indefensa tripulación a los bandidos de Ben Joyce?

La idea de pasar el Snowy por el puente de Kemple-pier era practicable, pero arriesgada. Los bandidos podían hacerse fuertes en el puente y defenderlo. Serían por lo menos treinta contra siete. Pero hay momentos en que no se cuenta el número y se prescinde de todo.

—Milord —dijo entonces John Mangles—, antes de jugarnos el todo por el todo, antes de intentar pasar el puente, debemos reconocerlo, y del reconocimiento me encargo yo.

—Os acompañaré, John —respondió Paganel.

Aceptada la proposición, John Mangles y Paganel se dispusieron a partir inmediatamente. Tenían que seguir río abajo las orillas del Snowy, hasta encontrar el puente indicado por Ben Joyce, procurando no ser vistos de los bandidos, que aún no debían hallarse lejos.

Partieron los dos animosos compañeros, provistos de víveres y bien armados, y muy pronto desaparecieron entre los grandes árboles.

Se les estuvo aguardando todo el día y anocheció antes que estuvieran de vuelta. La ansiedad fue grande.

Al fin, a las once aproximadamente, Wilson anunció su llegada.

Paganel y John Mangles, que habían andado diez millas, estaban rendidos de fatiga.

—¡Sí! Un puente de mimbres —dijo John Mangles—. Los bandidos han pasado efectivamente por él, pero…

—¿Pero qué? —preguntó Glenarvan temiendo una nueva desgracia.

—¡Lo han quemado! —respondió Paganel.

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