Parte 1 Capítulo 09. El señor Sesemann se entera de cosas sorprendentes

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 13/04/2020 - 17:00

EEl padre de Clara, el señor Sesemann, vuelve a su casa de Frankfurt a pasar unos días con su hija, y tiene oportunidad de conocer a Heidi. Pero la señorita Rottenmeier no le da una buenos informes de ella, por lo que sl sepor Sesemann se ve obligado a recabar información por su cuenta para formarse su propia opinión.

Capítulo 9. Heidi

Pocos días después de los anteriores sucesos, se advertía en la casa inusitada animación y un diligente subir y bajar las escaleras. Tinette y Sebastián sacaban un paquete tras otro del abarrotado carruaje, pues el señor Sesemann acababa de regresar y solía traer de sus viajes gran cantidad de cosas bonitas.

El señor Sesemann había entrado inmediatamente en la habitación de su hija para saludarla. Heidi estaba con Clara porque aquél era el momento de la tarde que las dos muchachas pasaban siempre juntas.

Padre e hija se querían mucho y se saludaron con mucho cariño. Luego el señor Sesemann tendió la mano a Heidi, que se había retirado a un rincón sin hacer ruido, y le dijo:

—¿Conque tú eres la pequeña suiza, eh? Ven aquí y dame la mano. ¡Muy bien! Ahora dime, ¿tú y Clara sois ya buenas amigas? ¿O bien os peleáis y os enfadáis y luego lloráis y hacéis las paces, y luego volvéis a empezar?

—No. Clara siempre es muy buena conmigo —repuso Heidi.

—¡Y Heidi nunca ha tratado de pelearse conmigo, papá! —exclamó Clara.

—Muy bien, muy bien; me gusta oír eso —dijo su padre levantándose—. Y ahora, Clarita, discúlpame, pero aún no he comido hoy: voy a tomar algo. Luego volveré y entonces te enseñaré todo lo que he traído.

El señor Sesemann se dirigió al comedor, donde la señorita Rottenmeier se aseguraba que no faltara nada en la mesa. El dueño de la casa se sentó y la señorita Rottenmeier se sentó enfrente. Al ver la cara de viernes de su ama de llaves, el señor Sesemann dijo:

—Veamos, señorita Rottenmeier, ¿qué debo pensar? Ha puesto usted una cara que no es precisamente de bienvenida. ¿Qué ha pasado? He visto que Clarita está muy animada.

—Señor Sesemann —empezó la dama con gravedad—, lo que nos ocurre también afecta a Clara. Nos han engañado horriblemente.

—¿Cómo? —preguntó el señor Sesemann, bebiendo tranquilamente un poco de vino.

—Habíamos decidido, como usted sabe, señor Sesemann, buscar para Clara una compañera y como sé muy bien cuánto le interesa a usted que a su hija la rodeen sólo amistades nobles y superiores, había yo pensado en una niña suiza, porque esperaba ver a uno de aquellos seres sobre los que tanto he leído y que, nacidos en el puro ambiente de la montaña, atraviesan la vida, por decirlo así, sin pisar la tierra.

—A mí me parece —observó el dueño de la casa— que las niñas de Suiza también han de tocar los pies en el suelo para caminar, porque, de otro modo, les hubiesen crecido alas en vez de pies.

—¡Oh!, señor Sesemann, usted ya entiende lo que quiero decir —siguió la dama—. Yo me refería a uno de esos seres puros de las altas montañas que pasan por nuestro lado como un espíritu ideal.

—Pero ¿señorita Rottenmeier, que quiere que haga mi hija con un espíritu ideal?

—Señor Sesemann, yo hablo en serio: la cosa es más grave de lo que usted cree. He sido engañada, horriblemente engañada.

—Pero ¿dónde está el engaño? Esta niña me ha parecido muy agradable —observó tranquilamente el señor Sesemann.

—¡Si supiera, señor Sesemann, qué gente y qué animales ha traído esa niña a casa! ¡Y no le cuento más! ¡El profesor podrá confirmárselo!

—¿Animales? No lo entiendo, señorita Rottenmeier.

—Sí, nadie lo entiende. El comportamiento de esa criatura es incomprensible y sólo se explica como prueba de su verdadera locura.

