Parte 3 Capítulo 12 - Aparece Ayrton vivo en la dehesa y los presidiarios muertos

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/04/2019 - 13:50

Aparece Ayrton vivo en la dehesa y los presidiarios muertos

Exploración de la pequeña Península Serpentaria. — Campamento en la desembocadura del Río de la Caída. — A seiscientos pasos del corral. — Reconocimiento llevado a cabo por Gédéon Spilett y Pencroff. — Su regreso. — ¡Adelante todos! — Una puerta abierta. — Una ventana con luz. — A la luz de la luna.

Parte 3 Capítulo 12

El día siguiente, 17 de febrero, lo dedicaron los colonos a la exploración de toda la parte frondosa del litoral, desde el promontorio del Reptil hasta el río de la Cascada. Pudieron registrar completamente aquel bosque, cuya anchura variaba de tres a cuatro millas, porque estaba comprendido entre las dos puntas de la península Serpentina. Los árboles, por su altura y su ramaje espeso, indicaban la fecundidad del suelo, mayor que en ninguna otra parte de la isla. Parecía aquel un rincón de esas selvas vírgenes de América o de África central trasladado a aquella zona media, lo cual inducía a creer que tan magníficos vegetales hallaban en aquel suelo, húmedo en capas superiores, pero cálido en el interior por efecto de los fuegos volcánicos, un calor impropio de aquel clima templado. Las especies dominantes eran precisamente aquellos kaurís y eucaliptos de dimensiones gigantescas.

Pero el objeto de los colonos no era admirar aquella magnificencia vegetal. Sabían que bajo este aspecto la isla Lincoln habría merecido por su categoría ser clasificada en el grupo de las Canarias, cuyo primer nombre fue el de las islas Afortunadas, pero por el momento su isla no les pertenecía por completo; otros habían tomado posesión de ella, unos criminales y había que hacerlos desaparecer.

En la costa occidental no se encontraron huellas de ninguna especie, por más cuidado que se puso en buscarlas. No había señales de paso, ni rotura de árboles, ni cenizas frías, ni campamento abandonado.

—Esto no me extraña —dijo Cyrus Smith a sus compañeros. Los presidiarios han entrado en la isla por las inmediaciones de la punta del Pecio y se han dirigido inmediatamente a los bosques del Far-West, después de haber atravesado el pantano de los Tadornes. Han seguido, poco más o menos, el camino que hemos traído desde el Palacio de granito, lo cual explica las huellas que hemos encontrado en el bosque. Pero al llegar al litoral han comprendido que no encontrarían un retiro conveniente; han subido por tanto hacia el norte y entonces han descubierto la dehesa.

—Adonde quizá han vuelto —dijo Pencroff.

—No lo creo —añadió el ingeniero—; porque deben suponer que nuestras investigaciones se dirigirán hacia esta parte. La dehesa es para ellos un depósito de provisiones, no un campamento definitivo.

—Soy del parecer de Cyrus —dijo el periodista. Y supongo que los presidiarios han buscado refugio entre los contrafuertes del monte Franklin.

—Entonces, señor Cyrus, vamos derechos a la dehesa —exclamó Pencroff. Acabemos, porque hasta ahora hemos perdido el tiempo.

—No, amigo mío —repuso el ingeniero. ¿Olvida usted que teníamos también interés en saber si los bosques del Far-West ocultaban alguna habitación? Nuestra exploración tiene dos objetos, Pencroff. Si por una parte debemos castigar el crimen, por la otra tenemos que cumplir un deber de gratitud.

—Bien dicho, señor Cyrus —repuso el marino— pero yo creo que no encontraremos a ese caballero hasta que él quiera.

Y al decir esto, Pencroff decía lo que estaba en el ánimo de todos. Era probable que el retiro del desconocido fuese tan misterioso como su misma persona.

Aquella tarde el carro se detuvo en la desembocadura del río de la Cascada. Se organizó el campamento según la costumbre y se tomaron las precauciones habituales para pasar la noche. Harbert, que había vuelto a ser el muchacho vigoroso y activo de antes de su enfermedad, se aprovechaba de aquella existencia al aire libre, entre las brisas del océano y la atmósfera vivificadora de los bosques. Ya no iba en el carro, sino a la cabeza de la caravana.

Al día siguiente, 29 de febrero, los colonos, abandonando el litoral, donde más allá de la desembocadura se acumulaban tan pintorescamente basaltos de todas formas, subieron el curso del río por su orilla izquierda. El camino estaba bastante libre por las excursiones precedentes que se habían hecho desde la dehesa hasta la costa occidental. Se encontraban los colonos a seis millas del monte Franklin.

