Parte 2 Capítulo 20 - Pasan el nuevo invierno y en una fotografía descubren un punto

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/04/2019 - 12:49

Pasan el nuevo invierno y en una fotografía descubren un punto

La noche en el mar. — El Golfo del Tiburón. — Confidencias. — Preparativos para el invierno. — Adelantamiento de la mala estación. — Mucho frío. — Trabajo en el interior. — Después de seis meses. — Un negativo de fotografía. — Acontecimiento inesperado.

Parte 2 Capítulo 20

Las cosas pasaron como había previsto Pencroff, porque sus presentimientos no podían engañarlo. El viento refrescó y de brisa pasó a estado de vendaval, es decir, que adquirió una celeridad de 40 a 45 millas por hora, viento con el cual un buque en alta mar hubiera navegado con los rizos bajos y los juanetes arriados. Ahora bien, como eran cerca de las seis cuando el Buenaventura llegó cerca del golfo y en aquel momento se hacía sentir el reflujo, le fue imposible entrar y tuvo que aguantarse al largo, porque aun cuando hubiera querido no habría podido llegar a la desembocadura del río de la Merced. Así, después de haber instalado su foque en el palo mayor a guisa de trinquetilla, esperó; presentando la proa a tierra.

Por fortuna, si el viento fue muy fuerte, el mar, cubierto por la costa, no engrosó mucho y por lo tanto no había que temer las oleadas, que son un gran peligro para las pequeñas embarcaciones. El Buenaventura no habría zozobrado, porque tenía buen lastre; pero cayendo a bordo grandes golpes de agua hubiera podido comprometerlo, si las escotillas no hubieran resistido. Pencroff, como buen marino, se preparó para todo evento. Tenía confianza en su embarcación, pero no dejaba de esperar el día con alguna ansiedad.

Durante la noche, Cyrus Smith y Gédéon Spilett no tuvieron ocasión de hablar a solas; sin embargo, las frases pronunciadas por el ingeniero al oído del periodista, daban motivo a discutir otra vez aquella misteriosa influencia que parecía reinar sobre la isla Lincoln. Gédéon Spilett no cesó de pensar en aquel incidente, nuevo e inexplicable, en aquella aparición de una hoguera en la costa de la isla. Aquel fuego no era una ilusión, lo había visto y sus compañeros Harbert y Pencroff lo habían visto tan bien como él; les había servido para reconocer la situación de la isla en aquella noche tan oscura y no podían dudar que fuese la mano del ingeniero la que lo había encendido. ¡Cyrus Smith, sin embargo, declaraba formalmente que no había hecho semejante cosa! Gédéon Spilett se prometía volver a hablar sobre este incidente, cuando el Buenaventura estuviese de regreso y excitar a Cyrus Smith a que pusiera a sus compañeros al corriente de aquellos hechos extraordinarios. Tal vez entonces se acordaría hacer por todos una investigación completa de todas las partes de la isla Lincoln.

Aquella noche no se encendió ningún fuego en las playas desconocidas todavía, que formaban la entrada del golfo y la pequeña embarcación continuó aguantándose durante toda la noche.

Cuando aparecieron las primeras claridades del alba en el horizonte, el viento, que se había calmado ligeramente, giró en dos cuartos y permitió a Pencroff embocar más fácilmente la estrecha entrada del golfo. Hacia las siete de la mañana el Buenaventura, después de haberse dejado llevar hacia el cabo Mandíbula Norte, entraba prudentemente en el paso y se aventuraba por aquellas aguas encerradas en el más extraño cuadro de lava.

—Vean —dijo Pencroff—; una punta de mar que haría una rada admirable, donde podrían moverse escuadras enteras a su placer.

—Lo curioso, sobre todo —observó Cyrus Smith—, es que este golfo ha sido formado por dos corrientes de lava vomitadas por el volcán, que se han acumulado por erupciones sucesivas. De aquí resulta que está abrigado completamente por todos lados y es de creer que en él, aun con los peores vientos, el mar estará tranquilo como un lago.

—Sin duda —repuso el marino—, pues el viento, para entrar aquí, no tiene más que esa estrecha garganta abierta entre los dos cabos y el cabo del norte cubre el del sur, de manera que es dificilísima la entrada de las ráfagas. En verdad, nuestro Buenaventura podría permanecer aquí todo un año sin tesar sobre sus anclas.

