Capítulo 05. Los fríos del corazón

Enviado por Francisco J. Calzado el Mar, 10/03/2020 - 21:30

los intrépidos viajeros siguen analizando todos los factores que inciden en el impulso inicial del despegue de su proyectil, y descubren algo que justiricaría que su viaje pueda llevarse a cabo según los planes inicialmente previstos, a pesar del error de cálculo del observatorio de Cambridge.

Capítulo 5. Alrededor de la Luna

Esta revelación cayó como un rayo. ¿Quién se hubiera imaginado semejante error de cálculo? Barbicane no se lo podía ni creer. Nicholl repasó las cuentas. Eran exactas. En cuanto a la fórmula que las había determinado, no se podía poner en duda su exactitud y, una vez realizadas las oportunas verificaciones, quedó de manifiesto que, para llegar al punto neutro, era necesaria una velocidad inicial de dieciséis mil quinientos setenta y seis metros el primer segundo.

Los tres amigos se miraron en silencio. Ya nadie se acordaba de desayunar. Barbicane, con las mandíbulas apretadas, el ceño fruncido y los puños convulsivamente apretados, observaba a través de la portilla. Nicholl se había cruzado de brazos, mientras repasaba las cuentas. Michel Ardan musitaba:

—¡Vaya con los sabios! ¡Son todos iguales! ¡Daba yo veinte doblones con tal de que cayéramos encima del observatorio de Cambridge y lo aplastáramos, con todos esos enredanúmeros dentro!

"...con tal de que cayéramos encima del observatorio de Cambridge..."
"...con tal de que cayéramos encima del observatorio de Cambridge..."

De repente, el capitán hizo un comentario que fue directamente a Barbicane.

—Bueno, pues ya son las siete de la mañana, o sea que llevamos treinta y dos horas de camino. ¡Hemos recorrido más de la mitad del trayecto y, que yo sepa, no nos caemos!

Barbicane no contestó. Intercambió una rápida mirada con el capitán y cogió una brújula que le servía para medir la distancia angular del globo terrestre. Luego, a través del cristal inferior, efectuó una observación muy exacta, dada la aparente inmovilidad del proyectil. Después se puso en pie, se enjugó la frente, perlada de gotas de sudor, y apuntó unas cifras en el papel. Nicholl se daba cuenta de que el presidente pretendía deducir de la medida del diámetro terrestre la distancia desde el proyectil hasta la Tierra. Le miraba ansiosamente. Al cabo de unos segundos, Barbicane exclamó:

—¡No, no caemos! ¡Nos encontramos ya a más de cincuenta mil leguas de la Tierra! ¡Hemos sobrepasado el punto en el que el proyectil hubiera tenido que detenerse, caso de que su velocidad no hubiera sido superior a los once mil metros al despegar! ¡Seguimos subiendo!

—Evidentemente —respondió Nicholl—, de lo cual hemos de deducir que nuestra velocidad inicial, con el empuje de las cuatrocientas mil libras de algodón pólvora, fue superior a los once mil metros que se pretendían. Ahora me explico que nos hayamos encontrado, al cabo de trece minutos nada más, al segundo satélite que gravita a más de dos mil leguas de distancia de la Tierra.

—Y esta explicación es tanto más probable —añadió Barbicane— cuanto que, al soltar el agua que iba entre los tabiques parachoques, el proyectil se encontró de pronto muy aligerado de peso.

—¡Justo! —dijo Nicholl.

—¡Ay, amigo Nicholl —exclamó Barbicane—, estamos salvados!

—Muy bien —respondió Michel Ardan tan tranquilo—, pues si estamos salvados, vamos a desayunar.

Efectivamente, Nicholl tenía razón. Afortunadamente, la velocidad inicial había sido mucho mayor que la que había indicado el observatorio de Cambridge, pero el caso es que el observatorio de Cambridge se había equivocado.

Los viajeros, ya recuperados de aquella falsa alarma, se sentaron a la mesa y desayunaron muy alegremente. Y si bien es cierto que comieron mucho, aún hablaron mucho más. Se sentían mucho más confiados que antes del «incidente del álgebra».

