Capítulo 10. Una partida de croquet

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 11/04/2022 - 15:00

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Hemos de reconocer que los hermanos Melvill empezaban a contar los días, y pronto empezarían a contar las horas. La cosa no marchaba como ellos deseaban.

El visible aburrimiento de su sobrina, su deseo de estar siempre sola, el poco caso que hacía al sabio Ursiclos, y del cual este se preocupaba menos que ellos mismos, todo era más que suficiente para que su estancia en Oban no fuera nada agradable. No sabían qué idear para romper la monotonía de aquellos días. Vigilaban inútilmente las menores variaciones atmosféricas. Se decían que tan pronto vieran satisfecho su deseo, la señorita Campbell se volvería sin duda más sociable, al menos para con ellos.

Hacía dos días que Elena, más absorta que nunca, se había olvidado incluso de darles los buenos días con un beso como hacía cada mañana, y que les ponía de buen humor para el resto de la jornada.

Pero el barómetro, insensible a las recriminaciones de los dos tíos, no se decidía a pronosticar una modificación del tiempo. Aun cuando diez veces al día daban un ligero golpe al aparato para provocar una oscilación de la columna, la columna no se movía de la misma línea. ¡Oh, estos barómetros!

No obstante, los hermanos Melvill tuvieron una idea. En el mediodía del 11 de agosto, propusieron una partida de croquet a la señorita Campbell, con intención de distraerla, si ello era posible, y, a pesar de que Aristobulus Ursiclos también era de la partida, Elena no rechazó la invitación, aunque solo fuera para tenerlos contentos.

Hemos de decir que tanto el hermano Sam como el hermano Sib se alababan de ser unos campeones en aquel juego. Y en Oban había precisamente un campo para jugar al croquet.

Generalmente sucede que en la mayor parte de las poblaciones de baños existe un emplazamiento, mal o bien nivelado, sea pradera o sea playa, lo cual no prueba tanto la exigencia de los jugadores como su indiferencia o su falta de celo por aquella noble distracción. Pero en Oban había eras no arenosas, sino tapizadas de mullido césped —esto es lo que se llama crokets-grounds—, humedecidas todas las tardes por medio de bombas de riego, apisonadas por las mañanas con rodillos de piedra y suaves como el terciopelo pasado por un laminador. Pequeños trozos de piedra de forma cúbica, al ras del suelo, servían para fijar los piquetes y los arcos. Además, una pequeña zanja de algunas pulgadas de profundidad limitaba cada emplazamiento, rodeando los mil doscientos pies cuadrados necesarios para las operaciones de los jugadores.

Los hermanos Melvill se habían detenido muchas veces contemplando con envidia cómo grupos de jóvenes maniobraban en los campos de croquet. Por esto se sintieron llenos de gozo cuando la señorita Campbell aceptó jugar con ellos, pues sentían la doble satisfacción de distraerla mientras se libraban a su juego favorito, ante un grupo de espectadores que los admiraría. ¡Qué vanidosos!

Aquel día Aristobulus Ursiclos consintió en suspender sus trabajos para hallarse en el campo de juego a la hora fijada. Tenía la pretensión de estar fuerte en croquet tanto en teoría como en la práctica, y lo juzgaba como lo haría un sabio, matemático, calculador, todo tal cual conviene a un cerebro de su especie.

Lo que no acababa de gustar a la señorita Campbell es que le tocara tener a aquel sabio como pareja. Pero no podía ser de otro modo, pues no causaría a sus tíos el disgusto de separarles en la lucha, de oponerles entre sí, ellos que siempre habían vivido tan unidos, de pensamiento y corazón, de cuerpo y alma, y que no jugaban si no era juntos. No, no habría podido hacerlo.

—Señorita Campbell —le dijo Aristobulus Ursiclos, antes de empezar—, estoy muy contento de ser su pareja, y si usted me permite que le explique la causa determinante de algunas tiradas…

—Señor Ursiclos —contestó Elena, llevándole aparte—, hemos de dejar ganar a mis tíos.

—¿Ganar?

—Sí…, sin que lo parezca.

—Pero, señorita Campbell…

—Serían muy desgraciados si perdieran.

—Pero… permítame… —contestó Aristobulus Ursiclos—. Conozco este juego del croquet matemáticamente, y me alabo de ello. He calculado la combinación de las líneas, el valor de las curvas, y me parece que puedo tener la pretensión…

—Yo no tengo más pretensión —contestó la señorita Campbell— que la de complacer a mis adversarios. Además, son muy fuertes en croquet, se lo advierto, y no creo que toda su ciencia pueda competir con su habilidad.

