Parte 3 Capítulo 18 - Se despierta el volcán y temen lo peor

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/04/2019 - 14:13

Se despierta el volcán y temen lo peor

Las reflexiones de cada uno. — Retoma de los trabajos de construcción. — El 1 de enero de 1869. — Un penacho en la cima del volcán. — Primeras señales de una erupción. — Ayrton y Cyrus Smith en el corral. — Exploración de la cripta Dakkar. — Lo que le había dicho al ingeniero el Capitán Nemo.

Parte 3 Capítulo 18

Al amanecer, los colonos habían vuelto silenciosamente a la entrada de la caverna, a la cual dieron el nombre de Cripta de Dakkar en memoria del capitán Nemo. La marea había bajado y pudieron fácilmente pasar bajo el arco, cuyo pie derecho basáltico batía las olas.

La canoa se quedó en aquel sitio, habiéndola puesto los colonos al abrigo del oleaje. Para mayor precaución, Pencroff, Nab y Harbert la halaron hacia la playa que confinaba con uno de los lados de la cripta y la dejaron en un paraje donde no corría riesgo alguno.

La tempestad había cesado con la noche; los últimos truenos se desvanecían hacia el oeste; ya no llovía, pero el cielo estaba todavía cubierto de nubes. Aquel mes de octubre, principio de la primavera austral, no se anunciaba de modo satisfactorio y el viento tenía tendencia a saltar de un punto de la roca a otro, de suerte que no permitía contar con un tiempo seguro.

Cyrus Smith y sus compañeros, al salir de la cripta de Dakkar, tomaron el camino de la dehesa y mientras marchaban, Nab y Harbert tuvieron cuidado de desprender el alambre tendido por el capitán entre la dehesa y la cripta y que quizá podrían utilizar más adelante.

Por el camino hablaron poco. Los diversos incidentes de aquella noche del 15 al 16 de octubre les habían impresionado. Aquel desconocido, cuya influencia les había protegido de un modo tan eficaz, aquel hombre convertido por su imaginación en genio, el capitán Nemo, ya no existía. Su Nautilus y él estaban sepultados en el fondo de un abismo y cada uno se creía más aislado que antes. Se habían acostumbrado, por decirlo así, a contar con aquella intervención poderosa que acababa de faltarles para siempre y Gédéon Spilett y el mismo Cyrus Smith no podían eximirse de esta penosa opresión. Guardaron todos profundo silencio, siguiendo el camino de la dehesa.

A las nueve de la mañana entraron, por fin, en el Palacio de granito. Se había acordado proseguir lo más activamente posible la construcción del buque y el ingeniero se puso a la obra con más asiduidad que nunca. No se sabía lo que les reservaba el futuro y era una garantía para los colonos tener a su disposición un buque sólido, capaz de sostenerse en el mar con mal tiempo y bastante grande para intentar en caso de necesidad una travesía de alguna duración. Si, terminado el buque, no se decidían a dejar la isla Lincoln y pasar al archipiélago polinesio del Pacífico o a la costa de Nueva Zelanda, por lo menos debían ir lo más pronto posible a la isla Tabor para dejar en ella la noticia relativa a Ayrton, precaución indispensable para el caso de que el yate escocés volviese a aparecer en aquellos mares. Sobre este punto no debía descuidarse ninguna precaución.

Continuaron los trabajos y Cyrus Smith, Pencroff y Ayrton, ayudados de Nab, de Gédéon Spilett y de Harbert, siempre que no tenían alguna otra cosa urgente que hacer, trabajaron sin descanso. El nuevo buque tenía que estar dispuesto dentro de cinco meses, es decir, para principios de marzo, si había que visitar la isla Tabor antes que los vientos del equinoccio hicieran imposible esta travesía. Por tanto, los carpinteros no perdieron un momento y dado que no tenían que fabricar el aparejo, porque habían salvado íntegro el del Speedy, necesitaban acabar el casco.

