Parte 2 Capítulo 17 - El «salvaje» cuenta su pasada vida de criminal

Enviado por Francisco J. Calzado el Dom, 21/04/2019 - 20:52

El «salvaje» cuenta su pasada vida de criminal

Siempre a distancia. — Una petición del desconocido. — La granja establecida en el corral. — ¡Son doce años! — El contramaestre del Britannia. — Abandono en la Isla Tabor. — La mano de Cyrus Smith. — El documento misterioso.

Parte 2 Capítulo 17

Estas últimas palabras justificaban los presentimientos de los colonos. Había en la vida de aquel infeliz algún funesto pasado, expiado quizá a los ojos de los hombres, pero del cual su conciencia no le había absuelto todavía. En todo caso, el culpado tenía remordimientos, se arrepentía y sus nuevos amigos habían estrechado cordialmente aquella mano que le pedían, pero él se creía indigno de tenderla a hombres honrados. Sin embargo, después de la escena del jaguar, no volvió al bosque y desde aquel día no dejó ya el recinto del Palacio de granito.

¿Cuál era el misterio de aquella existencia? ¿Hablaría el desconocido por fin? Solo el futuro podría decirlo. De todos modos, se acordó no excitarlo a revelar su secreto y que se viviría con él como si nada se hubiera sospechado.

Durante algunos días la vida común continuó siendo lo que había sido hasta entonces. Cyrus Smith y Gédéon Spilett trabajaban juntos, unas veces como químicos, otras como físicos. El periodista se separaba del ingeniero solo para cazar con Harbert, porque no habría sido prudente dejar al muchacho correr solo por el bosque y había que estar alerta. En cuanto a Nab y Pencroff, un día en los establos o en el corral, otros en la dehesa, sin contar las tareas del Palacio de granito, siempre tenían que hacer.

El desconocido trabajaba retirado de todos, había vuelto a su existencia habitual, no asistiendo a las comidas, durmiendo bajo los árboles de la meseta y evitando a sus compañeros como si realmente la sociedad de los que le habían salvado fuese insoportable.

—Pero entonces —observaba Pencroff—, ¿por qué ha pedido auxilio a sus semejantes? ¿Por qué ha tirado ese papel al mar?

—Él nos lo dirá —respondía invariablemente Cyrus Smith.

—¿Cuándo?

—Quizá más pronto de lo que cree, Pencroff.

En efecto, el día de la confesión estaba próximo.

El 10 de diciembre, una semana después de su vuelta al Palacio de granito, Cyrus Smith vio acercarse al desconocido, el cual, con voz tranquila y tono humilde, le dijo:

—Señor, tengo que pedirle un favor.

—Diga —le contestó el ingeniero—, pero antes permítame decirle una cosa.

Al oír estas palabras, el desconocido se ruborizó e hizo ademán de retirarse. Cyrus Smith comprendió lo que pasaba en su interior, temía que le interrogase sobre su vida pasada. El ingeniero, deteniéndolo por la mano, le dijo:

—Todos los que aquí estamos somos no solo sus compañeros, sino también sus amigos. Deseaba decirle esto, ahora estoy dispuesto a escucharle.

El desconocido se pasó las manos por los ojos. Estaba poseído de una especie de temblor general y permaneció algunos instantes sin poder articular una sola palabra.

—Señor —dijo al fin—, quisiera que me hiciera un favor.

—¿Cuál?

—A cuatro o cinco millas de aquí, al pie del monte, tienen ustedes una dehesa para los animales domésticos. Alguien tiene que cuidarlos, ¿me permitirá ir a vivir con ellos?

Cyrus Smith miró unos momentos al desdichado con expresión de infinita lástima.

—Amigo —le dijo—, la dehesa no contiene más que establos apenas adecuados para los animales…

—Para mí serán muy buenos.

—Amigo —repitió Cyrus Smith—, no pensamos en contrariarle en nada; si quiere vivir en la dehesa, cúmplase su deseo; de todos modos, siempre será acogido en el Palacio de granito, cuando guste volver a él. Pero, antes de instalarse en la dehesa, es necesario que la adaptemos para que tenga alguna comodidad.

—No hay necesidad, yo estaré bien de cualquier modo.

