Capítulo 03. El artículo del "Morning Post"

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 21/02/2022 - 15:00

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He aquí lo que los aficionados a las curiosidades científicas habrían podido leer en el Morning Post de aquel día:

¿Habéis observado alguna vez el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna. ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Es muy posible. Pero ¿os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo, limpio de nubes, es entonces de una perfecta pureza? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengáis ocasión —¡y se presenta tan raramente!— de hacer esta observación, no será, como podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero en un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de las aguas más límpidas. Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero verde de la Esperanza.

Éste era el artículo publicado en el Morning Post, el periódico que la señorita Campbell tenía en la mano cuando entró en la habitación. La lectura de aquella nota la había sencillamente entusiasmado. Por esto, con apasionada voz, leyó a sus tíos las líneas antedichas, que celebraban en forma lírica las bellezas del Rayo Verde.

Pero lo que la señorita Campbell no dijo, era que precisamente este Rayo Verde se refería a una vieja leyenda, cuyo íntimo sentido le había escapado hasta entonces, una leyenda inexplicable entre tantas otras, salidas del país de los Highlands, y que cuenta lo siguiente: Este rayo tiene la virtud de hacer que aquel que lo ha visto no pueda jamás equivocarse en cosas del corazón; su aparición destruye las ilusiones y las mentiras; y el que ha tenido la dicha de verlo solo una vez, ya puede ver claro en su corazón, y en el de los demás.

Podemos perdonar a una joven escocesa de las Tierras Altas la poética credulidad que acababa de avivar en su imaginación la lectura de aquel artículo del Morning Post.

Al oírla, el hermano Sam y el hermano Sib se miraron pasmados, abriendo mucho los ojos. Hasta entonces habían vivido sin haber visto el Rayo Verde, y se imaginaban que podía vivirse perfectamente sin verlo nunca. Pero parece que Elena no pensaba así, y pretendía subordinar el acto más importante de su vida a la observación de aquel fenómeno, único entre todos.

—¡Ah! ¿Esto es lo que se llama el Rayo Verde? —dijo el hermano Sam, moviendo lentamente la cabeza.

—Sí —contestó la señorita Campbell.

—¿Este que quiere ver a todo trance? —dijo el hermano Sib.

—Que veré, con vuestro permiso, tíos, y lo más pronto posible, si no os parece mal.

—¿Y luego, cuando lo hayas visto…?

—Cuando lo haya visto, podremos hablar del señor Aristobulus Ursiclos.

El hermano Sam y el hermano Sib se miraron de reojo, sonriendo con aire de complicidad.

—¡Vamos a ver, pues, el Rayo Verde! —dijo el uno.

—¡Sin perder un minuto! —añadió el otro.

La señorita Campbell los detuvo con la mano, en el momento en que iban a abrir la ventana del hall.

—Hemos de esperar a que el sol se oculte —les dijo.

—Esta tarde, pues —contestó el hermano Sam.

—Cuando el sol se ponga en el más puro de los horizontes —añadió la señorita Campbell.

—Bueno, después de comer nos iremos los tres a la punta de Rosenheat —dijo el hermano Sib.

—O bien subiremos simplemente a la torre de la casa —terminó el hermano Sam.

—Tanto desde la punta de Rosenheat como desde la torre del tejado —contestó la señorita Campbell— no se ve más horizonte que el del litoral del río Clyde. Y es precisamente en la línea del horizonte que separa el mar del cielo donde debemos observar la puesta del sol. Así, pues, tíos, no tenéis más remedio que ponerme ante este horizonte lo más pronto posible.

La señorita Campbell hablaba con tanta seriedad, mientras les dedicaba su más bella sonrisa, que los hermanos Melvill no pudieron resistir una requisitoria formulada en aquellos términos.

—No será tan urgente como eso… —creyó prudente decir el hermano Sam.

Y el hermano Sib acudió en su ayuda, añadiendo:

—Ya tendremos tiempo…

Pero la señorita Campbell agitó graciosamente la cabeza.

—No siempre tendremos tiempo —contestó— y, al contrario, ¡es muy urgente!

—Será acaso que, en interés del señor Aristobulus Ursiclos… —empezó a decir el hermano Sam.

—Cuya felicidad parece que depende de la observación del Rayo Verde… —dijo el hermano Sib.

—Es porque ya estamos en el mes de agosto, tíos —contestó la señorita Campbell—, y las nubes no tardarán en ensombrecer nuestro cielo de Escocia. Por ello, nos conviene aprovecharnos de los buenos atardeceres que nos quedan en este final de verano hasta que comience al otoño. ¿Cuándo nos marchamos?