El último mes de 1868 transcurrió en estas importantes tareas.

Al cabo de dos meses y medio estaban en su lugar las cuadernas y se habían ajustado los primeros forros. Podía ya juzgarse que los planos dados por Cyrus Smith eran excelentes y que el buque se mantendría bien en el mar. Pencroff trabajaba con una actividad devoradora y no se abstenía de reñir a uno u otro, cuando abandonaban la azuela de carpintero por el fusil de cazador. Sin embargo, había que conservar los depósitos del Palacio de granito para pasar el próximo invierno, pero el bravo marino no estaba contento cuando los obreros faltaban al taller. En aquellas ocasiones refunfuñaba y el exceso de mal humor le hacía ejecutar la obra de seis hombres.

Toda aquella estación de verano fue mala. Por espacio de algunos días los calores fueron sofocantes y la atmósfera, saturada de electricidad, no se descargaba sino por medio de violentas tempestades que turbaban profundamente las capas del aire. Era raro que no se oyesen los ruidos lejanos del trueno como un murmullo sordo, permanente, semejante al que se produce en las regiones ecuatoriales del globo.

El 1 de enero de 1869 se señaló por una tempestad violentísima y cayeron rayos en varios puntos de la isla, rompiendo muchos árboles, entre otros, uno de los enormes almeces que sombreaban el corral al extremo sur del lago. ¿Tenía aquel meteoro alguna relación con los fenómenos que se realizaban en las entrañas de la tierra? ¿Habría alguna conexión entre las alteraciones del aire y las agitaciones de la parte interior del globo? Cyrus Smith se inclinaba a creerlo, porque el desarrollo de aquellas tempestades fue acompañado de una recrudescencia de los síntomas volcánicos.

El 3 de enero, Harbert, que al amanecer había subido a la meseta de la Gran Vista para enganchar un onagro, observó un enorme penacho, que se desarrollaba en la cima del volcán. El joven avisó inmediatamente a los colonos, que acudieron a contemplar la cima del monte Franklin.

—¡Demontres! —exclamó Pencroff. Esta vez no son vapores. Me parece que el gigante no se contenta con respirar, sino que echa humo.

Esta imagen empleada por el marino expresaba perfectamente la modificación que se había llevado a cabo en la boca del volcán. Desde tres meses antes el cráter emitía vapores más o menos intensos, pero que provenían tan solo de una ebullición interior de las materias minerales. Pero esta vez, a los vapores sucedía un humo espeso que se elevaba en forma de columna gris, de más de trescientos pies de altura en su base y que se extendía como un inmenso hongo a una altura de setecientos a ochocientos pies sobre la cima del monte.

—El fuego está en la chimenea —dijo Gédéon Spilett.

—¿Y no podremos apagarlo? —preguntó Harbert.

—Deberían deshollinarse los volcanes —observó Nab, que parecía hablar con la mayor seriedad del mundo.

—Bueno, Nab —exclamó Pencroff— ¿por ventura te encargarías tú de esta operación?

Y Pencroff soltó una carcajada.

Cyrus Smith observaba con atención el humo espeso proyectado por el monte Franklin y escuchaba atentamente, como si hubiera querido sorprender algún trueno lejano. Después, volviéndose hacia sus compañeros, de los cuales se había separado un poco, dijo:

—En efecto, amigos míos, ha ocurrido una importante modificación en el volcán, es inútil ocultarlo. Las materias volcánicas no están en estado de ebullición, sino que se han encendido y seguramente tendremos una erupción próxima.

—Pues bien, señor Smith, veremos esa erupción —exclamó Pencroff— y la aplaudiremos, si es buena. No creo que haya en eso nada que pueda inspirarnos temores.

—No, Pencroff —contestó Cyrus Smith— porque el antiguo camino de las lavas sigue abierto y el cráter, gracias a su disposición, las ha vertido hasta ahora hacia el norte. Y sin embargo…

—Sin embargo, puesto que ninguna ventaja podemos sacar de la erupción, más valdría que no la hubiese —dijo el periodista.

