Parte 1 Capítulo 16 - Buscan refugio para invernar en la isla

Enviado por Francisco J. Calzado el Vie, 19/04/2019 - 21:52

Buscan refugio para invernar en la isla

Es tratado de nuevo el asunto de la vivienda. — Las fantasías de Pencroff. — Una exploración en el norte del lago. — El linde septentrional de la meseta. — Las serpientes. — El extremo del lago. — Inquietudes de Top. — Top a nado. — Un combate bajo las aguas.

Parte 1 Capítulo 16

Era el 6 de mayo, día que corresponde al 6 de noviembre en los países del hemisferio boreal. Hacía días que el cielo se cubría de brumas y era necesario tomar ciertas disposiciones para pasar el invierno. Sin embargo, la temperatura todavía no había bajado sensiblemente y un termómetro centígrado, trasladado a la isla de Lincoln, habría marcado todavía, por término medio, de diez a doce grados sobre cero. Esta temperatura media no tenía nada de extraordinario, puesto que la isla Lincoln, situada probablemente entre los 35 y 40 grados de latitud, debía hallarse sometida en el hemisferio sur a las mismas condiciones que Sicilia o Grecia en el hemisferio norte. Pero así como en Grecia o en Sicilia se experimentan fríos violentos, que producen nieves y hielo, de la misma manera en la isla Lincoln deberían experimentarlos en el período más riguroso del invierno y contra esta temperatura baja convenía prepararse.

En todo caso, si el frío no amenazaba aún, por lo menos estaba próxima la estación de las nieves y en aquella isla apartada, expuesta a todas las intemperies, en medio del mar Pacífico, los malos tiempos debían ser frecuentes y terribles.

Debían pensar seriamente y resolver la cuestión de una vivienda más cómoda que las Chimeneas.

Pencroff, naturalmente, tenía cierta predilección por aquel retiro por él descubierto; pero se hizo cargo de la necesidad de buscar otro. Las Chimeneas habían recibido la visita del mar en circunstancias que no se habrán olvidado y no podían los colonos exponerse de nuevo a un accidente parecido.

—Por otra parte —añadió Cyrus Smith, que aquel día hablaba de estas cosas con sus compañeros— tenemos algunas precauciones que tomar…

—¿Para qué? La isla no está habitada —dijo el corresponsal.

—Eso creemos —insinuó el ingeniero— aunque no la hemos explorado todavía entera; pero si no hay en ella seres humanos, temo que abunden los animales peligrosos. Conviene, pues, ponerse al abrigo de una posible agresión, para que no sea preciso que uno de nosotros se quede de centinela toda la noche para mantener una hoguera encendida. Además, amigos míos, debemos preverlo todo; estamos aquí en una parte del Pacífico frecuentada a menudo por los piratas malayos.

—¡Cómo! —exclamó Harbert— a esta distancia de toda tierra…

—Sí, hijo mío —contestó el ingeniero—. Estos piratas son tan atrevidos marinos como terribles malhechores y debemos adoptar, por consiguiente, nuestras medidas.

—Pues bien —dijo Pencroff— nos fortificaremos contra las fieras de dos o de cuatro patas. Pero, señor Cyrus, ¿no sería bueno explorar la isla en todas sus partes antes de emprender nada?

—Eso sería mejor —apoyó Gédéon Spilett—; ¿quién sabe si encontraremos en la costa opuesta una de esas cavernas que inútilmente hemos buscado por aquí?

—Es cierto —repuso el ingeniero— pero ustedes olvidan, amigos míos, que conviene establecernos en las inmediaciones de un río y que desde la cima del monte Franklin no hemos visto hacia el oeste ni río ni arroyo alguno. Aquí, por el contrario, nos hallamos situados entre el río de la Merced y el lago Grant, ventaja que no debemos despreciar. Además, esta costa orientada al este no está expuesta como la otra a los vientos alisios que soplan del noroeste en el hemisferio austral.

—Entonces, señor Cyrus —propuso el marino— construiremos una casa a orillas del lago. Ya no nos faltan ladrillos ni instrumentos. Después de haber sido alfareros, fundidores y herreros, sabremos ser albañiles, ¡qué diablo!

—Sí, amigo mío, pero antes de tomar una decisión es preciso buscar. Una vivienda construida por la naturaleza nos ahorraría mucho trabajo y nos ofrecería sin duda un retiro más seguro, porque estaría tan perfectamente defendida contra los enemigos de dentro como contra los de fuera.

—En efecto, Cyrus —dijo el corresponsal—; pero ya hemos examinado toda esa muralla granítica de la costa y no hay en ella ni un agujero ni una hendidura.

