Parte 1 Capítulo 05. Una visita y luego otra que tiene graves consecuencias.

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 16/03/2020 - 16:00

El tiempo pasa apaciblemente en los Alpes para Heidi, su abuelo y Pedro y su familia, hasta que reciben en poco tiempo dos visitas que lo cambiarán todo.

Capítulo 5. Heidi

Había transcurrido un invierno, luego un verano, y otro invierno tocaba a su fin. Heidi era la misma de siempre, feliz y contenta como los pajaritos; cada día esperaba feliz la llegada de la próxima primavera; el cálido föhn que se oía mugir en los abetos pronto se llevaría la nieve y el sol entonces haría florecer otra vez las florecillas blancas y amarillas. Volverían los hermosos días del pasturaje que Heidi tanto amaba. Pronto cumpliría nueve años. Su abuelo le había enseñado toda clase de cosas útiles y sabía cuidar las cabras como nadie: Blanquita y Diana la seguían por todas partes como perritos, balando de alegría cuando oían su voz. Aquel último invierno, Pedro había traído dos veces recado del maestro de escuela de Dörfli para que el Viejo de los Alpes mandara al colegio a la niña que vivía con él, porque tenía la edad reglamentaria y hubiese debido ingresar en la escuela ya el invierno anterior. Ambas veces, el Viejo había mandado decir al muchacho que si el maestro de escuela quería algo de él, que fuera a verle, pero de ninguna manera pensaba mandar a la niña al colegio. Y Pedro había transmitido fielmente esa respuesta.

El sol de marzo había fundido la nieve en las vertientes de la montaña y por todas partes aparecieron las primeras campanillas. En el valle y más arriba, los abetos habían por fin sacudido su pesada carga de nieve y sus ramas volvían a moverse alegremente en el viento. Heidi estaba tan contenta que no podía estarse quieta, y corría de la cabaña al establo y luego regresaba para contar a su abuelo cómo la alfombra verde, debajo de los árboles, se había extendido, y en seguida volvía para mirar, tanta era la impaciencia que sentía por ver llegar el verano con sus verdes prados y sus flores multicolores.

Así, una hermosa mañana del mes de marzo, después de salir y entrar por décima vez por la puerta de la cabaña, la niña se sobresaltó al encontrarse frente a un anciano señor que iba vestido de negro y que la miraba con mucha seriedad. Cuando vio el espanto que su aparición causara en Heidi, le dijo amablemente:

—No tengas miedo, yo quiero mucho a los niños. Dame la mano. ¿Verdad que eres la pequeña Heidi? ¿Dónde está tu abuelo?

—Está sentado en la mesa y corta cucharas de madera —respondió la niña abriendo la puerta.

Aquel señor era el viejo pastor protestante de Dörfli, que conocía al abuelo desde hacía mucho tiempo y del que había sido vecino cuando el Viejo aún vivía en el pueblo. El pastor entró en la cabaña, se dirigió hacia el anciano y le dijo:

—Buenos días, vecino.

El abuelo, sorprendido, levantó la cabeza, que tenía inclinada sobre su labor, y se puso en pie diciendo:

—¡Buenos días, señor pastor!

Y acercándole su silla, continuó:

—Si el señor pastor no desdeña un taburete de madera, ¡aquí lo tiene!

El pastor se sentó.

—Hacía mucho tiempo que no le había visto, vecino —comenzó.

—Tampoco yo al señor pastor —fue la respuesta.

—He venido para hablarle —continuó el pastor—. Me parece que debe adivinar lo que me trae aquí. Me gustaría aclarar este asunto y conocer sus intenciones.

El pastor calló y miró a Heidi, quien, de pie, en el umbral, observaba atentamente el recién llegado.

—Heidi, vete un ratito con las cabras —dijo el abuelo—. Llévales un poco de sal, si quieres, y quédate allí hasta que yo vaya.

Heidi desapareció rápidamente.

—Esa niña hubiera debido ir al colegio hace un año —continuó el pastor—; o cuando menos, este invierno. El maestro se lo ha advertido a usted repetidas veces, pero jamás se ha dignado contestarle. ¿Cuáles son sus intenciones acerca de esa niña, vecino?

—Tengo la intención de no enviarla a la escuela.

