Capítulo 09. Opiniones de la señora Bess

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 04/04/2022 - 15:00

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El regreso a Oban se hizo en silencio. La señorita Campbell no decía nada. Los hermanos Melvill no se atrevían a hablar. Sin embargo, no era culpa suya si aquella inoportuna nube había aparecido justamente en el momento preciso para absorber el último rayo de sol. Después de todo, no había que desesperar. El buen tiempo tenía que durar unas seis semanas todavía. Si durante todo el principio de otoño no aparecía alguna vez el horizonte puro y limpio de brumas, podrían decir entonces que estaban verdaderamente en desgracia.

Pero era de lamentar haber perdido aquel día admirable, ya que el barómetro no parecía dispuesto a conceder otro igual, al menos enseguida. En efecto, durante la noche, volvió a señalar «variable», pero lo que representaba todavía buen tiempo para todo el mundo, no podía satisfacer a la señorita Campbell.

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Miss Campbell contemplaba la admirable perspectiva.

Al día siguiente, 8 de agosto, unos pesados nubarrones tamizaban los rayos solares. La brisa del mediodía no fue lo suficientemente potente para disiparlos. Al atardecer, el cielo se coloreó con todas las tonalidades del arco iris, desde el amarillo cromo al azul ultramar, convirtiendo el horizonte en una paleta abigarrada; y, al ponerse el sol, quedó teñido de todos los rayos del espectro solar, menos el que la fantasía supersticiosa de la señorita Campbell deseaba ver.

Y esto se repitió al día siguiente y al otro también. La calesa volvió a guardarse en la cochera del hotel. ¿De qué serviría ir a observar un fenómeno que el estado del cielo hacía imposible? Las alturas de la isla Seil no podían ser más favorables que las playas de Oban, y lo mejor sería no exponerse a una contrariedad.

Sin estar de más mal humor del que convenía, la señorita Campbell, al llegar la hora del ocaso, se limitaba a encerrarse en su cuarto, enfadada contra aquel sol tan poco complaciente. Se echaba para descansar de sus largas caminatas, y soñaba despierta. ¿Con qué? ¿Con la leyenda del Rayo Verde? ¿Era necesario haberlo visto para ver claro en su corazón? En el suyo no, seguramente, pero ¿y en el de los demás?

Aquel día, acompañada de la señora Bess, Elena había encaminado sus pasos hacia las ruinas del castillo de Dunolly. En aquel lugar, al pie del viejo muro recubierto de altas y espesas hiedras, el panorama que se divisaba de la bahía de Oban, con los islotes esparcidos por el mar de las Hébridas y la gran isla de Mull, era magnífico.

Pero, aun cuando la señorita Campbell miraba a lo lejos todo el panorama que se extendía bajo sus ojos, ¿lo veía? ¿No la distraían antiguos recuerdos? En todo caso, podemos afirmar que no era la imagen de Aristobulus Ursiclos la que se interponía ante sus ojos. En verdad, aquel joven pedante hubiera sido muy inoportuno aquel día, sobre todo si llegaba a oír los comentarios que la señora Bess hacía con toda franqueza sobre su persona.

—No me gusta —decía por enésima vez—. ¡No, no me gusta! Solo piensa en sí mismo. ¡Qué mal sentaría su persona en la mansión de Helensburgh! ¡Debe ser del clan de los MacEgoístas, estoy segura! ¿Cómo es posible que los señores Melvill hayan podido pensar que este vanidoso pudiera llegar a convertirse en su sobrino? Partridge tampoco puede sufrirlo, igual que yo, y Partridge entiende de eso. Vamos a ver, señorita Campbell, ¿de verdad le gusta a usted?

—¿De quién estás hablando? —preguntó la joven, que no había escuchado nada de lo que le decía la señora Bess.

—¿De quién quiere usted que sea? De aquél con quien no debe usted pensar… ¡aun cuando sea tan solo en honor de nuestro clan!

—¿En quién crees que no debo pensar?

—Pues en este señor Aristobulus Ursiclos, que haría mucho mejor en dirigirse al otro lado del Tweed a buscar lo que le conviene.

La señora Bess no se mordía la lengua; pero era preciso que estuviera muy enfadada para llegar a contradecir a sus dueños, aunque fuera en beneficio de su joven ama. Por otra parte, también veía que Elena mostraba una completa indiferencia hacia aquel pretendiente. Pero no podía imaginarse que aquella indiferencia estaba amparada por un sentimiento mucho más apasionado hacia otra persona.

Sin embargo, quizá la señora Bess sospechó algo cuando la señorita Campbell le preguntó si había vuelto a ver en Oban al joven que el Glengarry había salvado del naufragio.

—No, señorita Campbell —contestó la señora Bess—; debe de haberse marchado enseguida, pero me parece que Partridge sí le vio…

—¿Cuándo?

—Ayer, por la carretera de Dalmally. Venía hacia acá, con la mochila a cuestas, como un artista ambulante. ¡Ah!, es un imprudente, este joven. Dejarse arrastrar así hasta el abismo de Corryvreckan, es de mal agüero para el porvenir. No siempre hallará un buque que acuda a sacarle del mal paso y un día le ocurrirá una desgracia irreparable.

—¿Lo crees así, Bess? Si fue imprudente, al menos se mostró valiente, y en el peligro en que estaba nunca perdió la serenidad.

—Es posible, pero, por cierto, señorita Campbell —prosiguió la señora Bess—, este joven no supo ver que fue gracias a usted que salvó la vida, porque al menos, al día siguiente de llegar a Oban, hubiera podido venir a darle las gracias…

—¿Darme las gracias? —contestó la señorita Campbell—. ¿Por qué? Solo hice por él lo mismo que hubiera hecho por cualquier otro, y, puedes creerme, lo que cualquier otro hubiera hecho en mi lugar.

—¿Lo reconocería usted si lo volviera a ver? —preguntó la señora Bess, mirando a la muchacha.

—Sí —contestó francamente la señorita Campbell—, y confieso que el carácter de su persona, el valor sereno que demostró al subir al puente, como si no acabara de escapar a la muerte, las palabras afectuosas que pronunció para su compañero mientras lo estrechaba contra su pecho, todo me conmovió.

—Pues yo —replicó la buena mujer— no podría decir exactamente a quién se parece, pero de lo que estoy segura es de que no tiene ningún parecido con este señor Aristobulus Ursiclos.

La señorita Campbell sonrió sin contestar nada, se levantó, permaneció unos instantes inmóvil, lanzando una última mirada a las lejanas alturas de la isla de Mull; luego, seguida por la señora Bess, descendió por el escarpado sendero que conducía hasta la carretera de Oban.

Aquella noche el sol se puso en medio de una especie de polvo luminoso, ligero como una gasa salpicada de oro, y su último rayo quedó absorbido otra vez por las brumas del atardecer.

La señorita Campbell regresó al hotel a cenar, pero apenas probó bocado de la comida que sus tíos habían encargado expresamente para ella, y, después de dar un corto paseo por la playa, subió enseguida a su cuarto para acostarse.

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