Capítulo 13. Paisajes lunares

Enviado por Francisco J. Calzado el Dom, 15/03/2020 - 22:55

El proyectil está más y más cerca de la Luna, y mejoran las condiciones para la observación de su superficie. Esto permite distinguir con gran nitidez algunas peculiaridades de los paisajes lunares que no han podido ser explicadas por las observaciones desde la Tierra. También continua siendo un misterio el motivo por el que el proyectil continúa su trayectoria a tan gran velocidad...

Capítulo 13. Alrededor de la Luna

A las dos y media de la madrugada, el proyectil se encontraba a la altura del paralelo lunar treinta, a una distancia real de mil kilómetros, que quedaba reducida a diez gracias a los instrumentos ópticos. Seguía pareciendo imposible que pudiera llegar a cualquier punto del disco. Su velocidad de traslación, relativamente mediocre, le resultaba inexplicable al presidente Barbicane. A la distancia que se encontraban de la Luna, esta velocidad tenía que ser bastante grande para que el proyectil pudiera mantenerse fuera de su fuerza de atracción. De modo que se estaba produciendo un fenómeno cuya causa todavía no acertaba a comprender. De todas formas, tampoco tenía tiempo para dedicarlo a averiguar causa alguna. Ante los ojos de los viajeros desfilaba el relieve lunar, y no querían perder ningún detalle del mismo.

Como hemos dicho, el disco aparecía, a través de los anteojos, a una distancia de dos leguas y media. Si un aeronauta pudiera encontrarse a esa misma distancia de la Tierra, ¿qué vería sobre la superficie de ésta? Es imposible saberlo, porque las mayores ascensiones no han llegado a superar los ocho mil metros.

Sin embargo, les vamos a describir a continuación con todo detalle lo que veían, desde dicha altura, Barbicane y sus compañeros.

Sobre el disco se veían como grandes placas de colores variados. Los selenógrafos no se han puesto de acuerdo sobre el origen de dichas coloraciones, que son muy diversas, y bastante contrastadas. Julius Schmidt opina que, si se secaran los océanos terrestres, un observador selenita lunar no distinguiría en el globo, entre los océanos y las llanuras continentales, matices tan acusados como los que cualquier observador terrestre puede percibir sobre la Luna. Según él, el color común a todas esas inmensas llanuras que denominamos «mares» es un gris oscuro con mezcla de verde y pardo. Algunos de los cráteres más grandes presentan también esta misma coloración.

Barbicane conocía la opinión del selenógrafo alemán, opinión que compartían los señores Beer y Moedler. Pudo comprobar que tenía razón, contra ciertos astrónomos que no admitían que la superficie de la Luna tuviera otra coloración más que la gris. En determinados lugares, el color verde era francamente vivo, tal y como se ve, según Julius Schmidt, en el mar de la Serenidad y en el de los Humores. Barbicane observó también que existían algunos cráteres de grandes dimensiones, sin cono interior, de los que salía un color azulado similar a los reflejos que se desprenden de una chapa de acero recién pulida. Estas coloraciones pertenecían sin duda alguna al disco lunar, pese a la opinión de algunos astrónomos que pretendían que se debían o a la imperfección del objetivo de las lentes, o a la interposición de la atmósfera terrestre. Para Barbicane, no existía duda alguna al respecto. Estaba observándolo a través del vacío y no podía cometer ningún error de óptica. Consideró el hecho de las coloraciones científicas como una experiencia científica, pero había que averiguar si los tonos verdes se debían a una vegetación tropical, provocada por una atmósfera densa y baja. De momento, todavía no podía pronunciarse.

Más allá, pudo percibir un tono rojizo, clarísimamente marcado. Ya había observado este mismo tono en el fondo de un recinto aislado, denominado circo de Lichtenberg57, situado cerca de los montes Hercinianos, en el borde de la Luna, pero no fue capaz de identificar su naturaleza.

Tampoco se quedó muy satisfecho con otra particularidad del disco, ya que no pudo precisar exactamente su causa. A continuación les explicaremos dicha particularidad.

