Capítulo 07. Un momento de embriaguez

Enviado por Francisco J. Calzado el Jue, 12/03/2020 - 22:57

Los audaces viajeros se aproximan mucho más a la Luna, y ya caen bajo su influencia gravitatoria, mientras siguen discutiendo acaloradamente diversas cuestiones en relación con los motivos de su viaje, y sobre las posibilidades de regreso y de comunicación con Tierra. Y todo ello en un creciente estado de exaltación parecido al del embriaguez...

Capítulo 7. Alrededor de la Luna

De modo que, en tan singulares circunstancias, tenía lugar un fenómeno curioso, pero lógico, y extraño, aunque explicable. Cualquier objeto que se lanzase fuera del proyectil debería seguir la misma trayectoria que éste y no se detendría hasta que éste lo hiciera. Ello dio lugar a un tema de conversación que no se agotó en toda la velada. Es más, la emoción de los tres viajeros iba en aumento a medida que se acercaban al término de su viaje. Estaban dispuestos a cualquier imprevisto, a cualquier fenómeno inesperado, y nada les hubiera resultado sorprendente en el estado de ánimo en el que se encontraban. Su imaginación sobreexcitada iba muy por delante del proyectil, cuya velocidad disminuía notablemente sin que se percataran de ello. Pero la Luna crecía a ojos vista y ya les parecía que podían agarrarla sólo con extender la mano.

Al día siguiente, 5 de diciembre, a las cinco de la madrugada ya estaban los tres levantados. Aquel tenía que ser el último día de su viaje, si los cálculos habían sido exactos. Aquella misma noche, a las doce, es decir al cabo de dieciocho horas, en el mismísimo momento en que hubiera plenilunio, llegarían al resplandeciente disco. La próxima medianoche marcaría el final de aquel viaje, el más extraordinario de cuantos habían acaecido en los tiempos antiguos y en los modernos. Por eso, lo primero que hicieron aquella mañana, a través de las portillas plateadas por sus rayos, fue saludar al astro de la noche con un hurra alegre y confiado.

La Luna avanzaba majestuosamente por el cielo estrellado. Unos cuantos grados más y llegaría al punto exacto del espacio donde tendría lugar su encuentro con el proyectil. Según sus propias observaciones, Barbicane calculó que se aproximarían a ella por el hemisferio norte, en el que hay llanuras inmensas y pocas montañas. Circunstancia favorable si la atmósfera lunar, como creían, estaba almacenada únicamente en las regiones más bajas.

—Además —comentó Michel Ardan—, una llanura es un lugar más propicio para desembarcar que una montaña. ¡A un selenita que lo dejaran en Europa en lo alto del Mont Blanc, o en Asia sobre la cumbre del Himalaya, no le iba a parecer que había llegado a la Tierra!

—Y además —añadió el capitán Nicholl—, sobre una llanura, el proyectil se detendrá en cuanto toque tierra. En cambio, en una pendiente, se pondría a rodar como una avalancha y, como no somos ardillas, no saldríamos de él sanos y salvos. De modo que tenemos suerte.

Efectivamente, nada hacía dudar del éxito de tan audaz tentativa. Sin embargo, había una cuestión que tenía muy preocupado a Barbicane; pero, como no quería intranquilizar a sus amigos, guardó silencio al respecto.

El caso era que la dirección del proyectil hacia el hemisferio norte de la Luna demostraba que se había alterado ligeramente su trayectoria. El disparo, calculado matemáticamente, debería situar el proyectil en el mismísimo centro del disco lunar. Si no llegaba a aquel punto, era porque se había producido una desviación. ¿Por qué motivo? Barbicane no tenía ni idea, ni podía tampoco calcular la magnitud de dicha desviación, pues le faltaban puntos de referencia. No obstante, tenía la esperanza de que el hecho no tuviera mayor importancia que la de dirigirlos al borde superior de la Luna, región más propicia para el aterrizaje.

De modo que Barbicane se contentó con observar con mucha frecuencia la Luna, sin comunicar sus preocupaciones a sus amigos, intentando descubrir si se modificaba o no la dirección del proyectil. Desde luego la situación podía llegar a ser terrible si el proyectil erraba la meta, pasaba el disco de largo y se lanzaba por los espacios interplanetarios.

