Parte 2 Capítulo 06 - La jugada de los orangutanes

Enviado por Francisco J. Calzado el Dom, 21/04/2019 - 17:02

La jugada de los orangutanes

Las llamadas de Pencroff. — Una noche en Las Chimeneas. — La flecha de Harbert. — Proyecto de Cyrus Smith. — Una solución inesperada. — Lo que sucede en la Casa de Granito. — De cómo un nuevo doméstico entra al servicio de los colonos.

Parte 2 Capítulo 6

Ciro Smith se había detenido sin decir una palabra. Sus compañeros buscaron en la oscuridad, por el suelo y por las paredes de granito, por si la escalera se había desprendido o el viento la había sacado de su lugar…, pero la escalera había desaparecido. Reconocer si una ráfaga de aire la había levantado hasta la cornisa, era imposible en aquella profunda oscuridad.

—Si es broma —exclamó Pencroff—, me parece de muy mal género. Llegar uno a su casa y no encontrar escalera para subir a su cuarto no es cosa de risa para quien está cansado.

Nab también se quejaba.

—Sin embargo, no hace viento —observó Harbert.

—Comienzo a convencerme de que pasan cosas singulares en la isla Lincoln —dijo Pencroff.

—¡Singulares! —repitió Gédéon Spilett—. No, Pencroff, nada más natural: alguien ha venido durante nuestra ausencia, ha tomado posesión de la casa y ha retirado la escalera.

—¡Alguien! —exclamó el marino—. ¿Quién?

—El cazador del grano de plomo —contestó el corresponsal—. ¿De qué nos servirá si no pudiera explicar nuestra desdichada aventura?

—Pues bien —dijo Pencroff, soltando un remo, pues la impaciencia se iba apoderando de él—, si hay alguien allí arriba, voy a hablarle y será mejor que conteste.

Y con voz de trueno, el marino lanzó un ¡ah! prolongado que fue repetido con fuerza por el eco.

Los colonos escucharon con atención y creyeron oír a la altura del Palacio de granito una especie de risa mal contenida, cuyo origen no era posible conocer. Pero ninguna voz respondió al marino, el cual volvió a llamar tan vigorosa como inútilmente.

Realmente lo que sucedía era más que suficiente para dejar estupefactos a los hombres más indiferentes del mundo y los colonos no podían ser indiferentes en aquella ocasión. En la situación en que se hallaban, todo incidente era grave y en verdad que desde que habían llegado a la isla, hacía siete meses, ninguno se había presentado con carácter tan sorprendente.

De todos modos, olvidando su cansancio y dominados por la singularidad del suceso, permanecían al pie del Palacio de granito, no sabiendo qué pensar ni qué hacer, interrogándose sin poderse responder satisfactoriamente y formando hipótesis sobre hipótesis a cual más inadmisibles. Nab se quejaba de no poder volver a entrar en la cocina, sobre todo porque las provisiones del viaje estaban agotadas y no había medio de renovarlas en aquel momento.

—Amigos —dijo Cyrus Smith—, no tenemos más remedio que esperar el día y haremos lo que las circunstancias nos aconsejen; y para esperar, vamos a las Chimeneas, donde estaremos al abrigo de la intemperie y si no podemos cenar, al menos podremos dormir.

—Pero ¿quién es el sinvergüenza que nos ha jugado esa mala pasada? —preguntó otra vez Pencroff, que no podía resignarse con lo sucedido.

Cualquiera que fuese el sinvergüenza, lo único que había que hacer, como había dicho el ingeniero, era refugiarse en las Chimeneas y esperar el día. Sin embargo, se dio orden a Top de quedarse bajo las ventanas del Palacio de granito y cuando Top recibía una orden, la ejecutaba sin hacer la menor observación.

El excelente perro permaneció, pues, al pie del muro, mientras su amo y sus compañeros se refugiaban en las rocas.

Decir que los colonos, a pesar de su cansancio, durmieron bien sobre la arena de las Chimeneas, sería alterar la verdad. No solo sentían ansiedad por saber la importancia del nuevo incidente, ya fuese resultado de una casualidad, cuyas causas naturales aparecerían al llegar el día, ya, por el contrario, fuese obra de un ser humano, sino que también tenían una cama demasiado dura, comparada con aquellas a que estaban acostumbrados. De todos modos, de una u otra suerte, su casa estaba ocupada en aquel momento y no podían entrar en ella.