—¿Quién sabe? —repuso el marino. Hay quizá en ese volcán alguna materia útil y preciosa, que tendrá la complacencia de vomitar, de la cual haremos buen uso.

Cyrus Smith sacudió la cabeza como dando a entender que no esperaba nada bueno del fenómeno, cuyo desarrollo era inminente. No consideraba las consecuencias de una erupción con la ligereza de Pencroff. Si las lavas, por resultado de la orientación del cráter, no amenazaban directamente los bosques y las partes cultivadas de la isla, podían presentarse otras complicaciones. No es raro que las erupciones vayan acompañadas de temblores de tierra y una isla de la naturaleza de la Lincoln, formada de materias tan diversas, basaltos a un lado, granitos al otro, lavas al norte, tierra vegetal al mediodía, materias que, por consiguiente, no podían estar sólidamente ligadas entre sí, habrían corrido el riesgo de despedazarse. Si la expansión de las materias volcánicas no constituía un peligro muy grave, por otro lado todo movimiento en la armazón terrestre que sacudiera la isla podría traer consigo consecuencias gravísimas.

—Me parece —dijo Ayrton, que se había tendido en tierra aplicando el oído al suelo— me parece oír un trueno sordo y prolongado, un ruido como el que haría un carro cargado de barras de hierro.

Los colonos escucharon con atención y se cercioraron de que Ayrton no se engañaba. A aquellos ruidos como truenos acompañaban a veces mugidos subterráneos, que formaban una especie de rinforzando, y después disminuía poco a poco, como si alguna brisa violenta hubiera pasado por las profundidades del globo. Pero no se oía ninguna detonación propiamente dicha; de donde podía deducirse que los vapores y el humo hallaban libre paso por la chimenea central y que, siendo bastante grande la válvula, no se produciría ninguna dislocación ni habría que temer explosiones del suelo.

—¡Vaya! —dijo entonces Pencroff—. ¿Es que no vamos a volver al trabajo? Que el monte Franklin fume, que rebuzne, que gima, que vomite fuego y llamas, todo lo que quiera, esa no es una razón para estamos de brazos cruzados. Vamos, Ayrton, Nab, Harbert, señor Cyrus, señor Spilett, es preciso que hoy todo el mundo se ponga al trabajo. Tenemos que ajustar las cintas y no bastará una docena de brazos. Antes de dos meses quiero que nuestro Buenaventura, porque indudablemente conservaremos ese nombre, ¿no es verdad?, flote en las aguas del puerto del Globo. No hay un momento que perder.

Todos los colonos, cuyos brazos reclamaba Pencroff, bajaron al arsenal y procedieron al ajuste de las cintas, espesos tablones que forman la cintura de un buque y unen sólidamente entre sí las cuadernas de su casco. Era una tarea penosa y grande en la cual todos tuvieron que tomar parte.

Trabajaron asiduamente durante todo aquel día, 3 de enero, sin preocuparse del volcán, que, por otra parte, era invisible desde la playa del Palacio de granito. Pero una o dos veces grandes sombras, que cubrían el sol, que describía su círculo diurno sobre un cielo purísimo, indicaron que una espesa nube de humo pasaba entre su disco y la isla. El viento que soplaba del mar llevaba todos aquellos vapores hacia el oeste. Cyrus Smith y Gédéon Spilett observaron aquellas sombras pasajeras y hablaron varias veces de los progresos que evidentemente hacía el fenómeno volcánico, pero no se interrumpió el trabajo: era importantísimo desde todos los puntos de vista que el buque estuviera acabado lo más pronto posible, porque de esta manera la seguridad de los colonos estaría mejor garantizada contra lo que pudiera sobrevenir. ¿Quién sabe si aquel buque no sería algún día su único refugio?

