Capítulo 11. Olivier Sinclair

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 18/04/2022 - 15:00

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Olivier Sinclair era un guapo mozo, empleando la expresión usada en Escocia para designar los muchachos valientes, despiertos y decididos; pero, en este caso, la expresión convenía tanto en lo moral como en la parte física.

Último vástago de una honorable familia de Edimburgo, este joven artista era el hijo de un viejo consejero de la capital del Midlothian. Huérfano de padre y madre, había sido educado por un tío suyo, uno de los cuatro concejales de la administración municipal, y había cursado estudios en la Universidad; al cumplir los veinte años, como disponía de una pequeña fortuna que le aseguraba la independencia, ansioso de conocer el mundo, viajó por los principales estados de Europa, la India y América. La célebre Revista de Edimburgo publicó en varias ocasiones los relatos de sus viajes. Pintor distinguido, habría podido vender sus obras a muy alto precio, si hubiera querido; poeta a ratos —¿y quién no lo es en esa edad en que todo sonríe?—, de corazón sensible, tenía naturaleza de artista y estaba hecho para agradar, y agradaba, sin que se lo propusiera ni se vanagloriara de ello.

No le hubiera sido difícil casarse en la capital de la vieja Caledonia, pues el sexo débil es muy superior en número al sexo fuerte. Además, un hombre joven, guapo, instruido, amable, simpático, no es difícil que encuentre más de una heredera a su gusto.

Sin embargo, Olivier Sinclair a los veintiséis años parecía que no había experimentado todavía la necesidad de buscar pareja. ¿Por qué? Quizá porque le parecía mejor ir solo para correr mundo a su antojo, sobre todo con sus gustos y aficiones de artista y de viajero.

Y, sin embargo, Olivier Sinclair tenía todo lo necesario para enamorar a la más exigente hija de Escocia Tenía buen tipo, una fisonomía franca, amable y enérgica a la vez, maneras distinguidas, facilidad de palabra y una sonrisa que irradiaba simpatía. Pero él no se daba cuenta del encanto de su persona y como no era vanidoso no le daba importancia. Además, no solo gustaba a las muchachas, sino que se había granjeado la amistad de todos sus compañeros de Universidad, pues, según una expresión del país, era de aquellos «que no vuelven nunca la espalda ni a un amigo ni a un enemigo».

Pero hemos de convenir que aquel día, en el momento del ataque, volvía la espalda a la señorita Campbell. Pero también es verdad que la señorita Campbell no era ni su amigo ni su enemigo. Por esto, en la posición en que estaba, no había podido ver llegar la bola que le tiró involuntariamente la muchacha.

La señorita Campbell a la primera mirada había reconocido a su héroe de Corryvreckan, pero, en cambio, el héroe no había reconocido a la joven pasajera del Glengarry. Apenas si la había visto durante el fin de la travesía hasta Oban. Ciertamente que, de saber la parte que ella había tenido en su salvamento, le habría dado las gracias más particularmente, aunque solo fuera por educación; pero lo ignoraba entonces, y seguramente lo continuaría ignorando siempre.

Pues, efectivamente, aquel mismo día la señorita Campbell acababa de prohibir, tanto a sus tíos como a la señora Bess y a Partridge, que hicieran alusión alguna delante de aquel joven, a lo que había pasado a bordo del Glengarry antes del salvamento.

Sin embargo, después del accidente de la bola, los hermanos Melvill acudieron a reunirse con su sobrina, más desconcertados que ella misma, si es posible, y empezaron a presentar sus excusas personales al joven pintor, pero éste les interrumpió diciendo:

—Señorita… Caballeros… les ruego… no vale la pena.

—Caballero —dijo el hermano Sib, insistiendo—. ¡Sí vale la pena! Crea que estamos verdaderamente desolados…

—Y si la desgracia es irreparable, como es de temer… —añadió el hermano Sam.

—Ha sido solo un accidente, no una desgracia —contestó riendo, el joven—. Era un boceto pintarrajeado y esta bola vengadora le ha hecho justicia.

Olivier Sinclair decía estas palabras con tan buen humor, que los hermanos Melvill le hubieran estrechado gustosos la mano sin más ceremonia. Pero se limitaron a presentarse recíprocamente, como conviene entre caballeros.

—Samuel Melvill —dijo uno.

—Sebastián Melvill —dijo el otro.

—Y su sobrina, la señorita Campbell —añadió Elena, que no creyó faltar a las conveniencias, presentándose a sí misma.

Esta presentación invitaba al joven pintor a hacer lo mismo.

