Parte 1 Capítulo 03 - Ha desaparecido Ciro Smith

Enviado por Francisco J. Calzado el Vie, 19/04/2019 - 19:32

Ha desaparecido Ciro Smith.

Las cinco de la tarde – El que falta – La desesperación de Nab – Búsqueda por el norte – El islote – Una triste noche de angustia – La niebla de la mañana – Nab a nado – Vista de la tierra – Cruce a pie del canal

Parte 1 Capítulo 3

Un golpe de mar se había llevado al ingeniero a través de las mallas de la red, que habían cedido. Su perro había desaparecido también. El fiel animal se había precipitado voluntariamente para socorrer a su amo.

—¡Adelante! —gritó el reportero.

Y los cuatro —Gedeon Spilett, Harbert, Pencroff y Nab—, olvidando agotamiento y fatigas, emprendieron la búsqueda.

El pobre Nab lloraba de rabia y de desesperación a la vez, al pensar que había perdido todo lo que quería en el mundo.

No habían transcurrido dos minutos entre el momento en que Cyrus Smith había desaparecido y el instante en que sus compañeros habían tomado tierra. Estos podían, pues, tener esperanzas de llegar a tiempo para salvarlo.

—¡Busquemos! ¡Busquemos! —gritó Nab.

—¡Sí, Nab! —contestó Gedeon Spilett—. ¡Y lo encontraremos!

—¿Vivo?

—¡Vivo!

—¿Sabe nadar? —preguntó Pencroff.

—¡Sí! —respondió Nab—. Y además, está Top…

El marino, oyendo cómo rugía el mar, meneó la cabeza.

En el lado norte de la costa, y aproximadamente a media milla del lugar donde los náufragos acababan de aterrizar, era donde el ingeniero había desaparecido. Si había podido alcanzar el punto más cercano del litoral, era, pues, a media milla como máximo donde debía estar situado ese punto.

Eran cerca de las seis en ese momento. La bruma acababa de caer y hacía que la noche fuese muy oscura. Los náufragos caminaban siguiendo hacia el norte la costa este de esa tierra a la que el azar los había llevado, una tierra desconocida cuya situación geográfica ni siquiera podían sospechar. Hollaban con los pies un suelo arenoso, mezclado con piedras, que parecía desprovisto de toda clase de vegetación. Ese suelo, tremendamente desigual, muy escabroso, estaba en algunas partes acribillado de pequeños hoyos que dificultaban mucho la marcha. De esos agujeros no paraban de salir grandes pájaros de vuelo pesado que huían en todas direcciones y a los que la oscuridad impedía ver. Otros, más ágiles, se elevaban en bandadas y pasaban como nubes. Al marino le parecía reconocer gaviotas y golondrinas de mar, cuyos silbidos agudos luchaban con los rugidos del mar.

De cuando en cuando, los náufragos se detenían, llamaban a voz en grito y prestaban atención por si se oía llegar alguna llamada por el lado del océano. Debían de pensar, lógicamente, que si hubieran estado cerca del lugar donde el ingeniero había podido aterrizar, los ladridos del perro Top, en caso de que Cyrus Smith no se hubiera hallado en condiciones de dar señales de vida, habrían llegado hasta ellos. Pero ningún grito destacaba sobre el rugido de las olas y el chapaleteo del agua. Así que la pequeña comitiva continuaba avanzando y registraba hasta las más pequeñas anfractuosidades del litoral.

Tras un recorrido de veinte minutos, los cuatro náufragos fueron súbitamente detenidos por un borde espumeante de olas. El terreno sólido se había acabado. Se encontraban en el extremo de una punta aguda, contra la cual el mar rompía con furia.

—Es un promontorio —dijo el marino—. Debemos volver sobre nuestros pasos caminando por la derecha y así llegaremos a tierra firme.

—Pero ¿y si está ahí? —repuso Nab señalando las enormes olas, cuya blanca espuma resplandecía en la oscuridad.

—¡Pues llamémoslo!

Y todos, uniendo sus voces, lanzaron una llamada vigorosa a la que nada respondió. Esperaron un recalmón. Llamaron de nuevo. Nada tampoco.

