Parte 3. Capítulo 04. Las rompientes

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 04/10/2021 - 15:00

El destartalado buque Macquarie avanza erráticamente hacia las costas de Nueva Zelanda, pero la incuria de su capitán y tripulación lo expone a graves peligros. La cercanía de la costa unida a un súbito cambio del tiempo exigen la intervención del capitán John Mangles y sus hombres para intentar esquivar el peligro de los escollos.

Parte 3. Capítulo 4

Aquella penosa travesía se prolongaba demasiado. El 2 de febrero, seis días después de haber zarpado, el Macquarie no había aún avistado las costas de Auckland. Aunque las corrientes eran contrarias, el viento, que se mantenía del Sudoeste, era propicio, y, sin embargo, el bergantín avanzaba poco o nada. El oleaje, bastante duro, fatigaba a su arboladura; su casco crujía, y cuando las olas le bajaban, le costaba trabajo levantarse. Sus obenques, brandales y estayes poco tirantes, dejaban a los mástiles sin sujeción suficiente, por lo que éstos en cada balanceo sufrían una violenta sacudida.

Afortunadamente, Will Halley, que no tenía prisa, no forzaba las velas, pues de otra suerte se hubiera irremisiblemente venido abajo toda la arboladura. John Mangles esperaba por lo mismo que aquel desvencijado casco llegaría a tomar puerto aunque tarde, pero sufría de ver a sus compañeros a bordo de un buque tan incómodo y en tan malas condiciones.

Lady Elena y Mary Grant no se quejaban, a pesar de que una lluvia continua no les permitía salir de su cuchitril, en donde les molestaban mucho los balanceos del buque y la falta de aire. Así es que con alguna frecuencia subían a cubierta desafiando las inclemencias del tiempo, hasta que las obligaban a volverse abajo algunas ráfagas insostenibles. Entonces se embutían de nuevo en aquel reducido espacio, más propio para mercancías que para pasajeros y sobre todo pasajeras.

Entretanto, sus amigos hacían todo lo posible para distraerlas. Paganel procuraba matar el tiempo con anécdotas, pero no con mucho éxito. Estaban los ánimos demasiado preocupados. Sus reflexiones sobre Nueva Zelanda eran acogidas con una indiferencia y frialdad que contrastaban singularmente con el interés que habían inspirado sus disertaciones sobre las Pampas y Australia. Su auditorio, según él, se había desmoralizado. Además, los viajeros se dirigían a él sin entusiasmo, sin convicción, arrastrados por la fatalidad y no voluntariamente.

El más digno de lástima de todos los pasajeros del Macquarie era Lord Glenarvan, a quien rara vez se veía en la cámara. No podía estarse quieto. Su constitución nerviosa no podía acomodarse, en el estado de sobreexcitación nerviosa en que se hallaba, a un encarcelamiento entre cuatro tabiques. De día y hasta de noche, sin hacer ningún caso de la lluvia ni de las olas que barrían la cubierta, permanecía en ésta, tan pronto apoyado de codos en el sobrepuesto, como dando largos pasos con agitación febril.

Sus ojos miraban incesantemente el espacio y en los breves momentos en que cesaba la lluvia, lo recorrían obstinadamente con el catalejo. Parecía que quería entrar en conversación con las olas, y hubiera querido con un gesto desvanecer los vapores acumulados y rasgar la bruma que velaba el horizonte. No podía resignarse, y toda su fisonomía reflejaba un agudo dolor.

Era el hombre enérgico, hasta entonces feliz y poderoso, a quien faltaban súbitamente a la vez el poder y la felicidad.

John Mangles no se separaba de su lado y arrostraba con él las inclemencias del tiempo. Aquel día Glenarvan, con una obstinación más tenaz aún que la acostumbrada, escudriñaba el horizonte dondequiera que aparecía la menor claridad. John se acercó a él.

—¿Vuestro Honor busca la tierra? —preguntó.

Glenarvan hizo un ademán negativo.

—Sin embargo —continuó el joven capitán—, debéis estar en ascuas deseando salir pronto de este bergantín. Hace ya treinta y seis horas que deberíamos haber distinguido los faros de Auckland.

Glenarvan no respondía. Seguía mirando, y tuvo durante un minuto asestado el anteojo a barlovento del buque.

—No está la tierra por este lado —dijo John Mangles—. Mire Vuestro Honor a estribor.

—¿Por qué, John? —respondió Glenarvan—. No es la tierra lo que busco.

—¿Qué queréis ver, pues, Milord?

—¡Mi yate! ¡Mi Duncan! —respondió Glenarvan con cólera—. ¡Debe estar por aquí, en estos parajes, surcando estos mares, ejerciendo el siniestro oficio de pirata! ¡Está por aquí, John, yo te lo digo, cruzando el derrotero que siguen los buques entre Australia y Nueva Zelanda! ¡Presiento que le hemos de encontrar!