—¡Ni una! —añadió Pencroff—. ¡Si hubiéramos podido abrir una cueva en ese muro a cierta altura para ponemos fuera de todo alcance! Ya me figuro, en la fachada que mira al mar, cinco o seis habitaciones…

—¡Con ventanas para darles luz! —dijo Harbert, riéndose.

—Y una escalera para subir —añadió Nab.

—Ustedes se ríen —exclamó el marino— sin motivo. ¿Qué hay de imposible en lo que propongo? ¿No es verdad, señor Cyrus, que hará usted pólvora el día que la necesitemos?

El ingeniero había escuchado al entusiasta Pencroff mientras desarrollaba sus proyectos algo fantásticos. Atacar aquella masa de granito, aun por medio de una mina, era un trabajo hercúleo y ¡lástima que la naturaleza no se hubiera encargado de la parte más dura de la tarea! Pero Smith respondió al marino proponiendo que se examinase más atentamente la meseta desde la desembocadura del río hasta el ángulo que la cerraba al norte.

Salieron, pues y con mucho cuidado hicieron la exploración en una extensión de dos millas poco más o menos, pero en ningún sitio la pared recta y unida presentaba cavidad alguna. Los nidos de las palomas silvestres que revoloteaban en su cima no eran en realidad más que agujeros abiertos en la cresta de la misma y en las esquinas irregularmente formadas de granito.

Era una circunstancia desgraciada y no había que pensar siquiera en atacar aquella masa con el pico o con la pólvora para abrir una vivienda.

La casualidad había hecho que en toda aquella parte del litoral Pencroff descubriese el único asilo provisionalmente habitable, es decir, aquellas Chimeneas que, sin embargo, se trataba de abandonar.

Terminada la exploración, los colonos se hallaban en el ángulo norte de la muralla, donde esta terminaba por una de las pendientes prolongadas, que iban a morir en la playa. Desde aquel sitio hasta su extremo límite al oeste no formaba más que una especie de talud, espesa aglomeración de piedras, de tierra y de arena, unidas por plantas, arbustos y hierbas, e inclinada bajo un ángulo de cuarenta y cinco grados solamente. Acá y allá el granito surgía todavía sobresaliendo con puntas agudas en aquella ribera escarpada. Sobre sus laderas crecían grupos de árboles y una hierba bastante espesa los alfombraba. Pero el esfuerzo vegetal no iba más allá y una gran llanura de arena, que comenzaba al pie del talud, se extendía hasta el litoral.

Cyrus Smith pensó, no sin razón, que por aquel lado debía desaguar el sobrante del lago en forma de cascada. En efecto, era necesario que el exceso de agua del arroyo rojo se perdiese en un punto cualquiera y aquel punto no había sido encontrado todavía por el ingeniero en ninguna parte de las orillas ya exploradas, es decir, desde la desembocadura del arroyo al oeste hasta la meseta de la Gran Vista.

El ingeniero propuso, pues, a sus compañeros la ascensión al talud que tenían delante y la vuelta a las Chimeneas por la parte superior, explorando de paso las orillas septentrional y oriental del lago.

La proposición fue aceptada y en pocos minutos Harbert y Nab llegaron a la meseta superior, siguiéndoles Cyrus Smith, Gédéon Spilett y Pencroff con paso más reposado.

A doscientos pies a través del follaje resplandecía bajo los rayos solares la hermosa extensión de agua; el paisaje era delicioso en aquel sitio. Los árboles de tonos amarillentos se agrupaban maravillosamente para recrear la vista. Algunos enormes troncos de árboles, abatidos por la edad, se destacaban por su corteza negruzca sobre la verde alfombra que cubría el suelo. Allí gritaban una infinidad de cacatúas ruidosas, verdaderos prismas móviles, que saltaban de una rama a otra. Parecía que la luz no llegaba sino descompuesta a través de aquel paraje singular.

Los colonos, en vez de seguir derechos hacia la orilla norte del lago, adelantaron por el extremo de la meseta con el objeto de llegar a la desembocadura del arroyo en su orilla izquierda. El rodeo que tenían que dar no era más que de milla y media, un paseo fácil, porque los árboles muy esparcidos dejaban entre sí un paso libre. Se percibía a primera vista que en aquel límite se detenía la zona fértil, pues allí la vegetación era menos vigorosa que en toda la parte comprendida entre la corriente del arroyo y el río de la Merced.

Cyrus Smith y sus compañeros marchaban con bastante precaución por aquel terreno nuevo para ellos; sus únicas armas consistían en flechas y palos con puntas de hierro agudas y temían las fieras; sin embargo, ninguna se dejó ver en aquel sitio; probablemente frecuentaban con preferencia los espesos bosques del sur.

