Capítulo 00. Capítulo preliminar. Que resume la primera parte de la obra, que servirá de prefacio a la segunda

Enviado por Francisco J. Calzado el Jue, 12/03/2020 - 22:47

En este capítulo de introducción se resume el proyecto del Gun-Club, de Baltimore, de enviar un proyectil a la Luna, pormenorizadamente narrado en la obra "De la Tierra a la Luna", que antecede a la presente "Alrededor de la Luna".

Capítulo 0. Alrededor de la Luna

Durante el transcurso del año 186., el mundo entero se vio singularmente conmocionado a causa de un proyecto científico sin precedentes en los anales de la ciencia. A los miembros del Gun-Club, círculo de artilleros fundado en Baltimore después de la guerra americana, se les había ocurrido la idea de ponerse en comunicación con la Luna —sí, con la Luna—, enviándole un proyectil. Su presidente, Barbicane, promotor de semejante aventura, luego de consultar al respecto a los astrónomos del observatorio de Cambridge, tomó todas las medidas necesarias para llevar a buen fin tan extraordinaria empresa, que la mayoría de las personas competentes declararon realizable. Después de abrir una suscripción pública que recabó cerca de treinta millones de francos, comenzó una inteligente tarea.

Según la nota redactada por los miembros del observatorio, sería preciso situar el cañón desde el que se lanzaría el proyectil en algún país que se hallase entre los 0 y los 28 grados de latitud norte o sur, para poder apuntar a la Luna en el cenit. Habría que imprimir al proyectil una velocidad inicial de doce mil yardas por segundo. Lanzado el día 1 de diciembre, a las once horas menos trece minutos y veinte segundos de la noche, tendría que alcanzar la Luna cuatro días después de su partida, el día 5 de diciembre, a las doce en punto de la noche, en el mismísimo momento en que se encontraba en su perigeo, es decir, en el punto de su trayectoria más próximo a la Tierra, o sea a ochenta y seis mil cuatrocientas diez leguas.

Los principales miembros del Gun-Club, el mayor Elphiston, el secretario J. T. Maston y otros sabios, celebraron varias sesiones en las que se discutieron la forma y composición del proyectil, la disposición y naturaleza del cañón, la calidad y cantidad de la pólvora que se debería emplear. Se decidió:

  1. Que el proyectil sería un obús de aluminio de ciento ocho pulgadas de diámetro, con paredes de doce pulgadas de grosor, y un peso de diecinueve mil doscientas cincuenta libras.
  2. Que el cañón sería un Columbiad de hierro colado que se fundiría directamente en el suelo.
  3. Que la carga estaría compuesta por cuatrocientas mil libras de fulmicotón que producirían seis mil millones de litros de gas bajo el proyectil, haciendo que se elevase con toda facilidad hacia el astro de la noche.

Una vez resueltas estas cuestiones, el presidente Barbicane, con la ayuda del ingeniero Murchison, eligió un lugar situado en la Florida, a 27° 7’ de latitud norte y 5° 7’ de longitud oeste. Fue en aquel emplazamiento, tras una serie de trabajos maravillosos, donde se fundió el Columbiad con un éxito absoluto.

Y así estaban las cosas cuando se produjo un incidente que centuplicó el interés que ya tenía tan magna empresa.

Un francés, un parisiense fantasioso, un artista tan espiritual como atrevido, pidió que le dejaran encerrarse en el proyectil con el fin de poder llegar a la Luna y llevar a cabo un reconocimiento del satélite terrestre. Tan intrépido aventurero se llamaba Michel Ardan. Llegó a América, donde lo recibieron con entusiasmo, dio varios meetings, vio cómo lo llevaban en triunfo, reconcilió al presidente Barbicane con el capitán Nicholl y, en prenda de dicha reconciliación, los convenció para que se embarcaran con él en el proyectil.

Se aceptó la propuesta. Modificaron la forma del proyectil, que pasó a ser cilindro-cónico. Colocaron en aquella especie de vagón aéreo unos potentes resortes y unos tabiques parachoques con el fin de amortiguar el efecto de sacudida inicial. Metieron dentro víveres para un año, agua para varios meses, gas para varios días. Un aparato automático fabricaba y suministraba el aire necesario para que pudieran respirar los tres viajeros. Al mismo tiempo, el Gun-Club mandaba que se construyese en una de las cimas más altas de las montañas Rocosas un telescopio gigantesco que permitiría seguir la trayectoria del proyectil a través del espacio. Todo estaba dispuesto.

El 30 de noviembre, a la hora prevista, en medio de una asistencia extraordinaria de espectadores, tuvo lugar el despegue y, por primera vez, tres seres humanos salieron del globo terráqueo para lanzarse por los espacios interplanetarios con la casi absoluta certeza de alcanzar su meta. Tan audaces viajeros, Michel Ardan, el presidente Barbicane y el capitán Nicholl, deberían efectuar este trayecto en noventa y siete horas, trece minutos y veinte segundos. Por lo tanto, no llegarían a la superficie del disco lunar hasta la medianoche del 5 de diciembre, precisamente en el momento del plenilunio, y no el 4, como habían anunciado algunos periódicos mal informados.