—¿Por qué no íbamos a tener éxito? —repetía Michel Ardan—. ¿Por qué no íbamos a conseguirlo? Ya estamos lanzados y no hay obstáculos ante nosotros, ni piedras en nuestro camino. ¡Tenemos vía libre, más libre que la del navío que ha de abrirse paso por entre las olas, más libre que la del globo que ha de luchar contra el viento! Y si un navío es capaz de llegar a donde quiera, y si un globo es capaz de subir hasta donde le place, ¿por qué razón no habría de alcanzar nuestro proyectil la meta deseada?

—Ya la alcanzará —dijo Barbicane.

—¡Aunque sólo fuera por rendirle honor al pueblo americano —añadió Michel Ardan—, el único pueblo capaz de llevar a término semejante empresa, el único capaz de producir un presidente Barbicane! Bueno, y digo yo: ahora que ya no tenemos motivo de preocupación, ¿qué va a ser de nosotros? ¡Nos vamos a aburrir soberanamente!

Barbicane y Nicholl se lo negaron con un gesto.

—Pero si lo tengo todo pensado, amigos míos —prosiguió Michel Ardan—. No tenéis más que pedir por esa boca. ¡Tengo a vuestra disposición ajedrez, damas, naipes, dominó! ¡Lo único que me falta es un billar!

—¿Cómo? —preguntó Barbicane—. ¡No me digas que has traído semejantes menudencias!

—Claro —respondió Michel—, y no sólo para que nos sirvan de distracción, sino también con la loable intención de donarlos luego a los cafetines selenitas.

—Amigo mío —le dijo Barbicane—, si la Luna está habitada, sus habitantes debieron de aparecer varios miles de años antes que los de la Tierra, puesto que sin duda alguna ese astro es mucho más antiguo que el nuestro. Y en caso de que los selenitas existan desde hace varios cientos de miles de años, y de que su cerebro esté organizado como el cerebro humano, ya habrán inventado todo lo que nosotros llevamos inventado hasta la fecha, e incluso lo que vamos a inventar en los próximos siglos. No tendrán nada que aprender de nosotros, pero nosotros, en cambio, tendremos que aprender de ellos todo.

—¡Cómo! —contestó Michel—. ¿No me irás a decir que han tenido artistas como Fidias, Miguel Angel o Rafael17?

—Sí.

—¿Y poetas como Homero, Virgilio, Milton, Lamartine o Hugo18?

—Seguro.

—¿Y filósofos como Platón, Aristóteles, Descartes o Kant?19

—Qué duda cabe.

—¿Y sabios como Arquímedes, Euclides, Pascal o Newton20?

—Juraría que sí.

—¿Y cómicos como Arnal y fotógrafos como… como Nadar21?

—Ya lo creo.

—En ese caso, amigo Barbicane, si esos selenitas saben tanto, o incluso más que nosotros, ¿por qué no han intentado ponerse en comunicación con la Tierra? ¿Por qué no han lanzado un proyectil lunar hasta las regiones terrestres?

—¿Cómo sabes que no lo han hecho? —respondió Barbicane muy serio.

—Efectivamente —añadió Nicholl—, y a ellos les resultaría más fácil que a nosotros por dos razones: la primera, porque la atracción es seis veces menor en la superficie de la Luna que en la superficie de la Tierra, y ello permitiría que el proyectil despegase con mayor facilidad; la segunda, porque les bastaría con enviar ese proyectil a ocho mil leguas de distancia, en lugar de a ochenta mil, es decir, que sólo precisarían una fuerza de proyección diez veces menor.

—En ese caso —prosiguió Michel—, te vuelvo a repetir: ¿Por qué no lo han hecho?

—Y yo —replicó Barbicane— también te vuelvo a repetir: ¿Cómo sabes que no lo han hecho?

—¿Cuándo?

—Hace miles de años, antes de que el hombre apareciera sobre la Tierra.

—¿Y el proyectil? ¿Dónde está su proyectil? ¡Me gustaría verlo!