—Señorita Campbell, señores Melvill —dijo con toda seriedad—, podría contestarles que me llamo Fock como uno de los piquetes de su juego de croquet, ya que he sido tocado por la bola, pero me llamo sencillamente Olivier Sinclair.

—Señor Sinclair —replicó la señorita Campbell, que no sabía cómo tomarse aquella contestación—, acepte usted nuevamente todas mis excusas.

—Y las nuestras —añadieron los hermanos Melvill.

—Señorita Campbell —continuó Olivier Sinclair—, le repito que la cosa no vale la pena. Buscaba obtener un efecto de las olas rompiendo en los escollos, y es posible que su bola, como la esponja de no sé qué pintor de la antigüedad, tirada contra su cuadro, habrá producido el efecto que yo con mi pincel buscaba en vano reproducir.

Lo dijo con tanta simpatía, que la señorita Campbell y los hermanos Melvill no pudieron dejar de sonreír.

En cuanto a la tela, que Olivier Sinclair recogió del suelo, se hallaba completamente inservible, y tenía que empezar de nuevo.

Hemos de señalar que Aristobulus Ursiclos no había tomado parte en aquel cambio de excusas y gentilezas.

Al terminar la partida, el joven sabio, muy ofendido por no haber podido poner de acuerdo sus conocimientos teóricos con sus aptitudes prácticas, se había marchado al hotel. Seguramente no lo volverían a ver hasta dentro de tres o cuatro días, pues iba a partir para la isla Luing, una de las pequeñas Hébridas, situada al sur de la isla Seil, con la intención de estudiar sus riquezas geológicas.

La conversación no se veía entorpecida, pues, por las intervenciones científicas que a buen seguro hubiera querido mezclar el joven sabio, de haber estado allí.

Olivier Sinclair quedó sorprendido al ver que los huéspedes del Caledonian Hotel ya le conocían.

—¿Cómo? ¿Usted, señorita Campbell, y ustedes, caballeros, estaban a bordo del Glengarry cuando me salvaron tan oportunamente? —exclamó el joven.

—Sí, señor Sinclair.

—¡Y vaya susto que nos dio —exclamó el hermano Sib— cuando descubrimos por casualidad su embarcación arrastrada por los remolinos del Corryvreckan!

—Casualidad providencial —añadió el hermano Sam—, y es muy probable que sin la intervención de…

Se vio interrumpido por una seña de la señorita Campbell, que no quería que la hicieran pasar como la salvadora.

—Pero, señor Sinclair —añadió entonces el hermano Sam—. ¿Cómo es posible que aquel viejo pescador que le acompañaba cometiese la imprudencia de aventurarse por aquellas corrientes…?

—Cuyos peligros no debía desconocer, ya que es del país —terminó el hermano Sib.

—No debemos darle la culpa a él, señores Melvill —contestó Olivier Sinclair—. La imprudencia fue mía, mía solamente, y por un instante temí que hubiera de acusarme de haber causado la muerte involuntaria de aquel pobre hombre. Pero el mar presentaba unos colores tan sorprendentes, que sin darme cuenta me iba adentrando siempre en busca de nuevos matices. El viejo pescador, presintiendo el peligro, me hacía observaciones y quería regresar a la isla de Jura, pero yo no le escuchaba, remando siempre adelante, hasta que nuestra embarcación se vio cogida por un remolino. Quisimos resistir la atracción del abismo, pero un golpe de mar hirió a mi compañero, que quedó imposibilitado de ayudarme y, ciertamente, sin la llegada providencial del Glengarry, sin la abnegación de su capitán, sin la filantropía de sus pasajeros, mi compañero y yo habríamos pasado a mejor vida, y formaríamos ahora parte de las leyendas del país, registrándose nuestros nombres en el catálogo necrológico del Corryvreckan.

La señorita Campbell lo escuchaba sin abrir los labios y solamente miraba fijamente al joven, no pudiendo dejar de sonreír al oírle hablar de sus aventuras en pos de los matices del mar. Ella también corría detrás de una aventura, menos peligrosa, es cierto, pero también de la especie de matices de color: la caza del Rayo Verde.

Y los hermanos Melvill lo hicieron notar, al hablar de los motivos que los habían traído a Oban, es decir, para observar un fenómeno físico cuya naturaleza dieron a conocer al joven pintor.

—¡El Rayo Verde! —exclamó el joven.

—¿Lo ha visto usted ya? —preguntó vivamente la muchacha—. ¿Lo ha visto usted?