En aquel momento la Luna, en lugar de aparecérseles plana como un disco, mostraba ya su aspecto algo convexo. Si los rayos del Sol hubieran caído oblicuamente sobre ella, la sombra proyectada habría puesto de relieve las altas montañas, que se hubieran destacado con toda nitidez. Hubieran podido recorrer con la vista los profundos abismos de los cráteres, y seguir las caprichosas quebradas que surcan la inmensidad de las llanuras. Pero en aquel momento, todavía el relieve se igualaba con intenso resplandor. Apenas se podían distinguir las grandes manchas que dan a la Luna un aspecto humano.

—Ya está bien que tenga cara —decía Michel Ardan—, pero me molesta que la amable hermana de Apolo tenga la cara picadita de viruela.

Entre tanto los viajeros, ya tan próximos a su meta, no dejaban de observar aquel mundo nuevo. Se dejaban arrastrar por su imaginación a través de aquellas regiones desconocidas. Coronaban elevadas cumbres y descendían hasta el fondo de grandes circos. De vez en cuando, les parecía vislumbrar anchos mares apenas contenidos bajo una atmósfera enrarecida, y ríos que vertían el tributo de las montañas. Inclinados sobre el abismo, tenían la esperanza de llegar a sorprender los ruidos de aquel astro, eternamente mudo en la soledad del vacío.

Aquel último día les dejó recuerdos palpitantes. Percibieron hasta los más mínimos detalles. Una vaga inquietud se apoderaba de ellos a medida que se aproximaban a su término, inquietud que se hubiera duplicado de haber sabido la escasa velocidad que llevaban. Les hubiera parecido sin duda insuficiente para conducirlos hasta su destino. Y es que para entonces el proyectil apenas si «pesaba». Su peso disminuía constantemente y se anularía prácticamente al llegar a la línea en la que la atracción lunar y la terrestre se neutralizasen, provocando tan sorprendentes efectos.

No obstante, y a pesar de tantas preocupaciones, a Michel Ardan no se le olvidó preparar el desayuno con su habitual puntualidad. Todos comieron con gran apetito. Nada tan excelente como aquel caldo disuelto al calor del gas. Nada comparable a aquellas carnes en conserva. Unos vasos de buen vino francés coronaron el almuerzo. Y sobre este tema Michel Ardan comentó que los viñedos lunares, bajo los efectos de tan ardiente Sol, deberían destilar unos vinos generosísimos,… suponiendo que los hubiera. Por si acaso, el previsor francés había tenido buen cuidado de meter en el equipaje unas cuantas cepas de los apreciadísimos vinos del Médoc y de la Côte-d’Or27, en las cuales tenía puestas grandes esperanzas.

El aparato Reiset y Regnault seguía funcionando con admirable precisión, manteniendo el aire perfectamente puro. Ninguna molécula de anhídrido carbónico se resistía a la potasa y en cuanto al oxígeno, según decía el capitán Nicholl, «era sin duda alguna de primera calidad». El escaso vapor de agua que había dentro del proyectil se mezclaba con el aire, atenuando su sequedad, y hay pocos pisos en París, Londres o Nueva York, y poquísimos teatros que reúnan unas condiciones tan higiénicas como las que ellos disfrutaban.

Pero para que pudiera funcionar correctamente, había que mantener el aparato en perfecto estado. Michel Ardan revisaba cada mañana los reguladores de salida, comprobaba el estado de los grifos, y regulaba mediante el pirómetro la temperatura del gas. Hasta aquel momento, todo funcionaba perfectamente y los viajeros, imitando al digno J. T. Maston, comenzaban a echar carnes y no hubiera habido quien los conociera si su encierro se llega a prolongar varios meses más. En una palabra, reaccionaban como lo hacen los pollos en la caponera: engordaban.

Barbicane miró por las portillas y vio el espectro del perro y otros objetos que había tirado fuera, todos ellos acompañándolos obstinadamente. Diana aullaba melancólica, al divisar los restos de Satélite. Aquellos despojos se les figuraban tan inmóviles como si estuvieran sobre la tierra firme.

—Amigos míos —les decía Michel Ardan—, ¿os habéis dado cuenta de que, si alguno de nosotros hubiera fallecido por los efectos de la sacudida inicial, nos hubiera sido la mar de difícil enterrarlo? ¿Qué digo? ¡Será «eterearlo», porque aquí no hay tierra sino éter! ¡Y figuraos, ir por el espacio con un cadáver acusador, siguiéndonos como el remordimiento!