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Los náufragos regresaron entonces, siguiendo el lado opuesto del promontorio, sobre un suelo igualmente arenoso y pedregoso. Sin embargo, Pencroff observó que el litoral era más acantilado, que el terreno subía, y supuso que debía de ir a dar, por una pendiente bastante alargada, a una costa alta cuya masa se perfilaba confusamente en la oscuridad. Los pájaros abundaban menos en esa orilla. El mar también se mostraba menos tumultuoso, menos ruidoso, e incluso se observaba que la agitación de las olas disminuía sensiblemente. Apenas se oía el ruido de la resaca. Sin duda, ese lado del promontorio formaba una ensenada semicircular, protegida por su aguda punta del oleaje del mar abierto.

Pero, siguiendo esa dirección, caminaban hacia el sur, y eso significaba alejarse de la porción de la costa a la que Cyrus Smith había podido acceder. Después de un recorrido de una milla y media, el litoral todavía no presentaba ninguna curva que permitiera regresar hacia el norte. Sin embargo, ese promontorio por cuya punta habían dado la vuelta debía estar forzosamente unido a tierra firme. Los náufragos, pese a haberse quedado sin fuerzas, seguían andando sin desanimarse, esperando encontrar en todo momento algún brusco recodo que volviera a situarlos en la dirección inicial.

Cuál no sería, pues, su decepción cuando, tras haber recorrido unas dos millas, se vieron una vez más detenidos por el mar sobre una punta bastante elevada y de piedras resbalosas.

—Estamos en un islote —dijo Pencroff— y lo hemos recorrido de un extremo a otro.

La observación del marino era correcta. Los náufragos habían ido a parar no a un continente, ni siquiera a una isla, sino a un islote que no medía más de dos millas de longitud y cuya anchura era manifiestamente poco considerable.

Ese islote árido, sembrado de piedras, sin vegetación, refugio desolado de algunas aves marinas, ¿formaba parte de un archipiélago más importante? No podían afirmarlo. Cuando los pasajeros del globo, desde la barquilla, habían entrevisto la tierra a través de la bruma, no habían podido reconocer suficientemente su importancia. Sin embargo, a Pencroff, con sus ojos de marino acostumbrados a penetrar la sombra, en ese momento le parecía distinguir al oeste unas masas confusas que anunciaban una costa elevada.

Pero, debido a esa oscuridad, no podían determinar a qué sistema, simple o complejo, pertenecía el islote. Tampoco podían abandonarlo, puesto que el mar lo rodeaba. Era preciso, pues, posponer para el día siguiente la búsqueda del ingeniero, que, desgraciadamente, no había manifestado su presencia mediante ningún grito.

—El silencio de Cyrus no demuestra nada —dijo el reportero—. Puede estar inconsciente, herido, incapacitado para contestar momentáneamente, pero no desesperemos.

El reportero expresó entonces la idea de encender en un punto del islote una fogata que pudiera servirle de señal al ingeniero. Pero buscaron en vano leña o broza seca. Arena y piedras era todo lo que había.

Cabe imaginar lo que debió de ser el dolor de Nab y de sus compañeros, que se habían encariñado vivamente con el intrépido Cyrus Smith. Resultaba de todo punto evidente que en ese momento eran impotentes para socorrerlo. Había que esperar a que se hiciera de día. O el ingeniero había podido salvarse solo y ya había encontrado refugio en un punto de la costa, o estaba perdido para siempre.

Fueron unas horas largas y penosas las que tuvieron que pasar. El frío era penetrante. Los náufragos sufrieron cruelmente, pero apenas se daban cuenta. Ni siquiera se les ocurrió tomarse un instante de descanso. Olvidándose de eso por su jefe, confiando, deseando no dejar de confiar, caminaban arriba y abajo por ese islote árido y regresaban incesantemente a la punta norte, allí donde debían de estar más cerca del lugar de la catástrofe. Escuchaban, gritaban, trataban de sorprender alguna llamada, y sus voces debían de transmitirse a lo lejos, pues reinaba cierta calma en la atmósfera y los ruidos del mar empezaban a disminuir junto con la marejada.

Uno de los gritos de Nab incluso pareció, en un momento dado, reproducirse a modo de eco. Harbert se lo señaló a Pencroff, y añadió:

—Eso demostraría que hay al oeste una costa bastante cercana.