Por la noche, después de cenar, Cyrus Smith, Gédéon Spilett y Harbert subieron a la explanada de la Gran Vista. La oscuridad era profunda y debía permitir a los colonos reconocer si, con los vapores y el humo acumulados en la boca del cráter, se mezclaban llamas o materias incandescentes proyectadas por el volcán.

—¡El cráter está ardiendo! —exclamó Harbert, que, más ágil que sus compañeros, había llegado el primero a la meseta.

El monte Franklin, distante unas seis millas, aparecía entonces como una antorcha gigantesca, en cuyo extremo superior se retorcían algunas llamas fuliginosas. Con aquellas llamas se mezclaba tanto humo y tal cantidad de escoria y de cenizas, que su resplandor no se destacaba mucho sobre las tinieblas de la noche. Pero una especie de brillo leonado se esparció por la isla y descubría confusamente la masa frondosa de los primeros términos. Inmensos torbellinos oscurecían las alturas del cielo, a través de los cuales centelleaban algunas estrellas.

—Los progresos del volcán son rápidos —dijo el ingeniero.

—No es de extrañar —añadió el periodista. La reanimación del volcán ha empezado hace bastante tiempo y usted recuerda, Cyrus, que los primeros vapores aparecieron cuando visitamos los contrafuertes de la montaña para descubrir el retiro del capitán Nemo. Era, si no me equivoco, el 15 de octubre.

—Sí —repuso Harbert— hace casi dos meses.

—Los fuegos subterráneos han tenido una incubación de diez semanas —añadió Gédéon Spilett— y no es extraño que ahora se desarrollen con esa violencia.

—¿No siente algunas veces ciertas vibraciones en el suelo? —preguntó Cyrus Smith.

—En efecto —contestó Gédéon Spilett— pero de eso a un terremoto…

—No digo que estemos amenazados de un terremoto —repuso Cyrus Smith— y Dios nos libre de él. No, esas vibraciones son debidas a la efervescencia del fuego central. La corteza terrestre no es más que la pared de una caldera y bajo la presión de los gases, vibra como una lámina sonora. Pues bien, ese es el efecto que produce en este momento.

—¡Qué magnífico penacho de llamas! —exclamó Harbert.

En aquel momento surgía del cráter una especie de ramillete de fuegos artificiales, cuyo resplandor no podían atenuar los vapores. Miles de fragmentos luminosos y de puntos brillantes se proyectaban en todas direcciones. Algunos, pasando la cúpula de humo, la rompían con un chorro de fuego y dejaban tras ellos un verdadero polvo incandescente. Aquella expansión de llamas fue acompañada de detonaciones sucesivas, como producidas por una batería de ametralladoras.

Cyrus Smith, el periodista y el joven, después de haber pasado una hora en la meseta de la Gran Vista, bajaron a la playa y entraron en el Palacio de granito. El ingeniero estaba pensativo y hondamente preocupado, hasta tal punto que Gédéon Spilett creyó deber preguntarle si presentía algún próximo peligro del que la erupción fuese la causa directa o indirecta.

—Sí y no —repuso Cyrus Smith.

—Sin embargo —añadió el periodista— la mayor desgracia que podría sucedernos, ¿no sería un temblor de tierra que trastornase la isla? Pues bien, yo no creo que eso sea temible, pues los vapores y las lavas han encontrado libre paso para derramarse al exterior.

—En efecto —repuso Cyrus Smith— no temo un terremoto en el sentido que se da ordinariamente a las convulsiones del suelo ocasionadas por la expansión de los vapores subterráneos, pero hay otras causas que pueden producir grandes desastres.

—¿Cuáles, mi querido Cyrus?

—No lo sé exactamente…, es preciso que vea…, que visite la montaña… Dentro de pocos días podré dar mi opinión sobre este punto.

Gédéon Spilett no insistió y pronto, a pesar de las detonaciones del volcán, cuya intensidad aumentaba y que eran repetidas por los ecos de la isla, quedaron los huéspedes del Palacio de granito sumergidos en profundo sueño.