—¡Dios nos libre de ello, Milord!

—¿Por qué, John?

—¿Olvida Vuestro Honor nuestra situación? ¿Qué haríamos en este bergantín, si el Duncan nos diese caza? ¡Ni siquiera huir podríamos!

—¡Huir, John!

—Sí, Milord. ¡Lo intentaríamos en vano! ¡Seríamos apresados, entregados a discreción de esos miserables, y Ben Joyce ha demostrado que no retrocede delante de un crimen! ¡Nos jugaríamos la vida, la venderíamos cara, nos defenderíamos hasta exhalar el último aliento! ¿Quién lo duda? Pero, ¿y después? ¡Pensad en Lady Glenarvan, Milord, pensad en Mary Grant!

—¡Pobres mujeres! —murmuró Glenarvan—. John, tengo el corazón hecho pedazos, y a veces se apodera de mí la desesperación. ¡Me parece que se nos preparan nuevas catástrofes, que el cielo se ha declarado contra nosotros! ¡Tengo miedo!

—¿Vos, Milord?

—¡No por mí, John, pero por los que amo, por los que tú también amas!

—Tranquilizaos, Milord —respondió el joven capitán—. No hay nada que temer. El Macquarie anda mal, pero anda. Will Halley es un ente embrutecido, pero aquí estoy yo, y si las proximidades de la costa me parecen peligrosas echaré el buque mar adentro. Por ese lado no hay peligro. Pero en cuanto a encontrar el Duncan, líbreme Dios de semejante encuentro, y si Vuestro Honor trata de descubrirlo, que sea para huir de él a toda costa.

John Mangles tenía razón. El encuentro del Duncan hubiera sido funesto para el Macquarie, y este encuentro era muy de temer en aquellos mares cerrados que podían los piratas surcar sin peligro. Sin embargo, aquel día no apareció el yate y llegó la sexta noche desde la salida de Twofold Bay, sin que se realizasen los temores de John Mangles.

Pero se preparaba una noche terrible. A las siete de la tarde, la oscuridad era ya casi completa. El cielo estaba amenazador. El instinto del marino, haciéndose superior al embrutecimiento de la embriaguez, sacó de su estupor a Will Halley, el cual salió de su camarote restregándose los ojos y agitando su enorme cabeza roja. Al llegar sobre cubierta, aspiró una gran bocanada de aire, como otro cualquiera para serenarse hubiera bebido un vaso de agua, y examinó la arboladura.

El viento arreciaba, y cayendo un cuarto al oeste, impelía al buque hacia la costa zelandesa.

Will Halley, vomitando imprecaciones, consiguió que la tripulación aferrase los juanetes y disminuyese el velamen. John Mangles aprobó la maniobra sin decir una palabra, porque no quería conversación con el soez marino. Pero ni él ni Glenarvan abandonaron la cubierta. Dos horas después se levantó un viento huracanado, y Will Halley mandó rizar gavias. La operación hubiera sido difícil para cinco hombres, si el Macquarie no hubiese estado provisto de una doble verga del sistema americano, con cuyo mecanismo bastaba arriar la verga superior para que la vela quedase reducida a sus menores dimensiones.

Transcurrieron dos horas, y la mar iba siendo cada vez más gruesa. El Macquarie sufría en sus fondos sacudidas, como si su quilla rozase las rocas. Pero no las rozaba, sino que su pesado casco se levantaba difícilmente sobre las olas cuando se encrespaban, de lo que resultaba que éstas pasaban por encima del buque e inundaban la cubierta. Un golpe de mar se llevó la lancha que colgaba de los pescantes de babor.

John Mangles empezaba a alarmarse. Otro buque cualquiera se hubiera burlado de aquel oleaje. Pero con aquel pesado casco era de temer el irse a pique, porque en todas las arfadas la cubierta se llenaba de agua, y ésta, no encontrando en los imbornales bastante expedita la salida, podía sumergir al buque. Para evitar este riesgo, la prudencia aconsejaba derribar a hachazos parte de la obra muerta, pero Will Halley no quiso tomar esta medida.

Amenazaba, además, al Macquarie un peligro mucho mayor que no había ya tiempo de conjurar.

A las once y media, John Mangles y Wilson, que se hallaban en el combés a sotavento, percibieron un sonido insólito, cuya causa les hicieron conocer sus instintos y su experiencia de hombres de mar. John cogió la mano del marinero.

—¡La resaca! —le dijo.

—Sí —respondió Wilson—. Hay bancos cerca en que se estrellan las olas.

—¿Todo lo más a la distancia de dos cables?

—¡Todo lo más! Allí está la tierra.

