Capítulo 19. La gruta de Fingal

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 13/06/2022 - 15:00

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Si el capitán del Clorinda se hubiera hallado en uno de los puertos de Inglaterra, habría tenido conocimiento de un parte meteorológico poco tranquilizador para los buques que navegaban por el Atlántico en las últimas veinticuatro horas.

En efecto, una tormenta se anunciaba desde Nueva York, que, atravesando el océano de oeste a noreste, amenazaba caer brutalmente sobre el litoral de Irlanda y Escocia, antes de ir a perderse más allí de las costas de Noruega.

Pero, en defecto del parte meteorológico oficial, el barómetro del yate indicaba una próxima variación atmosférica de importancia, que cualquier marino prudente no podía dejar de tener en cuenta.

Así, pues, en la mañana del 8 de septiembre John Olduck, un poco preocupado, se dirigió hacia el litoral rocoso que limita Staffa por la parte oeste, a fin de hacer un reconocimiento del estado del cielo y del mar.

Bastantes nubes de formas poco acusadas pasaban por el cielo con gran velocidad. El viento empezaba a soplar cada vez con más fuerza y pronto se convirtió en tempestad. El mar estaba cubierto de blanca espuma y las olas se rompían con estruendo en los acantilados de la base del islote.

John Olduck no se sentía nada tranquilo. Aunque el Clorinda estuviera bastante resguardado en la bahía de Clam-Shell, no era un sitio seguro para fondear en tiempo borrascoso. El embate de las olas, penetrando entre los numerosos islotes, produciría una peligrosa resaca que pondría en peligro la situación del yate. Era necesario, pues, tomar rápidamente una decisión antes de que fuera demasiado tarde.

Cuando el capitán regresó a bordo reunió a todos sus pasajeros y les notificó sus temores, diciéndoles que creía que lo mejor que podían hacer era largarse cuanto antes de aquel lugar. El retraso de unas horas tan solo podría llevarles a encontrarse con un mar demasiado embravecido para poder atravesar la distancia de quince millas que separa la isla de Staffa de la isla de Mull, en la cual pensaba refugiarse, pues una vez en el pequeño puerto de Achnagraig, el Clorinda no tendría que temer para nada la furia de los elementos.

—¡Marchamos de Staffa! —exclamó enseguida la señorita Campbell—. ¡Perder un horizonte tan magnífico!

—Creo que sería muy peligroso permanecer anclados en Clam-Shell —contestó John Olduck.

—¡Sí, sí, es necesario partir, querida Elena…! —dijo el hermano Sam.

—Sí, es necesario… —añadió el hermano Sib.

Olivier Sinclair, viendo el disgusto que aquella partida precipitada causaría a la señorita Campbell, se apresuró a decir:

—¿Cuánto tiempo cree usted que puede durar esta tempestad, capitán Olduck?

—Todo lo más dos o tres días, en esta época del año —contestó el capitán.

—¿Y cree usted que es absolutamente necesario partir?

—Necesario y urgente.

—¿Qué proyectos tiene usted?

—Zarpar esta misma mañana. Con el viento que nos es favorable, podremos llegar antes de la noche a Achnagraig, y volveríamos a Staffa tan pronto hubiera pasado la tempestad.

—¿Y por qué no regresamos a Iona, donde el Clorinda podría llegar en una hora? —preguntó el hermano Sam.

—¡No… no… a Iona no! —contestó la señorita Campbell, que ya se veía amenazada otra vez con la sombra maléfica de Aristobulus Ursiclos.

—No estaríamos mucho más seguro en el puerto de Iona que en el de Staffa —dijo John Olduck.

—Bueno, pues zarpen ustedes, capitán, zarpen inmediatamente para Achnagraig y déjenos a nosotros en Staffa.

—¡Dejarlos en Staffa —contestó John Olduck—, donde no tienen ni siquiera una barraca para cobijarse!

—¿No podríamos permanecer algunos días en la gruta de Clam-Shell? —preguntó Olivier Sinclair—. ¿Qué nos faltaría? ¡Nada! Tenemos víveres suficientes a bordo, la ropa de nuestras literas, vestidos de repuesto, que pueden ser desembarcados en un santiamén, y, en fin, un cocinero que no desea otra cosa que permanecer con nosotros.

—¡Sí! ¡Sí! —contestó la señorita Campbell batiendo palmas—. Márchese usted, capitán, márchese inmediatamente con su yate hacia Achnagraig y déjenos en Staffa. Nos sentiremos como náufragos en una isla desierta y haremos vida de náufragos voluntarios. Esperaremos el regreso del Clorinda con las mismas emociones y la misma angustia que esos robinsones que distinguen un barco desde su isla mar adentro. ¿Qué hemos venido a buscar aquí? Una aventura novelesca, ¿verdad, señor Sinclair?; y ¿qué más novelesco que esta situación, tíos? Y, además, una tempestad, un huracán sobre este poético islote, la furia del mar embravecido, la lucha titánica de los elementos desencadenados, todo este espectáculo sublime no quiero dejármelo perder por nada del mundo. Márchese tranquilo, capitán Olduck, que nosotros nos quedaremos aquí esperándolo.