—Amigo —dijo otra vez Cyrus Smith, que insistía ex profeso en darle aquel título cordial—, déjenos decidir lo que debemos hacer en este asunto.

—Gracias, señor —respondió el desconocido, retirándose.

El ingeniero participó inmediatamente a sus compañeros la proposición que le había hecho y se acordó construir en la dehesa una alquería de madera lo más cómoda posible.

El mismo día los colonos pasaron a la dehesa con las herramientas necesarias y antes de acabarse la semana, estaba dispuesta la vivienda para recibir a su huésped. Construida a unos veinte pasos de los establos, sería fácil vigilar desde ella el rebaño de muflones, que contaba más de ochenta cabezas. Se hicieron algunos muebles: cama, mesa, bancos, armario, cofre y se trasladaron municiones y útiles.

Por lo demás, el desconocido no había ido a ver su nueva morada y había dejado a los colonos trabajar en ella mientras él se ocupaba en la meseta, queriendo dar la última mano a su tarea. En efecto, gracias a su actividad, todas las tierras estaban labradas y preparadas para recibir la simiente, cuando llegara el momento oportuno.

El 20 de diciembre se acabaron todas las operaciones de instalación en la dehesa. El ingeniero anunció al desconocido que su vivienda estaba preparada para recibirlo y este respondió que iría a dormir aquella misma noche.

Al atardecer los colonos estaban reunidos en el salón del Palacio de granito; eran las ocho, hora en la cual su compañero debía marcharse a su nueva morada. No queriendo molestarle, imponiéndole con su presencia una despedida que quizá le habría sido penosa, le habían dejado solo y habían subido a la casa.

Hacía pocos instantes que estaban conversando en el salón, cuando sonó un ligero golpe en la puerta y casi al mismo tiempo entró el desconocido, que sin más preámbulos dijo:

—Señores, antes de dejarles conviene que sepan mi historia. Voy a referírsela.

Aquellas palabras causaron viva impresión en Cyrus Smith y sus compañeros.

El ingeniero se levantó y dijo:

—No le preguntamos nada, amigo. Está en su derecho guardando el silencio…

—Mi deber es hablar.

—Siéntese.

—Permaneceré de pie.

—Como guste, estamos dispuestos a oírle —repuso Cyrus Smith.

El desconocido estaba en un rincón de la sala, un poco protegido por la penumbra. Tenía la cabeza descubierta y los brazos cruzados sobre el pecho; y en aquella postura, con voz sorda y como quien se esfuerza para hablar, les hizo el siguiente relato, que no fue interrumpido una sola vez por el auditorio:

—El 20 de diciembre de 1854 un yate de recreo y de vapor, llamado Duncan, perteneciente al lord escocés, lord Glenarvan, echaba el ancla en el cabo Bernouilli, en la costa occidental de Australia, a la altura del paralelo 37. A bordo de aquel yate iban lord Glenarvan, su mujer, un mayor del ejército inglés, un geógrafo francés, una joven y un mancebo, ambos hijos del capitán Grant, cuyo buque, el Britannia, se había perdido un año antes con todo lo que llevaba. El Duncan iba mandado por el capitán John Mangles y tripulado por unos quince hombres de marinería.

La causa de hallarse el yate en aquella época en las costas de Australia era la siguiente:

Seis meses antes el Duncan había encontrado y recogido en el mar de Irlanda una botella que contenía un documento escrito en inglés, en alemán y en francés. Aquel documento decía en síntesis que aún quedaban tres hombres que habían sobrevivido al naufragio del Britannia, el capitán Grant y dos marineros, que habían hallado refugio en una tierra, cuya latitud estaba expresada con claridad, pero cuya longitud era ilegible por hallarse borrada por el agua del mar. La latitud era de 37° 11' austral. Siendo, pues, la longitud desconocida, para encontrar con seguridad la tierra habitada por el capitán Grant y sus dos compañeros de naufragio era necesario seguir el paralelo 37 por todos los continentes y mares.

