Parte 2 Capítulo 04 - Siguen explorando la isla y encuentran un jaguar

Enviado por Francisco J. Calzado el Dom, 21/04/2019 - 16:45

Siguen explorando la isla y encuentran un jaguar

De camino a la costa. — Unas cuantas bandas de cuadrumanos. — Un nuevo curso de agua. — Por qué no se hace sentir la pleamar. — El bosque por litoral. — El Promontorio del Reptil. — Gédéon Spilett tiene envidia de Harbert. — El explosivo de bambú.

Parte 2 Capítulo 4

A las seis de la mañana, después del desayuno, los colonos se pusieron en marcha con intención de llegar lo más pronto posible a la costa occidental de la isla. ¿Cuánto tiempo podrían tardar? Cyrus Smith había calculado dos horas, pero dependía indudablemente de los obstáculos que se presentaran. Aquella parte del Far-West parecía cubierta de espesísimos bosques, como un soto inmenso compuesto de las especies más variadas. Era probable que se necesitara abrir camino a través de las hierbas, la maleza, los bejucos y marchar con el hacha en la mano, e incluso con el fusil, a juzgar por los rugidos feroces oídos durante la noche.

Por la situación del monte Franklin había podido determinarse la posición exacta del campamento y puesto que el volcán se levantaba al norte a menos de tres millas, había que tomar una dirección rectilínea hacia el sudoeste para llegar derechamente a la costa occidental.

Emprendieron la marcha después de haber asegurado sólidamente las amarras de la piragua. Pencroff y Nab llevaban provisiones para la manutención de la pequeña caravana para dos días por lo menos. No se trataba de cazar y el ingeniero recomendó que se abstuviesen de disparar sus armas, para no denunciar su presencia en las cercanías del litoral.

Los primeros hachazos cayeron sobre la maleza en medio de una espesura de lentiscos, un poco más arriba de la cascada; y Cyrus Smith, con la brújula en la mano, indicó el rumbo que debía seguirse.

El bosque se componía, en aquellos parajes, de los mismos árboles observados en las inmediaciones del lago y de la meseta de la Gran Vista. Eran deodaras, duglasias, casuarinas, gomeros, eucaliptos, dragos, hibiscos, cedros y otras especies, por lo común de mediana altura, porque su abundancia había perjudicado a su desarrollo. Los colonos pudieron adelantar lentamente por el camino que iban abriendo y que el ingeniero pensaba unir después con el del arroyo Rojo.

Desde su partida habían comenzado a descender la laderas bajas, que constituían el sistema orográfico de la isla, marchando por un terreno muy seco pero cuya frondosa vegetación hacía presumir la existencia o de una red hidrográfica en el subsuelo o del curso cercano de algún arroyo más o menos caudaloso. Sin embargo, Cyrus Smith no recordaba haber observado, el día de su expedición al cráter, más corrientes de agua que el arroyo Rojo y el río de la Merced.

En las primeras horas de la excursión volvieron a verse bandadas de monos, que daban muestras de la mayor sorpresa a la vista de aquellos hombres, cuyo aspecto era nuevo para ellos.

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Gédéon Spilett decía, riéndose, que quizá aquellos cuadrumanos ágiles y robustos consideraban a los viajeros hermanos degenerados. Pues estos, marchando a pie, molestados a cada paso por la maleza, detenidos por los bejucos y por los árboles, no brillaban ventajosamente sobre aquellos flexibles animales que saltaban de rama en rama, sin que nada los detuviera en su marcha.

Los monos eran muchos, mas por fortuna no manifestaron disposiciones hostiles.

Vieron también jabalíes, agutíes, canguros y otros roedores y dos o tres koulas, a los cuales Pencroff habría enviado de buen grado algunos perdigones.

—Pero no —exclamó— la caza está vedada. Saltad, brincad, volad en paz, amigos míos. Ya os diremos dos palabras a la vuelta.

A las nueve y media de la mañana, el camino, que iba abriéndose hacia el sudoeste, se encontró interrumpido por un riachuelo desconocido. Tenía de treinta a cuarenta pies de anchura y su viva corriente, impulsada por la pendiente de su lecho y agitada por la multitud de rocas de que estaba sembrado, se precipitaba con gran ruido. Aquel riachuelo era profundo y claro, pero no era navegable.

—¡Ya estamos cortados! —exclamó Nab.

—No —repuso Harbert—. Es un riachuelo y podremos pasarlo a nado.

—¿Para qué? —preguntó Smith. Es evidente que este riachuelo corre hacia el mar. Continuemos por su orilla izquierda, donde estamos y nos conducirá a la costa. ¡Adelante!

—Un momento —dijo el periodista—. ¿No damos nombre a este riachuelo, amigos? No dejemos nuestra geografía incompleta.