Ahora bien, el Palacio de granito era más que su morada, era su depósito y su tesoro. Allí estaba todo el material de la colonia, armas, instrumentos, útiles, municiones, reservas de víveres, etc.; y si todo esto era saqueado, los colonos tendrían que volver a sus trabajos de arreglo, de fabricación de armas y de instrumentos. Así, cediendo a la inquietud, unos y otros salían a cada instante para ver si Top hacía bien el centinela. Solo Cyrus Smith esperaba con su paciencia habitual, aunque su razón tenaz se exasperaba al verse frente a un hecho absolutamente inexplicable y se indignaba pensando que en torno suyo y tal vez sobre su cabeza, se ejercía una influencia a la cual no podía dar un nombre.

Gédéon Spilett era de la misma opinión y ambos conversaron muchas veces, aunque a media voz, acerca de las circunstancias incomprensibles que desafiaban su perspicacia y su experiencia. Había seguramente un misterio en aquella isla, ¿cómo penetrarlo?

Harbert tampoco sabía qué pensar y hubiera interrogado de buena gana a Cyrus Smith.

En cuanto a Nab, concluyó pensando que todo aquello no era de su incumbencia, sino de la de su amo; y si no hubiera temido ofender a sus compañeros, habría dormido aquella noche tan bien como si hubiese reposado sobre la cama del Palacio de granito. El que estaba furioso era Pencroff y con razón.

—Es una broma —decía—, una broma que nos han jugado. Pero a mí no me gustan bromas tan pesadas y pobre del bromista, si cae en mis manos.

Cuando aparecieron las primeras claridades del alba, los colonos, convenientemente armados, bajaron a la playa y se situaron en la línea de los arrecifes. El Palacio de granito, expuesto directamente al sol levante, no debía tardar en estar alumbrado por las luces del alba y en efecto, hacia las cinco, las ventanas, cuyos postigos estaban cerrados, aparecieron a través de sus cortinas de follaje.

Por aquella parte todo estaba en orden, pero un grito se escapó del pecho de los colonos, cuando vieron abierta de par en par la puerta que habían dejado cerrada al marcharse. Alguien se había introducido en el Palacio de granito, no había duda.

La escalera superior, ordinariamente tendida desde la cornisa de la puerta, estaba en su lugar; pero la escalera inferior había sido retirada y levantada hasta el umbral de la puerta. Era evidente que los intrusos habían logrado ponerse al abrigo de toda sorpresa.

En cuanto a reconocer su especie y su número, no era posible, pues ninguno de ellos se mostraba por ninguna parte.

Pencroff llamó de nuevo. No obtuvo respuesta.

—¡Miserables! —exclamó el marino—. ¡Duermen tranquilamente, como si estuvieran en su casa! ¡Piratas, bandidos, corsarios, hijos de John Bull!

Cuando Pencroff, que era norteamericano, llamaba a alguno hijo de John Bull, había llegado al límite del insulto.

En aquel momento se iluminó el Palacio de granito bajo los rayos del sol; pero en el interior, como en el exterior, todo estaba mudo y en calma.

Los colonos se preguntaban si el Palacio de granito estaba ocupado o no; sin embargo, la posición de la escalera lo demostraba suficientemente y hasta era seguro que los ocupantes, cualesquiera que fuesen, no habían podido huir. Pero ¿cómo llegar hasta ellos?

Harbert tuvo entonces la idea de atar una cuerda a una flecha y lanzar esta de manera que fuese a parar entre los primeros barrotes de la escalera, que pendía del umbral de la puerta. Entonces, mediante la cuerda, podría desarrollarse la escalera hasta llegar a tierra y restablecer la comunicación con el Palacio de granito. No había otro medio mejor y con un poco de destreza la idea de Harbert podía tener buen éxito. Por fortuna tenían arcos y flechas en un corredor de las Chimeneas, donde se hallaban también algunas docenas de brazas de una cuerda ligera de hibisco. Pencroff desarrolló la cuerda y ató a un extremo una flecha bien emplumada. Después Harbert, colocando la flecha en su arco, apuntó con cuidado a la extremidad colgante de la escalera.