—Ese golfo es un poco grande para él —observó el corresponsal.

—Convengo, señor Spilett —contestó el marino—, en que es bastante grande para el Buenaventura, pero, si las escuadras de la Unión necesitan un abrigo seguro en el Pacífico, creo que no le pueden hallar mejor que en esta rada.

—Estamos en la boca del tiburón —observó Nab, aludiendo a la forma del golfo.

—En plena boca, mi valiente Nab —contestó Harbert—, pero supongo que no tendrá miedo de que se cierre y nos deje dentro.

—No, señor Harbert —contestó Nab—; pero, de todos modos, este golfo no me gusta; tiene aspecto triste.

—Bueno —exclamó Pencroff—, ahí está Nab, que desprecia mi golfo, en el momento que yo pensaba regalárselo a América.

—Pero, al menos, ¿son bastante profundas sus aguas? —preguntó el ingeniero—. Pues lo que basta para la quilla del Buenaventura podría ser insuficiente para buques acorazados.

—Eso es fácil de averiguar —repuso Pencroff.

Y el marino echó a fondo una larga cuerda, que le servía de escandallo, a la cual había atado un pedazo de hierro. Aquella cuerda medía unas cincuenta brazas y toda entró en el agua sin tocar el suelo.

—Vamos —dijo Pencroff— nuestros acorazados pueden venir aquí sin temor de encallar.

—En efecto —repuso Cyrus Smith—, es un verdadero abismo este golfo; pero teniendo en cuenta el origen plutónico de la isla, no hay que extrañar que el fondo del mar presente depresiones semejantes.

—Parece —observó Harbert— que estas murallas han sido cortadas a pico y creo que con una sonda cinco o seis veces mayor Pencroff no encontraría fondo.

—Todo está muy bien —dijo el corresponsal—, pero debo hacer observar a Pencroff que falta una cosa importante para su rada.

—¿Cuál, señor Spilett?

—Una cortadura, un sitio cualquiera que dé acceso al interior de la isla. No veo un punto sobre el cual se pueda poner el pie.

Y en efecto, las altas lavas, muy acantiladas, no ofrecían en todo el perímetro del golfo un solo paraje propicio para el desembarco. Era una cortina infranqueable, que recordaba, pero con más aridez todavía, los fiordos de Noruega. El Buenaventura, rozando aquellas altas murallas hasta casi tocarlas, no encontró una sola punta que pudiera permitir a los pasajeros desembarcar.

Pencroff se consoló diciendo que por medio de una mina podría volar una parte de aquel muro cuando fuese necesario; y puesto que no tenían nada que hacer en aquel golfo, dirigió su embarcación hacia la garganta y salió a las dos de la tarde.

—¡Uf! —dijo Nab, exhalando un suspiro de satisfacción.

Parecía verdaderamente que el honrado negro no se sentía bien dentro de aquella enorme boca.

Desde el cabo Mandíbula a la desembocadura del río de la Merced no había más que unas ocho millas. Puso la proa hacia el Palacio de granito y el Buenaventura, largando sus velas, siguió la costa a una milla de distancia. A las enormes rocas de lava sucedieron pronto aquellas dunas caprichosas, entre las cuales el ingeniero había sido hallado en circunstancias tan singulares, paraje frecuentado por centenares de aves marinas.

Hacia las cuatro, Pencroff, dejando a su izquierda la punta del islote, entraba en el canal que le separaba de la costa y a las cinco el ancla del Buenaventura mordía el fondo de arena en la desembocadura del río de la Merced.

Hacía tres días que los colonos habían dejado su vivienda. Ayrton les esperaba en la playa y maese Jup salió alegremente a recibirlos lanzando gruñidos de satisfacción.

La exploración completa de la costa de la isla estaba hecha y nada sospechoso se había observado. Si algún ser misterioso residía en ella, no podía habitar más que los bosques impenetrables de la península Serpentina, donde los colonos no habían hecho todavía sus investigaciones.

Gédéon Spilett habló de estas cosas con el ingeniero y acordaron llamar la atención a sus compañeros sobre el carácter extraño de ciertos incidentes que se habían producido en la isla y el último de los cuales era el más inexplicable.

Así, Cyrus Smith, volviendo a hablar de la hoguera encendida en el litoral por mano desconocida, no pudo menos de decir por vigésima vez al periodista:

—¿Pero está usted seguro de haberla visto bien? ¿No era una erupción parcial del volcán, un meteoro cualquiera?