—Es justo —repuso Pencroff.

—Dale el nombre que quieras, hijo mío —dijo el ingeniero, dirigiéndose al joven.

—¿No es mejor esperar a que lo hayamos descubierto hasta su desembocadura? —preguntó Harbert.

—Conformes —repuso Cyrus Smith—. Sigámoslo, pero sin tardar.

—¡Esperad un momento! —dijo Pencroff.

—¿Qué pasa? —preguntó el periodista.

—Aunque la caza está vedada, supongo que la pesca estará permitida —contestó el marino.

—No tenemos tiempo que perder —dijo el ingeniero.

—No pido más que cinco minutos —replicó Pencroff—; cinco minutos en interés de nuestro almuerzo.

Y Pencroff, tendiéndose sobre la orilla, metió los brazos en las aguas vivas, e hizo saltar inmediatamente algunas docenas de hermosos cangrejos, que hormigueaban entre las rocas.

—¡Esto será estupendo! —exclamó Nab acudiendo a ayudar al marino.

—¡Cuando digo yo que, excepto tabaco, se encuentra todo en esta isla! —murmuró Pencroff dando un suspiro.

En menos de cinco minutos se hizo una pesca prodigiosa, porque los cangrejos pululaban en el río. Se llenó un saco de aquellos crustáceos que tenían el caparazón de un color azul cobalto y estaban armados de un dientecillo. Se continuó la marcha.

Los colonos, desde que tomaron la orilla de aquel curso de agua, caminaban con mayor rapidez y facilidad. Por lo demás, las márgenes de uno y otro lado aparecían vírgenes de toda planta humana. De vez en cuando se veían huellas de grandes animales, que sin duda iban habitualmente a beber en aquel arroyo; pero no se veía más y sin duda no era tampoco en aquella parte del Far-West donde el saíno había recibido el perdigón que había costado una muela a Pencroff.

Cyrus Smith, contemplando aquella rápida corriente que huía hacia el mar, comenzó a sospechar que él y sus compañeros estaban mucho más lejos de lo que creían de la costa occidental. En efecto, en aquella hora subía la marea en el litoral y si la desembocadura del riachuelo hubiera estado a pocas millas, ya se habría dejado sentir en él el flujo, haciendo retroceder la corriente. Sin embargo, no se notaba aquel efecto; el agua seguía sin interrupción la pendiente del lecho y el ingeniero, maravillado, consultaba a cada paso su brújula, temeroso de que algún recodo del río le volviese a llevar al interior del Far-West.

Entretanto el arroyo se iba ensanchando poco a poco y sus aguas aparecían menos tumultuosas. Los árboles de la orilla derecha estaban tan cerrados como los de la orilla izquierda, de modo que era imposible ver más allá; pero aquellas masas de bosque estaban desiertas, porque Top no ladraba y el inteligente animal no habría dejado de señalar la presencia de todo ser extraño en las cercanías de la corriente.

A las diez y media, Harbert, que se había adelantado, gritó con gran sorpresa a Cyrus Smith:

—¡El mar!

Pocos instantes después, los colonos, detenidos al extremo del bosque, veían extenderse a uno y otro lado la orilla occidental de la isla.

¡Qué contraste entre aquella costa y la del este, adonde la suerte los había arrojado! Allí no había muralla de granito, ni escollos en el mar, ni siquiera arena en la playa. El bosque formaba el litoral y sus últimos árboles, azotados por las olas, inclinaban sus ramas sobre las aguas. No era un litoral como la naturaleza suele formarlo habitualmente, ya extendiendo una vasta alfombra de arena, ya agrupando rocas y rocas, sino una linde admirable formada por los árboles más hermosos del mundo.

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La orilla estaba tan elevada que dominaba el nivel de las grandes mareas y en todo aquel suelo lujuriante, sostenido por una base de granito, las espléndidas superficies forestales parecían tan sólidamente arraigadas como las que se agrupaban en el interior de la isla.

Los colonos se encontraban entonces en la escotadura de una pequeña cala insignificante, que no habría podido contener dos o tres barcos pescadores y que servía de desembocadura al nuevo arroyo; pero las aguas, en vez de entrar en el mar por una pendiente suave, caían en él desde una altura de más de cuarenta pies, lo cual explicaba por qué a la hora de la marea esta no se había hecho sentir a la distancia correspondiente en el arroyo. En efecto, las mareas del Pacífico, aun en su mayor elevación, jamás podían llegar al nivel del río, cuyo lecho formaba una especie de piso superior y sin duda tendrían que transcurrir millones de años antes de que las aguas hubiesen podido roer aquella parte de granito y abrir una desembocadura practicable. Así, de común acuerdo se dio a aquella corriente de agua el nombre de río de la Cascada.