Hasta aquel instante, el señor Sesemann no había tomado en serio al ama de llaves, pero sus últimas palabras le impresionaron: ¡accesos de locura! Eso podía tener consecuencias graves para su hija. Observó con atención a la señorita Rottenmeier, como si quisiera comprobar que no era ella misma la que estaba volviéndose loca. En aquel momento se abrió la puerta y Sebastián anunció la llegada del profesor.

—¡Ah, aquí está nuestro querido señor profesor! Él podrá aclararnos un poco la situación —exclamó el señor Sesemann al verlo entrar—. ¡Venga, siéntese a mi lado! —y le tendió la mano—. El señor profesor tomará una taza de café conmigo, señorita Rottenmeier. Siéntese, querido amigo, y nada de cumplimientos. Y ahora dígame, ¿qué pasa con la niña que ha venido a esta casa como compañera de mi hija y a la que usted también da clases? ¿Qué es eso de los animales que, al parecer, ha introducido en esta casa? ¿Y qué opina usted de sus facultades mentales?

El profesor primero tuvo que expresar su alegría por el regreso del señor Sesemann y darle la bienvenida, causa y motivo de su visita, pero el señor Sesemann le volvió a rogar que contestara a las preguntas que le preocupaban. El profesor empezó a decir:

—Si he de dar mi humilde opinión acerca de la personalidad de esa niña, haré, ante todo, constar que si, por un lado, se advierte en ella cierta carencia en su desarrollo, causada por una educación en mayor o menor grado descuidada, o mejor dicho, por una instrucción retrasada excesivamente y el aislamiento propio de la vida en los Alpes, aunque no se puede censurar completa y totalmente este género de vida, sino que, por el contrario, presenta sus ventajas y sin duda ejerce una excelente y saludable influencia dentro de un límite de tiempo razonable…

—Mi querido señor profesor —le interrumpió el señor Sesemann—, ¡usted se toma demasiada molestia para explicármelo con claridad! Dígame simplemente si esa niña le ha asustado también a usted con los animales que ha traído aquí, y sobre todo ¿qué le parece como compañera de mi hija?

—No quisiera en modo alguno perjudicar a esa niña —prosiguió el profesor—, pues si, por un lado, puede decirse que carece de experiencia de la sociedad, lo que se explica por la vida más o menos salvaje que llevaba antes de trasladarse a Frankfurt, traslado que podrá ejercer cierta influencia sobre el desarrollo de esa criatura, la cual es, por decirlo así, totalmente o cuando menos en gran parte inculta, aunque por otra parte esté dotada de talentos incuestionables que dirigidos por una mano diestra…

—Perdóneme un momento, señor profesor, le ruego que siga, tengo que… he de ver ahora mismo a mi hija.

Y dicho esto, el señor Sesemann se fue y no volvió. En la sala de estudio se sentó al lado de su hija. Heidi se había levantado. El padre de Clara se volvió hacia ella y le dijo:

—Oye, pequeña, ve a buscarme…, espérate…, ve a buscarme… —El señor Sesemann no daba con aquello que le hacía falta, pero quería alejar a Heidi un ratito—. Eso es, ve a buscarme un vaso de agua.

—¿Agua fresca? —preguntó Heidi.

—Sí, sí. Muy fresca —contestó el señor Sesemann.

Heidi desapareció.

—Y ahora, querida hija —dijo el padre de Clara, acercándose más a ella y tomando entre sus manos la de ella—, dime tú claramente: ¿qué animales son esos que tu amiga ha traído a casa y por qué cree la señorita Rottenmeier que la pequeña no está bien de la cabeza? ¿Lo sabes tú?

Clara lo sabía muy bien, porque la asustada dama le había comentado las frases incoherentes de la niña, que, sin embargo, para ella tenían sentido. Contó, pues, a su padre la historia de los gatitos y la tortuga que tanto habían asustado a la señorita Rottenmeier y explicó lo que Heidi había dicho. El señor Sesemann se echó a reír de corazón.

—Entonces, ¿no quieres que mande a la pequeña a su casa? ¿No estás cansada de ella? —preguntó por último.