—Pero… —exclamaron los hermanos Melvill, que no pudieron evitar que se les escapase aquel principio de objeción.

—Creo que mis tíos tienen ganas de decir algo —contestó la señorita Campbell—, pero estoy segura de que tengo un medio de convencerles.

Y abrazándolos, les dio un beso a cada uno, mientras les decía:

—Para usted, tío Sam. Y para usted, tío Sib. Apuesto a que ahora no tienen nada que decir, ¿verdad?

Ninguno de los dos pensaba en hacer la menor objeción.

Ya que a su sobrina le convenía quedarse en Staffa, ¿por qué no habían de permanecer en Staffa?, y ¿cómo no se les había ocurrido antes aquella idea tan simple y natural?

Pero la idea venía de Olivier Sinclair, y la señorita Campbell lo reconoció agradeciéndoselo particularmente.

Decidida la cuestión, los marineros desembarcaron los objetos necesarios para la permanencia en la isla, y Clam-Shell se transformó inmediatamente en una vivienda provisional, con el nombre de «Melvill House». Seguramente se encontrarían mucho mejor allí que en la posada de Iona. El cocinero se encargó de buscar un lugar conveniente para sus operaciones culinarias, en la entrada de la gruta.

Luego la señorita Campbell, Olivier Sinclair, los hermanos Melvill, la señora Bess y Partridge abandonaron el Clorinda después que John Olduck puso a su disposición la canoa del yate, que podía serles útil para ir de una roca a otra.

Una hora más tarde, el Clorinda, con dos rizos tomados en sus velas y calado el mastelero, zarpó rumbo a la isla de Mull a fin de llegar a Achnagraig por el estrecho que separa la isla de la tierra firme. Sus pasajeros, desde lo alto de la isla, lo acompañaban con la mirada hasta que desapareció de su vista al doblar el islote de Gometra.

Pero, aun cuando el tiempo amenazaba tormenta, el cielo todavía no estaba tapado. Los rayos del sol aún atravesaban las nubes que el viento esclarecía, y podía pasearse por la isla, a pie, bordeando los acantilados de basalto. Y la señorita Campbell, con sus inseparables tíos, conducidos por Olivier Sinclair, decidieron visitar la gruta de Fingal.

Los turistas que llegan a Iona, tienen la costumbre de visitar aquella gruta a bordo de las lanchas de vapor de Oban; pero también es posible penetrar hasta su extrema profundidad, desembarcando en las rocas de la derecha, donde existe una especie de muelle practicable.

Y fue de esta forma que Olivier Sinclair decidió hacer la exploración, sin usar el bote del Clorinda. En cuanto salieron de Clam-Shell tomaron el arrecife que marca el litoral al oriente de la isla. La extremidad de los fustes hincados verticalmente como si algún ingeniero hubiera colocado allí pilares de basalto, formaba un pavimento seco y solido al pie de las grandes rocas. Aquel paseo de pocos minutos transcurrió en agradable charla, mientras admiraban los islotes azotados por la resaca, cuyas verdes aguas eran tan claras que permitían verlos hasta su base. Nadie puede imaginarse camino más admirable que conduzca a una gruta tan maravillosa como aquélla, digna de ser habitada por los héroes de las Mil y una noches.

Al llegar al ángulo sureste de la isla, subieron unos pocos peldaños naturales, que podían competir con las escaleras de un palacio. En el ángulo del tramo se levantan los pilares exteriores agrupados contra las paredes de la gruta como los del templo de Vesta en Roma, pero yuxtapuestos de modo que no se veía el muro. En su remate se apoya el enorme macizo que forma aquel rincón del islote. El corte oblicuo de las rocas, que parecen estar dispuestas según el trazado geométrico de las piedras del intradós de la bóveda, contrasta enérgicamente con la verticalidad de las columnas que las sostienen.

El mar, que ya sentía la agitación de afuera, se levantaba y se bajaba suavemente y como por un esfuerzo de respiración al pie de los escalones, donde se reflejaba el basamento del macizo cuya negruzca sombra ondulaba debajo de las aguas.

Al llegar al rellano superior, Olivier Sinclair torció a la izquierda mostrando a la señorita Campbell una especie de angosto muelle, como un largo banco que seguía el muro hasta el fondo de la gruta. Una rampa con pasamanos de hierro clavados en el mismo basalto, protegía el paso entre la muralla y el borde del pequeño muelle.