—Amigo mío —le respondió Barbicane—, el mar cubre cinco sextas partes de nuestro globo. De modo que tenemos cinco buenas razones para suponer que el proyectil lunar, si es que llegaron a lanzarlo, se encuentra ahora sumergido en el fondo del Atlántico o del Pacífico. Aunque también es posible que haya desaparecido en el fondo de cualquier sima, en la época en que la corteza terrestre todavía no estaba definitivamente formada.

—Hombre, Barbicane, es que tienes respuesta para todo —dijo Michel—; no tengo más remedio que inclinarme ante tu sabiduría. Sin embargo, hay una hipótesis que me resulta más atractiva que las demás, y es quedos selenitas, como son más viejos que nosotros, son más inteligentes y no han inventado la pólvora.

En aquel momento, Diana se mezcló en la conversación con un sonoro ladrido. Reclamaba su almuerzo.

—¡Anda! —dijo Michel Ardan—. ¡Aquí estamos discutiendo, sin acordarnos de Diana y Satélite!

Inmediatamente le dieron a la perra una respetable ración de comida que devoró con gran apetito.

Dieron a la perra una respetable ración de comida que devoró con gran apetito.
Dieron a la perra una respetable ración de comida que devoró con gran apetito.

—Mira, Barbicane —decía Michel—, teníamos que haber convertido el proyectil en una segunda arca de Noé y traernos a la Luna una pareja de cada uno de los animales domésticos.

—Claro que sí —asintió Barbicane—, pero ya me dirás dónde los hubiéramos metido.

—Hombre, apretándonos un poco… —dijo Michel.

—La verdad es que un buey, vaca, toro, caballo, todos los rumiantes nos hubieran sido muy útiles en el continente lunar —intervino Nicholl—. Desgraciadamente, no podíamos haber convertido el vagón ni en una cuadra, ni en un establo.

—Por lo menos —dijo Michel Ardan—, teníamos que haber traído un asno, aunque sólo hubiera sido un pequeño asno, ese animalito valeroso y paciente que tanto gustaba de montar el viejo Sileno22. ¡Qué cariño les tengo a los borriquillos! Seguro que son los animales menos favorecidos de la creación. ¡Cómo si no les bastara con que les den golpes en vida, también los reciben después de muertos!

—¿Por qué dices eso? —le preguntó Barbicane.

—¡Por qué lo he de decir! —respondió Michel—. ¿Con qué se hacen si no las pieles de los tambores?

Barbicane y Nicholl no pudieron por menos que echarse a reír ante tamaño despropósito. Pero enmudecieron en cuanto oyeron el grito que lanzó su alegre compañero, que se había inclinado sobre la perrera de Satélite; al momento se enderezó, diciendo:

—Bueno, Satélite ya no está enfermo.

—¡Ah! —dijo Nicholl.

—No —prosiguió Michel—, está muerto. Vaya por Dios —añadió con tono lastimero—, esto sí que es una contrariedad. ¡Me temo, pobrecita Diana, que no vas a poder dejar descendencia en las regiones lunares!

Efectivamente, el pobre Satélite no había podido recuperarse del golpe. Estaba muerto y bien muerto. Michel Ardan miraba a sus amigos, completamente desconcertado.

—Tenemos un buen problema —dijo Barbicane—, porque no podemos tener aquí el cadáver de este perro otras cuarenta y ocho horas.

—Desde luego que no —respondió Nicholl—, pero los portillos van sujetos por bisagras y se pueden bajar hacia afuera. Abriremos uno y echaremos el cuerpo al espacio.

El presidente se quedó unos momentos pensativo y luego dijo:

—Sí, eso es lo que tenemos que hacer, pero tomando todo género de precauciones.

—¿Por qué? —le preguntó Michel.

—Por dos razones que enseguida comprenderás —le respondió Barbicane—. La primera se refiere al aire que llevamos dentro del proyectil, y del que hay que procurar perder la menor cantidad posible.

—¡Pero si el aire lo reponemos!