—Hubiera sido bien triste —dijo Nicholl.

—¡Ay! —prosiguió Michel—. Yo lo que más siento es no poderme dar un paseíto por ahí fuera. ¡Qué placer, poder flotar en medio del éter deslumbrante, bañarse y revolcarse en los purísimos rayos del Sol! Si a Barbicane se le hubiera ocurrido traer una escafandra y una bomba de aire, me habría atrevido a salir fuera, y me podría haber colocado en lo alto del proyectil como si fuera una quimera o un hipogrifo28.

"Yo lo que más siento es no poderme dar un paseíto por ahí fuera"
"Yo lo que más siento es no poderme dar un paseíto por ahí fuera"

—Hombre, Michel —le respondió Barbicane—, pues te aseguro que no hubieras hecho mucho tiempo de hipogrifo, porque, por mucha escafandra que llevaras, al expandirse el aire que hay dentro de tu cuerpo, te hubieras inflado y habrías estallado como un obús, o mejor dicho, como un globo cuando se eleva excesivamente por el cielo. De modo que no tienes nada que sentir, pero ten esto siempre muy presente: ¡mientras estemos flotando en el vacío, queda absolutamente prohibido cualquier paseo sentimental fuera del proyectil!

Michel Ardan quedó hasta cierto punto convencido. Admitió que la cosa era difícil, pero no «imposible», palabra que nunca pronunciaba.

La conversación fue pasando de un tema a otro, sin decaer ni un solo instante. Los tres amigos tenían la sensación de que, en aquellas circunstancias, les brotaban ideas en el cerebro como las hojas brotan con los primeros calores primaverales. Y se sentían la mar de frondosos.

En medio de tanta pregunta y respuesta como se cruzaron aquella mañana, Nicholl planteó una cuestión para la que, de momento, no se halló solución alguna.

—Sí, sí, está muy bien eso de ir a la Luna —dijo—, pero ya me contarán ustedes cómo vamos a volver.

Sus dos interlocutores se miraron sorprendidos. Cualquiera diría que era la primera vez que se mencionaba en su presencia semejante eventualidad.

—¿A qué se refiere usted, Nicholl? —preguntó Barbicane muy serio.

—Pensar en regresar de un país, cuando todavía no hemos llegado a él, me parece inoportuno —añadió Michel.

—Yo no lo digo porque me eche atrás —replicó Nicholl—, pero reitero la cuestión y vuelvo a preguntar: ¿Cómo vamos a regresar?

—No tengo ni idea —respondió Barbicane.

—Pues yo, si hubiera sabido cómo regresar, no habría venido —dijo Michel.

—Bonita contestación —exclamó Nicholl.

—Suscribo las palabras de Michel —dijo Barbicane—, y aun añado que la cuestión no tiene, de momento, interés alguno. Ya nos lo pensaremos más adelante, cuando nos parezca que ha llegado el momento de regresar. Aunque ya no tengamos el Columpiad, siempre podemos contar con el proyectil.

—¡Arreglados estamos! ¡Una bala sin fusil!

—El fusil —respondió Barbicane—, podemos fabricarlo. Y también podemos hacer pólvora, que metales, salitre y carbón, no nos han de faltar en las entrañas de la Luna. Además, para regresar, sólo tendremos que vencer la atracción de la Luna, y basta con recorrer ocho mil leguas para volver a caer sobre el globo terráqueo, simplemente por las leyes de la gravedad.

—¡Se acabó! —dijo Michel muy animado—. ¡Que no se vuelva a hablar de regresar! Ya hemos hablado demasiado. En cuanto a establecer comunicación con nuestros ex-colegas de la Tierra, la cosa no ha de ser difícil.

—¿Y eso, cómo?

—Mediante bólidos lanzados por los volcanes lunares.

—Buena idea, Michel —respondió Barbicane en tono convencido—. Laplace calculó que una potencia cinco veces mayor que la de nuestros cañones bastaba para enviar un bólido de la Luna a la Tierra. Y resulta que cualquier volcán tiene una potencia de propulsión muchísimo mayor.

—¡Hurra! —gritó Michel—. ¡Menudos factores más cómodos van a ser esos bólidos, y encima gratis! ¡Lo que nos vamos a reír del servicio de Correos! Y ahora que lo pienso…

—¡Qué se te habrá ocurrido ahora!