Cyrus Smith, Gédéon Spilett, Pencroff y Nab se habían retirado hacia atrás para observar mejor lo que pasaba en las ventanas del Palacio de granito; el periodista se había echado la carabina a la cara y apuntaba a la puerta.

Tendió el arco, silbó la flecha llevando consigo la cuerda y fue a parar entre los dos últimos tramos de la escalera. La operación había tenido el resultado deseado.

Inmediatamente Harbert se apoderó del otro extremo de la cuerda, pero, en el momento en que daba el tirón para hacer caer la escalera, un brazo, pasando entre el muro y la puerta, la asió y la introdujo toda entera dentro del Palacio de granito.

—¡Triple mendigo! —exclamó el marino—. Si una bala puede hacer tu felicidad, no esperarás mucho.

—¿Qué es eso? —preguntó Nab.

—¡Cómo! ¿No lo has visto?

—No.

—¡Pues un mono, un macaco, un sapajú, un orangután, un babuino, un gorila, un simio! Nuestra morada ha sido invadida por monos que han trepado por la escala durante nuestra ausencia.

Y en aquel momento, como para dar razón al marino, tres o cuatro cuadrumanos se asomaron a las ventanas, después de haber abierto los postigos y saludaron con mil gestos y contorsiones a los verdaderos propietarios de la casa.

—Ya sabía yo que era una broma —exclamó Pencroff—, pero un bromista pagará por todos.

El marino se echó a la cara el fusil, apuntó a uno de los monos y disparó. Todos desaparecieron, menos uno, que, mortalmente herido, se precipitó sobre la playa.

Aquel mono de gran tamaño pertenecía al primer orden de los cuadrumanos, sin duda alguna. Ya fuese un chimpancé, un orangután, un gorila o un gibón, debía ser clasificado entre esos antropomorfos, llamados así a causa de su semejanza con los individuos de la raza humana. Por lo demás, Harbert declaró que era un orangután y el joven era un experto en zoología.

—¡Magnífico animal! —exclamó Nab.

—Todo lo magnífico que tú quieras —contestó Pencroff—, pero no veo cómo vamos a entrar en nuestra casa.

—Harbert es buen tirador —dijo el corresponsal— y tiene arco. Que repita…

—¡Bah!, esos monos son muy ladinos —exclamó Pencroff—; no volverán a asomarse a las ventanas y no podremos matarlos. Cuando pienso en los estragos que pueden hacer en la habitación, en el almacén…

—¡Paciencia! —respondió Cyrus Smith—. Esos animales no pueden tenernos largo tiempo en jaque.

—No diré yo tanto hasta que los vea en tierra —replicó el marino—. Ante todo, ¿sabe usted, señor Cyrus, cuántas docenas de esos bromistas hay allí arriba?

Habría sido difícil responder a Pencroff. En cuanto a repetir la tentativa del joven era casi imposible, porque el extremo inferior de la escalera había sido retirado al interior y cuando el joven tiró otra vez la cuerda, esta se rompió y la escalera no cayó.

La situación era realmente embarazosa. Pencroff no cesaba de gruñir y aunque el caso tenía cierto lado cómico, él, por su parte, no le encontraba gracia. Era evidente que los colonos acabarían por recobrar su domicilio y arrojar de él a los intrusos, ¿pero cuándo y cómo? Esto es lo que no habrían podido decir.

Pasaron dos horas, durante las cuales los monos evitaron asomarse a las ventanas y a la puerta, continuaban allí y por tres o cuatro veces se vio atravesar, ya un hocico, ya una pata, que fueron saludados a tiros.

—Ocultémonos —dijo el ingeniero.— Tal vez los monos crean que nos hemos marchado y se dejarán ver. Spilett y Harbert se quedarán detrás de las rocas y dispararán sobre todo lo que se presente.

Las órdenes del ingeniero fueron ejecutadas y mientras el periodista y Harbert, los más hábiles tiradores de la colonia, se apostaban mirando las ventanas, pero fuera de la vista de los monos, Nab, Pencroff y Cyrus Smith subieron a la meseta superior y entraron en el bosque para matar alguna cosa, pues la hora del almuerzo había llegado y no tenían víveres de ninguna especie. Al cabo de media hora volvieron los cazadores con algunas palomas torcaces, que asaron. No se había vuelto a ver ningún mono.