Michel Ardan se encontraba efectuando observaciones cerca del presidente, cuando divisó unas líneas largas y blancas, que los rayos del Sol iluminaban con extraordinaria claridad. Era como una serie de surcos luminosos, completamente diferentes a las estelas que habían observado poco antes en Copérnico, ya que éstos aparecían alineados paralelamente.

Michel, haciendo gala de su habitual aplomo, exclamó al punto:

—¡Anda! ¡Mira esos campos cultivados!

—¿Campos cultivados? —respondió Nicholl, encogiéndose de hombros.

—Por lo menos, labrados sí que están —replicó Michel Ardan—. ¡Menudos labradores deben ser estos selenitas, y menudo tamaño el de los bueyes que deben de uncir a las carretas, para abrir semejantes surcos!

"—No son surcos —intervino Barbicane—, son ranuras."
"—No son surcos —intervino Barbicane—, son ranuras."

—No son surcos —intervino Barbicane—, son ranuras.

—Bueno, pues ranuras —repitió dócilmente Michel—. Pero, dime, ¿qué se entiende por ranuras en el mundo científico?

Barbicane le explicó enseguida a su compañero todo lo que sabía sobre las ranuras lunares. Sabía que eran surcos que aparecían en todas las zonas no montañosas del disco; y que dichos surcos, frecuentemente aislados, pueden llegar a medir de cuatro a cincuenta leguas de longitud, en tanto que su anchura oscila entre los mil y los mil quinientos metros; tienen, además, los bordes absolutamente paralelos. Pero no sabía nada más, ni sobre su formación ni sobre su naturaleza.

Barbicane, provisto de su anteojo, se dedicó a observar dichas ranuras con toda atención. Vio que los bordes estaban formados por pendientes enormemente empinadas. Eran largas escarpaduras paralelas y, con algo de imaginación, se podía pensar en la existencia de extensas líneas de fortificación levantadas por los ingenieros selenitas.

Algunas de estas ranuras eran completamente rectas, como trazadas a cordel, en tanto que otras presentaban una ligera curvatura, aunque manteniendo el paralelismo de los bordes. Unas se cruzaban, otras cortaban los cráteres. Éstas surcaban cavidades corrientes, como las de Posidonio o Petavio58; aquéllas rayaban la superficie de los mares, como el de la Serenidad.

Estos accidentes naturales sin duda habrán aguijoneado la imaginación de los astrónomos terrestres. Las primeras observaciones no descubrieron dichas ranuras. Parece ser que ni Hevelio, ni Cassini, ni La Hire, ni Herschel llegaron a conocerlas. Fue Schroeter el que, por primera vez en 1789, indicó a los sabios su existencia. Posteriormente las estudiaron Pastorff, Gruithuysen, Beer y Moedler. Hoy se sabe que hay setenta, pero aunque se haya podido determinar su número, todavía no se ha logrado identificar su naturaleza. Desde luego, se sabe que no son fortificaciones, y que tampoco son lechos de ríos secos, ya que, por una parte, las aguas, tan ligeras en la superficie de la Luna, no hubieran podido excavar semejantes vertientes, y por otra, dichos surcos atraviesan a menudo algunos cráteres situados a gran altura.

Y aquí hemos de admitir que Michel Ardan tuvo una idea que, sin saberlo, coincidía con las teorías de Julius Schmidt.

—¿Y si esas inexplicables formaciones fueran simplemente fenómenos debidos a la vegetación? —comentó.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó vivamente el presidente Barbicane.

—Calma, calma, querido presidente —respondió Michel—. ¿No te parece que, a lo mejor, esas líneas oscuras que forman esos rellanos podrían ser hileras de árboles plantados a intervalos regulares?

—¿Te empeñas en que se deben a la vegetación? —dijo Barbicane.