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Los colonos tuvieron la desagradable sorpresa de ver a Top detenerse ante una serpiente que medía de catorce a quince pies. Nab la mató de un bastonazo; Cyrus Smith examinó el reptil y declaró que no era venenoso, porque pertenecía a la especie de serpientes diamante, de la cual suelen alimentarse los indígenas en la Nueva Gales del Sur; pero era posible que existiesen otras cuya mordedura fuera mortal, como víboras sordas de cola hendida, que atacan al que las pisa, o esas serpientes aladas provistas de dos anillas, que les permiten lanzarse con una rapidez extrema. Top, pasado el primer momento de sorpresa, se puso a cazar reptiles con un encarnizamiento que hacía temer por su vida, por lo cual su amo tenía que llamarle a cada instante.

En breve llegaron a la desembocadura del arroyo Rojo, al punto donde desaguaba en el lago. En la orilla opuesta reconocieron los exploradores el sitio que habían visitado ya al bajar del monte Franklin. Cyrus Smith se cercioró de que el agua que el arroyo suministraba al lago era abundante y por tanto, necesariamente debía haber un lugar por donde la naturaleza hubiese abierto un desagüe para el lago. Había que descubrir aquel desagüe porque sin duda formaba una cascada, cuya fuerza mecánica sería posible utilizar.

Los colonos, marchando a voluntad, pero sin apartarse mucho unos de otros, comenzaron a dar vueltas al lago, cuyas orillas eran muy escarpadas. Las aguas parecían contener abundantísima pesca y Pencroff se propuso construir algunos aparejos de pescar para explotarla.

Fue preciso, ante todo, doblar la punta aguda del nordeste. Hubiera podido suponerse que el desagüe se verificaba en aquel sitio, porque el extremo del lago venía casi a rozar con el de la meseta; pero no sucedía así y los colonos tuvieron que continuar explorando la orilla, que después de una ligera curva bajaba paralelamente al litoral.

Por aquel lado el terreno estaba más despejado, pero algunos grupos de árboles plantados acá y allá añadían nuevos atractivos a lo pintoresco del paisaje. El lago Grant se presentaba entonces a la vista en toda su extensión, sin que el menor soplo de viento rizase la superficie de sus aguas.

Top, penetrando entre la espesura, levantó diversas bandas de aves, a las que Spilett y Harbert saludaron con sus flechas. Uno de aquellos volátiles cayó en medio de las hierbas pantanosas herido por el joven con una flecha disparada con mucha destreza. Top se precipitó hacia él y llevó a los colonos una hermosa ave nadadora, color pizarra, de pie corto, de hueso frontal muy desarrollado, dedos ensanchados por un festón de plumas que los rodeaban y alas orilladas con una raya blanca. Era una fúlica del tamaño de una perdiz, perteneciente a ese grupo de los macrodáctilos, que forma la transición entre el orden de las zancudas y el de las palmípedas; pobre caza y de un gusto que debía dejar mucho que desear. Pero Top sería sin duda menos delicado que sus amos y se convino que la fúlica sirviera para su cena.

Los colonos seguían entonces la orilla oriental del lago; no debían tardar en llegar a la parte ya reconocida. El ingeniero se mostraba muy sorprendido de no ver ningún indicio de desagüe. El corresponsal y el marino hablaban con él y tampoco disimulaban su asombro.

En aquel momento Top, que había estado muy tranquilo hasta entonces, dio señales de agitación. El inteligente animal iba y venía hacia la orilla, se detenía de repente, miraba las aguas y levantaba una pata como si espiase alguna caza invisible; después ladraba con furor como si la divisara y luego callaba.

Ni Cyrus Smith ni sus compañeros pusieron atención al principio en los movimientos de Top, pero los ladridos del animal llegaron a ser tan frecuentes, que intrigaron al ingeniero.

—¿Qué has visto, Top? —preguntó.

El perro dio varios saltos hacia su amo manifestando verdadera inquietud y se lanzó de nuevo hacia la orilla. Después, de repente, se precipitó en el lago.

—¡Aquí, Top! —gritó Cyrus Smith, que no quería dejar a su perro aventurarse en aquellas aguas sospechosas.

—¿Qué es lo que pasa ahí abajo? —preguntó Pencroff examinando la superficie del lago.

Top habrá olfateado algún anfibio —contestó Harbert.

—Algún cocodrilo —dijo el corresponsal.

—No lo creo —replicó Smith—; los cocodrilos solo se encuentran en regiones de altitud menos elevada.

