Capítulo 15. Hipérbola o parábola

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 31/08/2020 - 15:00

La trayectoria que lleva el proyectil hace suponer a sus pasajeros que en el futuro inmediato puede tomar dos trayectorias: una de tipo hiperbólico o bien otra de tipo parabólico. Como la oscuridad de la cara oculta de la Luna impide cualquier observación, se dedican a analizar las consecuencias de estas dos posibilidades, cuando hacen un inesperado descubrimiento sobre la superficie lunar y se llevan un gran susto que a punto está de costarles la vida.

Capítulo 15. Alrededor de la Luna

Resultará posiblemente sorprendente ver que a Barbicane y sus compañeros apenas les preocupaba el porvenir que les aguardaba encerrados en aquella cárcel de metal que se desplazaba por el espacio infinito del éter. En lugar de preguntarse adonde iban, se dedicaban a llevar a cabo experimentos, como si estuvieran tan tranquilos en el laboratorio.

Se podría responder que hombres de tan recio temple estaban por encima de semejantes preocupaciones, que no se agobiaban por tan poca cosa, y que tenían muchas más cosas que hacer que pensar en lo que el destino les tenía deparado.

Lo cierto es que no eran dueños del proyectil, y no podían ni detener su marcha, ni alterar su dirección. Un marino puede cambiar a su antojo el rumbo de su nave; un aeronauta puede imprimir a su globo movimientos verticales. Ellos, por el contrario, no tenían ninguna influencia sobre su vehículo y les estaba vedada cualquier maniobra. A ello se debía esa actitud de dejar que las cosas siguieran su curso, «a navegar a la deriva», como dicen los marineros.

¿Dónde se encontraban en aquel momento, a las ocho de la mañana de aquel día que en la Tierra se llamaba 6 de diciembre? Indudablemente, muy cerca de la Luna; tanto incluso que les parecía que ésta era un inmenso telón negro desplegado sobre el firmamento. En cuanto a la distancia que los separaba de ella, era imposible calcularla. El proyectil, sostenido por fuerzas inexplicables, había pasado rozando el polo norte del satélite, a menos de cincuenta kilómetros del mismo. Pero dos horas antes había entrado en el cono de sombra y desde entonces no sabían si dicha distancia habría aumentado o disminuido. No tenían absolutamente ningún punto de referencia para calcular ni la dirección ni la velocidad del proyectil. Tal vez se estuviera alejando a toda velocidad del disco y pronto saldrían de la zona de la sombra total. Tal vez, por el contrario, se estuviera acercando sensiblemente a la Luna, y estarían a punto de chocar contra cualquier elevada cumbre del hemisferio invisible, cosa que pondría fin al viaje, sin duda alguna en detrimento de los viajeros.

A este respecto se suscitó una discusión, y Michel Ardan, siempre tan sobrado de explicaciones, expuso la teoría de que el proyectil, retenido por la atracción lunar, acabaría por caer sobre el satélite como cae un aerolito sobre la superficie del globo terrestre.

—En primer lugar, compañero —le dijo Barbicane—, no todos los aerolitos van a caer sobre la Tierra, sino una mínima parte de los mismos. De modo que, aunque hubiéramos pasado al estado de aerolito, ello no supondría que tuviéramos que caer necesariamente sobre la superficie de la Luna.

—Sin embargo —respondió Michel—, si nos acercamos suficientemente…

—Estás muy equivocado —replicó Barbicane—. ¿Acaso no has visto que las estrellas fugaces surcan el cielo a millares en determinadas épocas?

—Sí.

—Pues mira: esas estrellas, o mejor dicho, esos corpúsculos, sólo brillan cuando se recalientan al atravesar las capas atmosféricas. Y si atraviesan las capas atmosféricas, es porque pasan a menos de dieciséis leguas del globo; y sin embargo casi nunca caen sobre la Tierra. Con nuestro proyectil sucedería lo mismo, que aunque se acercase muchísimo a la Luna, lo mismo no llegaba a caer sobre ella.

—En ese caso —preguntó Michel—, me gustaría saber cómo se comportará por el espacio nuestro vehículo errante.

—No veo más que dos hipótesis —respondió Barbicane tras algunos momentos de reflexión.

—¿Cuáles?