Gédéon Spilett y Harbert acudieron a tomar parte en el almuerzo, mientras Top hacía centinela bajo la ventana y cuando almorzaron, volvieron a su puesto.

Dos horas después la situación no se había modificado. Los cuadrumanos no daban señales de vida, como si hubiesen desaparecido, aunque lo más probable era que, asustados por la muerte de uno de ellos y espantados por las detonaciones de las armas, estuviesen escondidos en algún rincón de los cuartos del Palacio de granito o tal vez en el mismo almacén; y cuando los colonos pensaban en las riquezas que aquel almacén contenía, la paciencia, tan recomendada por el ingeniero, degeneraba en violenta irritación, irritación que, francamente hablando, no dejaba de ser justificada.

—Esto es estúpido —dijo al fin el periodista—; es justo que concluya.

—Y, sin embargo, lo primero es hacer salir de ahí a esos tunantes exclamó Pencroff. Ya los echaremos, aunque sean veinte; hay que combatirlos cuerpo a cuerpo. ¿No habrá ningún medio de llegar hasta ellos?

—Sí, hay uno —contestó el ingeniero, al cual acababa de ocurrírsele una idea.

—¿Uno? —dijo Pencroff—. Ese es bueno a falta de otro. Pero ¿cuál es?

—Bajaremos al Palacio de granito por el antiguo desagüe del lago contestó el ingeniero.

—¡Ah, mil diablos! —exclamó el marino—. ¡Y no haber pensado yo en eso antes!

Era el único medio de penetrar en el Palacio de granito para combatir de cerca a los monos y expulsarlos. El orificio del desagüe estaba cerrado con un muro de piedras cimentadas por argamasa, que habría que romper, pero después podría recomponerse. Por fortuna Cyrus Smith no había efectuado todavía su proyecto de disimular aquella entrada sumergiéndola bajo las aguas del lago, porque en tal caso la operación hubiera exigido más tiempo.

Eran ya más de las doce de la mañana, cuando los colonos, bien armados y provistos de picos y azadones, salieron de las Chimeneas, pasaron bajo las ventanas del Palacio de granito, después de haber mandado a Top que continuase en su puesto y se prepararon a subir por la orilla izquierda del río de la Merced hasta la meseta de la Gran Vista. No habían andado cincuenta pasos en esta dirección, cuando oyeron los ladridos furiosos del perro. Eran un llamamiento desesperado.

Se detuvieron.

—¡Corramos! —dijo Pencroff.

Todos bajaron velozmente a la playa. Al llegar al ángulo de la muralla, vieron que la situación había cambiado. En efecto, los monos, sobrecogidos de un repentino pánico, excitados por alguna causa desconocida, trataban de huir. Dos o tres corrían y saltaban de una ventana a otra con la agilidad de clowns. No trataban ni de echar la escalera, por la cual les hubiese sido fácil bajar, porque en su espanto sin duda habían olvidado aquel medio de salir de la casa. En breve cinco o seis estuvieron en posición de servir de blanco a los fusiles y los colonos apuntaron y dispararon. Unos, heridos o muertos, cayeron en el interior de la casa lanzando agudos gritos; otros, precipitados al exterior, se estrellaron en su caída y pocos instantes después podía suponerse que no había un cuadrumano vivo en el Palacio de granito.

—¡Hurra! —exclamó Pencroff—. ¡Hurra, hurra!

—No tantos hurras —dijo Gédéon Spilett.

—¿Por qué? Todos han muerto —contestó el marino.

—Es verdad, pero eso no nos da los medios de entrar en nuestra casa.

—Vamos al desagüe —propuso Pencroff.

—Es lo más acertado —dijo el ingeniero—. Sin embargo, hubiera sido preferible…

En aquel momento y como respondiendo a la observación que iba a hacer Cyrus Smith, se vio resbalar la escala sobre el umbral de la puerta, después desenrollarse y extenderse hasta el suelo.

—¡Ah, mil pipas! ¡Esa sí que es buena! —exclamó el marino mirando a Cyrus Smith.

—Sí que lo es —murmuró el ingeniero y se lanzó el primero a la escalera.

—Cuidado, señor Cyrus —dijo Pencroff—, puede haber todavía algún macaco.

—Allí lo veremos —respondió el ingeniero sin detenerse.