—No, señorita Campbell —contestó Olivier Sinclair—. Ni sabía que existiera en alguna parte este Rayo Verde. El sol no se pondrá ya más detrás del horizonte sin que me tenga por testigo de su ocaso. Y, ¡por san Dunstan!, ya no pintaré más que con el color verde de su rayo.

Era difícil saber si Olivier Sinclair hablaba con una punta de ironía o si se dejaba arrastrar por el lado artístico de su naturaleza. Sin embargo, un raro presentimiento revelaba a la señorita Campbell que el joven no bromeaba.

—Señor Sinclair —le dijo—, el Rayo Verde no es de mi propiedad. Luce para todo el mundo. No pierde nada de su valor al mostrarse a varios curiosos a la vez. Si usted quiere, intentaremos verlo juntos.

—Con mucho gusto, señorita Campbell.

—Pero hay que tener mucha paciencia.

—La tendré.

—Y no tema estropearse la vista —dijo el hermano Sam.

—El Rayo Verde bien merece la pena de que nos arriesguemos por él —replicó Olivier Sinclair—, y no quiero marcharme de Oban sin haberlo visto, se lo prometo.

—Ya fuimos una vez hasta la isla Seil para ver este Rayo, pero una nubecilla se posó a última hora en el horizonte, precisamente cuando el sol se ponía.

—¡Vaya fatalidad!

—¡Una verdadera fatalidad, señor Sinclair! Pues desde aquel día, ya nunca más hemos vuelto a ver el cielo completamente limpio de nubes.

—Ya volveremos a verlo, señorita Campbell. El verano no ha dicho todavía su última palabra, y antes de que venga el mal tiempo, créame usted, el sol nos habrá hecho la caridad del Rayo Verde.

—Para decírselo todo de una vez, señor Sinclair —prosiguió la señorita Campbell—, seguramente lo hubiéramos visto la tarde del día 2 de agosto, en el mismo horizonte del estrecho de Corryvreckan, si nuestra atención no hubiese sido atraída por cierto salvamento…

—¿Cómo, señorita Campbell? —exclamó Olivier Sinclair—. ¿Tan torpe fui que estorbé su contemplación en aquel momento? ¡Mi imprudencia le ha costado a usted el Rayo Verde! Entonces, soy yo quien le debo presentar mis excusas, y se las presento con todo mi pesar por mi inoportuna intervención. Le aseguro que no volverá a ocurrir.

Y hablando de esto y de otras cosas, reemprendieron el camino del Caledonian Hotel, donde precisamente Olivier Sinclair se hospedaba desde la víspera, en que regresó de una excursión por los alrededores de Dalmally. Aquel joven, cuyas maneras francas y comunicativa alegría no desagradaban a los dos hermanos, al contrario, empezó a hablarles entonces de Edimburgo y de su tío, el alcalde Patrick Oldimer. Y resultó que los hermanos Melvill habían mantenido relaciones con este señor Oldimer, pero, debido al alejamiento de unos y otros, no habían continuado como antes. En vista de lo cual, los Melvill invitaron a comer al joven Sinclair, y como no había ninguna razón que le obligara a plantar su caballete de artista en otra parte, confirmó que permanecería en Oban para tomar parte en la búsqueda del Rayo Verde.

La señorita Campbell y los hermanos Melvill se encontraron con él, pues, muy a menudo en la playa de Oban los días que siguieron. Observaban juntos si las condiciones atmosféricas tendían a mejorar. Diez veces al día interrogaban el barómetro, que a veces dejaba entrever una ligera subida de la columna de mercurio. Y, efectivamente, el 14 de agosto, el benévolo instrumento sobrepasó las treinta pulgadas y siete décimas.

¡Con qué satisfacción aquel día Olivier Sinclair trajo la buena nueva a la señorita Campbell! ¡Un cielo puro como la mirada de la Virgen! Ni una ligera nube en el firmamento. La perspectiva de un día espléndido y de una puesta de sol capaz de maravillar a los astrónomos de un observatorio.

—Si hoy no vemos nuestro Rayo al ponerse el sol —dijo Olivier Sinclair—, será que nos habremos vuelto ciegos.

—Mis queridos tíos —exclamó la señorita Campbell—, ¿lo habéis oído bien? ¡Será esta tarde!

Se convino, pues, que marcharían después de comer para la isla Seil. Y así lo hicieron. Alrededor de las cinco la calesa condujo por la pintoresca carretera de Clachan a la señorita Campbell, radiante, a Olivier Sinclair, satisfecho, y a los hermanos Melvill, que tomaban parte en aquella radiación y aquella satisfacción. Podría decirse que se llevaban el sol con ellos en el coche y que los cuatro caballos que conducían el coche eran los hipogrifos del carro de Apolo, dios del día.