—El proyectil puede elegir entre dos curvas matemáticas y optará por una o por la otra, según la velocidad que lleve, cosa que yo no soy capaz de calcular.

—Sí —añadió Nicholl—, irá siguiendo una parábola o una hipérbola.

—Eso es —prosiguió Barbicane—. A determinada velocidad, seguirá una parábola, y si la velocidad es mayor, optará por la hipérbola.

—Cómo me gustan esas palabras tan grandilocuentes —exclamó Michel Ardan—. Se adivina enseguida su significado, ¿verdad? Y ahora haz el favor de explicarme qué es eso de parábola.

Y ahora haz el favor de explicarme qué es eso de parábola.,
Y ahora haz el favor de explicarme qué es eso de parábola.

—Amigo mío —le respondió el capitán—, una parábola es una curva de segundo orden, que resulta de cortar un cono por un plano paralelo a uno de sus lados.

—¡Ah, ya! —dijo Michel en tono satisfecho.

—Equivale aproximadamente —prosiguió Nicholl— a la trayectoria que describe una bomba lanzada por un mortero.

—Perfecto. ¿Y la hipérbola? —preguntó Michel.

—Pues la hipérbola, Michel, es una curva de segundo orden, que resulta de la intersección de una superficie cónica y de un plano paralelo a su eje y que constituye dos ramas separadas una de otra que se extienden indefinidamente en ambos sentidos.

—¡No me digas! —exclamó Michel Ardan la mar de circunspecto, como si le acabaran de comunicar alguna noticia importantísima—. Pues entérate de lo que digo, capitán Nicholl: ¡Lo que más me gusta de esa definición de hipérbola, por poco digo hiperbroma, que me acabas de dar, es que resulta todavía menos clara que la palabra que pretendías definir!

A Nicholl y a Barbicane le traían sin cuidado las bromas de Michel Ardan, pues estaban metidos de pleno en una discusión científica. Lo que les apasionaba era averiguar cuál sería la curva que seguiría el proyectil. Uno sostenía que una hipérbola, el otro, que una parábola. Y exponían muchos argumentos, todos llenitos de x y desarrollados en un lenguaje que sacaba de quicio a Michel. La discusión estaba al rojo vivo, y ninguno de los contrincantes quería sacrificar ante el otro a su curva favorita.

Como dicha cuestión científica se iba prolongando demasiado, Michel acabó por perder la paciencia y les dijo:

—¡Ya está bien, señores del coseno! ¡A ver si dejáis de una vez de tiraros parábolas e hipérbolas a la cabeza! A mí, lo que de verdad me gustaría saber es lo único que nos interesa de todo este asunto. Seguiremos una curva o la otra. Bien. Pero ¿se puede saber adónde nos llevarán?

—A ninguna parte —respondió Nicholl.

—¡Cómo que a ninguna parte!

—Naturalmente —dijo Barbicane—. ¡Son curvas abiertas, que se prolongan hasta el infinito!

—¡Ay, estos sabios de mi alma! —exclamó Michel Ardan—. ¡Mire usted qué más nos dará una hipérbola o una parábola, si tanto una como la otra nos van a llevar lo mismo por el espacio hasta el infinito!

Barbicane y Nicholl no pudieron evitar una sonrisa. Lo que acababan de hacer era simplemente «el arte por el arte». Jamás se había discutido una cuestión más ociosa en un momento más inoportuno. La siniestra verdad era que el proyectil, arrastrado hiperbólica o parabólicamente, jamás volvería a caer ni sobre la Tierra ni sobre la Luna.

¿Y qué sucedería con nuestros valientes viajeros en un futuro ya muy inmediato? ¡Si no llegaban a morir de hambre o de sed, sería porque, al cabo de unos días, en cuanto se les acabara el gas, se morirían por falta de aire, si es que antes no habían muerto de frío!

Sin embargo, y a pesar de lo importante que era economizar gas, el excesivo descenso de la temperatura ambiente los obligaba a consumir determinada cantidad. En caso extremo, podían vivir sin luz, pero no sin su calor. Y menos mal que el calor que desarrollaba el aparato Reiset y Regnaut elevaba ligeramente la temperatura del interior del proyectil, manteniéndola, sin grandes gastos, a un grado bastante soportable.