Lo cierto es que si la señorita Campbell se empeñaba en ver el Rayo Verde aquel mismo año, no tenían tiempo que perder. Partir inmediatamente hacia cualquier punto de la parte oeste del litoral escocés, instalarse lo más confortablemente posible, acudir cada atardecer a contemplar la puesta del sol, para observar su último rayo; esto es todo lo que tenían que hacer, sin esperar tan solo un día más.

Quizá entonces, con algo de suerte, la señorita Campbell vería cumplidos sus deseos un poco fantasiosos, si el cielo se prestaba a la observación del fenómeno —cosa rarísima—, tal como decía con mucha razón el Morning Post.

Y tenía razón aquel periódico bien informado.

Primeramente, tenían que buscar y escoger una parte de la costa occidental desde donde el fenómeno pudiera ser bien visible. Y, para hallarlo, tenían que salir del golfo del Clyde.

Efectivamente, toda aquella desembocadura, a lo largo del Firth of Clyde, está cubierta de obstáculos que limitan el campo visual, tales como las islas de Bute, la isla de Arran, las penínsulas de Knapdale y de Kintyre, Jura, Islay, extensos parajes cubiertos de rocas dislocadas en la época geológica, y que forman una especie de archipiélago a lo largo de la costa occidental del condado de Argyll. Allí es imposible hallar un segmento de horizonte en aquella parte del mar, en el cual la mirada pudiera contemplar el ocaso del sol.

Así, pues, si no querían salir de Escocia, tenían que trasladarse hacia el norte, o hacia el sur, ante un espacio sin límites, y esto antes de que llegasen los brumosos crepúsculos de otoño.

El lugar donde irían poco importaba a la señorita Campbell. La costa de Irlanda, la de Francia, la de Noruega, la de España o de Portugal, le era indiferente, y se dirigía a cualquier de ellas para contemplar como el astro radiante se iba al ocaso, lanzándole sus más bellos rayos, y, tanto si convenía como no a los hermanos Melvill, éstos no tendrían más remedio que seguirla.

Los dos tíos se apresuraron a tomar la palabra, después de haberse consultado con la mirada. ¡Pero, qué mirada impregnada de fina diplomacia!

—Bueno, mi querida Elena —dijo el hermano Sam—, nada más fácil que complacerte. Vamos a Oban.

—Es evidente que en ninguna parte hallaremos nada mejor que Oban —añadió el hermano Sib.

—Vaya por Oban —contestó la señorita Campbell—. Pero ¿tiene Oban horizonte de mar?

—¡Ya lo creo que tiene un horizonte! —exclamó el hermano Sam.

—¡Incluso dos! —exclamó el hermano Sib.

—Pues bien, vamos allá.

—Dentro de tres días —dijo uno de los tíos.

—Dentro de dos días —dijo el otro, juzgando oportuno hacer esta ligera concesión.

—No, mañana mismo —contestó la señorita Campbell, levantándose, pues en aquel momento sonó la campana anunciando la comida.

—Mañana… bueno… mañana —accedió el hermano Sib.

—¡Ya quisiera yo estar allí! —dijo el hermano Sam.

Y decían verdad. Pero ¿por qué tanta prisa? Pues porque Aristobulus Ursiclos estaba veraneando en Oban precisamente desde hacía quince días. Y la señorita Campbell, que lo ignoraba, se hallaría en presencia de aquel joven, escogido entre los más sabios y, cosa que los hermanos Melvill no sospechaban, entre los más fastidiosos. Pensaban los dos astutos hermanos que la señorita Campbell, después de gastarse la vista inútilmente contemplando las puestas de sol, renunciaría a su capricho y terminaría por depositar su mano entre las de su prometido. Además, aunque la propia Elena lo hubiera sospechado, hubiera partido lo mismo. La presencia de Aristobulus Ursiclos no era suficiente para estorbar sus propósitos.

—¡Bet!

—¡Beth!

—¡Bess!

—¡Betsey!

—¡Betty!

Esta serie de nombres resonó nuevamente a través del hall; pero esta vez la señora Bess compareció y recibió la orden de estar dispuesta a la mañana siguiente para emprender un viaje.

En efecto, tenían que apresurarse. El barómetro, que marcaba 769 mm, prometía buen tiempo sin variación. Saliendo a la mañana siguiente, llegarían temprano aún a Oban para contemplar la puesta del sol.