—¡Ah! —dijo la señorita Campbell—. Esta barandilla perjudica un tanto el palacio de Fingal.

—En efecto —contestó Olivier Sinclair—, es la intervención de la mano del hombre en la obra de la naturaleza.

—Si es útil, debemos usarlo —dijo el hermano Sam.

—Y yo lo uso —añadió el hermano Sib.

En el momento de entrar en la gruta de Fingal, los visitantes se detuvieron un momento, siguiendo una indicación de su guía.

Ante ellos se abría una especie de nave, alta y profunda, llena de misteriosa penumbra. La distancia entre las dos paredes laterales al nivel del mar, medía aproximadamente unos treinta y cuatro pies. A derecha y a izquierda, pilares de basalto, apretujados unos contra otros, tapaban, como ocurre en algunas catedrales del último período gótico, la masa de los muros de sustento. En los capiteles de aquellas columnas se apoyaban los extremos de una enorme bóveda ojival que se elevaba cincuenta y cuatro pies por encima del nivel del mar.

La señorita Campbell y sus compañeros, maravillados por aquella primera visión, tuvieron que ser arrancados de su contemplación, para seguir gruta adentro, por el estrecho muelle interior.

Entonces pudieron contemplar centenares de columnas prismáticas que, alineadas en perfecto orden, aunque de desiguales dimensiones, parecen producto de una cristalización gigantesca. Sus finas aristas se dibujaban tan netamente como trabajadas por el cincel de un escultor.

A los ángulos entrantes de unas se adaptan geométricamente los ángulos salientes de otras. Éstas tienen tres caras, aquellas cuatro, cinco, seis y aún siete y ocho, lo que ofrece en la uniformidad general del estilo una variedad que habla muy alto en favor del sentido artístico de la Naturaleza.

La luz que venía de fuera jugaba sobre todos aquellos ángulos produciendo mil destellos en los prismas de basalto, que se reflejaban como en un espejo en las aguas del canal, impregnadas de los colores verdes, rojos y amarillos de sus piedras y plantas submarinas.

Allí dentro reinaba como un silencio sonoro —si es correcto emplear estas dos palabras juntas—, este silencio especial de las grandes y profundas cavidades, que los visitantes no se atrevían a romper. Únicamente el viento llenaba con sus efluvios la cavidad de la gruta, y parecía que su potente soplo hacía vibrar todos los prismas como si fueran los tubos de un enorme órgano. Seguramente de ahí viene el sobrenombre de caverna armoniosa con que se la denomina en lengua céltica.

—¿Y qué nombre podría convenirle mejor —dijo Olivier Sinclair—, ya que Fingal era el padre de Ossian, cuyo genio supo fundir en un solo arte la poesía y la música?

—Es verdad —repuso el hermano Sam—; pero como el mismo Ossian decía: «¿Cuándo escuchará mi oído el canto de los bardos? ¿Cuándo palpitará mi corazón con el relato de las hazañas de mis padres?». ¡Ya no puede hacer el arpa que resuene el bosque de Sebora!

—Sí —añadió el hermano Sib—, ¡el palacio está desierto ahora, y los ecos no volverán a repetir los antiguos cánticos!

La profundidad total de la gruta se calcula en unos ciento cincuenta pies aproximadamente. Al fondo de la nave aparece un conjunto de columnas dispuestas como un gigantesco órgano, no tan impresionantes como las de la entrada, pero de una misma perfección de líneas. Allí la señorita Campbell, sus dos tíos y Olivier Sinclair, quisieron detenerse un rato en muda contemplación.

Desde aquel punto, la perspectiva abierta en pleno cielo era admirable. El agua, impregnada de luz, permitía ver la disposición submarina mientras en las paredes laterales se sucedían extraordinarios juegos de luz y de sombra. Cuando una nube pasaba por delante de la abertura de la gruta, todo el resplandor se apagaba como si hubiese caído un telón de gasa sobre aquel maravilloso espectáculo. Pero cuando los rayos de sol volvían a aparecer, todo resplandecía con los siete colores del prisma desde el fondo del agua hasta la bóveda de la nave.

Más allá rompíanse las olas contra las bases del gigantesco arco. Aquel marco negro como una orla de ébano dejaba con su importancia a los términos restantes, y a lo lejos aparecía en todo su esplendor el horizonte de agua y de cielo con la lontananza de Iona que destacaba en blanco las ruinas de su monasterio.

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A lo lejos aparecía en todo su esplendor el horizonte de agua.

Todos permanecían extasiados ante aquel espectáculo fantástico, no hallando palabras para expresar sus impresiones.