—¡Una idea estupenda! ¡Por qué no habremos amarrado un cable al proyectil! ¡Hubiéramos podido intercambiarnos telegramas con la Tierra!

—¡Cien pares de diablos! —replicó Nicholl—. ¿Se te ha ocurrido pensar lo que pesaría un cable de ochenta y seis mil leguas de longitud?

—¡Vaya cosa! ¡Se hubiera triplicado la carga del Columbiad! ¡O cuadruplicado, o quintuplicado! —exclamó Michel en tono cada vez más agresivo.

—Sólo hay que hacer una pequeña objeción a tu proyecto —respondió Barbicane—, y es que, durante el movimiento de rotación del globo, el famoso cable se habría enrollado alrededor de éste como la cadena de un cabrestante, arrastrándonos hacia la Tierra.

—¡Por las treinta y nueve estrellas de la Unión! —dijo Michel—. ¡Hoy no se me ocurren más que cosas imposibles, ideas dignas de J. T. Maston! Y ahora que lo nombro, si nosotros no regresamos a la Tierra, J. T. Maston es muy capaz de venir a buscarnos.

—¡Ya lo creo! —replicó Barbicane—. Es un camarada digno y valiente. Y además le resultaría facilísimo, ya que el Columbiad sigue enterrado en suelo floridiano. ¿Acaso les van a faltar algodón o ácido nítrico para fabricar piroxilo? ¿O es que la Luna no va a volver a pasar por el cénit de la Florida? Dentro de dieciocho años se encontrará exactamente en el mismo punto que hoy, ¿no?

—Sí, sí —repitió Michel—. Maston vendrá, y con él nuestros amigos Elphiston, Blomsberry, todos los miembros del Gun-Club… ¡Menudo recibimiento les vamos a hacer! ¡Y más adelante, se establecerá una línea de proyectiles entre la Tierra y la Luna! ¡Hurra por J. T. Maston!

Es muy probable que, aunque el honorable J. T. Maston no alcanzara a oír todos aquellos hurras en su honor, al menos le zumbarían los oídos. ¿Qué hacía en aquel momento? Con toda seguridad, apostado en las montañas Rocosas, en la estación de Long’s Peak, intentaba descubrir el invisible proyectil que gravitaba por el espacio. Si se acordaba de sus queridos compañeros, hemos de admitir que tampoco ellos le iban a la zaga y que, bajo los efectos de una exaltación muy singular, le dedicaban sus mejores recuerdos.

Pero ¿cuál era la causa de aquella animación, cada vez mayor, entre los huéspedes del proyectil? No se podía poner en duda su sobriedad. ¿Cabría la posibilidad de que aquella exaltación mental se debiera a las excepcionales circunstancias que vivían, a la proximidad del astro de la noche, del que tan sólo los separaban unas horas, o a alguna influencia secreta de la Luna, que actuaba sobre su sistema nervioso? Tenían el rostro cada vez más encendido, como si hubiera estado expuesto a la reverberación de un horno; respiraban agitadamente y los pulmones les resonaban como el fuelle de una forja; tenían en la mirada un fuego extraordinario y sus voces revelaban formidables acentos; se les escapaban las palabras como el corcho de la botella de champán, empujado por el anhídrido carbónico; y sus gestos resultaban cada vez más preocupantes, pues precisaban de mucho espacio para llevarlos a cabo. Y un detalle de lo más importante era que ninguno se daba cuenta de la excesiva tensión de ánimo que tenían.

—Ahora —dijo Nicholl en tono cortante—, ahora que aún no sé si vamos a regresar de la Luna, me gustaría saber lo que hemos venido a hacer aquí.

—¿Lo que hemos venido a hacer? —respondió Barbicane, golpeando el suelo con el pie como si estuviera en una sala de armas—. ¡Y yo qué sé!

—¡Qué no lo sabes! —exclamó Michel dando un alarido que retumbó por todo el proyectil.

—¡No, no tengo ni idea! —replicó Barbicane en el mismo tono que su interlocutor.

—¡Muy bien, pues yo sí que lo sé! —respondió Michel.

—Pues tú dirás —le gritó Nicholl, sin poder ya contener los rugidos de su voz.

—Eso será si se me antoja —gritó Michel, agarrando con violencia el brazo de su compañero.