Pasaron tres días, que fueron el 4, 5 y 6 de enero. Los colonos continuaron trabajando en la construcción del buque y el ingeniero, sin dar ninguna explicación, activaba el trabajo con todo su poder y toda su energía. El monte Franklin estaba cubierto de una nube oscura de siniestro aspecto y con las llamas vomitaba rocas incandescentes; algunas volvían a caer en el cráter mismo. Por esto decía Pencroff que no quería considerar el fenómeno más que desde el punto de vista cómico:

—¡Calla! ¡El gigante juega al boliche, el gigante hace juegos malabares!

Y, en efecto, las materias vomitadas volvían a caer en el abismo y no parecía que las lavas levantadas por la presión interior hubieran llegado todavía hasta el orificio del cráter. Al menos la boca del nordeste, que en parte era visible, no vertía derrame de lava sobre la pendiente septentrional del monte.

Sin embargo, por urgentes que fueran las obras de construcción, otros cuidados reclamaban la presencia de los colonos en diversos puntos de la isla. Ante todo era preciso ir a la dehesa, donde estaba encerrado el rebaño de muñones y de cabras y renovar la provisión de forrajes de aquellos animales. Se convino en que Ayrton iría a la mañana siguiente, 7 de enero; y como él bastaba para aquella tarea, a la que estaba acostumbrado, Pencroff y los demás manifestaron cierta sorpresa cuando oyeron decir al ingeniero:

—Ayrton, ya que usted va mañana a la dehesa, yo lo acompañaré.

—Señor Cyrus —exclamó el marino— nuestros días de trabajo están contados y si usted se va, nos van a faltar cuatro brazos.

—Estaremos de vuelta pasado mañana —repuso Cyrus Smith. Necesito ir a la dehesa…, deseo conocer dónde está la erupción.

—¡La erupción, la erupción! —repitió Pencroff con aire poco satisfecho. Por importante que sea esa erupción, a mí me tiene sin cuidado.

Por más que dijo el marino, la exploración proyectada por el ingeniero quedó acordada para el día siguiente. Harbert hubiera deseado acompañar a Cyrus Smith, pero no quiso contrariar a Pencroff ausentándose.

Al día siguiente, al amanecer, Cyrus Smith y Ayrton subieron en el carro tirado por dos onagros y tomaron a grande trote el camino de la dehesa. Por encima del bosque pasaban gruesas nubes, que alimentaba constantemente el cráter del monte Franklin con sus materias fuliginosas. Aquellas nubes que se extendían lentamente por la atmósfera se componían sin duda de sustancias heterogéneas, porque no solo era el humo del volcán el que las hacía extraordinariamente opacas y pesadas. Entre sus espesas volutas debían llevar en suspensión escorias reducidas a polvo, puzolana pulverizada y cenizas grises tan finas como la más fina fécula y tan tenues, que muchas veces se ha visto esta clase de cenizas en el aire por espacio de meses enteros. Después de la erupción de 1873, en Islandia, la atmósfera quedó cargada durante más de un año de polvo volcánico, que apenas podía ser penetrado por los rayos del sol. Lo más frecuente es que caigan esas materias pulverizadas; así sucedió en aquella ocasión. Apenas Cyrus Smith y Ayrton habían llegado a la dehesa, una especie de nevada negruzca, semejante a la pólvora de caza, cayó y modificó instantáneamente el aspecto del suelo. Arboles, praderas, todo desapareció bajo una capa de varias pulgadas de espesor. Por fortuna, el viento soplaba del nordeste y la mayor parte de la nube fue a disolverse sobre el mar.

—Esto sí que es raro, señor Smith —dijo Ayrton.

—Esto es grave —añadió el ingeniero. Esa puzolana, esa piedra pómez pulverizada, en una palabra, todo ese polvo mineral demuestra cuán profunda es la alteración de las capas interiores del volcán.

—Pero ¿no podemos hacer nada?