El señor pastor, asombrado, miró al anciano, el cual estaba sentado en el banco, con los brazos cruzados y un aspecto provocador.

—¿Qué piensa, pues, hacer con la niña? —preguntó.

—Nada. Ella crece en compañía de las cabras y de las aves; se encuentra muy bien, y al menos de ellas no aprende nada malo.

—Pero la niña no es ni una cabra ni un pájaro; es una criatura humana. Si bien es verdad que no aprenderá nada malo con esos amigos, también lo es que no aprenderá nada en absoluto, y ha llegado el momento de que aprenda algo ahora. Yo he venido para decírselo, vecino, para que tenga usted tiempo de pensarlo durante el verano y de prepararse. Este invierno ha de ser el último que haya pasado sin recibir instrucción alguna; en el próximo es preciso que usted la envíe a la escuela todos los días.

—Yo no haré nada de eso, señor pastor —respondió el anciano sin inmutarse.

—¿Acaso cree que no hay medios para hacerle entrar en razón si es que persiste obstinadamente en su insensatez? —exclamó el pastor un poco irritado. Usted, que ha visto mundo, debería comprender mejor estas cosas; le creía más sensato, vecino.

—¿Ah, sí? —dijo el anciano, y en su voz se notó también cierta agitación—. De modo que usted cree que dejaré que una niña tan pequeña haga durante todo el invierno un recorrido de dos horas, con mal tiempo, y que luego vuelva a subir en plena noche, con nieve, hielo y viento, si apenas podemos hacerlo nosotros. Sin duda, el señor pastor recordará aún a la madre de la niña. Adelaida era sonámbula y tenía frecuentes crisis nerviosas. ¿Quiere usted que yo exponga la niña a coger lo mismo? ¡Que vengan a obligarme a hacer eso! ¡Estoy dispuesto a acudir a todos los tribunales, y entonces veremos si pueden obligarme a que haga lo que no quiero hacer!

—Tiene usted toda la razón, vecino —repuso el pastor en tono conciliador— Es evidente que no puede usted enviar a la niña a la escuela viviendo aquí arriba. Veo que la quiere usted mucho; haga, pues, por amor a ella, lo que hace tiempo hubiera debido hacer: baje al pueblo y viva otra vez entre sus semejantes. ¿Qué vida lleva usted aquí, tan solo, enemistado con Dios y con los hombres? Si le sucediese algo, ¿quién podría socorrerlo? No comprendo cómo no se ha muerto usted de frío durante el invierno en esta cabaña, ni cómo una niña tan frágil puede soportar la vida aquí.

—La sangre que corre por sus venas es joven y vigorosa, y tiene una buena manta, se lo digo yo, señor pastor. Y una cosa más: sé dónde buscar leña, y también cuándo hay que ir a buscarla; usted no tiene más que mirar, y verá que mi leñera está repleta. Aquí no se apaga el fuego en todo el invierno. Lo que usted me propone no es para mí; la gente de allá abajo me desprecia y yo les pago con la misma moneda. Vivamos, pues, separados y todos nos encontraremos mejor.

—No, no, usted no puede estar mejor así —dijo el pastor con energía— La gente no le desprecia tanto como usted piensa. Créame, vecino, haga las paces con Dios, pídale que le conceda su perdón, y en seguida verá que los hombres le tratarán de otro modo. ¡Se sentirá usted mucho mejor!

El pastor se había levantado. Tendió la mano al anciano y añadió suavemente:

—Cuento con usted, vecino; el próximo invierno regrese con nosotros, y volveremos a ser buenos vecinos como en el pasado. Lo sentiría muchísimo si tuviera que usar la fuerza contra usted. Déme su mano y prométame que volverá a vivir entre nosotros, en paz con Dios y con los hombres.

El anciano dio la mano al pastor y dijo en tono firme y decidido:

—El señor pastor no desea hacer más que el bien, pero repito, yo no puedo hacer lo que espera de mí, y no cambiaré en ese sentido: ni enviaré la niña a la escuela ni bajaré jamás al pueblo.

—¡Que Dios le guarde! —contestó el pastor con tristeza. Después salió de la cabaña y descendió al pueblo.

El abuelo estaba de mal humor. Por la tarde, cuando Heidi propuso ir a visitar a la abuela, el abuelo contestó brevemente:

—Hoy no.