El almirantazgo inglés no se decidía a emprender la investigación y entonces lord Glenarvan resolvió hacer por su cuenta todo lo posible para hallar al capitán. María y Roberto Grant, hijos del náufrago, se pusieron en relación con el lord. El Duncan fue equipado para una larga campaña, en la cual los hijos del capitán y la familia del lord quisieron tomar parte y el yate, saliendo de Glasgow, se dirigió al Atlántico, pasó el estrecho de Magallanes, subió por el Pacífico hasta la Patagonia, donde, según la primera interpretación del documento, podía suponerse que se hallaba el capitán Grant, prisionero de los indígenas.

El Duncan desembarcó sus pasajeros en la costa occidental de la Patagonia y marchó para recogerlos a la costa oriental, junto al cabo Corrientes.

Lord Glenarvan atravesó la Patagonia siguiendo el paralelo 37; y no habiendo encontrado indicio alguno del capitán, volvió a embarcarse el 13 de noviembre para proseguir sus investigaciones a través del océano.

Después de haber visitado infructuosamente las islas Tristán de Acuña y Amsterdam, situadas en su rumbo, llegó el Duncan, como he dicho, al cabo Bernouilli en la costa de Australia, el 20 de diciembre de 1854.

La intención de lord Glenarvan era atravesar Australia como había atravesado América y desembarcó. A pocas millas de la playa había una granja, perteneciente a un irlandés, que ofreció hospitalidad a los viajeros. Lord Glenarvan manifestó al irlandés los motivos de su viaje y de su llegada a aquel lugar y le preguntó si había oído hablar de un buque inglés de tres palos, llamado Britannia, que se hubiese perdido en la costa de Australia de dos años a aquella fecha.

El irlandés no sabía nada de aquel naufragio; pero, con gran sorpresa de los circunstantes, uno de sus criados intervino y dijo:

—Milord, puede dar gracias a Dios. Si el capitán Grant vive todavía, es indudable que se halla en Australia.

—¿Quién es usted? —preguntó lord Glenarvan.

—Un escocés como usted, milord —respondió aquel hombre— y además, uno de los compañeros del capitán Grant, uno de los náufragos del Britannia.

Aquel hombre se llamaba Ayrton. Era, en efecto, el contramaestre del Britannia, como lo demostraban sus papeles, pero, separado de su capitán en el momento en que el buque se hacía pedazos sobre los arrecifes, había creído hasta entonces que aquel había perecido con toda la tripulación y que él solo había sobrevivido al naufragio.

—Pero —añadió— no es en la costa occidental, sino en la oriental de Australia, donde se perdió el Britannia y si el capitán Grant vive todavía, como lo indica este documento, debe ser prisionero de los indígenas y hay que buscarlo en aquella costa.

Aquel hombre, al hablar así, se expresaba en tono franco, voz segura y mirada serena y nadie puso en duda sus palabras. El irlandés, que le tenía a su servicio desde un año antes, respondía de él. Lord Glenarvan creyó en la lealtad de aquel hombre y por su consejo, resolvió atravesar Australia siguiendo el paralelo 37. Lord Glenarvan, su esposa, los dos hijos del capitán, el mayor, el francés, el capitán Mangles y algunos marineros debían componer la expedición, llevando por guía a Ayrton, mientras el Duncan, a las órdenes del segundo, Tomas Austin, pasaría a Melbourne y esperaría allí las instrucción de lord Glenarvan.

Se pusieron en marcha el 23 de diciembre de 1854.

Ya es hora de decir que aquel Ayrton era un traidor. Había sido contramaestre del Britannia pero a consecuencia de varias disensiones con su capitán, había tratado de sublevar la tripulación para alzarse con el buque y el capitán Grant lo había desembarcado el 8 de abril de 1852 en la costa occidental de Australia y después había seguido su rumbo, abandonando al delincuente como era justo.

Así, pues, aquel miserable no sabía nada del naufragio del Britannia y acababa de enterarse del mismo por la relación de lord Glenarvan. Desde su abandono y bajo el nombre de Ben Joyce se había puesto a la cabeza de una partida de evadidos de presidio; y si sostuvo descaradamente que el naufragio había ocurrido en la costa oriental e indujo a lord Glenarvan a tomar aquella dirección, fue porque esperaba apoderarse del Duncan y convertirse en pirata del Pacífico.

El desconocido se calló un momento; su voz temblaba, pero prosiguió su narración cu estos términos:

—La expedición se puso en marcha y atravesó Australia, como es de suponer infructuosamente, pues Ayrton o Ben Joyce, como quiera llamársele, la dirigía unas veces precedido y otras seguido de su partida de facinerosos, que había sido avisada del proyecto que su jefe meditaba ejecutar.