Naturalmente, desde aquel día la señora Bess y Partridge estuvieron muy atareados preparando el viaje. Las cuarenta y siete llaves del ama de llaves sonaron en el bolsillo de su saya como los cascabeles de una mula española. ¡Cuántos armarios, cuántos cajones para abrir y sobre todo para cerrar! ¿Permanecería vacía por mucho tiempo la mansión de Helensburgh? Todo dependería del capricho de la señorita Campbell. ¿Y si se le ocurría a la muchacha correr en pos de su Rayo Verde? ¿Y si este Rayo Verde se empeñaba en hacerles la burla escondiéndose de ellos? ¿Y si los horizontes de Oban no ofrecieran toda la pureza necesaria para aquella clase de experimentos? ¿Y si se veían obligados a buscar otro lugar a propósito en otro litoral más meridional que Escocia, Inglaterra o Irlanda, es decir, en el continente? Se había acordado que partirían al día siguiente, mas ¿cuándo regresarían? ¿Dentro de un mes, de seis, de un año o de diez años?

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El castillo de Helensburgh.

—Pero ¿por qué se le ha ocurrido esta idea de ver el Rayo Verde? —preguntaba la señora Bess, a quien Partridge ayudaba con toda su voluntad.

—No lo sé —le contestaba Partridge—, pero debe de ser algo muy importante, porque nuestra joven ama no hace nada sin tener sus razones, bien lo sabe usted, Mavourneen.

Mavourneen es una expresión muy usada en Escocia, algo así como «querida amiga», y la excelente ama de llaves se sentía satisfecha cada vez que el honrado escocés la llamaba de aquel modo.

—Partridge —le contestó—, creo, como usted, que este capricho de la señorita Campbell esconde alguna intención secreta, que nadie sospecha.

—¿Cuál?

—¡Oh! ¿Quién sabe? Si no una negativa, quizá es una forma de dar largas a los proyectos de sus tíos.

—En verdad —continuó Partridge— que no comprendo por qué los señores Melvill se han entusiasmado tanto con este señor Ursiclos. ¿Cree usted que es verdaderamente el marido que corresponde a nuestra señorita?

—Ya puede estar usted seguro, Partridge —replicó la señora Bess—, que si no la conviene del todo, no se casará con él. Dirá bonitamente que no a sus tíos, al tiempo que les dará un beso a la mejilla a cada uno, y sus tíos se quedarán sorprendidos de haber podido pensar, aunque solo fuera por un instante, en aquel pretendiente, cuyas pretensiones no me gustan a mí ni pizca.

—¡Ni a mí tampoco, mavourneen!

—Mire usted, Partridge, el corazón de la señorita Campbell es como un cajón, bien cerrado con cerrojo de seguridad. Ella tiene la llave, y para abrirlo es necesario que sea ella quien la entregue.

—O que se la quiten —añadió Partridge, sonriendo en señal de aprobación.

—¡No se la quitarán, a menos que ella quiera dejársela quitar! —contestó la señora Bess—. ¡Y que el viento se me lleve la cofia hasta la punta del campanario de San Mungo, si nuestra señorita llega a casarse algún día con el señor Ursiclos!

—¡Un meridional! —exclamó Partridge—. Un southern que, aunque haya nacido en Escocia, siempre ha vivido al sur del Tweed.

La señora Bess movió la cabeza. Aquel par de highlanders se entendían bien. Para ellos, las Tierras Bajas apenas formaban parte de la vieja Caledonia, a pesar de todos los tratados de la Unión. En definitiva, no eran en modo alguno partidarios del proyectado casamiento.

Esperaban algo mejor para la señorita Campbell. Si este pretendiente se ajustaba a las conveniencias, las conveniencias no les parecían suficientes.

—¡Ah, Partridge! —continuó la señora Bess—, las antiguas costumbres de los montañeses eran, después de todo, las mejores, y, siguiendo la costumbre de nuestros viejos clanes, creo que los casamientos eran más felices antaño que ahora.

—¡Acaba usted de decir una verdad como un templo! —contestó gravemente Partridge—. Antes se buscaba un poco más la conveniencia del corazón y un poco menos la del bolsillo. El dinero está bien, no hay duda, pero el afecto es mucho mejor.

—Sí, Partridge, y, por encima de todo, la gente quería conocerse bien antes de casarse. ¿Se acuerda usted de lo que sucedía en la Feria de San Olla, en Kirkwall? En todo el tiempo que duraba, desde principio de agosto, los jóvenes se unían por parejas, y a estas parejas se les llamaba: «hermano y hermana de primero de agosto». Hermano y hermana, ¿no es ya una preparación para llegar a ser poco a poco marido y mujer? Y mire, precisamente nos hallamos ya en el día en que antaño se inauguraba la Feria de San Olla, que Dios quiera devolvernos.