Más allá, hacia el norte, la linde del bosque se prolongaba por espacio de una o dos millas; después disminuían los árboles y por último, se dibujaban alturas muy pintorescas, siguiendo una línea casi recta, que corría en dirección norte y sur. Al contrario, en toda la parte del litoral comprendida entre el río de la Cascada y el promontorio del Reptil, no había más que una gran selva de árboles magníficos, unos rectos, otros inclinados, cuyas raíces eran bañadas por las largas ondulaciones del mar. Ahora bien, hacia aquella costa, o lo que es lo mismo hacia toda la península Serpentina, debía continuar la exploración, porque aquella parte del litoral ofrecía refugios, que la otra, árida e inhospitalaria, habría negado evidentemente a cualquier náufrago.

El tiempo era bueno y desde lo alto de un peñasco, donde Nab y Pencroff dispusieron el almuerzo, podía extenderse la vista bastante lejos. El horizonte estaba perfectamente claro y no se divisaba una vela en el mar, ni en todo el litoral ni en todo el alcance de la vista había indicios de buque, ni restos de naufragio. El ingeniero no creía poder decidirse todavía sobre este punto hasta no haber explorado la costa hasta el extremo mismo de la península Serpentina.

El almuerzo terminó pronto y a las once y media Cyrus Smith dio la señal de marcha. En vez de recorrer la arista de una alta roca o una playa de arena, tuvieron los colonos que seguir la linde de los árboles, ya que estos formaban el litoral.

La distancia entre el río de la Cascada y el promontorio del Reptil era de doce millas poco más o menos. En cuatro horas, por una playa practicable, los colonos podrían haberla recorrido sin apresurarse mucho, pero necesitaron doble tiempo, porque a cada paso interrumpían su marcha árboles que les obligaban a desviarse, bejucos que tenían que romper, maleza que debían cortar, obstáculos y rodeos que alargaban considerablemente el camino.

A pesar de todo, nada encontraron que revelase un naufragio reciente en aquel sitio. Es verdad, como observó Gédéon Spilett, que el mar había podido arrastrarlo todo a su seno y que por el hecho de no encontrarse vestigio alguno, no podía deducirse que no hubiera sido arrojado ningún buque a la costa occidental de la isla Lincoln.

El razonamiento del periodista era justo y por otra parte el incidente del grano de plomo probaba de manera irrecusable que tres meses antes, al máximo, se había disparado un tiro de fusil en la isla.

Eran las cinco de la tarde y los colonos estaban todavía a dos millas del extremo de la península Serpentina. Indudablemente después de llegar al promontorio del Reptil, Cyrus Smith y sus compañeros no tendrían tiempo de volver antes de anochecer al campamento establecido junto a las fuentes del río de la Merced; de aquí la necesidad de pasar la noche en el promontorio mismo. Pero no faltaban provisiones, circunstancia afortunada, pues no habían visto los colonos caza alguna en la linde por donde caminaban, que al fin y al cabo no era más que una costa. Pululaban por el contrario en ella las aves, jacamaras, curucús, tragopanes, tetraos, loros, cacatúas, faisanes, palomas y cien otras especies. No había árbol que no tuviera nido, ni nido donde no aletearan las avecillas.

Hacia las siete de la tarde, los colonos, abrumados de cansancio, llegaron al promontorio del Reptil, especie de voluta extraña destacada sobre el mar. Allí concluía el bosque que formaba la ribera de la península y el litoral en toda la parte sur recobraba su aspecto acostumbrado de costa, con sus rocas, sus arrecifes y su playa arenosa. Era posible que un buque desamparado hubiera venido a chocar en aquel sitio, pero iba entrando la noche y era preciso dejar la exploración para el día siguiente.

Pencroff y Harbert se apresuraron a acondicionar un sitio para establecer el campamento. Los últimos árboles de los bosques del Far-West venían a morir en aquella punta y entre ellos, el joven observó varios bosquecillos espesos de bambúes.

—¡Caramba! —exclamó el muchacho—. Este sí que es un descubrimiento precioso.

—¿Precioso? —preguntó Pencroff.

—Sin duda —repuso Harbert—. Debes saber, Pencroff, que la corteza de bambú, cortada en tiras flexibles, sirve para hacer cestas y canastillos; que, reducida a pasta y macerada, sirve para hacer el papel de China; que los tallos, según su grueso, dan bastones, tubos de pipa y conductos para las aguas; que los grandes bambúes constituyen excelentes materiales de construcción, ligeros, sólidos y libres de insectos, que nunca los atacan. Además, serrando los bambúes junto a los nudos y conservando el tabique transversal que forma cada nudo, se obtienen vasos sólidos y cómodos, que se usan mucho entre los chinos. Pero nada de esto te interesaría…

—¿Por qué?

—Porque sí, pero añadiré que en India se comen los bambúes a guisa de espárragos.