El marino hizo un signo afirmativo. Por lo demás, sus ojos no podían engañarlo. Si él había distinguido, por poco que fuera, tierra ahí, es que ahí había tierra.

Pero ese eco lejano fue la única respuesta provocada por los gritos de Nab, y en toda la parte este del islote la inmensidad permaneció silenciosa.

Sin embargo, poco a poco el cielo se despejaba. Hacia medianoche empezaron a brillar algunas estrellas, y si el ingeniero hubiera estado allí, junto a sus compañeros, habría podido observar que esas estrellas no eran las del hemisferio boreal. La estrella Polar no aparecía en ese nuevo horizonte, las constelaciones cenitales no eran las que acostumbraba a observar en la parte norte del nuevo continente, y la Cruz del Sur resplandecía en esos momentos en el polo austral del mundo.

La noche pasó. Hacia las cinco de la mañana del 25 de marzo, las alturas del cielo se aclararon ligeramente. El horizonte seguía aún oscuro, pero, con los primeros albores del día, una bruma opaca se elevó del mar, de tal modo que el radio visual no podía extenderse a más de una veintena de pasos. La niebla formaba gruesas volutas que se desplazaban pesadamente.

Era un contratiempo. Los náufragos no podían distinguir nada a su alrededor. Mientras las miradas de Nab y del reportero se proyectaban sobre el océano, el marino y Harbert buscaban la costa al oeste. Pero ni un trozo de tierra resultaba visible.

—Da igual —dijo Pencroff—, aunque no vea la costa, la siento… Está ahí… ahí… ¡tan seguro como que ya no estamos en Richmond!

Pero la niebla no tardaría en levantarse. No era más que una neblina de buen tiempo. Un buen sol calentaba sus capas superiores, y ese calor llegaba tamizado hasta la superficie del islote.

En efecto, hacia las seis y media, tres cuartos de hora después de la salida del sol, la bruma se hacía más transparente. Se espesaba por arriba, pero se disipaba por abajo. No tardó en aparecer el islote, como si hubiera bajado de una nube; luego, el mar se mostró siguiendo un plano circular, infinito al este, pero limitado al oeste por una costa elevada y abrupta.

¡Sí, la tierra estaba ahí! Ahí, la salvación asegurada, provisionalmente al menos. Entre el islote y la costa, separados por un canal de media milla de ancho, una corriente rapidísima discurría ruidosamente.

No obstante, uno de los náufragos, siguiendo únicamente los dictados de su corazón, se precipitó de inmediato a la corriente sin pedir opinión a sus compañeros, sin siquiera decir una sola palabra. Era Nab. Estaba impaciente por estar en esa costa y seguirla hacia el norte. Nadie habría podido retenerlo. Pencroff lo llamó, pero en vano. El reportero se disponía a seguir a Nab.

Pencroff, acercándose a él, le preguntó entonces:

—¿Quiere cruzar ese canal?

—Sí —respondió Gedeon Spilett.

—Pues espere, hágame caso —dijo el marino—. Nab se bastará y se sobrará para socorrer a su señor. Si nos adentráramos en ese canal, nos arriesgaríamos a ser arrastrados mar adentro por la corriente, que es de una violencia extrema. Pero, si no me equivoco, es una corriente de reflujo. Mire, la marea desciende por la arena. Tengamos, pues, paciencia, y es posible que durante la bajamar podamos vadearlo.

—Tiene razón —contestó el reportero—. Separémonos lo menos posible.

Mientras tanto, Nab luchaba con vigor contra la corriente. La atravesaba en dirección oblicua. Se veían sus negros hombros emerger a cada brazada. Derivaba a una gran velocidad, pero también avanzaba hacia la costa. Esa media milla que separaba el islote de la tierra, tardó más de media hora en recorrerla, y llegó a la orilla varios miles de pies más allá del lugar que quedaba frente al punto de donde había partido.

Nab tocó tierra firme al pie de una alta muralla de granito y se sacudió enérgicamente; luego, corriendo, desapareció enseguida detrás de una punta rocosa que se adentraba en el mar, más o menos a la altura del extremo septentrional del islote.