Entretanto Top había acudido a la llamada de su amo y saltado a la orilla, pero no podía permanecer tranquilo. Corría entre las altas hierbas y guiándole su instinto, parecía seguir por la orilla algún objeto invisible sumergido en las aguas del lago. Sin embargo, las aguas estaban tranquilas sin que nada turbara su superficie. Varias veces los colonos se detuvieron junto a la orilla y observaron con atención. Nada se veía: allí había sin duda algún misterio.

El ingeniero estaba muy pensativo.

—Sigamos hasta el fin esta exploración —dijo.

Media hora después habían llegado todos al ángulo sudeste del lago y se hallaban en la misma meseta de la Gran Vista. En aquel punto el examen de las orillas del lago debía considerarse como terminado y sin embargo, el ingeniero no había podido descubrir por dónde ni cómo se desaguaba el sobrante de las aguas.

—Y a pesar de todo, ese desagüe existe —repetía—; y puesto que no es exterior, es preciso que esté abierto en el interior de la masa granítica de la costa.

—¿Pero qué importancia tiene para usted el saber eso, mi querido Cyrus? —preguntó Gédéon Spilett.

—Muy grande —contestó el ingeniero— porque, si el desagüe se hace a través del muro de granito, es posible que se encuentre alguna cavidad fácilmente habitable, después de haber desviado el curso de las aguas.

—¿Pero no es posible, señor Cyrus —observó Harbert— que las aguas se escapen por el fondo mismo del lago y vayan al mar por algún conducto subterráneo?

—Es posible —contestó el ingeniero— y si así sucede, nos veremos obligados a edificar nuestra casa, puesto que la naturaleza no habrá hecho los primeros gastos de construcción.

Los colonos se disponían a atravesar la meseta para volver a las Chimeneas, porque eran ya las cinco de la tarde, cuando Top dio otra vez señales de agitación. Ladraba con furor y antes de que su amo hubiera podido contenerle, se precipitó de nuevo al lago.

Todos corrieron hacia la orilla. El perro estaba a más de veinte pies de distancia y Cyrus Smith le llamaba a grandes voces, cuando una cabeza enorme salió de la superficie de las aguas, que no parecían profundas en aquel sitio.

Harbert conoció inmediatamente la especie de anfibio a que pertenecía aquella cabeza cónica, de ojos grandes, adornada de bigotes de largos pelos sedosos.

—¡Un manatí! —exclamó.

No era un manatí, sino un individuo de esa especie comprendida en el orden de los cetáceos, llamado dugongo, porque sus fosas nasales estaban abiertas en la parte superior del hocico.

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El enorme animal se había precipitado sobre el perro, que en vano quiso evitar el choque dirigiéndose hacia la orilla. Su amo no podía hacer nada por salvarlo y antes que a Gédéon Spilett y a Harbert se les ocurriera armar sus arcos, Top, asido por el dugongo, desaparecía bajo las aguas.

Nab, que tenía su lanza en la mano, quiso arrojarse en auxilio del perro, decidido a atacar al formidable animal hasta en su elemento.

—No, Nab —dijo el ingeniero— deteniendo a su valiente criado.

Entretanto tenía lugar bajo las aguas una lucha inexplicable, porque en aquellas condiciones Top evidentemente no podía resistir; lucha que debía ser terrible por los movimientos de la superficie del agua; lucha, en fin, que no podía terminar sino con la muerte del perro.

Mas, de repente, en medio de un círculo de espuma se vio reaparecer a Top.

Lanzado al aire por una fuerza desconocida, se levantó diez pasos sobre la superficie del lago, cayó en medio de las aguas movidas y pronto llegó a la orilla sin herida grave, milagrosamente salvado.

Cyrus Smith y sus compañeros contemplaban el espectáculo sin comprender la causa; y circunstancia no menos inexplicable: después de haber vuelto Top a tierra, parecía que la lucha continuaba todavía bajo las aguas.

Sin duda el dugongo, atacado por algún poderoso animal, después de haber soltado al perro, combatía con otro enemigo.

Pero aquello no duró largo tiempo. Las aguas se tiñeron de sangre y el cuerpo del dugongo, saliendo entre una capa escarlata que se propagó ampliamente, vino pronto a encallar en una pequeña playa en el ángulo sur del lago.

Los colonos corrieron hacia aquel lugar. El dugongo estaba muerto; era un enorme animal, de quince a dieciséis pies de largo, que debía pesar de tres a cuatro mil libras. Tenía en el cuello una herida, que parecía hecha con una hoja cortante.

¿Qué anfibio había podido con aquel golpe terrible destruir al formidable dugongo? Nadie podía decirlo y muy preocupados por este incidente Cyrus Smith y sus compañeros volvieron a las Chimeneas.

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