—¡Espárragos de treinta pies! —exclamó el marino—. ¿Y son buenos?

—Excelentes —contestó Harbert—; solo que no son los tallos de treinta pies los que se comen, sino los tiernos renuevos.

—¡Perfectamente, hijo mío, perfectamente! —dijo Pencroff.

—Además, la médula de esos renuevos, conservados en vinagre, forma un condimento muy apreciado.

—Mejor que mejor, Harbert.

—Y, en fin, esos bambúes exudan entre sus nudos un licor azucarado, del cual puede hacerse una bebida muy agradable.

—¿Y nada más? —preguntó el marino.

—Nada más.

¿Y, por casualidad, eso no se fuma?

—Eso no se fuma, amigo Pencroff.

Harbert y el marino no tardaron en encontrar un sitio para pasar la noche. Las rocas de la playa, muy divididas, porque debían hallarse violentamente azotadas por el mar bajo la influencia de los vientos del sudoeste, presentaban cavidades que les permitirían dormir al abrigo de la intemperie. Pero en el momento en que se disponían a penetrar en una de aquellas grietas, les detuvieron unos rugidos.

—¡Atrás! —exclamó Pencroff—. No tenemos más que perdigones en los fusiles y los perdigones para animales como los que se oyen rugir serían como granos de sal.

El marino, asiendo a Harbert por el brazo, le llevó al abrigo de las rocas en el momento en que un magnífico animal se mostró en la boca de la caverna.

Era un jaguar del tamaño de sus congéneres de Asia, es decir, que medía más de cinco pies, desde el extremo de la cabeza hasta el nacimiento del rabo. Su pelaje leonado, rayado de manchas negras regularmente espaciadas, contrastaba con el pelo blanco de su vientre. Harbert reconoció en él a ese feroz rival del tigre, mucho más temible que el puma, rival del lobo.

El jaguar dio un paso, miró en torno suyo, con el pelo erizado y la vista encendida, como si no fuera aquella la primera vez que veía al hombre.

En aquel momento el periodista doblaba las altas rocas y Harbert, creyendo que no había visto al jaguar, hizo un movimiento para lanzarse hacia él; pero Gédéon Spilett le detuvo haciéndole una seña con la mano y continuó adelante. No era el primer tigre que encontraba y llegando hasta diez pasos del animal, se quedó inmóvil después de haberse echado la carabina a la cara y sin que se alterase ninguno de sus músculos.

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El jaguar se recogió sobre sí mismo y saltó sobre el cazador; pero en aquel momento una bala le hirió entre los dos ojos y cayó muerto.

Harbert y Pencroff se precipitaron hacia el jaguar. Nab y Cyrus Smith acudieron también y permanecieron por algunos momentos contemplando el animal tendido en el suelo, cuya magnífica piel debía servir de adorno en el salón del Palacio de granito.

—¡Señor Spilett, le admiro y le envidio! —exclamó Harbert en un acceso de entusiasmo muy natural.

—Gracias, muchacho —dijo el periodista— pero tú hubieras hecho otro tanto.

—¿Yo? No tendría semejante serenidad.

—Figúrate que un jaguar es una liebre y le tiras lo más tranquilamente que se puede tirar.

—¡Claro! —respondió Pencroff—; todo consiste en figurarse eso.

—Y ahora —dijo Gédéon Spilett—, puesto que el jaguar ha abandonado su cueva, no veo inconveniente, amigos, en que la ocupemos por esta noche.

—¡Pero pueden venir otros! —dijo Pencroff.

—Bastará encender una hoguera a la entrada de la caverna —dijo el corresponsal— y no se atreverán a asomarse a la boca.

—¡Vamos, a la casa de los jaguares! —dijo el marino arrastrando en pos de sí el cadáver del animal.

Los colonos se dirigieron a la cueva abandonada y mientras Nab desollaba el jaguar, sus compañeros amontonaban a la entrada gran cantidad de leña seca, que les suministró el bosque.

Cyrus Smith vio entonces el bosquecillo de bambúes y cortó una buena cantidad, con la que aumentó el combustible de la hoguera. Hecho esto, se instalaron todos en la gruta, cuya arena estaba sembrada de huesos de animales. Cargaron las armas, para el caso de una agresión repentina; se cenó y cuando llegó el momento de descansar, se dio fuego al montón de leña apilado a la entrada de la caverna.

Inmediatamente estallaron unas detonaciones en el aire. Eran los bambúes, que chisporroteaban como fuegos artificiales. Aquel ruido habría bastado para espantar a las fieras más audaces.

Ese medio de producir vivas detonaciones no era invención de Cyrus, porque, según Marco Polo, los tártaros lo empleaban desde hace siglos para alejar de sus campamentos las fieras del Asia central.

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