El proyecto del ingeniero era observar minuciosamente todo el valle, cuya vaguada formaba el lecho del río y acercarse con precaución a la dehesa; si esta estaba ocupada, tomarla por la fuerza y si no lo estaba, fortificarse en ella haciéndola centro de las investigaciones encaminadas a explorar el monte Franklin.

Este plan fue unánimemente aprobado por los colonos, que estaban ansiosos de recobrar la posesión entera de su isla.

Caminaron por el estrecho valle que separaba dos de los más poderosos contrafuertes del monte Franklin. Los árboles espesos de las orillas del río eran muy raros hacia las zonas superiores del volcán. Era un suelo montañoso bastante quebrado y bueno para las emboscadas, en el cual penetraron los colonos con precaución. Top y Jup marchaban al descubierto examinando la espesura a derecha e izquierda y rivalizando en inteligencia y destreza, pero nada indicaba que las orillas del río hubieran sido frecuentadas recientemente; nada anunciaba la presencia ni la proximidad de los bandidos.

Hacia las cinco de la tarde el carro se detuvo a unos seiscientos pasos de la empalizada, oculta todavía por una cortina semicircular de grandes árboles.

Había que reconocer la dehesa para saber si estaba ocupada. Ir abiertamente y a la luz del día, por poco emboscados que estuviesen los bandidos, era exponerse a recibir algún balazo, como le había sucedido a Harbert. Era preferible esperar la noche.

Sin embargo, Gédéon Spilett quería reconocer en seguida las inmediaciones de la dehesa y Pencroff, que estaba muy impaciente, se ofreció a acompañarlo.

—No, amigos míos —dijo el ingeniero— no les dejaré exponerse a la luz del día.

—¡Pero, señor Cyrus! —replicó el marino, poco dispuesto a obedecer.

—Se lo suplico, Pencroff —dijo el ingeniero.

—¡Bueno! —exclamó Pencroff, que dio otro curso a su cólera, apostrofando a los presidiarios con las más duras calificaciones del repertorio marítimo.

Los colonos permanecieron junto al carricoche vigilando con cuidado las inmediaciones del bosque.

Así pasaron tres horas. El viento había desaparecido y un silencio profundo reinaba entre los grandes árboles. La rotura de la más pequeña rama, un ruido de pasos entre las hojas secas, el deslizamiento de un cuerpo entre las hierbas se habrían percibido sin dificultad. Pero todo estaba en calma; y Top, echado en el suelo y alargando la cabeza entre las patas, no daba señal de inquietud.

A las ocho, la tarde pareció bastante avanzada para que pudiera hacerse el reconocimiento en buenas condiciones. Gédéon Spilett se declaró dispuesto a ir en compañía de Pencroff y Cyrus Smith lo consintió. Top y Jup debieron quedarse con el ingeniero, Harbert y Nab, para que un ladrido o un grito inoportunamente lanzado no viniera a dar la señal de alarma.

—No cometan ninguna imprudencia —dijo Cyrus Smith al marino y al periodista. No deben tomar posesión de la dehesa, sino solamente reconocer si está o no ocupada.

—Convenido —repuso Pencroff.

Y ambos se pusieron en marcha.

Bajo los árboles, gracias al espesor de su follaje, había cierta oscuridad, que hacía invisibles los objetos más allá de un radio de treinta a cuarenta pies. Spilett y Pencroff, deteniéndose cada vez que un ruido les parecía sospechoso, adelantaban con las mayores precauciones. Marchaban uno separado de otro para ofrecer menos blanco a los tiros, porque esperaban a cada instante oír una detonación.

Cinco minutos después de haber dejado a sus compañeros, llegaban al extremo del bosque, delante del claro, en cuyo centro se levantaba el recinto de la empalizada. Se detuvieron. Algunos vagos resplandores bañaban todavía la pradera desnuda de árboles. A treinta pasos se levantaba la puerta de la dehesa, que parecía estar cerrada. Aquellos treinta pasos que era preciso atravesar entre el extremo del bosque y el recinto constituían la zona peligrosa, para emplear una expresión tomada de la balística: en efecto, una o muchas balas, partiendo por encima de la empalizada, habrían derribado a todo el que se hubiese aventurado en aquella zona.

Gédéon Spilett y el marino no tenían intención de retroceder, pero sabían que una imprudencia de su parte redundaría en perjuicio de sus compañeros y que ellos serían las primeras víctimas. Muertos ellos, ¿qué sería de Cyrus Smith, de Nab y de Harbert?

Pero Pencroff, sobreexcitado y viéndose tan cerca de la casa donde suponía que los presidiarios se habían refugiado, iba a lanzarse adelante, cuando el periodista le detuvo con mano vigorosa murmurando a su oído:

—Dentro de unos instantes será de noche y entonces habrá llegado el momento de operar.

Pencroff, apretando convulsivamente la caja de su fusil, se contuvo y esperó maldiciendo la detención.