No obstante, era muy difícil seguir efectuando observaciones a través de las portillas. La humedad interior del proyectil se condensaba sobre los cristales, donde inmediatamente se congelaba. Había que frotar continuamente el cristal, para anular aquella opacidad. Con todo y con eso, pudieron observar algunos fenómenos enormemente interesantes.

Efectivamente, en el caso de que el disco invisible tuviera atmósfera, cabía pensar que se podrían ver sobre él las estelas luminosas de las estrellas fugaces. Si el propio proyectil atravesaba esas capas fluidas, ¿no sería acaso posible sorprender algún ruido repercutido por los ecos lunares, como, por ejemplo, el tronar de una tormenta, el estruendo de una avalancha, o las detonaciones de un volcán en actividad? Y si alguna montaña ignívoma se empenachaba de fogonazos, ¿no serían capaces de reconocer sus intensos fulgores? Cualquiera de estos hechos, meticulosamente comprobados, hubieran servido para dilucidar la oscura cuestión de la constitución lunar. Por este motivo, tanto Barbicane como Nicholl, apostados cada uno junto a una portilla como si fueran astrónomos, observaban el exterior con escrupulosa paciencia.

Pero hasta aquel momento, el disco seguía estando mudo y en absoluta oscuridad. No respondía a las múltiples interrogantes que le planteaban aquellos ardientes espíritus.

Y ello provocó el siguiente comentario por parte de Michel, y por cierto que, aparentemente, bastante justificado:

—Si en otra ocasión volvemos hacer este viaje, mejor será que elijamos una época en la que haya Luna nueva.

—Desde luego será una circunstancia más favorable —respondió Nicholl—. Comprendo que la Luna, inundada por los rayos del Sol, no resultaría visible durante el trayecto; pero, en contrapartida, veríamos la Tierra, que se nos aparecería llena. Y además, si acabáramos dando vueltas alrededor de la Luna, como nos sucede en este momento, tendríamos por lo menos la ventaja de poder ver el disco invisible estupendamente iluminado.

—Así se habla, Nicholl —replicó Michel Ardan—. ¿A ti qué te parece Barbicane?

—Pues me parece lo siguiente —respondió el presidente tan serio como de costumbre—: si un día volvemos a hacer este viaje, lo haremos en la misma época y en las mismas condiciones. Supongamos que hubiéramos alcanzado nuestro objetivo. ¿No habría sido preferible encontrar unos continentes llenos de luz, en lugar de un territorio sumido en la más profunda oscuridad? Nuestra primera instalación se habría llevado a cabo en las mejores circunstancias, ¿no os parece? Naturalmente que sí. En cuanto a este lado invisible, hubiéramos podido visitarlo durante nuestros viajes de reconocimiento sobre el globo lunar. De modo que la época de plenilunio estaba bien elegida. Pero teníamos que haber alcanzado nuestra meta, y para ello era preciso que no nos hubiéramos desviado de nuestra ruta.

—Sobre ese punto, no tengo nada que decir —comentó Michel Ardan—. ¡Sin embargo, menuda ocasión nos hemos perdido de observar el otro lado de la Luna! ¡Cualquiera sabe si los habitantes de otros planetas no estarán más adelantados que los sabios de la Tierra en cuestiones de satélites!

Ante semejante comentario de Michel Ardan, se habría podido responder de la siguiente manera: Efectivamente, al estar más próximos, habrá sido más fácil estudiar otros satélites. Los habitantes de Saturno, de Júpiter o de Urano, suponiendo que existan, habrán podido establecer comunicación con sus respectivas lunas con mayor facilidad. Los cuatro satélites de Júpiter70 gravitan a una distancia de ciento ocho mil doscientas sesenta leguas, ciento setenta y dos mil doscientas leguas, doscientas setenta y cuatro mil setecientas leguas y cuatrocientas mil ciento treinta leguas. Pero estas distancias se calculan desde el centro del planeta y, si se les resta la longitud del radio, que es de diecisiete a dieciocho mil leguas, se puede apreciar que el primer satélite está menos alejado de la superficie de Júpiter que la Luna de la superficie de la Tierra. De las ocho lunas de Saturno, cuatro se encuentran también más cerca; Dione está a ochenta y cuatro mil seiscientas leguas, Tetis a sesenta y dos mil novecientas sesenta y seis leguas, Encelado a cuarenta y ocho mil ciento noventa y una leguas y, por último, Mimas, a una distancia media de treinta y cuatro mil quinientas leguas solamente. De los ocho satélites de Urano, el primero, Ariel, está tan sólo a cincuenta y una mil quinientas veinte leguas71.

