Capítulo 20. ¡Por la señorita Campbell!

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 20/06/2022 - 15:00

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Instantes después, Olivier Sinclair con paso rápido llegaba a la entrada de la gruta, al pie de la escalera de basalto.

Los hermanos Melvill y Partridge le seguían de cerca.

La señora Bess se había quedado en Clam-Shell esperando con gran ansiedad el regreso de Elena, y preparando todo para recibirla.

El mar cubría totalmente la parte superior de la escalera barriendo el estrecho muelle por encima de la barandilla de hierro. Era tan imposible penetrar en la gruta como salir de ella. Si la señorita Campbell se hallaba dentro, podía considerarse prisionera. Pero ¿cómo lo sabrían? ¿Cómo poder llegar hasta ella?

—¡Elena! ¡Elena!

Pero, aunque la llamaran, ¿lograrían hacerse oír de ella a través del estruendo de las olas? Ni la voz ni la mirada eran lo bastante potentes para penetrar allí.

—Quizá Elena no se encuentra aquí dentro… —dijo el hermano Sam, que quería asirse a algo para mantener la esperanza.

—¿Dónde estaría, pues? —contestó el hermano Sib.

—¡Sí! ¿Dónde estaría? —gritó Olivier Sinclair—. La he buscado en vano por toda la meseta de la isla, entre las rocas del litoral, por todas partes. De haber podido regresar, ¿no estaría ya entre nosotros? ¡Está aquí… aquí!

Y todos se acordaron de los deseos expresados varias veces por la imprudente jovencita, de asistir a una tempestad desde la gruta de Fingal. ¿Había olvidado que el mar, desencadenado por el huracán, invadiría la gruta hasta el fondo, impidiéndole salir de allí?

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¡Elena! ¡Elena!

¿Qué podía intentarse para llegar hasta ella y salvarla?

Con la furia del huracán, las olas penetraban dentro de la gruta llegando hasta el techo donde se rompían con un estruendo ensordecedor, y el agua caía entre las rocas, en espumeantes cascadas, mientras la parte inferior del agua se precipitaba con furia hacia adentro con la violencia de un torrente.

¿En qué parte la señorita Campbell había podido encontrar un refugio contra la furia de las olas? ¿Cómo habría podido resistir la invasión de las aguas furiosas en aquella gruta sin salida? ¿No habría el mar arrastrado su cuerpo mutilado zarandeándolo contra los acantilados de Clam-Shell?

—¡Elena! ¡Elena!

Este nombre resonaba obstinadamente a través del ruido del viento y del mar. Pero ni un grito le contestaba ni podía contestarle.

—¡No, no! ¡No puede estar en esta gruta! —repetían los hermanos Melvill, desesperados.

—¡Estoy seguro de que se encuentra aquí! —contestaba Olivier Sinclair, mientras con la mano mostraba un pedazo de tela, que las aguas del mar arrojaban sobre uno de los peldaños de basalto.

Olivier Sinclair se precipitó a recoger el pedazo de tela. Era el lazo escocés que la señorita Sinclair llevaba en el pelo.

¿Podían dudar de que se hallaba allí dentro?

Pero, si le había sido arrancado aquel lazo, ¿no era de temer que la misma señorita Campbell hubiera sido arrastrada y golpeada por la furia del océano, estrellándose contra las paredes de la gruta?

—¡Yo lo sabré! —exclamó Olivier Sinclair.

Y aprovechando la resaca, avanzó un pie adelante asiéndose a la barandilla de hierro, pero una enorme masa de agua lo arrancó de allí, haciéndole caer hacia atrás. Si Partridge no se hubiera precipitado a cogerlo, Olivier Sinclair hubiera resbalado hasta el mar y hubiera sido arrastrado por las aguas, sin que nadie hubiera podido salvarle.

Olivier se levantó completamente mojado. Pero su resolución de penetrar adentro de la gruta persistía.