Al llegar a la isla Seil los observadores, entusiasmados de antemano, se hallaron ante un horizonte cuya pureza de línea no era alterada por ningún obstáculo. Fueron a colocarse al extremo de un estrecho cabo que separaba dos calas del litoral, adentrándose en el mar. Nada estorbaba la vista por el oeste en un cuarto de horizonte.

—Por fin veremos este caprichoso rayo verde, que tanto mal nos ha hecho por no dejarse ver —dijo Olivier Sinclair.

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La carretera volaba por el pintoresco camino de Clachan.

—Así lo espero —dijo el hermano Sam.

—Estoy seguro que sí —añadió el hermano Sib.

—Y yo también lo espero —contestó la señorita Campbell mirando el mar desierto y sin mácula.

Ciertamente, todo hacía prever que el fenómeno de la puesta del sol se mostraría con todo su esplendor.

El astro radiante empezaba su descenso en línea oblicua, y quedaba entonces a pocos grados sobre el horizonte. Su rojo disco teñía de un color uniforme el fondo del cielo, lanzando un largo rastro resplandeciente sobre las tranquilas aguas del mar.

Todos estaban callados, en espera de la aparición, un poco emocionados en aquel crepúsculo maravilloso, observando el sol que iba hundiéndose poco a poco como un enorme bólido. De pronto, la señorita Campbell dejó escapar un grito involuntario, seguido de una angustiosa exclamación que ni los hermanos Melvill ni Olivier Sinclair pudieron reprimir.

Una chalupa acababa de salir entonces del islote Easdale, al pie de la isla Seil, y avanzaba lentamente hacia el oeste. Su vela, extendida como una pantalla, tapaba la línea del horizonte. ¿Sería capaz de tapar también el sol, en el momento en que éste se hundiría en el agua?

Era cuestión de segundos. O volver sobre sus pasos, o dirigirse hacia un lado o hacia otro, a fin de volver a encontrar un sitio desde donde pudieran contemplar el horizonte despejado. Pero no había tiempo para ello; la estrechez de aquel cabo no les permitía apartarse en un ángulo suficiente para volver a ponerse frente al eje del sol.

La señorita Campbell, desesperada por aquel contratiempo, iba y venía por las rocas. Olivier Sinclair hacía grandes señas a la embarcación, indicándole que arriara la vela. Pero todo fue en vano. Ni le veían ni podían oírle. La chalupa, empujada por una ligera brisa, continuaba surcando las aguas hacia el oeste.

En el momento en que el borde superior del disco solar iba a desaparecer, la barca pasó ante él tapándolo con el triángulo de su opaca vela.

¡Decepción! Esta vez el Rayo Verde había brillado al pie de aquel horizonte sin brumas, pero había tropezado con la vela antes de alcanzar el promontorio en el cual tantas miradas ávidas lo estaban esperando.

La señorita Campbell, Olivier Sinclair y los hermanos Melvill, completamente descorazonados, más irritados quizá de lo que debieran por su mala suerte, permanecían como petrificados en el mismo lugar, sin pensar en marcharse, y maldecían a la embarcación y a los que la conducían.

Mientras tanto la chalupa acababa de atracar en la misma base del promontorio.

Entonces desembarcó un pasajero, dejando a bordo los dos marineros que lo habían conducido desde la isla Luing, y, tras cruzar la playa, empezó a subir por las rocas para llegar al extremo del cabo.

Seguramente aquel inoportuno personaje debía haber reconocido el grupo de observadores situados en la meseta, pues los saludó con un gesto familiar.

—¡El señor Ursiclos! —exclamó la señorita Campbell.

—¡Él! —exclamaron los dos hermanos.

«¿Quién puede ser este caballero?», pensó Olivier Sinclair.

Era el mismo Aristobulus Ursiclos en persona que regresaba de una de sus científicas excursiones de varios días por la isla Luing.

Sería inútil explicar de qué manera lo recibieron aquéllos a quienes, con su presencia, acababa de estorbar la realización de sus más caros deseos.

El hermano Sam y el hermano Sib, olvidándose de todas las conveniencias, no pensaron ni en presentar a Olivier Sinclair a Aristobulus Ursiclos. Delante del descontento de Elena, bajaron la vista, a fin de no ver aquel inoportuno pretendiente que habían escogido.

La señorita Campbell, con los puños cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho, con los ojos llameantes, lo miraba sin decir nada. Por fin le dijo:

—Señor Ursiclos, habría hecho usted mucho mejor en no venir tan a propósito para cometer tan gran torpeza.

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