—Sólo en parte. No reponemos más que el oxígeno, querido Michel; y, a propósito, tenemos que procurar que el aparato no nos proporcione una cantidad excesiva de oxígeno, pues ello nos ocasionaría gravísimos trastornos fisiológicos. Pero aunque repongamos el oxígeno, no reponemos el nitrógeno, ese vehículo que los pulmones no absorben y que ha de conservarse intacto. Y desde luego, el nitrógeno se escaparía rápidamente en cuanto abriéramos los portillos.

—Hombre, si sólo sería un momento, lo suficiente para tirar al pobre Satélite —dijo Michel.

—De acuerdo, pero hagámoslo a toda velocidad.

—¿Y la segunda razón? —preguntó Michel.

—La segunda razón es que tenemos que evitar que el frío exterior, que es grandísimo, penetre en el proyectil, porque correríamos el riesgo de morir congelados.

—Pero si el Sol…

—El Sol calienta nuestro proyectil, que absorbe sus rayos, pero no calienta el vacío en el que flotamos en este momento. Donde no existe aire, no hay tampoco ni calor, ni luz difusa, y lo mismo que lo vemos todo negro, también hace frío donde los rayos del Sol no llegan directamente. Esta temperatura no es otra que la que produce la radiación de las estrellas, o sea, la misma que tendría el globo terrestre si un día se apagase el Sol.

—Cosa que no es de temer —respondió Nicholl.

—¡Quién sabe! —dijo Michel Ardan—. Y además, aun suponiendo que el Sol no llegara a apagarse, también podría suceder que la Tierra se alejase de él, ¿no os parece?

—¡Vaya! —dijo Barbicane—. ¡Ya está Michel con sus ideas!

—¡Oye! —prosiguió Michel—. ¿Acaso no se sabe que la Tierra atravesó la cola de un cometa en 1861? Pues supongamos un cometa cuya atracción fuera superior a la atracción solar: la órbita terrestre se desviaría hacia el astro errante y la Tierra, convertida en satélite suyo, se vería arrastrada a tal distancia, que los rayos del Sol no ejercerían ninguna influencia sobre su superficie.

—Efectivamente, podría darse semejante caso —respondió Barbicane—, pero las consecuencias de un desplazamiento de ese tipo tal vez no serían tan temibles como tú te imaginas.

—¿Por qué?

—Porque el frío y el calor seguirían equilibrándose en nuestro globo. Se ha calculado que, si la Tierra hubiese sido arrastrada por el cometa de 1861, no hubiera notado, desde el punto más distante del Sol, un calor dieciséis veces mayor que el que nos envía la Luna; calor que, concentrado en el foco de las lentes más fuertes, no produce ningún efecto apreciable.

—¿Y entonces? —dijo Michel.

—Espera un poco —le respondió Barbicane—. También se ha calculado que, en su perihelio, en el punto más cercano al Sol, la Tierra se habría visto sometida a una temperatura equivalente a veintiocho mil veces la del verano. Pero semejante temperatura, capaz de vitrificar las materias terrestres y de evaporar todas las aguas, hubiera formado un denso anillo de nubes que habría suavizado este calor tan extremado. De lo cual se deduce que se habrían compensado los fríos del afelio y los calores del perihelio, produciéndose una temperatura media probablemente soportable.

—Pero ¿a cuántos grados se calcula que están los espacios planetarios? —preguntó Nicholl.

—Antiguamente se creía que a una temperatura extremadamente baja —respondió Barbicane—. Calculando su disminución termométrica, se la llegaba a cifrar en varios millones de grados por debajo de cero. Pero un compatriota de Michel llamado Fourier23, ilustre sabio de la Academia de las Ciencias, dio a esas cifras unos valores más justos. Según él, la temperatura del espacio no sería inferior a los sesenta grados.

—¡Uf! —dijo Michel.

—Es, aproximadamente —le respondió Barbicane—, la temperatura que se observó en las regiones polares, en la isla Melville24 o en el fuerte Reliance; es decir, unos cincuenta y seis grados centígrados por debajo de cero.