—No, Cyrus —contestó Spilett—, era sin duda alguna un fuego encendido por mano de hombre. Por lo demás, pregunte a Pencroff y a Harbert, que lo vieron como yo y confirmarán mis palabras.

Algunos días después, el 25 de abril, en el momento en que todos los colonos estaban reunidos en la meseta de la Gran Vista, Cyrus Smith tomó la palabra y dijo:

—Amigos míos, creo que debo llamar la atención sobre ciertos hechos que han pasado en la isla y sobre los cuales me gustaría oír el parecer de todos. Estos hechos son, por decirlo así, sobrenaturales…

—¡Sobrenaturales! —exclamó el marino lanzando una bocanada de humo de tabaco—. ¡Sería posible que nuestra isla fuese sobrenatural!

—No, Pencroff, pero indudablemente es misteriosa —continuó el ingeniero—, a no ser que usted pueda explicamos lo que Spilett y yo no hemos podido comprender hasta ahora.

—Hable, señor Cyrus —añadió el marino.

—Pues bien, ¿ha comprendido —dijo el ingeniero— cómo cayendo al mar fui encontrado a un cuarto de milla en el interior de la isla sin que me enterase de nada?

—A no ser que estando desmayado… —dijo Pencroff.

—Eso no es admisible —interrumpió el ingeniero—. Pero pasemos adelante. ¿Ha comprendido cómo Top pudo descubrir dónde estaban ustedes a cinco millas de la gruta, donde yo me hallaba tendido?

—El instinto del perro… —dijo Harbert.

—¡Instinto singular! —exclamó el periodista—, puesto que, a pesar de la lluvia y el viento desencadenados durante toda la noche, Top llegó a las Chimeneas seco y sin una mancha de lodo.

—Pasemos más adelante —dijo el ingeniero—. ¿Ha comprendido cómo nuestro perro fue tan singularmente lanzado fuera de las aguas del lago, después de su lucha con el dugongo?

—No, confieso que no lo he comprendido —contestó Pencroff—, ni tampoco la herida que el dugongo tenía en el costado y que parecía hecha con un instrumento cortante.

—Continuemos —repuso el ingeniero—. ¿Han comprendido, amigos míos, cómo se encontraba aquel grano de plomo en el cuerpo del lechón de saíno; cómo se halló el cajón tan bien encallado, sin que hubiera señales de naufragio; cómo se presentó a propósito la botella que contenía el documento durante nuestra primera excursión por el mar; cómo nuestra canoa, después de haber roto sus amarras, vino por la corriente del río de la Merced a buscarnos precisamente en el momento en que teníamos necesidad de ella; cómo, después de la invasión de los monos, se nos envió tan oportunamente la escalera desde las alturas del Palacio de granito; cómo, en fin, llegó a nuestras manos el documento que Ayrton asegura no haber escrito?

Cyrus Smith acababa de enumerar, sin olvidar ni uno solo, los hechos extraños observados en la isla. Harbert, Pencroff y Nab se miraron no sabiendo qué responder, porque la sucesión de aquellos incidentes agrupados por primera vez les sorprendía.

—A fe mía —dijo Pencroff—, tiene usted razón, señor Cyrus y es difícil explicar esas cosas.

—Pues bien, amigos míos —añadió el ingeniero—, un nuevo incidente más incomprensible aún ha venido a sumarse a los enumerados.

—¿Cuál, señor Cyrus? —preguntó vivamente Harbert.

—Cuando ustedes volvían de la isla Tabor —dijo el ingeniero—, ¿no vieron una hoguera en la isla Lincoln?

—Ciertamente —contestó el marino.

—¿Y está seguro de haber visto ese fuego?

—Como lo veo a usted ahora.

—¿Y tú también, Harbert?

—¡Ah, señor Cyrus! —exclamó el joven—. Ese fuego brillaba como una estrella.

—¿Pero no era una estrella? —preguntó el ingeniero insistiendo.

—No, señor —contestó Pencroff—, porque el cielo estaba cubierto de espesas nubes y en todo caso una estrella no habría estado tan baja en el horizonte. Pero el señor Spilett lo vio como nosotros y puede confirmar mis palabras.

—Añadiré —dijo el periodista— que ese fuego era muy vivo y se proyectaba como una corriente eléctrica.