De modo que, en la superficie de esos tres astros, una experiencia similar a la del presidente Barbicane hubiera presentado dificultades menos importantes. Y si sus habitantes intentaron en alguna ocasión semejante aventura, tal vez pudieron reconocer la constitución de la mitad de ese disco, que su satélite tiene eternamente oculto a sus ojos72. Pero si nunca llegaron a salir de su planeta, no han de saber más que los astrónomos de la Tierra.

Entretanto el proyectil iba trazando en la oscuridad una incalculable trayectoria que ningún punto de referencia permitía identificar. ¿Se habría modificado su dirección bajo la influencia de la atracción lunar o la de cualquier astro desconocido? Barbicane no tenía ni idea. Pero lo cierto es que se había producido un cambio en la posición relativa del vehículo, como Barbicane pudo comprobar a eso de las cuatro de la madrugada.

El cambio consistía en que el casquillo del proyectil se había inclinado hacia la superficie de la Luna y mantenía una posición perpendicular que pasaba por su eje. La atracción, es decir, la fuerza de la gravedad, había provocado semejante modificación. La parte más pesada del proyectil se inclinaba hacia el disco invisible, exactamente como si cayera hacia él.

¿Pero acaso caía? ¿Acabarían los viajeros por alcanzar su tan ansiada meta? No. Y la observación de un punto de referencia, por lo demás bastante inexplicable, vendría a demostrar a Barbicane que el proyectil no se acercaba a la Luna, y que se desplazaba siguiendo una curva aproximadamente concéntrica a la misma.

El susodicho punto de referencia era un destello luminoso que Nicholl divisó de repente en el límite del horizonte que formaba el negro disco. No se podía confundir este punto con una estrella porque era de una incandescencia rojiza y aumentaba de tamaño paulatinamente, prueba irrefutable de que el proyectil se le iba acercando y no caía normalmente sobre la superficie del astro.

—¡Un volcán! ¡Es un volcán en actividad! —gritó Nicholl—. ¡Una expansión de los fuegos interiores de la Luna! De modo que ese mundo no está todavía completamente extinto.

—¡Sí! Una erupción —respondió Barbicane, que estudiaba con toda atención el fenómeno con su anteojo nocturno—. ¿Qué otra cosa puede ser más que un volcán?

—Pero para que se mantenga la combustión, es preciso que haya aire —dijo Michel Ardan—. O sea que tiene que haber atmósfera alrededor de esa zona de la Luna.

—Es probable, aunque no seguro —respondió Barbicane—. El volcán, por descomposición de determinadas materias, puede proporcionarse a sí mismo el oxígeno necesario y lanzar llamas al vacío. Incluso me da la impresión de que esa deflagración tiene toda la intensidad y el resplandor de los objetos cuya combustión se produce dentro de oxígeno puro. De modo que no conviene que afirmemos precipitadamente que existe una atmósfera lunar.

La montaña ignívoma debía de estar situada aproximadamente en el grado cuarenta y cinco de latitud sur de la parte invisible del disco. Pero, para gran contrariedad de Barbicane, la curva que describía el proyectil le arrastraba lejos del punto donde se veía la erupción, de modo que le fue imposible determinar su naturaleza. Media hora después de haberlo observado, el punto luminoso desaparecía detrás del oscuro horizonte. No obstante, la comprobación de dicho fenómeno suponía un hecho considerable dentro de los estudios selenográficos. Venía a demostrar que el calor no había desaparecido completamente del interior de aquel globo, y donde existe calor, ¿quién puede afirmar que el reino vegetal, o incluso el reino animal, no han podido subsistir a pesar de las influencias destructivas? La existencia de dicho volcán en erupción, aceptada sin discusión por los sabios de la Tierra, habría aportado indudablemente muchas teorías favorables a la grave cuestión de la habitabilidad de la Luna.

Barbicane estaba ensimismado en sus propios pensamientos, perdido en una muda ensoñación en la que se agitaban los misteriosos destinos del mundo lunar. Intentaba relacionar entre sí todos los hechos observados hasta aquel momento, cuando un nuevo acontecimiento lo devolvió bruscamente a la realidad.