—¡Ya lo veremos! —murmuró Aristobulus Ursiclos, que por ninguna consideración se hubiera dejado ganar voluntariamente, ni que fuera para complacer a la señorita Campbell.

Entretanto, la caja que contenía las bolas, los arcos, los piquetes, las marcas y los mazos, acababa de ser depositada en el campo por el muchacho encargado de este servicio.

Los nueve arcos fueron dispuestos en figura de rombo y fijos en las bases de piedra, y en los extremos de aquél se elevaron los piquetes. El hermano Sam dijo:

—¡A sortear!

Colocaron las marcas en un sombrero y cada uno de los jugadores cogió una al azar.

La suerte dio los siguientes colores a cada uno; una bola y un mazo azul al hermano Sam; una bola y un mazo rojo a Ursiclos; una bola y un mazo amarillo al hermano Sib; una bola y un mazo verde a la señorita Campbell.

—Verde, buena señal, mientras espero el rayo del mismo color —dijo Elena de buen humor.

Al hermano Sam le tocaba empezar, cosa que hizo después de haber aspirado una buena toma de rapé junto con su compañero.

Era digno de verle, con el cuerpo ni demasiado tieso ni demasiado inclinado, con la cabeza ladeada de manera que pudiera golpear la bola en el sitio justo, las manos colocadas una al lado de otra en el mango del mazo, la izquierda un poco más arriba que la derecha, las piernas juntas, las rodillas ligeramente dobladas para contrarrestar el impulso del golpe, el pie izquierdo delante de la bola y el pie derecho un poco echado atrás. Era el verdadero tipo del jugador de croquet.

Entonces el hermano Sam levantó el mazo haciéndole describir suavemente un semicírculo, y golpeó la bola colocada a diez pulgadas del piquete de partida y no tuvo que usar del derecho que le correspondía de empezar por tres veces la misma operación.

Efectivamente, la bola, hábilmente lanzada, pasó por debajo del primer arco, luego del segundo y con otro golpe le hizo pasar por el tercero y no se detuvo hasta haber pasado el cuarto.

Era magnífico para empezar. Por esto un murmullo de admiración corrió entre los espectadores que permanecían de pie en la parte exterior del campo de croquet.

Ahora le tocaba jugar a Aristobulus Ursiclos. Pero no tuvo tanta suerte. Ya fuera por torpeza o por mala suerte, tuvo que empezar por tres veces la operación para hacer pasar la bola por el primer arco, y falló el segundo.

—Es muy probable —dijo a la señorita Campbell— que esta bola no esté bien calibrada. En este caso, el centro de gravedad se coloca excéntricamente y hace que se desvíe de su curso…

—Usted ahora, tío Sib —dijo la señorita Campbell, sin escuchar nada de lo que decía su compañero con explicaciones tan científicas.

El hermano Sib fue digno compañero del hermano Sam. Su bola pasó dos arcos y se detuvo cerca de la bola de Aristobulus Ursiclos, que le sirvió para pasar por el tercero, después de haber chocado con ella; luego volvió a tocar la bola del joven sabio, cuya fisonomía parecía decir: «Yo haré algo mejor». En fin, cuando las dos bolas estuvieron en contacto, puso el pie sobre la suya y con un fuerte golpe de mazo, envió la bola de su adversario a más de sesenta pasos lejos.

Aristobulus Ursiclos tuvo que correr detrás de su bola, pero lo hizo acompasadamente, como persona reflexiva que era, y esperó con la actitud de un general que medita el plan de la batalla.

La señorita Campbell cogió la bola verde y a su vez pasó hábilmente los dos primeros arcos.

La partida continuó en condiciones muy ventajosas para los hermanos Melvill, que no cesaban de hacer buenas jugadas. Se hacían señas de comprensión, se entendían al menor gesto, sin necesidad de hablar, y ganaban abiertamente, con gran satisfacción de su sobrina, pero con inmensa desesperación de Aristobulus Ursiclos.

La señorita Campbell, a los cinco minutos de juego, viendo que sus tíos los aventajaban mucho, se puso a jugar seriamente y mostró una mayor habilidad que su compañero, quien, a pesar de todo, no le ahorraba los consejos científicos.

—El ángulo de reflexión —le decía— es igual al ángulo de incidencia, y esto debe indicarle la dirección que deben tomar las bolas después del choque. Es necesario, pues, aprovechar…

—Pues, aproveche usted, que ya le conviene —le contestaba la muchacha—. Mire, yo ya le adelanto de tres arcos…

Efectivamente, Aristobulus Ursiclos se quedaba lamentablemente atrás. Por diez veces había intentado pasar la doble arcada central, sin conseguirlo. Entonces las tomó contra aquella arcada, haciéndola cambiar de posición, enderezarla y situarla de otra forma, para intentar suerte otra vez.