Entretanto el Duncan estaba en Melbourne reparando sus averías. Había que obligar a lord Glenarvan a que enviase la orden de salir de aquel puerto y pasara a la costa oriental de Australia, donde sería fácil apresarlo. Ayrton, después de haber llevado la expedición hasta cerca de la costa, haciéndola atravesar bosques desprovistos de todo recurso, obtuvo una carta que se encargó él mismo de llevar al segundo del Duncan, en la cual se le ordenaba que inmediatamente se dirigiese a la bahía de Twofold, en la costa este, es decir, a pocas jornadas del sitio donde la expedición se había detenido. Allí Ayrton había dado cita a sus cómplices.

En el momento en que iba a entregarle la carta, el traidor fue descubierto y no tuvo más remedio que huir; pero, como aquella carta debía poner el Duncan en su poder, resolvió obtenerla a toda costa y en efecto, logró apoderarse de ella, llegando a Melbourne dos días después.

Hasta entonces se habían realizado los odiosos proyectos del criminal. Iba a conducir el Duncan a aquella bahía de Twofold, donde sería fácil a los bandidos capturarlo; y una vez asesinada la tripulación, Ben Joyce se haría dueño de aquellos mares. Pero Dios debía detenerlo, antes del desenlace de sus funestos designios.

Al llegar a Melbourne, entregó la carta al segundo, Tomas Austin, que, al leerla, mandó aparejar inmediatamente para salir del puerto; pero imagínense cuál sería el despecho y la cólera de Ayrton cuando, a la mañana siguiente de su salida, supo que el teniente conducía el buque no a la costa oriental de Australia y bahía de Twofold, sino a la costa oriental de Nueva Zelanda. Quiso oponerse a que continuara este rumbo, pero Austin le enseñó la carta… y en efecto, por un error providencial del geógrafo francés que la había redactado, era la costa este de Nueva Zelanda y no la de Australia la designada como nuevo destino del buque.

Con esto todos los planes de Ayrton se frustraban; trató de sublevarse y lo encerraron; así llegó a la costa de Nueva Zelanda sin saber lo que había sido de sus cómplices ni de lord Glenarvan.

El Duncan anduvo por aquella costa hasta el 3 de marzo. Aquel día Ayrton oyó varios cañonazos; eran las carronadas del Duncan, que hacían salvas y en breve llegaron a bordo lord Glenarvan y los suyos.

Había pasado lo siguiente:

Lord Glenarvan, después de mil fatigas y peligros, había podido terminar el viaje y llegar a la bahía de Twofold, en la costa oriental de Australia. No hallando allí el Duncan, telegrafió a Melbourne y le respondieron: «Duncan salió 18 del corriente; destino, desconocido».

En vista de esta contestación, lord Glenarvan sospechó que su yate había caído en poder de Ben Joyce, convirtiéndose en barco de piratas. No quiso, sin embargo, abandonar la partida. Era hombre intrépido y se hizo llevar a la costa occidental de Nueva Zelanda; la atravesó siguiendo el rastro del capitán Grant; pero, al llegar a la costa oriental, con gran sorpresa suya y por disposición divina, encontró al Duncana las órdenes de su teniente, que le esperaba hacía cinco semanas.

Era el 3 de marzo de 1855. Lord Glenarvan estaba, pues, a bordo del Duncan, pero también estaba Ayrton. Compareció delante del lord, el cual quiso obtener de él todo lo que pudiese saber acerca del capitán Grant, pero Ayrton se negó a decir nada. Lord Glenarvan entonces le anunció que en el primer punto donde hiciese escala le entregaría a las autoridades inglesas; Ayrton permaneció mudo.

El Duncan siguió su rumbo recorriendo el paralelo 37. No obstante, lady Glenarvan trató de vencer la resistencia del bandido. En fin, cediendo a su influencia, Ayrton propuso que a cambio de las noticias que pudiera dar, en vez de entregarlo a las autoridades inglesas, lo abandonasen en una isla del Pacífico; y lord Glenarvan dispuesto a todo para saber lo concerniente al capitán Grant, consintió en ello.