—¡Que Él os escuche! —contestó Partridge—. Si el señor Sam y el señor Sib se hubieran unido a alguna linda escocesa, no habrían escapado a la ley común, y la señorita Campbell contaría ahora con dos tías más en la familia.

—Estoy de acuerdo, Partridge —contestó la señora Bess—, pero intente usted unir hoy a la señorita Campbell con este señor Ursiclos y ¡que el Clyde cambie la corriente de Helensburgh a Glasgow si su unión no se rompe antes de ocho días!

Sin insistir sobre los inconvenientes que esta familiaridad podía ofrecer, hemos de limitarnos a decir que los hechos hubieran dado quizá la razón a la señora Bess. Pero, en fin, la señorita Campbell y Aristobulus Ursiclos no eran hermano y hermana de primero de agosto, y si su casamiento llegaba a realizarse algún día, los prometidos no habrían tenido ocasión de conocerse bien, como hubiera ocurrido si hubiesen pasado por la prueba de la Feria de San Olla.

Sea como sea, las ferias se han creado para fomentar el comercio y no los casamientos. Hemos de dejar, pues, que la señora Bess continúe con sus lamentaciones a Partridge, que no por hablar se afanaban menos en su trabajo.

La partida estaba decidida. El lugar de destino estaba elegido. En las notas de sociedad de los más importantes periódicos, en el renglón «Salidas de veraneo», figurarían los dos hermanos Melvill y la señorita Campbell, partiendo al día siguiente para la estación balnearia de Oban. Pero ¿cómo efectuarían el viaje? Esta cuestión todavía quedaba para resolver.

Existían dos caminos distintos para llegar a aquella pequeña ciudad, situada en el estrecho de Mull, a un centenar de millas al noroeste de Glasgow.

La primera era una ruta terrestre. Tenían que dirigirse a Bowling; desde allí por Dumbarton siguiendo la orilla derecha del Leven, se llega a Balloch, al extremo del Lomond; se atraviesa el más bello de los lagos de Escocia, con sus treinta islas, entre sus históricas orillas, llenas de recuerdos de los MacGregor y los MacFarlan, en pleno país de Rob Roy y de Robert Bruce; entonces se llega a Dalmally, y, siguiendo una ruta que se desliza por el flanco de las montañas, dominando los torrentes y los fiordos, a través de la primera etapa de la cadena de los montes Grampianos, el asombrado turista llega hasta Oban, cuyo litoral no tiene nada que envidiar a los más pintorescos de todo el Atlántico.

Es una excursión deliciosa, que todo viajero que recorre Escocia hace o debe hacer; pero en todo aquel recorrido no se ve horizonte marino alguno. Por esto, al proponerla los hermanos Melvill a la señorita Campbell se vieron rechazados de pleno.

La segunda ruta es fluvial y marítima a la vez. Debe descenderse por el Clyde hasta el golfo al cual da su nombre, navegar entre las islas y los islotes que hacen asemejarse aquel caprichoso archipiélago a una enorme mano de esqueleto aplicada sobre aquella parte de océano, luego subir por la derecha de esta especie de mano hacia el puerto de Oban. Esta ruta sí que tentaba a la señorita Campbell, para quien el adorable país del Lomond y del lago Katrine no tenía secretos. Además, entre las islas, a través de los estrechos y de los golfos, había un gran panorama hacia el oeste, hacia donde la línea del horizonte se descubría perfectamente. Y si durante las últimas horas de la travesía, al ponerse el sol, ninguna nube oscurecía el horizonte, ¿no sería posible percibir aquel Rayo Verde, cuya proyección dura apenas un quinto de segundo?

—Ya comprenderá usted, tío Sam —dijo la señorita Campbell—, y usted también, tío Sib, que solo es preciso un instante. Así, pues, tan pronto haya visto lo que quiero ver, podremos dar por terminado el viaje, y será inútil que vayamos a instalarnos en Oban.

Y esto era precisamente lo que no convenía a los hermanos Melvill. Ellos querían instalarse por algún tiempo en Oban, ya sabemos por qué, y no les interesaba que una aparición prematura del fenómeno estorbara sus proyectos.

Sin embargo, como la señorita Campbell tenía voz preponderante en aquel tema, y como que ella votó por la ruta marítima, fue ésta la que se eligió, prefiriéndola a la terrestre.

—¡Al diablo el Rayo Verde! —dijo el hermano Sam, cuando Elena salió de la habitación.

—¡Y los que lo han inventado! —añadió el hermano Sib.

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