—¡Oh, no, papá, no hagas eso! —exclamó Clara—. Desde que Heidi esta aquí, todos los días sucede algo, y es muy divertido, antes nunca pasaba nada, y además Heidi me cuenta muchas cosas bonitas.

—¡Está bien, está bien, Clarita! Ahí vuelve tu amiguita. ¿Qué, has encontrado agua fresca? —preguntó el señor Sesemann al ofrecerle la niña el vaso.

—Sí, es fresca, de la fuente —contestó Heidi.

—¿Es que has ido tú sola a la fuente, Heidi? —preguntó Clara.

—Sí, por eso es tan fresca, pero he tenido que ir muy lejos, porque en la primera fuente había mucha gente. Entonces bajé toda la calle, pero en aquella fuente también había gente, y entonces me fui a otra calle y de la fuente que hay allí tomé el agua. Allí vi a un señor de cabello blanco, que manda sus saludos al señor Sesemann.

—Buena expedición has hecho —dijo riendo el señor Sesemann—. ¿Y quién es el señor que manda saludos?

—Pasó por la fuente, se detuvo y me dijo: «Puesto que tienes un vaso, dame de beber. ¿A quién llevas el agua?». Y yo le dije: «Al señor Sesemann». Entonces él se rió mucho y dijo que le saludara a usted y que le dijera que este vaso de agua le iba a hacer mucho bien.

—¿Ah, sí? ¿Quién será que me envía tan amable saludo? ¿Dime, cómo era ese señor? —preguntó el señor Sesemann.

—Reía amablemente y llevaba una gran cadena de oro con una cosa que colgaba, como una gran piedra roja, y llevaba un bastón con una cabeza de caballo.

—¡Es el doctor! Es nuestro buen amigo, el doctor —exclamaron padre e hija al unísono, y el señor Sesemann se rió para sus adentros, pensando en las reflexiones que haría sobre el nuevo modo de proveerse de agua.

Por la noche, cuando se encontró a solas con la señorita Rottenmeier para hablar de ciertos asuntos domésticos, el señor Sesemann le informó de que había decidido retener en casa a la pequeña compañera de su hija, porque había podido comprobar personalmente que era una niña por completo normal y que su compañía le resultaba más agradable a Clara que ninguna otra.

—Deseo, pues —añadió acentuando las palabras—, que esa niña sea tratada siempre con cariño y que sus originalidades no sean consideradas como delitos. Por otra parte, si usted no sabe cómo manejar a la niña, pronto tendrá un auxilio en la persona de mi madre, que pasará algún tiempo en esta casa. Y usted sabe por experiencia que mi madre se entiende con todo el mundo, ¿no es verdad, señorita Rottenmeier?

—Sin duda alguna, señor Sesemann —respondió la dama; pero no parecía aliviada con la perspectiva de esta ayuda.

El señor Sesemann disponía de pocos días para permanecer al lado de su hija. Al cabo de dos semanas tuvo que volver a París, adonde le llamaban sus negocios. Consoló a su hija apenada por esta nueva ausencia suya, anunciándole la próxima llegada de la abuela.

En efecto, apenas había salido de Frankfurt, llegó una carta de la señora Sesemann informando que salía de su vieja propiedad de Holstein y pensaba llegar a Frankfurt al día siguiente. Pedía que se mandara el coche a la estación.

Esta noticia alegró mucho a Clara y en seguida se puso a contar a su pequeña compañera tantas cosas acerca de la señora Sesemann, que desde aquella misma tarde, Heidi comenzó a hablar también de la llegada de la «abuelita». La señora Rottenmeier, que la oyó, le echó una mirada severa. Heidi no hizo caso, ya que se había acostumbrado a esta permanente muestra de desaprobación por parte del ama de casa.

Más tarde, cuando iba a acostarse, la señorita Rottenmeier la hizo entrar en su habitación y le dijo que ella no había de llamar jamás «abuelita» a la señora Sesemann, sino únicamente «señora».

—¿Has comprendido bien? —le dijo a Heidi, que la miraba un poco sorprendida.

La señorita Rottenmeier le devolvió una mirada que no admitía ninguna réplica por lo que Heidi no dijo nada más y se fue a su habitación.

Adorno