—Nada, sino observar los progresos del fenómeno. Haga usted, Ayrton, lo que tenga que hacer en la dehesa y entretanto yo subiré a las fuentes del arroyo Rojo y examinaré el estado del monte en su declive septentrional. Después…

—¿Qué, señor Smith?

—Después haremos una visita a la cripta de Dakkar, quiero ver…; en fin, volveré por usted dentro de dos horas.

Ayrton entró entonces en el recinto de la dehesa y mientras volvía el ingeniero se ocupó en cuidar los muflones y las cabras, que al parecer experimentaban cierto temor al notar aquellos primeros síntomas de una erupción.

Entretanto Cyrus Smith, subiendo a la cresta de los contrafuertes del este, pasó el arroyo, bajó y llegó al sitio donde sus compañeros y él habían descubierto el manantial sulfuroso, cuando realizaron su primera exploración.

¡Cómo habían cambiado las cosas!

En lugar de una sola columna de humo, encontró trece, que salían de la tierra como impulsadas por la presión de una bomba subterránea. Era evidente que la corteza terrestre sufría en aquel punto del globo una presión espantosa. La atmósfera estaba saturada de gases sulfurosos, de hidrógeno y de ácido carbónico mezclado con vapores acuosos. Cyrus Smith sentía temblar aquellas tobas volcánicas de que estaba sembrada la llanura y que no eran más que cenizas pulverulentas convertidas por el tiempo en bloques duros; pero no vio todavía vestigios de lavas nuevas.

Esto pudo comprobarlo el ingeniero cuando observó toda la pendiente septentrional del monte Franklin. Se escapaban del cráter torbellinos de humo y de llamas; caía sobre el suelo una granizada de escorias; pero no salía ningún chorro de lava por la garganta del cráter, lo cual probaba que el nivel de las materias volcánicas todavía no había llegado al orificio superior de la chimenea central.

—Preferiría que hubiesen llegado —se dijo a sí mismo Cyrus Smith. Al menos estaría seguro de que las lavas han tomado su rumbo habitual. ¿Quién sabe si no se verterán por alguna nueva boca? Pero no es ese el peligro. El capitán Nemo lo adivinó perfectamente; no, el peligro no está ahí.

Cyrus Smith se adelantó hacia la enorme calzada, cuya prolongación formaba uno de los límites del estrecho golfo del Tiburón y pudo examinar las antiguas corrientes de lava. Era indudable que la última erupción se remontaba a una época muy lejana. Volvió sobre sus pasos, escuchando los ruidos subterráneos que se propagaban como un trueno continuo y se mezclaban de cuando en cuando con grandes detonaciones y a las nueve de la mañana estaba en la dehesa. Ayrton le esperaba.

—Ya están atendidos los animales, señor Smith —dijo Ayrton.

—Bien —repuso el ingeniero.

—Parecen muy inquietos, señor Smith.

—Sí, el instinto habla en ellos y el instinto no se engaña.

—Cuando usted quiera…

—Tome un farol y un yesquero, Ayrton y vayamos.

Ayrton hizo lo que se le había mandado. Los onagros, desenganchados, pacían por la dehesa. Se cerró la puerta y Cyrus Smith, precediendo a Ayrton, tomó hacia el oeste el estrecho sendero que conducía a la costa. Ambos caminaban por un suelo lleno de materias pulverulentas, que habían caído de las nubes. En el bosque no se veía ningún cuadrúpedo y las mismas aves habían huido. A veces una ráfaga de viento levantaba la capa de cenizas y los dos colonos, envueltos en opaco torbellino, apenas se veían uno a otro. Entonces tenían cuidado de aplicar el pañuelo a los ojos y a la boca para evitar el peligro de cegarse o de ahogarse.