No habló en todo el día, y a la mañana siguiente, cuando Heidi volvió a preguntar lo mismo, la respuesta fue igual de breve:

—Ya veremos.

Mas apenas habían tenido tiempo de sacar los platos de la mesa, cuando una nueva visita hizo su aparición en el umbral de la puerta. Era tía Dete. Llevaba un bonito sombrero adornado con plumas, y un vestido tan largo que lo arrastraba todo a su paso, y el suelo de la cabaña no era precisamente una pista de baile. El Viejo la miró de pies a cabeza sin decir una palabra. Tía Dete tenía la intención de sostener con él una conversación amistosa. Empezó a elogiar el buen aspecto de Heidi, a la cual, según decía, apenas había reconocido, lo que probaba que la niña estaba a gusto con su abuelo. Pero, continuaba diciendo Dete, ella había tenido siempre la idea de volver para recoger a la niña, porque bien comprendía que Heidi debía de ser un engorro para él; pero que en aquel momento, ella no había sabido qué hacer con la pequeña. Desde entonces no había dejado de preguntarse dónde podría colocar a Heidi, y que precisamente para eso había venido ahora, porque de pronto se presentaba una bonísima ocasión que podía significar la suerte definitiva de la pequeña. En seguida se había ocupado del asunto y ahora ya se podía considerar como arreglado. ¡Era una oportunidad como no solía ofrecerse más que a una persona entre mil! Los dueños de Dete tenían unos parientes muy ricos que vivían en una de las casas más bonitas de Frankfurt; estos parientes tenían una hija única que pasaba los días en un sillón de ruedas porque estaba paralítica. Tenía que tomar lecciones sola con un profesor, y como se aburría mucho, deseaba tener una compañera de estudios. Los dueños de la casa donde servía Dete habían hablado con el ama de llaves y ésta manifestó que el padre de la niña tendría una gran satisfacción si, al regresar de su viaje, veía ya allí la anhelada compañía para su hija. El ama de llaves había dicho que la compañera debería ser una niña buena y espontánea, una niña un poco especial, que no se pareciera en nada a las que se veían todos los días. Entonces, ella, Dete, había pensado en seguida en Heidi, apresurándose a describir cómo era, y entonces el ama de llaves había dado su conformidad. Era una gran suerte para Heidi, porque si ésta fuese bien aceptada en la familia y le sucediera algo a aquella hija única, tan delicada, contando que el padre no quisiera prescindir de tener una hija a su lado, ¿quién sabía si tan buena ocasión…?

—¿Has acabado ya? —la interrumpió al fin el Viejo, que hasta entonces la dejara hablar sin decir nada.

—¡Caramba! —replicó Dete irguiendo la cabeza— Parece que le cuente la cosa más corriente del mundo. No hay en todo Prittigau ni una sola persona que no diera gracias al cielo si yo le llevase la noticia que acabo de darle, Viejo.

—Lleva esas nuevas a quien quieras, no me interesan —respondió el Viejo secamente.

Al oír tales palabras, Dete dio un salto:

—Muy bien —gritó—. Si se pone usted así, le diré también lo que pienso. La niña tiene ahora ocho años y no sabe nada de nada y usted no quiere que aprenda tampoco. Quiere usted impedir que vaya al colegio, que vaya a la iglesia, porque así me lo han dicho abajo en el pueblo. Y como es la única hija de mi hermana, y yo tengo la responsabilidad de su bienestar, no he de ceder en nada, ahora que se presenta la oportunidad de que Heidi tenga suerte. Y le advierto que tengo todo el pueblo de mi lado y no hay nadie que no me haya prometido su apoyo. Y si usted quiere llevar el asunto a los tribunales, no se olvide, Viejo, de que aún existe el recuerdo de cosas antiguas que no le gustaría que se dijeran delante dé los jueces, porque bien sabe usted que éstos son unos husmeadores, y si empiezan a indagar…

—¡Cállate! —gritó el Viejo con los ojos echando chispas— ¡Llévatela y estropéala! Pero no me la traigas nunca más. No quiero verla con un sombrero de plumas en la cabeza, ni oírla hablar como tú hoy.

El Viejo salió de la cabaña a grandes pasos.

