Parte 3. Capítulo 22. La última distracción de Santiago Paganel

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 07/02/2022 - 10:00

Una vez reunidos todos los amigos en el Duncan, emprenden el viaje de regreso a Escocia, donde asistimos al recibimiento que se les ofrece y donde Santiago Paganel tiene ocasión de desvelar lo que cree que es un vergonzoso secreto y de cometer su última distracción en esta historia.

Parte 3. Capítulo 22

El 18 de marzo, once días después de haber zarpado de la isla, el Duncan avistó la costa americana, y al día siguiente fondeó en la bahía de Talcahuano.

Llegaba a ella después de un viaje de cinco meses, durante el cual, siguiendo rigurosamente la línea del 37° paralelo, había dado la vuelta al mundo. Los pasajeros de tan memorable expedición, sin precedentes en los anales del Traveller’s club, acababan de atravesar Chile, las Pampas, la República Argentina, el Atlántico, las islas de Tristán da Cunha, el océano Índico, las islas de Amsterdam, Australia, Nueva Zelanda, la isla Tabor y el Pacífico. Sus esfuerzos no habían sido estériles, puesto que devolvían a su patria a los náufragos de la Britannia.

Ni uno solo de aquellos buenos escoceses, que partieron a la voz de su laird, faltaba al llamamiento; todos volvían a su vieja Escocia, y su expedición recordaba la batalla sin lágrimas de la historia antigua.

El Duncan, después de refrescar sus víveres, siguió a lo largo de las costas de la Patagonia, dobló el cabo de Hornos y cruzó el océano Atlántico.

No ha habido jamás un viaje menos accidentado. El yate llevaba en su seno un cargamento de felicidad. No había ya ningún secreto a bordo, ni siquiera el de los amores de John Mangles y Mary Grant.

Un misterio había, sin embargo, un misterio que daba mucho que hacer y cavilar a Mac Nabbs. ¿Por qué Paganel permanecía siempre herméticamente cerrado dentro de su traje y con un tapabocas encima de la corbata que le cubría hasta las orejas? El Mayor estaba en ascuas deseando profundizar el arcano de tan singular manía. Pero a pesar de las preguntas, alusiones y sospechas de Mac Nabbs, Paganel no se desabrochaba.

No se desabrochó, ni cuando el Duncan pasó la línea y el alquitrán de las junturas de la cubierta se derretía bajo un calor de 50°.

—Tan distraído es, que se cree en San Petersburgo —decía el Mayor, viendo al geógrafo envuelto en una inmensa hopalanda, como si el mercurio estuviese helado en el termómetro.

En fin, el 9 de mayo, cincuenta y tres días después de haber salido de Talcahuano, John Mangles divisó Saint Georges, atravesó el mar de Irlanda, y el 19 de mayo penetró en el golfo del Clyde. A las once ancló en Dumbarton.

A las dos de la tarde, sus pasajeros llegaron a Malcolm Castle, en medio de los hurras de los highlanders.

Estaba, pues, escrito que Harry Grant y sus dos compañeros serían salvados, que John Mangles se casaría con Mary Grant en la antigua catedral de Saint Mungo, donde el reverendo Paxton, después de haber rogado nueve meses antes por la salvación del padre, bendijo el matrimonio de su hija y de su salvador. Estaba, pues, escrito que Roberto sería marino como Harry Grant, marino como John Mangles, y que con ellos acometería de nuevo la gran empresa del capitán, bajo la alta protección de Lord Glenarvan.

¿Pero estaba escrito que Santiago Paganel no moriría soltero? Probablemente.

En efecto, el sabio geógrafo, después de sus heroicas hazañas, no podía librarse de la celebridad. Sus distracciones metieron mucho ruido en la alta sociedad escocesa. Las gentes de alto copete se lo disputaban, y ni tiempo le dejaban para corresponder debidamente a todas las atenciones de que era objeto.

Entonces fue cuando una amable señorita de treinta años, nada menos que prima del Mayor Mac Nabbs, asaz extravagante, pero amable y encantadora aún, se prendó de las singularidades del geógrafo y le ofreció su mano. Había de por medio cuatro millones de dote, de los cuales no se hizo mención.

Lejos estaba Paganel de ser indiferente a los sentimientos de Miss Arabella, pero no se atrevía a tomar una resolución definitiva.

El Mayor intervino, queriendo unir aquellos dos corazones formados el uno para el otro, y dijo a Paganel que el matrimonio era ya la última distracción que podía permitirse.

Paganel estaba perplejo, por una singularidad extraña, y no se decidía a articular el sí fatal.

—¿Acaso Arabella no os agrada? —preguntaba sin cesar Mac Nabbs.

—¡Oh, Mayor! ¡Es encantadora! —exclamaba Paganel—. Mil veces demasiado encantadora, y, a decir verdad, me agradaría más si no fuese tan encantadora. Quisiera que tuviese algún defecto.

—Tranquilizaos —respondió el Mayor—, más de uno tiene. A la mujer más perfecta le sobran siempre defectos. ¿Así, pues, Paganel, es cosa hecha?

—No me atrevo —replicaba Paganel.

—Vamos a ver, ¿por qué vaciláis, mi sabio amigo?

—¡Soy indigno de Miss Arabella! —respondía invariablemente el geógrafo.

Y seguía siempre en sus trece.

Pero, por fin, acorralado un día por el intratable Mayor, acabó por confiarle, bajo el sello del secreto, una particularidad que debía facilitar su reconocimiento, si era algún día objeto de las pesquisas de la Policía.

—¡Bah! —exclamó el Mayor.

—Como os lo digo —replicó Paganel.

—¿Qué importa, mi digno amigo?

—¿Creéis que no importa?

—Todo lo contrario, así sois más singular, y añadís un nuevo mérito a los muchos que ya teníais. ¡Sois el hombre sin igual soñado por Arabella!

Y el Mayor, conservando su imperturbable seriedad, dejó a Paganel entregado a las mayores inquietudes.

Hubo una breve conferencia entre Mac Nabbs y Miss Arabella.

Quince días después, se celebraba con gran pompa un matrimonio en la capilla de Malcolm Castle. Paganel estaba magnífico, pero herméticamente abotonado, y Miss Arabella estaba espléndida.

Y el secreto del geógrafo hubiera quedado sepultado en los abismos de lo desconocido, si el Mayor no hubiese hablado de él a Glenarvan, el cual no lo ocultó a Lady Elena, y ésta indicó algo a Mrs. Mangles. Llegó el secreto a oídos de Mrs. Olbinett, y pasó al común dominio.

Santiago Paganel, durante los tres días que le tuvieron cautivo los maoríes, fue pintado de pies a cabeza de una manera indeleble, según el procedimiento de los salvajes. Tenía en el pecho un kiwi heráldico, con las alas desplegadas, que le mordía el corazón.

Esta aventura fue la única, de las muchas que corrió Paganel en su gran viaje, de que no se consoló jamás y no perdonó nunca a Nueva Zelanda, y esta aventura fue también la que, a pesar de su amor patrio y de todos los ruegos de sus conciudadanos, le impidió volver a Francia. Temió exponer a toda la Sociedad de Geografía, personificada en él, a los chistes y caricaturas de los periódicos jocosos.

La vuelta del capitán a Escocia fue saludada como un acontecimiento nacional, y Harry Grant llegó a ser el hombre más popular de la vieja Caledonia. Su hijo Roberto se hizo marino como él, marino como el capitán Grant, y bajo los auspicios de Lord Glenarvan, quiso llevar a cabo el proyecto de fundar una colonia escocesa en el Pacífico.

Fin

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