—Está por demostrar —dijo Nicholl— que Fourier no se haya equivocado en sus cálculos. Si mal no recuerdo, otro sabio francés, el señor Pouillet25, cree que la temperatura del espacio es de ciento sesenta grados por debajo de cero. Pronto saldremos de dudas.

—En este momento, no —respondió Barbicane—; porque los rayos del Sol incidirán directamente en el termómetro, dándonos, por el contrario, una temperatura elevadísima. Pero en cuanto lleguemos a la Luna, durante las noches de quince días que tiene alternativamente cada una de sus caras, tendremos tiempo más que suficiente para llevar a cabo este experimento, pues nuestro satélite se mueve en el vacío.

—¿Qué entiendes tú por vacío? —le preguntó Michel—. ¿Te refieres al vacío absoluto?

—El vacío absolutamente privado de aire.

—¿Quieres decir que no hay nada en lugar del aire?

—No. Hay éter —respondió Barbicane.

—¡Ah! ¿Y qué es el éter?

—El éter, amigo mío, es una aglomeración de átomos imponderables que, teniendo en cuenta sus dimensiones, según dicen los tratados de física molecular, están tan alejados unos de otros como los cuerpos celestes lo están en el espacio. Sin embargo, distan entre sí menos de una tresmillonésima de milímetro. Son átomos que, gracias a su movimiento vibratorio, producen luz y calor, ya que ejecutan cuatrocientos treinta trillones de ondulaciones por segundo, con una amplitud de cuatro a seis diez milésimas de milímetro.

—¡Millones de millones! —exclamó Michel Ardan—. Pero bueno, ¿es que alguien ha medido o contado todas esas oscilaciones? Todo eso, amigo Barbicane, no son más que cifras de sabios que asustan al oído, pero no quieren decir nada.

—Sin embargo, es necesario hacer cálculos…

—No. Es preferible comparar. Un trillón no significa nada, pero un objeto de comparación, sí. Por ejemplo: si me cuentas que el volumen de Urano es setenta y seis veces mayor que el de la Tierra, el volumen de Saturno novecientas veces mayor, el volumen de Júpiter mil trescientas veces mayor, el volumen del Sol un millón trescientas mil veces mayor, seguiré sin tener las ideas muy claras. Por eso prefiero, y con mucho, las antiguas comparaciones del Double Liégeois que dicen simplemente: el Sol es una calabaza de dos pies de diámetro, Júpiter, una naranja, Saturno, una manzanita, Neptuno, una guinda, Urano, una cereza gorda, la Tierra, un guisante, Venus, un guisante pequeñito, Marte, la cabeza de un alfiler, Mercurio, un granito de mostaza, y Juno, Ceres, Vesta y Palas, no son más que unos granitos de arena26. ¡Por lo menos, de esa manera, sabe uno a qué atenerse!

Después de esta salida de Michel Ardan contra los sabios y todos esos trillones que ponen uno detrás de otro sin pestañear, procedieron a sepultar a Satélite. Se trataba sencillamente de lanzarlo al espacio, al igual que los marinos echan un cadáver al fondo del mar.

Pero siguiendo las recomendaciones del presidente Barbicane, tuvieron que actuar con gran celeridad, procurando que se perdiera la menor cantidad posible de aquel aire que, debido a su elasticidad, se hubiera difundido rápidamente por el vacío. Destornillaron con sumo cuidado los pernos de la portilla de la derecha, cuya abertura medía aproximadamente treinta centímetros, en tanto que Michel, muy contrito, se disponía a lanzar a su perro al espacio. El cristal, que se movía mediante una potente palanca capaz de vencer la presión del aire interior sobre las paredes del proyectil, giró rápidamente sobre las bisagras y Satélite fue lanzado al exterior. Apenas si se escaparon algunas moléculas de aire y la operación se llevó a cabo con semejante éxito que, posteriormente, Barbicane no dudó en desembarazarse de este modo de los residuos inútiles que les sobraban en el vagón.