Pronto se disiparon los últimos resplandores del crepúsculo y la sombra que parecía salir del espeso bosque invadió el terreno descubierto. El monte Franklin se levantaba como una enorme pantalla delante del horizonte occidental y la oscuridad se extendió rápidamente por todas partes, como sucede en las regiones bajas en latitud. Aquel era el momento decisivo.

El periodista y Pencroff, desde que se habían apostado en el extremo del bosque, no habían perdido de vista el recinto de la empalizada. La dehesa parecía abandonada y la cresta de la empalizada formaba una línea un poco más negra que la sombra de alrededor, sin que nada alterase su perfil. Sin embargo, si los presidiarios estaban allí, habrían apostado a uno de los suyos para prevenirse de toda sorpresa.

Gédéon estrechó la mano de su compañero y ambos se adelantaron arrastrándose hasta la dehesa con los fusiles preparados. Llegaron a la puerta del recinto sin que la sombra hubiera sido cortada por un solo rayo de luz. Pencroff trató de empujar la puerta que, según él y el periodista, debía estar cerrada; sin embargo, el marino pudo observar que no se habían echado los cerrojos exteriores. Podía deducirse que los presidiarios ocupaban la dehesa y que habrían sujetado la puerta de modo que no pudiera forzarse.

Spilett y Pencroff aguzaron el oído. Ningún ruido en el interior del recinto. Los muflones y las cabras, dormidos en sus establos, no turbaban la calma de la noche.

El periodista y el marino, no oyendo nada, se preguntaron si debían escalar la empalizada y penetrar en la dehesa, aunque fuera contra las instrucciones de Cyrus Smith. Es verdad que la operación podía tener buen éxito, pero también podía tenerlo desgraciado. Ahora bien, si los presidiarios no sospechaban nada, si no tenían conocimiento de la expedición intentada contra ellos, si, en fin, se presentaba en aquel momento una probabilidad de sorprenderlos, ¿debían comprometer esta probabilidad aventurándose inconsideradamente a asaltar la empalizada?

No fue este el parecer del periodista; antes bien, creyó muy racional esperar a que los colonos estuviesen todos reunidos para tratar de penetrar en la dehesa. Lo cierto es que podía llegarse hasta la empalizada sin ser visto y que el recinto no presentaba señales de ser guardado. Averiguado este punto, había que volver al carricoche y ponerse todos de acuerdo.

Pencroff probablemente participó de esta manera de ver, porque no opuso ninguna dificultad para seguir al periodista, cuando este se replegó al bosque. Pocos minutos después el ingeniero estaba al corriente de la situación.

—Pues bien —dijo después de haber reflexionado— ahora me parece que los piratas no están en la dehesa.

—Lo sabremos —dijo Pencroff— cuando hayamos escalado el recinto.

—¡A la dehesa, amigos míos! —dijo Cyrus Smith.

—¿Dejamos el carro en el bosque? —preguntó Nab.

—No —contestó el ingeniero— porque es nuestro furgón de municiones y víveres y en caso necesario puede servimos de atrincheramiento.

—¡Adelante! —exclamó Gédéon Spilett.

El carro salió del bosque y comenzó a rodar silenciosamente hacia la empalizada. La oscuridad era profunda y el silencio tan completo como cuando Pencroff y el periodista se habían alejado arrastrándose por el suelo. La hierba espesa ahogaba completamente el ruido de los pasos.

Los colonos estaban preparados para disparar. Jup, por orden de Pencroff, cubría la retaguardia y Nab llevaba atado a Top, para que no se lanzase inoportunamente adelante.

Pronto apareció el sitio despejado de la empalizada. Estaba desierta. Sin vacilar, la pequeña tropa se dirigió hacia el recinto y en poco tiempo quedó atravesada la zona peligrosa sin que tuvieran necesidad de disparar un solo tiro. Cuando el carro llegó a la empalizada, se detuvo. Nab se quedó a la cabeza de los onagros para contenerlos. El ingeniero, el periodista, Harbert y Pencroff se dirigieron a la puerta para ver si estaba atrancada interiormente.

¡Una de las hojas estaba abierta!

—¿Pero no dijeron…? —preguntó el ingeniero volviéndose hacia el marino y Gédéon Spilett.

Ambos estaban estupefactos.

—¡Por mi salvación —exclamó Pencroff— que esta puerta estaba cerrada hace un momento!

Los colonos vacilaron. ¿Estaban los presidiarios en la dehesa en el momento en que Pencroff y el periodista hacían el reconocimiento? No quedaba duda, pues la puerta, entonces cerrada, tenía que haber sido abierta por ellos. ¿Estaban todavía y acababa de salir uno solo?