Mas se produjo una circunstancia inesperada, y es que la detonación que provocó el Columbiad dio lugar a que se alterase la atmósfera, acumulándose una cantidad enorme de vapores, fenómeno que causó general indignación, pues la Luna quedó oculta durante varias noches a los ojos de sus contempladores.

El digno J. T. Maston, el más valiente amigo de los tres viajeros, se dirigió hacia las montañas Rocosas acompañado por el honorable J. Belfast, director del observatorio de Cambridge, y llegó a la estación de Long’s Peak, en la que se levantaba el telescopio que aproximaba la Luna a una distancia de dos leguas. El honorable secretario del Gun-Club quería observar con sus propios ojos el vehículo de sus audaces amigos.

La acumulación de nubes en la atmósfera impidió toda observación durante los días 5, 6, 7, 8, 9 y 10 de diciembre. Incluso se llegó a pensar que no se podría observar nada hasta el día 3 de enero del año siguiente, puesto que la Luna, que entraba en cuarto menguante el día 11, ya no presentaba más que una porción cada vez menor de su disco, insuficiente para poder seguir por ella la trayectoria del proyectil.

Pero al cabo, y con gran satisfacción general, una fuerte tormenta limpió la atmósfera en la noche del 11 al 12 de diciembre, y la Luna, a medias iluminada, se destacó sobre el fondo negro del cielo.

Aquella misma noche J. T. Maston y Belfast enviaban un telegrama desde la estación del Long’s Peak a los señores miembros del gabinete del observatorio de Cambridge.

¿Y qué anunciaba dicho telegrama?

Pues anunciaba que el 11 de diciembre, a las ocho horas y cuarenta y siete minutos de la tarde, los señores Belfast y J. T. Maston habían divisado el proyectil lanzado por el Columbiad —que la bala, desviada por causas desconocidas, no había alcanzado su meta, aunque se había acercado a ella lo suficiente como para quedar retenida por la atracción lunar—, que su movimiento rectilíneo se había transformado en un movimiento circular y que, atraída según una órbita elíptica alrededor del astro de la noche, se había convertido en su satélite.

El telegrama añadía que todavía no se habían podido calcular los elementos de este nuevo astro; efectivamente, se necesitaban tres observaciones del astro en tres posiciones diferentes para poder determinar dichos elementos. A continuación indicaba que «se podía» calcular la distancia entre el proyectil y la superficie de la Luna en unas dos mil ochocientas treinta y tres millas, es decir, cuatro mil quinientas leguas.

Como conclusión, ofrecía esta doble hipótesis: o bien acabaría por imponerse la atracción lunar, con lo cual los viajeros llegarían a su destino, o bien el proyectil, mantenido dentro de una órbita invariable, gravitaría alrededor del disco lunar hasta el fin de los siglos.

Ante tan diversas alternativas, ¿qué suerte correrían los viajeros? Es cierto que tenían víveres suficientes para una temporada. Pero incluso suponiendo que su temeraria aventura llegara a buen fin, ¿cómo regresarían? ¿Lograrían regresar alguna vez? ¿Podrían enviar alguna noticia? Todas estas cuestiones, debatidas por las más doctas plumas de aquella época, llegaron a apasionar al público.

Al llegar a este punto debemos hacer una observación que ha de servir de punto de meditación para los observadores demasiado acelerados. Cuando un sabio anuncia al público un descubrimiento puramente especulativo, toda prudencia es poca. Nadie está obligado a descubrir un planeta, ni un cometa, ni un satélite, y quien se equivoca en semejante caso se expone merecidamente a las pullas de la gente. De modo que más vale aguardar, y eso es lo que tenía que haber hecho el impaciente J. T. Maston antes de lanzar por todo el mundo el telegrama que, en su opinión, era la última palabra sobre este asunto.

Y efectivamente el telegrama contenía errores de dos tipos, como se pudo comprobar posteriormente:

  1. Errores de observación, en lo referente a la distancia entre el proyectil y la superficie de la Luna, porque el día 11 de diciembre era imposible apreciarla, y lo que J. T. Maston había visto, o había creído ver, no podía ser el proyectil del Columbiad.
  2. Errores de teoría sobre la suerte que habría de correr el susodicho proyectil, ya que convertirlo en un satélite de la Luna equivalía a contradecir absolutamente las leyes de la mecánica racional.

Sólo podía realizarse una de las hipótesis de los observadores de Long’s Peak, y era la que daba por supuesto el caso de que los viajeros —si todavía estaban vivos— combinaran sus esfuerzos con la atracción lunar con el fin de poder llegar a la superficie del disco.

Y resulta que aquellos hombres, tan inteligentes como osados, habían sobrevivido a la terrible sacudida inicial, y ahora les vamos a contar su viaje en el vagón-proyectil, con todos los detalles, desde los más dramáticos hasta los más singulares. Este relato dará al traste con muchas ilusiones y previsiones; pero ofrecerá una justa idea de las peripecias propias de semejante aventura, y pondrá de manifiesto la intuición científica de Barbicane, los recursos del industrioso Nicholl y el humor y la audacia de Michel Ardan.

Y además, servirá para demostrar que su digno amigo, J. T. Maston, perdía el tiempo cuando, inclinado sobre el gigantesco telescopio, observaba el curso de la Luna a través de los espacios estelares.

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