Pero la suerte no le favorecía. Su bola tropezaba siempre con los hierros y no llegaba a pasar.

Verdaderamente, la señorita Campbell hubiera podido quejarse de su compañero, pues ella jugaba muy bien y merecía las felicitaciones que no le regateaban sus tíos. Además, estaba muy graciosa librándose por entero al juego, y la animación le coloreaba las mejillas y le hacía brillar los ojos. Pero Aristobulus Ursiclos no veía nada de esto. Estaba demasiado furioso, pues los hermanos Melvill le habían adelantado tanto, que ya le era muy difícil alcanzarles.

La partida continuaba, pues, en estas condiciones desiguales cuando se produjo un incidente.

Aristobulus Ursiclos tuvo ocasión de pronto de chocar con la bola del hermano Sam, que acababa de, pasar por segunda vez el arco central, ante el cual su bola se obstinaba en tropezar. Lleno de despecho, a pesar de que se esforzaba en mantener la calma a los ojos de los espectadores, quiso librar un golpe maestro para dar la contra a su adversario, enviándole su bola fuera de los límites de juego. Colocó, pues, su bola al lado de la del hermano Sam, asegurándole su adherencia, apretando la hierba con el mayor cuidado, luego apoyó su pie izquierdo encima y haciendo voltear el mazo, a fin de darle mayor fuerza, dio el golpe con todas sus fuerzas.

Pero ¡ah!, ¡qué grito se le escapó! ¡Fue un alarido de dolor! El mazo, mal dirigido, en vez de golpear la bola, había caído con todo ímpetu sobre el pie del desgraciado, que empezó a dar saltos sobre el otro pie, mientras se cogía con las dos manos el pie herido, gritando y gimiendo ridículamente.

Los hermanos Melvill corrieron hacia él. Por suerte, el cuero de los zapatos había atenuado la violencia del golpe, y la contusión era de poca gravedad. Pero, aún así, Aristobulus Ursiclos creyó conveniente explicar de este modo su desgracia:

—El radio trazado por mi mazo —dijo con aire doctoral, no sin hacer alguna mueca de dolor de vez en cuando— ha descrito un círculo concéntrico con el que hubiera debido rozar tangencialmente el suelo, porque había cogido el radio demasiado corto. Por esto…

—¿Y entonces qué, señor Ursiclos? ¿Damos por terminada la partida? —interrumpió la muchacha.

—¿Cómo? ¿Dar por terminada la partida? —exclamó Aristobulus Ursiclos—. ¿Declaramos vencidos? ¡Jamás! Si tomamos las fórmulas de los cálculos de probabilidades, hallaremos que…

—¡Muy bien, continuemos! —contestó la señorita Campbell.

Pero todas las fórmulas del cálculo de probabilidades habrían dado muy pocas probabilidades de suerte a los adversarios de los tíos, porque, después de varios golpes maestros, los hermanos Melvill triunfaron en toda la línea, aunque con toda modestia, como era habitual en ellos. En cuanto a Aristobulus Ursiclos, a pesar de tantas pretensiones, no había llegado a pasar el arco central.

Sin duda, la señorita Campbell quiso aparecer entonces mucho más despechada de lo que realmente estaba, y con un fuerte golpe de mazo, envió su bola lejos, sin calcular bien la dirección.

La bola, así impelida, salió fuera del perímetro del campo, rebotó en una piedra, y, como hubiese dicho Aristobulus Ursiclos, su peso, multiplicado por el cuadrado de la velocidad, hizo que traspasara el lindero de la playa.

Fue un golpe desgraciado.

Un joven artista que estaba sentado allí, delante de su caballete, ocupado en pintar el panorama del mar que cerraba la punta meridional de la rada de Oban, recibió la bola, que fue a caer en medio de la tela, después de embadurnarse con todos los colores de la paleta que rozó al pasar, tirando al suelo tela, pinturas y caballete.

El pintor se volvió tranquilamente y dijo:

—¡Generalmente se avisa, antes de empezar un bombardeo! ¡Ni aquí estamos seguros!

La señorita Campbell, presintiendo aquel accidente antes de que se produjera, había corrido a la playa detrás de la bola.

—¡Ah, señor! —dijo, dirigiéndose al joven artista—. Le ruego perdone mi torpeza.

Éste se levantó y saludó sonriendo a la hermosa y azorada muchacha que acababa de excusarse… El artista era el náufrago de Corryvreckan.

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