Dicho acontecimiento era algo más que un fenómeno cósmico; era un amenazador peligro que podía tener consecuencias desastrosas.

De repente, en medio del éter, en aquellas profundas tinieblas, apareció una masa enorme. Era como la Luna, pero una Luna incandescente, y con un resplandor que resultaba todavía más insostenible porque se destacaba vivamente en medio de la tremenda oscuridad del espacio. Aquella masa, de forma circular, lanzaba una luz tan intensa que inundaba por completo el proyectil. Los rostros de Barbicane, de Nicholl y de Michel Ardan, violentamente bañados en aquel blanco resplandor, tenían el aspecto espectral, lívido, descolorido, que los físicos consiguen mediante la luz artificial que se produce con alcohol impregnado en sal.

—¡Demonios! —exclamó Michel Ardan—. ¡Ay que ver lo feos que estamos! ¿Qué es esa aciaga Luna?

—Un bólido —respondió Barbicane.

—¿Un bólido en llamas, así, en el vacío?

—Sí.

Efectivamente, aquel globo de fuego era un bólido, Barbicane no se había equivocado. Mas, aunque vistos desde la Tierra esos meteoros cósmicos no presentan por lo general más que una luz algo menos intensa que la de la Luna, allí, en la oscuridad del éter, resplandecían de modo singular. Estos cuerpos errantes llevan en sí mismos el principio de su incandescencia y no precisan de aire ambiente para que se produzca su deflagración. Y es que, aunque algunos de estos bólidos atraviesan las capas atmosféricas a dos o tres leguas de la Tierra, otros por el contrario describen su trayectoria a una distancia en la que no existe atmósfera. Uno de estos bólidos apareció, el 27 de octubre de 1844, a una altura de ciento veintiocho leguas; otro desapareció, el 18 de agosto de 1841, a una distancia de ciento ochenta y dos leguas. Algunos de estos meteoros tienen un diámetro de tres a cuatro kilómetros y se mueven a una velocidad que puede alcanzar hasta los setenta y cinco kilómetros por segundo73, siguiendo una trayectoria inversa al movimiento de la Tierra.

Aquel globo fugaz, que apareció de repente, en medio de las tinieblas, a una distancia de cien leguas por lo menos, debía tener, según los cálculos de Barbicane, un diámetro de dos mil metros. Avanzaba a una velocidad aproximada de dos kilómetros por segundo, es decir, unas treinta leguas por minuto. Cortaba la ruta del proyectil y no tardaría más que unos minutos en alcanzarlo. Según se aproximaba, su tamaño aumentaba de manera desproporcionada.

Imagínense ustedes, si es que pueden, la situación de nuestros viajeros. Es imposible describirla. A pesar de su valor, de su sangre fría, de su indiferencia ante el peligro, guardaban silencio y permanecían inmóviles, con los miembros crispados, presa de un espanto indecible. El proyectil, cuya trayectoria no podían desviar, se precipitaba inexorablemente hacia aquella masa ígnea, más intensa que las fauces de un horno de reverbero. Daba la impresión de que se lanzaba a un abismo de fuego.

Barbicane tenía cogidos de la mano a sus dos compañeros, y los tres miraban, con los ojos entornados, aquel asteroide al rojo vivo. ¡Si no habían perdido la capacidad de pensar, si su cerebro seguía funcionando a pesar del terror, tenían que darse cuenta de que estaban perdidos!

Barbicane tenía cogidos de la mano a sus dos compañeros, y los tres miraban aquel asteroide al rojo vivo.
Barbicane tenía cogidos de la mano a sus dos compañeros, y los tres miraban aquel asteroide al rojo vivo.

¡Dos minutos después de la brusca aparición del bólido, dos siglos de angustias! Daba la impresión de que el proyectil estaba a punto de estrellarse contra él, cuando el globo de fuego estalló como una bomba, pero sin hacer ruido alguno en medio de aquel vacío en el que el sonido, que no es más que una agitación de las capas del aire, no podía producirse.

Nicholl pegó un grito. Sus compañeros se precipitaron hacia las portillas. ¡Qué espectáculo! ¿Qué pluma sería capaz de describirlo, qué paleta tendría un colorido lo suficientemente rico como para reproducir todo su esplendor?