—La señorita Campbell está ahí —repetía—. Está viva, ya que su cuerpo no ha sido arrastrado por las aguas, como este lazo. Es muy posible que haya hallado refugio en alguna cavidad. Pero no podrá resistir mucho tiempo… Hemos de llegar hasta ella.

—Yo iré —dijo Partridge.

—¡No, yo! —dijo Olivier Sinclair.

Iba a intentar un supremo esfuerzo para llegar hasta la señorita Campbell, pero tenía una probabilidad sobre cien de salir con éxito.

—Ustedes espérennos aquí —dijo a los hermanos Melvill—. Dentro de cinco minutos estamos de vuelta. ¡Vamos, Partridge!

Los dos tíos permanecieron en el ángulo exterior del islote, refugiados bajo el acantilado, en un lugar donde no podía llegar el mar, mientras Olivier Sinclair y Partridge corrían nuevamente hacia Clam-Shell.

Eran las ocho y media de la noche.

Cinco minutos después, Olivier y Partridge volvían a aparecer, arrastrando con ellos, a lo largo del muelle, el pequeño bote del Clorinda que les había dejado el capitán Olduck.

¿Iba Olivier Sinclair a atravesar la gruta por mar, ya que era imposible por tierra? ¡Sí! Eso iba a intentar. Arriesgaba con ello la vida. Lo sabía, pero no vacilaba.

Condujeron el bote al pie de la escalera, al abrigo de la resaca.

—Voy con usted —dijo Partridge.

—No, Partridge —contestó Olivier Sinclair—. ¡No! No podemos cargar demasiado una embarcación tan pequeña. Si la señorita Campbell está todavía con vida, me bastaré yo solo.

—¡Olivier! —exclamaron los dos hermanos, sin poder contener los sollozos—. ¡Salve usted a nuestra hija!

El joven les estrechó las manos y saltando al bote se sentó en el banquillo del centro, empuñó los dos remos y penetró en la gruta de Fingal, empujado por una enorme ola. La barca fue levantada en alto por la ola, pero Olivier Sinclair supo maniobrar hábilmente para mantenerse de cara y no volcar.

Las olas levantábanse tan altas que parecía que iban a estrellar la pequeña embarcación contra la bóveda de la gruta, pero la barquita volvía a bajar, y por tres veces se vio izada y bajada, adelantando y retrocediendo por la embestida de las aguas.

Por fin, una ola más grande arrastró el bote empujándolo con fuerza hacia dentro de la gruta, como lanzado por una catapulta.

Un grito de espanto escapó de los testigos de aquella escena, pues parecía como si la barca fuera a estrellarse contra las columnas de la derecha, en el ángulo de entrada.

Pero el intrépido joven enderezó hábilmente la embarcación con un golpe de remo y, rápido como una flecha, desapareció hacia adentro, antes de que otra ola lo volviera a arrastrar afuera.

¿Qué habría sido del bote? ¿Se habría estrellado contra las paredes del fondo, y ahora tendrían que contar dos víctimas en vez de una?

Nada de esto. Olivier Sinclair había pasado rápidamente sin tropezar con el techo desigual de la bóveda. Echándose boca abajo en el fondo de la barca, había evitado los golpes de los salientes basálticos de las paredes superiores de la gruta. En el espacio de un segundo había alcanzado la pared opuesta, temiendo solo que la resaca lo volviera a arrojar fuera.

Pero, por suerte, el bote había llegado hasta el fondo de la gruta, rompiéndose con el golpe, pero Olivier Sinclair pudo agarrarse a un saliente de basalto, con todas las fuerzas de que es capaz un hombre en peligro de ahogarse y, con un nuevo impulso, logró subir hasta la angosta plataforma.

Pocos instantes después, el bote, completamente destrozado, era arrojado fuera por las aguas que retrocedían, y los hermanos Melvill y Partridge lo contemplaron con ojos despavoridos, creyendo que su tripulante había perecido destrozado por el choque.

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