Todos sus compañeros lo siguieron y en un minuto llegaron al umbral de la puerta del Palacio de granito. Registraron todo, pero nada había en los cuartos ni en el almacén, el cual había sido respetado por la tropa de cuadrumanos.

—Pero ¿y la escalera? —exclamó el marino—. ¿Quién es el cumplido caballero que nos la ha echado?

En aquel momento se oyó un grito y un mono, que se había refugiado en el corredor, se precipitó en la sala perseguido por Nab.

—¡Ah, bandido! —exclamó Pencroff.

Y con el hacha en la mano iba a abrir la cabeza del animal, cuando Cyrus le detuvo, diciendo:

—Perdónele, Pencroff.

—¿Que perdone a este tunante?

—Sí, porque él es quien nos ha arrojado la escalera.

El ingeniero dijo esto con una voz tan singular, que hubiera sido difícil saber si hablaba seriamente o no.

Sin embargo, se echaron sobre el mono, que, después de haberse defendido violentamente, fue derribado en tierra y atado.

—¡Uf! —exclamó Pencroff—. ¿Qué haremos ahora con este bicho?

—Un criado —respondió Harbert.

Y hablando así, el joven no se chanceaba, porque sabía el partido que se puede sacar de esta raza inteligente de cuadrumanos.

Los colonos se acercaron al mono y lo contemplaron atentamente. Pertenecía a esa especie de antropomorfos cuyo ángulo facial no es muy inferior al de los australianos y los hotentotes. Era un orangután y como tal no tenía ni la ferocidad del babuino ni la irreflexión del macaco, ni la suciedad del simio, ni los arrebatos del magoto, ni los malos instintos del cinocéfalo. Esta familia de antropomorfos es la que presenta esos rasgos, tantas veces citados y que indican en sus individuos una inteligencia casi humana. Empleados en las casas, pueden servir la mesa, barrer los cuartos, limpiar los vestidos, sacar brillo a las botas, manejar diestramente el cuchillo y el tenedor y hasta beber vino, todo tan bien como el mejor criado de dos pies. Sabido es que Buffon tenía uno de esos monos que le sirvió durante mucho tiempo como criado fiel y activo.

El que estaba atado en la sala del Palacio de granito era un monazo de seis pies de estatura, cuerpo proporcionado, ancho pecho, cabeza de tamaño mediano, ángulo facial de sesenta y cinco grados, cráneo redondeado, nariz saliente, piel cubierta de pelo suave y lustroso y en fin, un tipo completo de los antropomorfos. Sus ojos, un poco más pequeños que los del hombre, brillaban con inteligente vivacidad. Sus dientes blancos resplandecían bajo su bigote y llevaba una pequeña barba rizada, de color avellana.

—¡Guapo mozo! —dijo Pencroff—. Si supiéramos su lengua, le podríamos hablar.

—¿De veras, amo, vamos a tomarlo por criado? —preguntó el negro.

—Sí, Nab —contestó sonriendo el ingeniero—, pero no seas celoso.

—Yo espero que será un excelente servidor —añadió Harbert—. Parece joven; su educación será fácil y no nos veremos obligados para someterlo a emplear la fuerza ni arrancarle los caninos, como se hace en tales circunstancias. Lo aceptará porque seremos buenos con él.

—Lo seremos —añadió Pencroff, que había olvidado toda su cólera contra los bromistas. Después, acercándose al orangután, le dijo—: Y bien, muchacho, ¿cómo va?

El orangután respondió con un gruñido, que no demostraba demasiado mal humor.

—¿Quieres formar parte de la colonia? —preguntó el marino—. ¿Quieres entrar al servicio del señor Smith?

Nuevo gruñido aprobador del mono.

—¿Y te contentarás con la comida por todo salario?

Tercer gruñido afirmativo.

—Su conversación es un poco monótona —observó Gédéon Spilett.

—Bueno —replicó Pencroff— los mejores criados son los que hablan menos; y además, este no exige salario. ¿Entiendes, muchacho? Para empezar no te daremos salario, pero más adelante lo doblaremos si estamos contentos de ti.

Así la colonia se acrecentó con un nuevo individuo, que debía prestarle más de un servicio. En cuanto al nombre que había de darse a aquel mono, el marino quiso que, en memoria de otro que él había tenido, fuese llamado Júpiter y Jup por abreviación.

Y así, sin más ceremonias, maese Jup fue instalado en el Palacio de granito.