Procedieron a sepultar a Satélite. Se trataba sencillamente de lanzarlo al espacio
Procedieron a sepultar a Satélite. Se trataba sencillamente de lanzarlo al espacio

  • 17. Sólo recordar que Fidias (c. 490-432 a. de C.) fue el escultor griego que realizó la decoración escultórica del Partenón; Miguel Angel (1475-1564) —Michelangelo Buonarroti— y Rafael (1483-1520) —Raffaello Santi o Sanzio— son dos de los más importantes artistas del Renacimiento italiano.
  • 18. El poeta griego Homero, que probablemente vivió entre el año 1000 y el 6000 a. de C., es el autor de la Ilíada y la Odisea. El poeta latino Publio Virgilio Marón (70-19 a. de C.) escribió, entre otras obras, la Eneida, poema épico en doce cantos que narra las vicisitudes de Eneas desde su partida de Troya hasta su asentamiento en el Laico para ser padre del linaje romano. John Milton (1604-1674) es una de las máximas figuras de la poesía inglesa, autor de El paraíso perdido, epopeya en doce cantos en estilo prometeico-heroico. Alphonse de Lamartine (1790-1869) fue un poeta y político francés cuyas Meditaciones poéticas inauguraron una nueva era dentro de la poesía francesa. Victor Hugo (1802-1885) es una de las grandes figuras del Romanticismo francés, autor de obras como Hernani, Nuestra Señora de París y Los miserables.
  • 19. Sólo recordar que Platón vivió del 428 al 343 a. de C. y Aristóteles del 384 al 322 a. de C.; el filósofo francés René Descartes (c. 1596-1650) expuso sus ideas fundamentales en su Discurso del método; Immanuel Kant (1724-1804) desarrolló su filosofía, conocida como criticismo, en sus obras Crítica de la razón pura y Crítica de la razón práctica.
  • 20. Arquímedes (287-212 a. de C.) es considerado como el fundador de la geometría superior, y el principio que lleva su nombre es uno de los fundamentales de la hidrostática. Euclides, que vivió en el siglo III a. de C., tuvo entre sus discípulos al rey Tolomeo y su obra principal son sus Elementos de Geometría, en trece volúmenes. De Isaac Newton (1642-1727), sólo recordar que fue el padre de las famosas leyes de la gravitación universal. Para Pascal véase la nota 1 del Capítulo I.
  • 21. Étienne Amal (1794-1872) fue un actor francés que, aunque comenzó su carrera en el género trágico, acabó dedicándose a la comedia, llegando a ser una de las grandes glorias cómicas del Boulevard. Es recordado por su soberbia recreación del personaje Jocrisse. Félix Tournachon (1820-1910), más conocido por Nadar, fotógrafo, pintor, aeronauta, dibujante y escritor francés, que realizó las primeras fotografías aéreas, tomadas a bordo de un globo.
  • 22. Genio frigio de los manantiales y de los ríos, que se representaba con cola, pezuñas y orejas de caballo. La tradición popular lo imaginaba como un anciano grotesco, gordinflón, chato, siempre bebido y, a menudo, sosteniéndose a duras penas sobre un asno.
  • 23. Joseph Fourier (1768-1830) fue un matemático francés cuyos estudios sobre el calor le llevaron a un gran descubrimiento matemático, las «series de Fourier», gracias al cual es considerado uno de los más grandes matemáticos del siglo XIX.
  • 24. Isla del archipiélago ártico canadiense, la mayor del grupo de las islas Parrym, al norte de Melville Sound.
  • 25. Claude Servais Mathias Pouillet (1790-1868) fue un físico francés que inventó la brújula de tangentes y dio el principio de la medida de las intensidades gracias a las evaluaciones del volumen de hidrógeno desprendido en un voltámetro. Ideó un pirómetro con el cual hizo la primera medida de la constante solar, y un sistema de graduación de los aerómetros.
  • 26. Efectivamente, se calcula que el diámetro del planeta Juno mide 326 km, el de Ceres entre 650 y 770 km, el de Vesta, 652 km, y el de Palas, 489 km.