Ayrton refirió entonces su vida y su narración puso de manifiesto que nada sabía desde el día en que el capitán Grant le había desembarcado en la costa australiana.

Sin embargo, lord Glenarvan cumplió la palabra que había dado. El Duncan continuó su rumbo y llegó a la isla Tabor; allí sería abandonado Ayrton y allí también, por un verdadero milagro, fueron encontrados el capitán Grant y sus dos hombres, precisamente bajo el paralelo 37. El bandido iba, pues, a reemplazarlos en aquel islote desierto; y en el momento de salir del yate, lord Glenarvan le dirigió estas palabras:

—Aquí, Ayrton, quedará alejado de toda tierra y sin comunicación posible con sus semejantes. No podrá huir de este islote, donde el Duncan le deja; estará solo, bajo la mirada de un Dios que lee en lo más profundo de los corazones, pero no estará ni perdido ni ignorado como estuvo el capitán Grant. Por indigno que sea del recuerdo de los hombres, estos se acordarán de usted; ya que sé dónde está y sabiéndolo, sabré dónde encontrarlo. No le olvidaré jamás.

El Duncan aparejó y desapareció.

Era el 18 de marzo de 1855.

Ayrton estaba solo, pero no le faltaban ni municiones, ni armas, ni instrumentos. El bandido podía disponer de la casa construida por el honrado Grant; no tenía que hacer más que vivir y expiar en la soledad los crímenes que había cometido.

Señores, se arrepintió, se avergonzó de sus crímenes y fue muy desgraciado. Pensó que, si los hombres volvían a recogerlo a aquel islote, debían encontrarlo digno de volver a vivir entre ellos. ¡Cómo sufrió el miserable! ¡Cuánto se esforzó para regenerarse por el trabajo! ¡Cuánto rezó para hacerse otro por la oración!

Durante dos o tres años continuó así, pero después, abatido por su aislamiento, mirando siempre si aparecía algún buque por el horizonte de su isla, se preguntaba si acabaría pronto la expiación, sufrió como nadie ha sufrido jamás. ¡Qué dura es la soledad para un alma roída por el remordimiento!

Pero sin duda el cielo no le consideraba bastante castigado, porque el desdichado sintió poco a poco que se iba convirtiendo en salvaje. El embrutecimiento le iba invadiendo lentamente.

No puedo decir si tardó dos años o cuatro, pero, en fin, llegó a ser el miserable que ustedes encontraron.

No necesito decir a ustedes, señores, que Ayrton o Ben Joyce y yo somos una misma persona.

Cyrus Smith y sus compañeros se habían levantado, al terminar esta narración y habría sido difícil decir hasta qué punto les había conmovido el espectáculo de tanta miseria, tantos dolores y tal desesperación.

—Ayrton —dijo Cyrus Smith—, ha sido usted un criminal, pero sin duda el cielo cree que ha expiado sus crímenes y así lo ha demostrado devolviéndolo a la sociedad de sus semejantes. Ayrton, está perdonado y ahora, ¿quiere ser nuestro compañero?

Ayrton retrocedió unos pasos.

—Esta es mi mano —dijo el ingeniero.

Ayrton se precipitó sobre la mano que le tendía Cyrus Smith y unas lágrimas corrieron por sus mejillas.

—¿Quiere vivir con nosotros? —preguntó de nuevo el ingeniero.

—Señor Smith, déjeme tiempo todavía —contestó Ayrton—, déjeme solo en esa habitación de la dehesa.

—Como desee —repuso Cyrus Smith.

Ayrton iba a retirarse, cuando el ingeniero le dirigió otra pregunta.

—Una palabra más, amigo mío. Puesto que su intención era vivir aislado, ¿por qué echó al mar el documento que nos hizo saber dónde se hallaba?

—¿Un documento? —preguntó Ayrton, que parecía no saber lo que se le preguntaba.

—Sí, el papel encerrado en una botella que nosotros encontramos y que daba la situación exacta de la isla Tabor.

Ayrton se pasó la mano por la frente y después de haber reflexionado, dijo:

—Yo no he echado ningún documento al mar.

—¿Nunca?

—Nunca.

Y Ayrton, haciendo una reverencia, se fue hacia la puerta y se marchó.