—Sí, sí, eso —replicó Harbert— y estaba situado sobre las alturas del Palacio de granito.

—Pues bien, amigos míos —prosiguió Cyrus Smith—, la noche del 19 al 20 de octubre, ni Nab ni yo encendimos fuego en la costa.

—¿No fueron ustedes? —exclamó Pencroff en el colmo de su estupefacción y sin poder acabar la frase.

—En aquella noche no salimos del Palacio de granito —añadió Cyrus Smith— y si en la costa apareció una hoguera, no fueron nuestras manos las que la encendieron.

Pencroff y Harbert estaban estupefactos; no podían haberse hecho ilusión alguna; habían visto realmente un fuego en la isla durante la noche del 19 al 20 de octubre.

Sí. Todos tuvieron que convenir en que había un misterio inexplicable, una influencia evidentemente favorable para los colonos, pero muy irritante para su curiosidad, que se hacía sentir en las ocasiones oportunas sobre la isla Lincoln. ¿Había algún ser oculto en algunos de sus más profundos retiros? Había que saberlo.

Cyrus Smith recordó a sus compañeros la singular actitud de Top y de Jup cuando se acercaban a la boca del pozo que tenía el Palacio de granito en comunicación con el mar y les dijo que había explorado aquel pozo sin descubrir en él nada sospechoso. En fin, el resultado de esta conversación fue el acuerdo unánime de los miembros de la colonia de registrar enteramente la isla cuando volviese la estación buena.

Pero desde aquel día Pencroff pareció preocupado. Aquella isla, que miraba como su propiedad personal, ya no le pertenecía toda entera; la propiedad se repartía con otro dueño, al cual de buen o mal gusto se sentía sometido. Nab y él hablaban con frecuencia de aquellas cosas inexplicables y ambos, inclinados por su naturaleza a lo maravilloso, estaban muy cerca de creer que la isla Lincoln estaba sometida a un poder sobrenatural.

Entretanto, llegaron los malos días con el mes de marzo, que es el noviembre de las zonas boreales y el invierno parecía duro y precoz. Por consiguiente, se emprendieron sin demora las tareas de invierno.

Por lo demás, los colonos estaban bien preparados para recibir el frío, por grande que fuese. No faltaban los vestidos de fieltro, porque el rebaño de muflones, muy numeroso entonces, había dado la lana necesaria para la fabricación de aquella tela de abrigo.

Huelga decir que Ayrton fue provisto de cómodos vestidos. Cyrus Smith le invitó a pasar la mala estación en el Palacio de granito, donde estaría mejor alojado que en la dehesa y Ayrton prometió hacerlo cuando estuviesen terminados los trabajos comenzados, lo cual sucedió hacia mediados de abril. Desde entonces Ayrton tomó parte en la vida común y prestó en todas ocasiones útiles servicios, aunque, siempre humilde y triste, no tomaba parte en las diversiones de los compañeros.

Durante la mayor parte de aquel invierno que los colonos pasaron en la isla Lincoln, tuvieron que permanecer confinados en el Palacio de granito, porque hubo grandes tempestades y borrascas terribles que parecían querer arrancar las rocas de sus bases. Inmensas corrientes de marea amenazaban cubrir toda la isla y cualquier buque que se hubiera fondeado junto a ella se habría perdido. Dos veces, durante una de aquellas corrientes, el río de la Merced creció hasta el punto de inspirar temores de que el puente y los puentecillos desaparecieran y hubo que consolidar los de la playa, que quedaban siempre cubiertos bajo las olas cuando el mar batía el litoral.

Ya se comprenderá que tales huracanes, comparables con trombas, en que se mezclaban la lluvia y la nieve, causarían grandes destrozos en la meseta de la Gran Vista. Los que más padecieron fueron el molino y el corral Los colonos tuvieron que hacer con frecuencia grandes reparaciones, sin las cuales se hubiera visto amenazada la existencia de las aves encerradas.

En aquel tiempo tan malo algunas parejas de jaguares y bandas de cuadrumanos se aventuraron hasta el límite de la meseta y había que temer que los más audaces y robustos, impulsados por el hambre llegasen a atravesar el arroyo, que, por otra parte, cuando estaba helado, presentaba fácil acceso. Si así hubiera sucedido, las plantaciones y los animales domésticos hubieran sido destruidos infaliblemente, al no tener una vigilancia continua; y con frecuencia hubo que hacer algunos disparos de armas de fuego para mantener a respetuosa distancia los peligrosos visitantes. Por consiguiente, no faltó quehacer en el invierno, Porque sin contar los cuidados del exterior, había siempre mil obras de mueblaje y decorado que acabar en el Palacio de granito.