—¡En lo único en que me empeño —replicó Michel Ardan—, es en buscarle una explicación a lo que vosotros, los sabios, no sois capaces de explicar! Cuando menos, mi hipótesis tendría la ventaja de indicar por qué esas ranuras desaparecen, o creemos que desaparecen, en épocas regulares.

—¿Y por qué?

—Pues porque los árboles resultarían invisibles cuando se les caen las hojas, y visibles cuando les vuelven a salir.

—Tu explicación no carece de ingenio, querido compañero —le respondió Barbicane—, pero resulta inadmisible.

—¿Por qué?

—Porque en la superficie de la Luna no existen lo que nosotros llamamos estaciones y, por lo tanto, no pueden producirse los fenómenos de vegetación a los que te refieres.

Efectivamente, la escasa oblicuidad del eje lunar mantiene el Sol a una altura prácticamente constante en cada latitud. Por encima de las regiones ecuatoriales, el radiante astro ocupa casi invariablemente el cénit, y nunca llega a superar el límite del horizonte en las regiones polares. De modo que, en cada una de las regiones existe respectivamente un invierno, una primavera, un verano o un otoño perpetuos, al igual a lo que sucede en el planeta Júpiter, cuyo eje también está poco inclinado sobre su órbita.

¿Cuál sería, pues, el origen de dichas ranuras? Cuestión difícil de resolver. Indudablemente son posteriores a la formación de cráteres y circos, ya que varias de ellas se introducen en los mismos rompiendo sus escarpaduras circulares. Por tanto, podría darse el caso de que, producidas en las últimas épocas geológicas, no se debieran más que a la expansión de las fuerzas naturales.

Entretanto el proyectil había llegado a la altura del grado cuarenta de latitud lunar, y estaría a una distancia de unos ochocientos kilómetros. Los objetos se veían a través de los anteojos como si no estuvieran más que a dos leguas de distancia. Ahora, bajo sus pies, se erguía el monte Helicón59, de quinientos metros de altura, y por la izquierda se veían las pequeñas elevaciones redondeadas que encierran una pequeña porción del mar de las Lluvias, y que se conocen con el nombre de golfo de los Lirios.

Los objetos se veían a través de los anteojos como si no estuvieran más que a dos leguas de distancia.
Los objetos se veían a través de los anteojos como si no estuvieran más que a dos leguas de distancia.

La atmósfera terrestre tendría que ser ciento setenta veces más transparente de lo que es, para que los astrónomos pudieran hacer observaciones completas de la superficie de la Luna. Pero en el vacío en el que flotaba el proyectil, ningún fluido se interponía entre el ojo del observador y el objeto observado. Y además, Barbicane se encontraba a una distancia que jamás se había conseguido ni con los más potentes telescopios, ni el de John Ross, ni el de las montañas Rocosas. Es decir, que se encontraba en circunstancias enormemente favorables para poder resolver la importante cuestión de la habitabilidad de la Luna. Sin embargo, seguía sin hallar la solución de la misma. No llegaba a percibir más que el lecho desierto de aquellas inmensas llanuras y, hacia el norte, algunas áridas montañas. No había ni una sola obra que revelara la mano del hombre, ni una sola ruina que diera testimonio de su presencia, ni una aglomeración de animales que indicara que allí podía desarrollarse la vida, aunque fuera en un grado inferior. No se veía por ninguna parte ni movimiento, ni vegetación alguna. De los tres reinos que se reparten el esferoide terrestre, tan sólo uno estaba representado en el globo lunar: el reino mineral.

—¡Vaya! —dijo Michel en tono algo decepcionado—. ¿Así que aquí no hay nadie?

—No —respondió Nicholl—, por ahora no. Ni un hombre, ni un animal, ni un árbol. Después de todo, si la atmósfera se ha refugiado en el fondo de las cavidades, en el interior de los circos, o incluso en la cara opuesta de la Luna, no podemos saber nada de antemano.

—Por otra parte —añadió Barbicane—, aunque tuviéramos una vista de lince, no seríamos capaces de distinguir un hombre a más de siete kilómetros de distancia. De modo que, si existen selenitas, ellos podrán ver nuestro proyectil, aunque nosotros no los veamos a ellos.