Se asomó John por la borda sacando casi todo el cuerpo fuera, miró las oscuras olas y exclamó:

—¡La sonda, Wilson! ¡La sonda!

El master, inmóvil en la proa, no se había al parecer hecho debido cargo de su posición. Cogió Wilson la sonda, y desde la popa la echó al agua. Corrió la cuerda entre sus dedos, y se detuvo el escandallo al tercer nudo.

—¡Tres brazas! —exclamó Wilson luego que hubo medido el braceaje.

—Capitán —dijo John corriendo hacia Will Halley—, estamos en los rompientes.

Halley se encogió de hombros, pero John, sin hacerle ningún caso, se precipitó hacia el gobernalle, forzó el timón todo lo posible, y entretanto Wilson, que había ya soltado la sonda, tiró de las brazas de la gavia mayor hasta situar las vergas en el plano que la orzada requería. El marinero que estaba en el timón fue vigorosamente rechazado antes de haber comprendido la gravedad e inminencia del peligro.

—¡Vira! ¡Vira! —gritaba el joven capitán, empujando el timón para virar en redondo y evitar los arrecifes.

Por espacio de medio minuto la borda de estribor pasó casi rozando los escollos, y, a pesar de la oscuridad de la noche, John distinguió una línea de mugidora espuma a cuatro brazas del buque.

Entonces Will Halley, teniendo ya la conciencia del peligro, perdió completamente la cabeza. Sus marineros, medio ebrios, aún no podían comprender sus órdenes. Además, la incoherencia de sus palabras y la contradicción de sus voces de mando demostraban que aquel estúpido borracho carecía de serenidad y sangre fría. Le había sorprendido la proximidad de la tierra, que creía tener a 30 ó 50 millas de distancia cuando la tenía a 8. Las corrientes le habían echado de su derrotero habitual y cogido de improviso al miserable rutinario.

Acababa de alejar al Macquarie de las rompientes la pronta maniobra de John Mangles, pero éste ignoraba su posición. Podía muy bien hallarse rodeado de bajíos. El viento llevaba al este, y en una arfada cualquiera era fácil que el bergantín encallase.

En efecto, el ruido de la resaca se oyó más perceptible por el costado de estribor. Era preciso orzar, ir al viento, ciñendo todo lo posible, y John dio vuelta al timón y braceó de nuevo las vergas. Los rompientes se multiplicaban bajo el branque del bergantín. Preciso era virar en redondo y poner la proa contra el viento, lo que ofrecía grandes dificultades, siendo un buque de poco velamen y mal equilibrado. Pero preciso era intentarlo.

—¡Fuerza el timón! —gritó John Mangles a Wilson.

El Macquarie se volvió a cerrar a la nueva línea de arrecifes, estrellándose el espumoso mar en las rocas sumergidas.

Hubo un momento de angustia que no puede expresarse. La espuma volvió las olas luminosas, como si las hubiese iluminado súbitamente un fenómeno de fosforescencia. El mar bramaba como si poseyese la voz de los escollos antiguos animados por la mitología pagana. Wilson y Mulrady se cargaban con todo su peso a la caña del gobernalle. El timón no podía girar más.

Hubo de pronto un choque. El Macquarie acababa de tocar en un bajo, y la jarcia muerta del bauprés se rompió, comprometiendo la estabilidad del trinquete. ¿Terminaría la virada en redondo sin que se produjesen otras averías?

Hubo un momento de calma, y el buque se volvió hacia el viento, pero de golpe se detuvo en su evolución. Una encrespada ola le cogió por debajo y le acercó más y más a los arrecifes. El pesado casco cayó con una violencia tal, que se vino abajo el trinquete con todo su aparejo.

Hubo otros dos choques; y el bergantín quedó inmóvil e inclinado en un ángulo de 30°.

Saltaron a pedazos los cristales de la cámara de popa. Los pasajeros subieron precipitadamente sobre cubierta, siendo ésta en toda su extensión barrida incesantemente por las olas, por lo que era peligroso permanecer en ella.

John Mangles, que sabía que el buque se hallaba firmemente embarrancado en un banco de arena, suplicó a los viajeros que volviesen a la cámara.

—¿La verdad, John? —preguntó fríamente Glenarvan.

—La verdad es, Milord —respondió John Mangles— que no nos iremos a pique. No aseguraré que el buque no se haga pedazos, pero nos dará tiempo de salvarnos.

—¿Qué hora es? ¿Las doce?

—Sí, Milord, y hemos de aguardar que sea de día.

—¿No se puede echar la lancha al agua?

—Con tanta marejada y tanta oscuridad, es imposible. Además, ¿a qué punto de la costa atracaríamos?

—Pues bien, John, permanezcamos aquí hasta que asome el alba.