—Más vale que se te antoje —le dijo Barbicane, con la mirada encendida y la mano amenazante—. ¡Eres tú el que nos ha metido en este fantástico viaje, y queremos saber por qué!

—¿Por qué? —gritó Michel, pegando un brinco de un metro de altura—. ¿Por qué? ¡Porque quería que tomáramos posesión de la Luna en nombre de los Estados Unidos! ¡Porque quería que se pudiera añadir el cuadragésimo Estado a la Unión! ¡Para colonizar las regiones lunares, para cultivarlas y poblarlas, y para llevar a ellas todos los prodigios del arte, de la ciencia y de la industria! ¡Para civilizar a los selenitas, en caso de que no sean más civilizados que nosotros, y para enseñarles lo que es una república, suponiendo que todavía no lo sepan!

—¡Y si resulta que no hay selenitas! —replicó Nicholl, el cual, bajo los efectos de tan inexplicable embriaguez, se empeñaba en llevarle la contraria en todo.

—¿Quién ha dicho que no hay selenitas? —gritó Michel en tono amenazador.

—¡Yo! —rugió Nicholl.

—¡Capitán! —dijo Michel—. ¡No vuelvas a repetir esa insolencia o voy a hacer que te la tragues!

Y ya los dos adversarios se disponían a llegar a las manos, y tan incoherente discusión estaba a punto de degenerar en batalla, cuando Barbicane intervino, plantándose entre los dos de un salto formidable.

—¡Deteneos, desgraciados —les dijo separando a sus dos compañeros—, que si no hay selenitas, ya nos las arreglaremos sin ellos!

—Eso —exclamó Michel, que estaba deseando poner fin a la discusión—, ya nos las arreglaremos sin ellos. ¡Qué más nos da a nosotros los selenitas! ¡Abajo los selenitas!

—El imperio de la Luna ha de ser nuestro —dijo Nicholl.

—¡Entre los tres instauraremos la república!

—Yo sería el congreso —gritó Michel.

—Y yo el senado —replicó Nicholl.

—Y Barbicane el presidente —gritó Michel.

—¡No habrá presidente nombrado por la nación! —respondió Barbicane.

—Pues nada, será un presidente nombrado por el congreso —exclamó Michel—. ¡Y como yo soy el congreso, te nombro por unanimidad!

—¡Hurra, hurra! ¡Hurra por el presidente Barbicane! —gritó Nicholl.

—¡Hip, hip, hip! —vociferó Michel Ardan.

Luego, el presidente y el senado entonaron a voz en cuello el popular Yankee Doodle, en tanto que el congreso se desgañitaba entonando los varoniles aires de la Marsellesa.

Una descabellada ronda de gestos absurdos, enloquecidos brincos y volteretas de payasos decoyuntados
Una descabellada ronda de gestos absurdos, enloquecidos brincos y volteretas de payasos decoyuntados

Entonces se inició una descabellada ronda de gestos absurdos, enloquecidos brincos y volteretas de payasos decoyuntados. Diana participó en el baile, aullando y brincando hasta la bóveda del proyectil. Se oyó un inexplicable batir de alas, y luego el cacareo de un gallo, con una extraña sonoridad. Cinco o seis gallinas salieron volando, golpeándose contra las paredes del proyectil como si fueran enloquecidos murciélagos…

Luego, los tres compañeros de viaje, cuyos pulmones se descomponían bajo los efectos de alguna influencia incomprensible, más que ebrios, quemados por el aire que incendiaba su aparato respiratorio, cayeron inertes en el fondo del proyectil.

  • 27. El Médoc es una región del Bordelais francés, famosa por sus vinos. La Cote d’Or es un departamento situado en los límites orientales de la cuenca de París, que al sur de Dijon presenta uno de los sectores vinícolas más ricos de Francia.
  • 28. La quimera era un monstruo mitológico, hija de la hidra de Lerma y del león de Nemea y hermana de la Esfinge. Tenía la cabeza de león, el cuerpo de cabra y la cola de dragón, y vomitaba fuego. El hipogrifo era un animal fabuloso, mitad caballo y mitad grifo, creado por el escritor italiano Ludovico Ariosto (1474-1533). Así, en su obra Orlando furioso, Rogelio libera a Angélica montado en un hipogrifo. En el lenguaje literario, este animal ha quedado como imagen de un genio alado que parece transportar la imaginación hasta los campos del espacio.