—Tú has hecho enfadar al abuelo —dijo Heidi, y en sus ojos negros brilló un destello de odio.

—Pronto se calmará, ahora ven —dijo Dete, impaciente—. ¿Dónde está tu ropa?

—No voy contigo —respondió Heidi.

—¿Qué has dicho? —exclamó la tía con enojo. Después suavizó el tono—: ¡Vamos, vamos! No lo has entendido bien. ¡No puedes ni imaginar lo bien que vas a estar!

Y dirigiéndose al armario, sacó las cosas de Heidi y las empaquetó.

—¡Y ahora, ven! Coge tu sombrerito; no es muy bonito, pero no importa, póntelo y marchémonos de una vez.

—No voy contigo —repitió Heidi.

—¡No seas tonta y testaruda! Parece que quieras imitar a las cabras. ¿No ves que el abuelo está ahora enfadado? ¿No has oído lo que ha dicho? No quiere vemos más, quiere que vengas conmigo, no hace falta que le hagas enfadar más aún. ¡Si supieras lo bonito que es Frankfurt! Si después no te gusta, puedes volver aquí; para entonces el abuelo ya estará otra vez de buen humor.

—¿Puedo volver esta misma noche? —preguntó la pequeña.

—¡Vámonos de una vez! Ya te lo he dicho: puedes volver cuando quieras. Hoy bajaremos hasta Mayenfeld y mañana cogeremos el tren. Va tan aprisa que puedes regresar en un momento.

Tía Dete se colgó de un brazo el hatillo de ropa, cogió a Heidi de la mano y empezó a descender con ella la montaña.

Como no había llegado aún el tiempo de los pastos, Pedro iba todavía a la escuela del pueblo o mejor dicho, debía ir aún allí, pero el muchacho se permitía de cuando en cuando algún día de asueto, porque se decía que no valía la pena seguir aprendiendo a leer, cuando eso de nada le serviría, y que era mucho mejor vagar por el monte buscando leña porque ésta sí que era de utilidad.

Precisamente en aquel instante volvía de una de sus escapadas, que por lo visto había sido exitosa porque llevaba un enorme haz de varas de avellano sobre el hombro. Al ver a Dete y a Heidi, se detuvo y las miró con ojos de asombro, y cuando estuvieron muy cerca de él, dijo:

—¿Adónde vas?

—Tengo que irme rápidamente a Frankfurt con la tía —contestó Heidi—, pero antes he de entrar un momento a ver a la abuela, que ya me estará esperando.

—No, ni hablar, es demasiado tarde —interrumpió Dete, sin soltar la mano de la niña—. Puedes ir a verla cuando vuelvas. Ahora vamos.

Y se fue con Heidi de la mano, sin soltarla, porque temía que si la pequeña entraba en la choza de Pedro, no quisiera salir y la abuela la apoyara en esa idea.

Pedro, viendo que la niña se iba, se metió dentro de la choza y tiró el haz de varas con tal fuerza sobre la mesa, que la abuela se levantó muy asustada de la rueca y empezó a lamentarse.

—¿Qué pasa, Pedro, qué pasa? —exclamó la abuela, y la madre de Pedro, que también se había levantado de la mesa por el mido, preguntó tranquilamente:

—¿Qué tienes, Pedro? ¿Por qué estás tan furioso?

—Se llevan a Heidi —exclamó el muchacho.

—¿Quién? ¿Quién? ¿Y adónde, Pedro? —preguntó la abuela con voz angustiada, pero en seguida adivinó la verdad, pues su hija le había dicho poco antes que había visto subir, monte arriba, a tía Dete. Con mano temblorosa, la anciana abrió la ventana y empezó a gritar con voz suplicante:

—¡Dete, Dete, no te lleves a la niña! ¡No nos quites a Heidi!

La tía y la sobrina oyeron la voz y Dete comprendió lo que la abuela gritaba, por lo que asió a la niña con más fuerza y echó a correr. Heidi quiso oponer resistencia y dijo:

—Quiero ir a ver a la abuela. Me ha llamado. ¡Suéltame!