A eso de las cuatro de la madrugada, a la altura del paralelo cincuenta, la distancia se reducía a seiscientos kilómetros. Por la izquierda se extendía una línea de montañas de caprichosos perfiles, completamente iluminadas. Hacia la derecha, por el contrario, se abría un agujero negro como un enorme pozo, insondable y tenebroso, perforado en pleno suelo lunar.

Dicho agujero era el lago Negro, también denominado Platón, profundo circo que se puede estudiar adecuadamente desde la Tierra, entre cuarto menguante y la Luna nueva, cuando las sombras se proyectan de oeste a este.

No es frecuente encontrar esta coloración negra en la superficie del satélite, aunque se ha podido distinguir en las profundidades del circo de Endimión, al este del mar del Frío, en el hemisferio norte, y en el fondo del circo de Grimaldi60, en el ecuador, hacia el borde oriental del astro.

Platón es una montaña anular, situada a 51° de latitud norte y a 9° de longitud este. Su circo mide noventa y dos kilómetros de largo por sesenta y uno de ancho. Barbicane sintió que no pasaran perpendicularmente por encima de su ancha abertura, pues sin duda habría tenido ocasión de sondear algún abismo y quien sabe si de descubrir algún misterioso fenómeno. Pero era imposible modificar la marcha del proyectil. No quedaba más remedio que supeditarse a ella. Si no hay quien pueda dirigir un globo, cómo va uno a pretender dirigir un proyectil, y menos cuando está uno encerrado entre sus paredes.

Hacia las cinco de la madrugada, habían logrado superar el límite septentrional del mar de las Lluvias. Se veían todavía los montes de la Condamine61 y Fontenelle, uno por la izquierda y otro por la derecha. Esta parte del disco, a partir del grado sesenta, era completamente montañosa. Gracias a los anteojos, se le podía ver como a una legua de distancia, distancia menor que la que existía entre el Mont Blanc y el nivel del mar. Toda aquella región se veía erizada de picos y circos. Hacia el grado setenta dominaba Filolaus62, con una altura de tres mil setecientos metros, rematado por un cráter elíptico de dieciséis leguas de longitud y cuatro de anchura.

El disco, visto desde aquella distancia, presentaba un aspecto de lo más extraño. Los paisajes se mostraban en condiciones muy distintas, y además muy inferiores, a las que tenían los paisajes de la Tierra.

Como la Luna carece de atmósfera, la ausencia de envoltura gaseosa tiene las consecuencias que ya hemos demostrado. En su superficie no existe el crepúsculo y la noche sucede al día y el día a la noche con la brusquedad de una lámpara que se enciende o se apaga en medio de la más profunda oscuridad. No se da transición alguna del frío al calor, y la temperatura desciende en un instante desde el grado de ebullición del agua hasta el grado de los fríos del espacio.

Otra de las consecuencias de esta ausencia de aire es la siguiente: las tinieblas más absolutas reinan allá donde no llegan los rayos del Sol. Lo que en la Tierra conocemos como luz difusa, es decir, la materia luminosa que el aire mantiene en suspensión y que da lugar a los crepúsculos y los amaneceres, que produce sombras, penumbras y toda la magia del claroscuro, no existe en la Luna. Y ello da lugar a una brutalidad de contrastes que no admite más que dos colores, el blanco y el negro. Si un selenita se protegiera los ojos contra los rayos del Sol, el cielo le parecería completamente negro, y las estrellas resplandecerían ante su vista como en la más negra de las noches.

Ya podrán ustedes darse cuenta de la impresión producida en Barbicane y en sus amigos por tan extraño fenómeno. Lo contemplaban completamente desorientados, sin llegar a percibir la distancia respectiva de los distintos planos. A un paisajista de la Tierra le hubiera resultado imposible pintar un paisaje lunar en el que los contornos no se pueden suavizar mediante el claroscuro. Lo que se veía era como manchas de tinta sobre una página en blanco, y nada más.