Todas estas preguntas se presentaron instantáneamente en el ánimo de cada uno de los colonos. Pero ¿cómo responder a ellas?

En aquel momento Harbert, que se había adelantado unos pasos por el interior del recinto, retrocedió precipitadamente y tomó la mano de Cyrus Smith.

—¿Qué hay? —preguntó el ingeniero.

—Una luz.

—¿En la casa?

—Sí.

Los colonos adelantaron hacia la puerta y a través de los vidrios de la ventana que les daba frente, vieron temblar un débil resplandor. Cyrus Smith tomó rápidamente su partido.

—Esta es la única probabilidad que tenemos —dijo a sus compañeros— de hallar a los bandidos encerrados en esta casa sin sospechar nada. ¡Adelante, son nuestros!

Los colonos entraron en el recinto apuntando sus fusiles. Habían dejado fuera el carro bajo la custodia de Jup y Top, a los cuales se ató por prudencia.

Cyrus Smith, Pencroff, Gédéon Spilett, por una parte y Harbert y Nab, por otra, corrieron a lo largo de la empalizada y observaron la parte de la dehesa que estaba absolutamente desierta. En pocos instantes se encontraron todos ante la puerta de la casa, que estaba cerrada.

Cyrus Smith hizo a sus compañeros una seña con la mano recomendándoles que no se movieran y se acercó al cristal de la ventana, entonces débilmente iluminado por la luz interior. Su mirada penetró en la única habitación que formaba el cuarto bajo de la casa.

En la mesa brillaba un farol encendido y cerca de él estaba la cama que había servido en otro tiempo a Ayrton. En aquella cama descansaba el cuerpo de un hombre. Cyrus Smith retrocedió y con voz ahogada exclamó:

—¡Ayrton!

Inmediatamente abrieron la puerta, empujándola con violencia y se precipitaron en el cuarto. Ayrton parecía dormido. Su rostro indicaba que había padecido larga y cruelmente. En las muñecas y en los tobillos se le veían muchos cardenales.

Cyrus Smith se inclinó sobre él.

—¡Ayrton! —gritó el ingeniero, levantando los brazos del compañero que volvían a encontrar en circunstancias tan inesperadas.

A este grito Ayrton abrió los ojos y mirando a Cyrus Smith y luego a los demás, exclamó:

—¡Ustedes!

—¡Ayrton, Ayrton! —repitió Cyrus Smith.

—¿Dónde estoy?

—En la habitación de la dehesa.

—¿Solo?

—Sí.

—¡Pero van a venir! —exclamó Ayrton.

¡Defiéndanse, defiéndanse!

Y Ayrton volvió a caer en la cama como abrumado por el cansancio.

—Spilett —dijo entonces el ingeniero— nos pueden atacar de un momento a otro. Haga entrar el carro en la casa, atranque la puerta y vuelvan todos aquí.

Pencroff, Nab y el periodista se apresuraron a ejecutar las órdenes del ingeniero: no había instante que perder, pues quizá el mismo carro estaba ya en manos de los bandidos.

En un instante el periodista y sus dos compañeros atravesaron la dehesa y llegaron a la puerta de la empalizada, detrás de la cual se oía a Top gruñir sordamente.

El ingeniero, dejando a Ayrton un instante, salió de la casa dispuesto a disparar. Harbert iba a su lado. Ambos vigilarían la cresta del contrafuerte que dominaba la dehesa, porque si los presidiarios se habían emboscado allí podían disparar sobre los colonos y herirlos.

En aquel momento la luna salió hacia el este por encima de la cortina negra del bosque y una blanca sábana de luz se extendió por el interior del recinto. La dehesa se iluminó toda entera con sus grupos de árboles, el riachuelo que la regaba y la grande alfombra de hierba. Por el lado de la montaña, la casa y una parte de la empalizada se destacaban en blanco, mientras que al lado opuesto, hacia la puerta, el recinto continuaba oscuro.

En breve apareció una masa negra: era el carro, que entraba en el círculo de luz y Cyrus Smith pudo oír el ruido de la puerta que sus compañeros cerraban sujetando sólidamente las hojas por el interior. Pero en aquel momento Top, rompiendo violentamente su cuerda, se puso a ladrar con furor y se lanzó hacia la otra parte de la dehesa, a la derecha de la casa.

—¡Atención, amigos, apunten bien! —gritó Cyrus Smith.

Los colonos se echaron los fusiles a la cara y esperaron el momento de disparar. Top seguía ladrando y Jup, que había corrido hacia donde estaba el perro, daba silbidos agudos. Los colonos lo siguieron y llegaron a orillas del arroyo, sembrado de grandes árboles. A plena luz, ¿qué vieron? Cinco cuerpos tendidos sobre la orilla.

Eran los de los presidiarios que cuatro meses antes habían desembarcado en la isla Lincoln.