Will Halley corría como un loco de un lado a otro del bergantín. No sabía lo que pasaba. Sus marineros, vueltos en sí de su estupor, desfondaron un barril de aguardiente y se pusieron a beber. John previó que su embriaguez iba a ocasionar muy pronto terribles escenas.

No se podía contar con el patrón para refrenarlos. El miserable se arrancaba los cabellos y se retorcía los brazos. No pensaba más que en su cargamento, que no estaba asegurado.

—¡Estoy arruinado! ¡Estoy perdido! —exclamaba corriendo de un lado para otro.

John Mangles no se cuidó de consolarle. Hizo que sus compañeros se armasen y pusiesen en disposición de contrarrestar a los marineros que se llenaban de brandy hasta el gañote, profiriendo espantosas blasfemias.

—Al primero de esos miserables —dijo el Mayor tranquilamente— que se acerque a nosotros, le mato como a un perro.

Los soeces marineros vieron sin duda que los pasajeros estaban dispuestos a hacerse respetar, pues, después de algunas tentativas de saqueo, desaparecieron todos.

John Mangles no se volvió a ocupar de aquellos borrachos, y aguardó con impaciencia que amaneciese.

El bergantín se hallaba entonces absolutamente inmóvil. El mar se calmaba poco a poco, y el viento caía. El casco podía, pues, resistir aún algunas horas. Al amanecer, John examinaría la costa, y si presentaba un buen atracadero, se transportarían el equipaje y los pasajeros en el you-you o bote, que era la única embarcación que quedaba a bordo, pues ya hemos dicho que un golpe de mar se había llevado la lancha. Con el bote se necesitarían para trasladarse a la playa tres viajes por lo menos, porque no cabían en él más que cuatro personas.

Mientras, apoyado en la borda, John Mangles reflexionaba sobre los peligros de la situación, escuchaba el rumor de la resaca. Procuraba atravesar con sus miradas la profunda oscuridad, y se preguntaba a sí mismo cuál era la distancia que le separaba de aquella tierra tan deseada y al mismo tiempo tan temida. Los rompientes distan algunas veces muchas leguas de una costa, y no podría el frágil bote resistir una travesía algo larga.

Mientras John, abismado en sus meditaciones, pedía un poco de luz al tenebroso cielo, los pasajeros, depositando en él toda su confianza, descansaban en sus camarotes. La inmovilidad del bergantín les aseguraba algunas horas de tranquilidad. Glenarvan, John y sus compañeros, no oyendo ya los gritos de la marinería ebria, pudieron conciliar un rato de sueño reparador, y a la una de la mañana reinaba un profundo silencio a bordo del bergantín, que estaba también dormido en su lecho de arena.

A las cuatro empezaron a sumergirse los objetos en la luz crepuscular. La pálida luz del alba enrojeció ligeramente las nubes. John salió a cubierta. Colgaba del horizonte un cortinaje de bruma. Algunos contornos indecisos flotaban en los vapores matutinos, pero sólo a cierta altura. Agitaba aún el mar un débil oleaje, que se perdía a lo lejos en medio de espesas nubes sin movimiento alguno.

John aguardó. La claridad fue poco a poco aumentando, iluminando el horizonte algunas pinceladas rojas. El telón de nubes se levantó lentamente para descubrir la vasta decoración del fondo. Negros arrecifes sacaban su punta fuera del agua. Después se presentó una línea que una ancha faja de espuma blanqueaba, y en medio, como un faro, un punto luminoso en la cresta de una loma proyectaba sobre el disco un invisible sol naciente. La tierra estaba allí a menos de nueve millas.

—¡Tierra! —exclamó John Mangles.

Sus compañeros, a quienes su voz despertó, subieron sobre cubierta, y miraron silenciosamente la costa que se destacaba en el horizonte. Hospitalaria o funesta, debía ser su refugio.

—¿Dónde está Will Halley? —preguntó Glenarvan.

—No lo sé, Milord —respondió John Mangles.

—¿Y sus marineros?

—Tampoco han aparecido por aquí.

—Estarán por algún rincón durmiendo la mona —añadió Mac Nabbs.

—Que se les busque —dijo Glenarvan—, no se les puede dejar abandonados a bordo.

Mulrady y Wilson bajaron al sollado y a la cámara de proa, y dos minutos después volvieron diciendo que no se les encontraba en parte alguna.

Registraron entonces todo el entrepuente y hasta la sentina, y no vieron ni a Will Halley ni a ninguno de sus marineros.

—¡Cómo! ¿No hay nadie? —dijo Glenarvan.

—¿Habrán caído todos al mar? —preguntó Paganel.

—Bien puede ser —respondió John Mangles, a quien puso en alerta aquella desaparición.

Dirigiéndose luego hacia la proa dijo:

—Al bote.

Wilson y Mulrady le siguieron para echar el you-you al agua.

El you-you había desaparecido.

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