Los compañeros de Nab habían seguido con angustia su audaz tentativa y, cuando quedó fuera de su campo de visión, dirigieron la mirada a esa tierra a la que iba a pedir refugio, al tiempo que comían algunos moluscos que sembraban la arena. Era una comida frugal, pero comida al fin y al cabo.

La costa opuesta formaba una vasta bahía que terminaba, al sur, en una punta muy aguda, desprovista de toda vegetación y de aspecto muy salvaje. Esa punta iba a unirse al litoral trazando un dibujo bastante caprichoso y se apoyaba en altas rocas graníticas. Hacia el norte, por el contrario, la bahía, ensanchándose, formaba una costa más redondeada que corría del sudoeste al nordeste y terminaba en un cabo afilado. Entre esos dos puntos extremos, en los que se apoyaba el arco de la bahía, la distancia podía ser de ocho millas. El islote, a media milla de la orilla, ocupaba una estrecha franja de mar y parecía un enorme cetáceo representado a un tamaño muy ampliado. En su parte más ancha no sobrepasaba un cuarto de milla.

Frente al islote, el litoral lo ocupaba, en primer plano, una playa de arena sembrada de rocas negruzcas, que en ese momento de marea descendente iban reapareciendo poco a poco. En segundo plano destacaba una especie de cortina granítica, cortada a pico y coronada por una caprichosa cresta a una altura de trescientos pies como mínimo. Se perfilaba así a lo largo de tres millas y terminaba bruscamente a la derecha en un lienzo que parecía cortado por una mano humana. A la izquierda, en cambio, sobre el promontorio, esa especie de acantilado irregular, que se desgranaba en fragmentos prismáticos y estaba constituido de rocas amontonadas como consecuencia de desprendimientos, descendía formando una rampa alargada que se confundía poco a poco con las rocas de la punta meridional.

Sobre la meseta superior de la costa, ningún árbol. Era una meseta limpia, como la que domina Ciudad de El Cabo, en el cabo de Buena Esperanza, pero de proporciones más reducidas. Por lo menos ese aspecto presentaba vista desde el islote. Sin embargo, la vegetación no faltaba a la derecha, detrás del lienzo cortado. Se distinguía fácilmente la masa confusa de grandes árboles, cuyo arracimamiento se prolongaba más allá de los límites de la mirada. Esa vegetación alegraba la vista, sumamente entristecida por las ásperas líneas del paramento de granito.

Por último, al fondo de todo y por encima de la meseta, en dirección noroeste y a una distancia de siete millas como mínimo, resplandecía un pico blanco que recibía los rayos solares. Era un sombrero de nieve sobre la cima de algún monte lejano.

No podían, por lo tanto, pronunciarse sobre la cuestión de saber si aquella tierra formaba una isla o pertenecía a un continente. Pero, ante la visión de esas rocas convulsionadas que se amontonaban a la izquierda, un geólogo no habría dudado en atribuirles un origen volcánico, pues indiscutiblemente era producto de un trabajo plutónico.

Gedeon Spilett, Pencroff y Harbert observaban atentamente esa tierra en la que quizá iban a vivir largos años, ¡en la que incluso morirían, si no se encontraba en las rutas de los barcos!

—Bueno, Pencroff, ¿qué te parece? —preguntó Harbert.

—Bueno —contestó el marino—, tiene ventajas e inconvenientes, como todo. Ya veremos. Por el momento, el reflujo empieza a notarse. Dentro de tres horas, intentaremos pasar, y una vez allí trataremos de salir del apuro y de encontrar al señor Smith.

Pencroff no se había equivocado en sus previsiones. Tres horas más tarde, con la bajamar, la mayor parte de la arena que formaba el lecho del canal se hallaba al descubierto. Solo quedaba entre el islote y la costa un estrecho canalizo que sin duda sería fácil cruzar.

En efecto, hacia las diez, Gedeon Spilett y sus dos compañeros se quitaron la ropa, la pusieron doblada sobre su cabeza y se aventuraron por el canalizo, cuya profundidad no sobrepasaba los cinco pies. Harbert, al que el agua habría cubierto, nadaba como un pez y se las arregló de maravilla. Los tres llegaron sin dificultad al litoral opuesto. Una vez allí, se secaron rápidamente al sol y volvieron a ponerse la ropa, que habían preservado del contacto con el agua, antes de deliberar.

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