En estas condiciones no podían caminar rápidamente. Además, el aire era pesado como si su oxígeno se hubiera quemado en parte, dificultando la respiración. A cada cien pasos había que detenerse para tomar aliento. Eran cerca de las diez, cuando el ingeniero y su compañero llegaron a la cresta de la aglomeración de rocas basálticas y porfíricas que formaban la costa noroeste de la isla. Comenzaron a bajar, siguiendo, poco más o menos, el camino detestable que durante aquella noche de tempestad les había conducido a la cripta de Dakkar. En pleno día la bajada fue menos peligrosa y por otra parte la nueva capa de cenizas cubría las rocas y permitía asegurar más sólidamente el pie sobre sus superficies resbaladizas. En breve llegaron al parapeto formado en la orilla a una altura de cuarenta pies. Cyrus Smith recordaba que este parapeto iba bajando en pendiente suave hasta el nivel del mar. Aunque la marea estaba baja en aquel momento, no se descubría la playa y las olas, cubiertas de polvo volcánico, venían directamente a batir los basaltos del litoral. Cyrus Smith y Ayrton encontraron fácilmente la abertura de la cripta de Dakkar y se detuvieron bajo la última roca que formaba la base del parapeto.

—¿Está la canoa? —preguntó el ingeniero.

—Aquí está, señor Smith —repuso Ayrton, atrayendo hacia sí la ligera embarcación que estaba abrigada bajo la bóveda del arco.

—Embarquémonos, Ayrton.

Los dos colonos se embarcaron en la canoa. Una ligera ondulación de las olas la introdujo más profundamente en la cintra muy baja de la cripta y Ayrton sacó yescas y encendió el farol. Después tomó los dos remos y puso el farol en la roda de manera que proyectase sus rayos hacia adelante. Cyrus Smith tomó la barra del timón y se internó en las tinieblas de la cripta.

El Nautilus no estaba allí para alumbrar con sus fuegos la sombría caverna. Quizá la irradiación eléctrica, alimentada por su foco poderoso, se propagaba todavía por el fondo de las aguas, pero ningún resplandor salía del abismo donde reposaba el capitán Nemo. La luz del farol, aunque insuficiente, permitió, sin embargo, al ingeniero adelantarse siguiendo la pared derecha de la cripta. Un silencio sepulcral reinaba bajo aquella bóveda, al menos en su parte interior, porque Cyrus Smith oyó distintamente los mugidos que se desprendían de las entrañas del monte.

—Ahí está el volcán —dijo.

En breve notaron con el ruido las combinaciones químicas por un olor fuerte de vapores sulfurosos, que atacaron principalmente la garganta del ingeniero y de su compañero.

—Esto es lo que temía el capitán Nemo —murmuró Cyrus Smith—, cuyo rostro se puso ligeramente pálido. Sin embargo, hay que llegar hasta el fin.

—Vamos —exclamó Ayrton—, que se inclinó sobre sus remos y empujó la canoa hacia la pared del fondo de la cripta.

Veinticinco minutos después de haber entrado llegaba la canoa a la pared donde terminaba. Cyrus Smith, subiendo entonces sobre su banco, registró con el farol las diversas partes de la pared que separaba la cripta de la chimenea central del volcán. ¿Qué espesor tenía aquella pared? ¿Era de cien pies o de diez? No podía adivinarse. Pero los ruidos subterráneos eran demasiado perceptibles para que fuese muy espesa.

El ingeniero, después de haber explorado la muralla siguiendo una línea horizontal, fijó el farol a la punta de un remo y registró con él de nuevo las alturas de la pared basáltica.

Allí, por hendiduras apenas visibles, a través de los prismas mal unidos, transpiraba un humo acre, que infectaba la atmósfera de la caverna. La pared estaba cubierta de hendiduras y algunas de ellas, claramente señaladas, bajaban hasta dos o tres pies sobre la superficie de las aguas de la cripta. Cyrus Smith se quedó pensativo. Después murmuró estas palabras:

—Sí, el capitán tenía razón. Ese es el peligro terrible.

Ayrton no dijo nada, pero, obedeciendo a una señal de Cyrus Smith, tomó los remos y media hora después el ingeniero y él salían de la cripta de Dakkar.