Este aspecto ni siquiera se modificó cuando el proyectil, a la altura del grado ochenta, se encontró a tan sólo cien kilómetros de la Luna. Ni tampoco cuando, a las cinco de la madrugada, pasó a menos de cincuenta kilómetros de la montaña de Gioja63, distancia que los anteojos reducían a medio cuarto de legua. Daba la impresión de que se podía tocar la Luna con la mano. Parecía imposible que el proyectil no acabara chocando con ella, al menos en el polo norte, cuya resplandeciente arista se recortaba violentamente sobre el negro telón del cielo. Michel Ardan quería abrir una de las portillas y tirarse hacia la superficie de la Luna. ¡Era una caída de doce leguas! Pero no le importaba. Claro que hubiera sido empeño inútil, porque, si el proyectil no lograba llegar a un punto cualquiera del satélite, difícilmente lo hubiera conseguido Michel, arrastrado por su movimiento.

En aquel momento, a las seis de la mañana, se empezaba a ver el polo lunar. El disco mostraba a la mirada de los viajeros nada más que una mitad fuertemente iluminada, en tanto que la otra quedaba oculta en las tinieblas. De repente, el proyectil superó la línea de demarcación entre la luz intensa y la absoluta oscuridad, y quedó súbitamente sumergido en una profunda noche.

  • 57. Georg Christopher Lichtenberg (1742-1799) fue un físico y escritor satírico alemán, profesor de matemáticas y física experimental en Gotinga. Sus memorias, relativas a cuestiones de física y astronomía, presentan poco interés, pero sus artículos sobre moral y literatura se recomiendan por su estilo picante y festivo. Publicó su obra Timotes, sátira dirigida contra Lavater. También publicó Sobre la fisiognomía contra los fisiognomistas. Dirigió además dos revistas literarias en Gotinga.
  • 58. Posidonio (c. 135-c. 50 a. de C.) fue sin duda el pensador griego que más influyó en las mentes de Roma, como Séneca, Plinio, Tito Livio, Tácito, etc. Cicerón y Pompeyo acudieron a Rodas para escuchar sus doctrinas. Como filósofo perteneció al estoicismo ecléctico, y escribió tratados sobre El alma, Los dioses, El deber, una Meteorología, una Física, una Geometría, etc. Denis Petau, llamado Petavio (1583-1652), fue un teólogo francés, jesuita, que publicó numerosos textos antiguos y obras de cronología.
  • 59. Helicón de Cizico fue un astrónomo griego del siglo IV a. de C. Discípulo de Eudoxo de Cnido y de Platón, predijo un eclipse de sol a Dionisio, tirano de Siracusa.
  • 60. Francesco María Grimaldi (1618-1663) fue un jesuita y físico italiano que se hizo célebre por el descubrimiento de las interferencias y la difracción de la luz. En 1651 publicó, en colaboración con Riccioli, un mapa de la Luna cuya nomenclatura ha sido siempre empleada por los astrónomos.
  • 61. Charles Marie de la Condomine (1701-1774) fue un geodesta y naturalista francés que dirigió una expedición al Perú que debía determinar la longitud de un arco de meridiano de 1 grado en el ecuador mismo, al sur de Quito. En este viaje constató la atracción de la plomada por las masas montañosas, el hecho de que la velocidad del sonido en el aire depende de la temperatura, etc. Propuso adoptar como medida universal la longitud del péndulo que marca el segundo en el ecuador. Fontenelle ya aparece en De la Tierra a la Luna.
  • 62. Filolao, y no Filolaus, fue un filósofo y matemático griego de finales del siglo V a. de C. Fue el más importante de los pitagóricos de la segunda generación y el primero que divulgó los escritos del maestro.
  • 63. Flavio Gioja o Gioia fue un marino de Amalfi que, según algunos historiadores, inventó la brújula hacia 1300, pero cuya existencia no está probada.