Se hizo también en algunos días muy buena caza durante los grandes fríos en los vastos pantanos de los Tadornes. Gédéon Spilett y Harbert, ayudados de Jup y Top, no perdían un tiro en medio de aquellas miríadas de patos, becasinas, cercetas y aves frías. El acceso a aquel territorio tan abundante en caza era fácil por otra parte, ya por el camino del puerto del Globo, ya por el puente de la Merced, ya doblando las rocas de la punta del Pecio; y los cazadores no se alejaban nunca del Palacio de granito más de dos o tres millas.

Así pasaron los cuatro meses de invierno, que fueron los verdaderamente rigurosos, es decir, junio, julio, agosto y septiembre. El Palacio de granito no padeció mucho por efecto de las inclemencias del tiempo y lo mismo sucedió en la dehesa, que, menos expuesta que la meseta y cubierta en gran parte por el monte Franklin, no recibía directamente los golpes de viento, porque venían ya cortados por los bosques y las altas rocas del litoral. Así, los deterioros de la dehesa fueron poco importantes y la mano activa y hábil de Ayrton bastó para repararlos rápidamente, cuando en la segunda quincena de octubre volvió a pasar algunos días en la dehesa.

Durante aquel invierno no hubo ningún nuevo incidente inexplicable. Nada extraño sucedió, aunque Pencroff y Nab estaban en acecho de los sucesos más insignificantes que hubieran podido referirse a una causa misteriosa. Top y Jup ya no andaban alrededor de la boca del pozo ni daban señal ninguna de inquietud. Parecía que la serie de incidentes sobrenaturales se había interrumpido, aunque con frecuencia se hablaba de ellos en las veladas del Palacio de granito y se ratificaba el acuerdo de registrar la isla hasta en sus rincones más ocultos y más difíciles de explorar. Pero un acontecimiento grave, cuyas consecuencias podían ser funestas, vino por el momento a distraer de sus proyectos a Cyrus Smith y a sus compañeros.

Corría el mes de octubre y la buena estación volvía a grandes pasos. La naturaleza se renovaba bajo los rayos del sol y en medio del follaje persistente de las coníferas que formaban la linde del bosque aparecía ya el nuevo follaje de los almaces, de las banksias y de los deodares.

El lector recordará que Gédéon Spilett y Harbert habían tomado en diferentes ocasiones vistas fotográficas de la isla Lincoln.

El 17 de aquel mes de octubre, a las tres de la tarde, Harbert, seducido por la pureza del cielo, tuvo el pensamiento de reproducir toda la bahía de la Unión que daba frente a la meseta de la Gran Vista, desde el cabo Mandíbula hasta el cabo de la Garra.

El horizonte estaba despejado y el mar, ondulado al impulso de una blanda brisa, presentaba la inmovilidad de las aguas de un lago, picadas acá y allá por chispas luminosas.

El objetivo fue colocado en una de las ventanas del salón del Palacio de granito; por lo tanto dominaba la playa y la bahía. Harbert procedió como tenía costumbre y una vez obtenido el cliché, fue a fijarlo mediante las sustancias que estaban depositadas en un aposento oscuro de la vivienda.

Volviendo luego a la luz y examinando bien el cliché, observó en él un punto casi imperceptible, que manchaba el horizonte del mar. Trató de hacerle desaparecer por medio del lavado, pero por más que hizo no pudo conseguirlo.

«Es un defecto del vidrio», pensó.

Y entonces tuvo la curiosidad de examinar aquel defecto con una lente de bastante aumento, que destornilló de uno de los gemelos. Apenas lo hubo examinado, dio un grito y estuvo a punto de dejar escapar de las manos el cliché.

Inmediatamente corrió a la habitación donde estaba Cyrus Smith, le alargó el cliché y la lente enseñándole la manchita.

El ingeniero examinó aquel punto y después, tomando su catalejo, se precipitó hacia la ventana. El anteojo, después de haber recorrido lentamente el horizonte, se detuvo sobre el punto sospechoso y Cyrus Smith, retrocediendo, pronunció esta sola palabra:

—¡Buque!

En efecto, había un buque a la vista de la isla Lincoln.