—¡Es como un palacio encantado! —dijo por fin la señorita Campbell entusiasmada—. ¡Qué espíritu prosaico se negará a creer que un Dios lo ha creado para los silfos y las ondinas! ¿Para quién vibraban, al soplar los vientos, los sonidos de esta gran arpa eolia? ¿No es esta música sobrenatural la que Waverley oía en sus sueños, esta voz de Selma cuyos acordes fueron anotados por nuestro novelista para arrullar a los héroes?

—Tenéis razón, señorita Campbell —respondió Olivier Sinclair—, y, sin duda, cuando Walter Scott buscaba sus imágenes en este poético paisaje de los Highlands, pensaba en el palacio de Fingal.

—¡Aquí quisiera invocar la sombra de Ossian! —prosiguió la entusiasta joven—. ¿Por qué el invisible bardo no reaparecería con mi voz, después de quince siglos de sueño? Quiero pensar que el desdichado, ciego como Homero, poeta como él, cantando los grandes hechos de armas de su época, más de una vez se ha refugiado en este palacio, que lleva aún el nombre de su padre. Aquí, sin duda, los ecos de Fingal han repetido a menudo sus inspiraciones épicas y líricas, en el más puro acento de las lenguas gaélicas. ¿No cree usted, señor Sinclair, que el viejo Ossian pudo sentarse quizá en este mismo lugar en que nos sentamos nosotros y que los sonidos de su arpa deben de haberse mezclado con los roncos sones de la voz de Selma?

—¿Cómo no voy a creerlo, señorita Campbell —dijo Olivier Sinclair—, si lo dice usted con tal acento de convicción?

—¿Y si lo invocara? —murmuró la señorita Campbell.

Y con su fresca voz gritó varias veces el nombre del viejo poeta, que se perdió entre las vibraciones del viento.

Pero por grandes que fueran los deseos de la señorita Campbell, y a pesar de haberlo llamado por tres veces, solo el eco le contestó. La sombra de Ossian no apareció en el palacio patriarcal.

Mientras tanto, el sol había desaparecido tras espesos nubarrones y la gruta empezaba a sumirse en la sombra; afuera, el mar rugía cada vez más fuerte y sus olas se rompían con gran estruendo en los últimos basaltos del fondo.

Los visitantes retrocedieron, pues, y siguiendo el mismo camino, medio cubierto ya por las olas, volvieron a salir a la punta del islote, completamente barrido por el viento.

El tiempo había empeorado notablemente durante las dos últimas horas. La tempestad tomaba cuerpo, amenazando convertirse en espantoso huracán. Pero la señorita Campbell y sus compañeros, protegidos por los acantilados basálticos, pudieron regresar tranquilamente a Clam-Shell.

Al día siguiente, el barómetro descendió más aún, y el viento se desencadenó con gran furia. Nubarrones más grandes y más espesos cubrieron el espacio, manteniéndose en una zona poco elevada. Todavía no llovía, pero el sol no asomó en ningún momento.

La señorita Campbell no se mostraba tan contrariada por aquel contratiempo como era de creer. Aquella existencia en un islote desierto, barrido por la tempestad, sentaba muy bien a su naturaleza ardiente. Como una heroína de Walter Scott, le gustaba pasear por entre las rocas de Staffa, absorta en sus nuevos pensamientos, la mayoría de las veces sola, pues todos respetaban sus deseos de soledad.

Varias veces volvió a visitar la gruta de Fingal, cuya rareza poética la atraía. Allí pasaba horas enteras soñando despierta, no haciendo ningún caso de las recomendaciones que le hacían de que no se aventurase imprudentemente.

El día 9 de septiembre el viento tomó proporciones nunca vistas. Era un verdadero huracán, imposible de resistir en la meseta de la isla.

Hacia las siete de la tarde, en el momento de prepararse para cenar, Olivier Sinclair y los hermanos Melvill se sentían extraordinariamente angustiados, y con razón.

La señorita Campbell, que había salido hacia las tres de la tarde, sin decir hacia donde iba, todavía no había regresado.

Esperaron hasta las seis, no sin una ansiedad que iba en aumento, a medida que el tiempo transcurría, sin que ella apareciera… Pero la señorita Campbell no apareció ni a las seis ni a las siete.

Varias veces Olivier Sinclair subió hasta lo alto de la meseta de la isla, pero no vio a nadie por ninguna parte.

La tempestad había estallado entonces con una furia impresionante, y el mar levantaba olas enormes que se estrellaban con estruendo por toda la isla.

—¡Ay, desgraciada señorita Campbell! —exclamó de pronto Olivier Sinclair—. ¡Si todavía está en la gruta de Fingal, hemos de rescatarla o estará perdida!

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