Fue como si se abriera un cráter, como si se desparramara un inmenso incendio. Millares de fragmentos luminosos surcaban el espacio con su luz. Los había de todos los tamaños, de todos los colores, todos entremezclados, irradiaciones amarillas, amarillentas, rojas, verdes, grises, una verdadera corona de multicolores fuegos artificiales. De aquel enorme globo tan temible no quedaba más que una serie de fragmentos desparramados en todas las direcciones, convertidos en asteroides, algunos de los cuales relumbraban como espadas, en tanto que otros aparecían rodeados de una nube blanquecina y los de más allá dejaban tras de sí unas estelas resplandecientes de polvo cósmico.

Los bloques incandescentes se entrecruzaban, chocaban unos con otros, dividiéndose en fragmentos más pequeños, algunos de los cuales llegaron a chocar contra el proyectil. Uno de ellos incluso rajó el cristal de la portilla de la izquierda. Daba la impresión de que flotaba en medio de una descarga de obuses, el más pequeño de los cuales podía aniquilarlo en un instante.

La luz que saturaba el éter aumentaba con incomparable intensidad, pues los asteroides la dispersaban en todos los sentidos. En un momento determinado, se hizo tan fuerte, que Michel arrastró a Barbicane y a Nicholl hasta la portilla por la cual miraba y exclamó:

—¡La invisible Luna por fin está visible!

Y los tres pudieron entrever, a través de un efluvio luminoso que no duró más que unos segundos, aquel disco misterioso que el ojo humano divisaba por primera vez.

¿Qué fue lo que distinguieron desde aquella distancia que no podían calcular? Unas franjas alargadas sobre el disco, auténticas nubes formadas en un medio atmosférico muy restringido, del que emergían, no sólo todas las montañas, sino también los relieves menos importantes, circos, cráteres abiertos en caprichosa disposición, tal y como aparecen en la superficie visible. Y luego espacios inmensos, no llanuras áridas, sino auténticos mares, océanos ampliamente distribuidos, que reflejaban sobre un espejo líquido toda la magia resplandeciente de los fuegos del espacio. Y por último, sobre la superficie de los continentes, grandes masas oscuras, tal y como se verían los inmensos bosques si de repente los iluminara un rayo…

El globo de fuego estalló como una bomba.
El globo de fuego estalló como una bomba.

¿Sería aquello una ilusión, una equivocación de los ojos, un error óptico? ¿Podrían dar categoría científica a aquella observación tan superficial? ¿Se atreverían a pronunciarse sobre la cuestión de su habitabilidad, tras haber divisado de manera tan fugaz el disco invisible?

Entre tanto, las fulguraciones del espacio se iban apagando poco a poco, disminuyendo su resplandor accidental. Los asteroides desaparecieron siguiendo trayectorias diversas y se apagaron a lo lejos. Por último, el éter recobró su habitual tenebrosidad; las estrellas, que se habían eclipsado durante un momento, volvieron a brillar en el firmamento, y el disco, apenas entrevisto, se sumió de nuevo en la impenetrable noche.

  • 70. Júpiter tiene en total trece satélites.
  • 71. Saturno tiene diez satélites, y no ocho, como dice Verne. El último de ellos, Juno, fue descubierto en 1966 por A. Dollfus, y son: Mimas, Encelado, Tetis, Dione, Rea, Titán, Hiperión, Japeto, Febe y Juno. También se equivoca en el número de satélites de Urano, pues son cinco y no ocho: Ariel, Umbriel, Titania, Oberón y Miranda.
  • 72. Efectivamente, Herschel comprobó que, en el caso de los satélites, el movimiento de rotación sobre su eje es siempre igual al movimiento de revolución alrededor del planeta. Por lo tanto, siempre le presentan la misma cara. El único que ofrece una notable diferencia es el mundo de Urano, ya que los movimientos de sus lunas se efectúan en una dirección casi perpendicular al plano de la órbita, y la dirección de sus movimientos es retrógrada, es decir, sus satélites se mueven en sentido inverso al de los demás astros del mundo lunar.
  • 73. La velocidad media del movimiento de la Tierra, a lo largo de su elíptica, no es más que de 30 kilómetros por segundo.