Pero precisamente eso era lo que Dete quería evitar. Procuró tranquilizar a la pequeña, diciéndole que era necesario darse prisa para no llegar tarde y poder continuar el viaje al día siguiente sin falta. Añadió que cuando estuviese en Frankfurt, encontraría esa ciudad tan linda, que nunca más querría marcharse, pero que si, de todos modos, deseaba regresar, lo podría hacer en seguida y además podría comprar algún regalo para la abuela. Esto último agradó mucho a Heidi, y desde aquel momento ya no opuso ningún obstáculo al viaje, antes bien, apresuró el paso todo lo que pudo.

—¿Qué podré traer a la abuela? —preguntó a poco.

—Algo muy bueno —contestó Dete—; por ejemplo, panecillos blancos muy tiernos. Sé que no puede comer el pan negro y duro, así le darás una gran alegría.

—Es verdad, ella le da el pan negro siempre a Pedro y le dice «es demasiado duro para mí», porque yo misma lo he oído —confirmó Heidi, y añadió decidida—: Corramos, tía, tal vez podamos llegar hoy mismo a Frankfurt y pueda volver pronto con los panecillos blancos.

–"Quiero ir a ver a la abuela ¡Suéltame!"
–"Quiero ir a ver a la abuela ¡Suéltame!"

Y Heidi apresuró de tal modo el paso que su tía apenas podía seguirla, aunque interiormente estaba muy satisfecha, porque estaban llegando a Dörfli y allí podían surgir toda clase de preguntas que harían nuevamente dudar a Heidi. Cruzaron el pueblo sin detenerse y todo el mundo podía ver que era Heidi la que tiraba a su tía de la mano. Por eso Dete contestaba siempre lo mismo a las preguntas que le hacían: —Ya lo veis; no puedo detenerme ahora porque la niña desea llegar pronto y aún tenemos mucho camino por recorrer.

—¿Es que te la llevas? ¿No se queda con el Viejo de los Alpes? ¡Pero si es un milagro que la pequeña aún viva! Y encima con tan buen aspecto.

Dete estaba muy contenta de poder pasar por el pueblo sin verse obligada a dar razón del viaje y sin que Heidi abriera la boca, en su afán de llegar pronto.

Desde ese día, siempre que el Viejo de los Alpes bajaba a Dörfli, aún ponía una cara más furiosa y adusta que antes y no saludaba a nadie. Cuando pasaba por el pueblo con su cesta quesera sobre la espalda, su enorme bastón en la mano, y frunciendo sus espesas cejas, las mujeres decían a sus hijos: —¡Tened cuidado! ¡El Viejo de los Alpes anda por ahí, si no os apartáis, puede haceros daño!

El anciano no trataba con nadie en el pueblo; sólo lo cruzaba para llegar al valle donde vendía sus quesos y compraba sus provisiones de pan y carne. Después de su paso por Dörfli, las gentes se reunían en grupos y hablaban. Cada uno de ellos daba su opinión: que su aspecto era cada vez más salvaje, que ya no saludaba a nadie, etc, y todos estaban de acuerdo en que era una verdadera suerte que la niña hubiera podido escapar, y que bien a la vista estaba la prisa de ella en alejarse, por temor a que el anciano la alcanzase y la obligara a volver.

Sólo la abuela ciega lo defendía con firmeza. A quienquiera que iba a verla para darle trabajo de hilar o para recogerlo, le contaba detalladamente cuán bueno y atento se había mostrado el anciano con Heidi y lo que había hecho por ella y por su hija, las muchas tardes que éste se había pasado reparando la cabaña que sin su ayuda se hubiera derrumbado.

Esos comentarios llegaron naturalmente al pueblo, pero nadie quiso creer en ellos: todos convenían en que la abuela tenía demasiada edad para comprender las cosas y seguramente no habría oído muy bien, porque, además de ser ciega, era también bastante sorda.

El Viejo de los Alpes ya no acudía a la casa de Pedro el cabrero, y era una suerte muy grande que la cabaña estuviese tan bien arreglada, porque durante muchísimo tiempo nadie se prestó a cuidar de ella. La abuela empezaba nuevamente los días con suspiros y quejas. Ni un solo día pasaba sin que dijera:

—Con la niña se nos ha ido toda nuestra alegría y los días parecen vacíos sin ella. ¡Ojalá pudiera oír su voz una vez más antes de morirme!

Adorno