Parte 2 Capítulo 19. Continúa el invierno

Enviado por Francisco J. Calzado el Jue, 09/07/2020 - 10:00

El invierno es largo en las montañas, y Heidi no puede visitar durante semanas a la abuelita de Pedro. Así pues, con la complicidad de su abuelito, la niña decide aprovechar el tiempo para mejorar la vida de su amigo Pedro enseñándole a leer y  exigiéndole que vaya a la escuela.

Capítulo 19. Heidi

Al día siguiente, Pedro bajó de la montaña en trineo y llegó a tiempo para entrar puntualmente en la escuela. La comida para el mediodía la llevaba en la mochila. En Dörfli, los muchachos que vivían muy lejos y no podían ir al mediodía a sus casas se quedaban en la escuela. Allí se sentaban sobre los pupitres, apoyados los pies en el banco, y en esta postura, extendiendo sus raciones sobre las rodillas, comían mientras los demás chicos iban a sus casas a comer. Aquéllos que de este modo se quedaban en la clase podían comer y luego jugar a sus anchas hasta la una de la tarde, hora en que empezaban de nuevo las lecciones. Después de asistir a clase, Pedro iba todos los días a casa del Viejo de los Alpes para hacer una visita a Heidi.

Aquel día, cuando entró en la gran sala, Heidi, que ya lo aguardaba, se precipitó hacia él y exclamó:

—Pedro, yo sé una cosa.

—Dila —respondió Pedro.

—¡Es preciso que aprendas ya a leer!

—¡Ya he aprendido!

—Bien, Pedro, pero no es así como quiero decir —continuó Heidi con viveza—. Yo quiero decir que sepas leer de corrido.

—No puedo —replicó Pedro.

—Es que nadie lo creerá. Yo tampoco lo creo —dijo Heidi muy decidida—. La abuelita de Francfort sabe muy bien que esto no es cierto, y fue ella la que me dijo que no lo creyese.

A Pedro le causó gran sorpresa esta noticia.

—Yo te enseñaré a leer, yo sé muy bien cómo se hace eso —continuó Heidi—. Y cuando sepas leer, serás tú quien leerás todos los días una canción o dos a la abuelita.

—No puedo —murmuró Pedro por segunda vez.

Heidi se indignó ante aquella oposición a una cosa buena y justa que ella deseaba vivamente ver realizada. De pie delante de Pedro, y mirándolo con ojos centelleantes de cólera, la niña le dijo con tono amenazador:

—Ahora voy a decirte lo que te sucederá si persistes en no querer aprender. Tu madre ha dicho ya dos veces que tú has de ir también a Francfort para aprender allí toda clase de cosas; yo conozco muy bien aquella escuela: se trata de una casa muy grande de piedra que Clara me enseñó cuando paseábamos por allí. No es solamente una escuela para chicos como tú. Allí veía yo entrar en el edificio gran número de ellos al mismo tiempo; todos van vestidos de negro como si fuesen a la iglesia, y llevan grandes sombreros negros, tan altos como… fíjate, eran así de altos —y Heidi indicó con la mano la altura de los sombreros negros.

Un estremecimiento sacudió el cuerpo de Pedro de arriba abajo.

—Y será necesario que entres a la escuela junto con todos esos señores —continuó Heidi con calor—. Y cuando te toque a ti, no sabrás leer de corrido; es más: harás faltas deletreando. Tú verás entonces cómo aquellos señores se burlarán de ti, mucho más que Tinette, y habrías de ver cuando ésta se mofa de alguien.

—Entonces, quiero aprender —dijo Pedro en un tono quejoso y enojado a la vez.

Heidi se apaciguó al instante.

—Esto está bien y vamos a comenzar en seguida —exclamó con gran satisfacción, y, después de llevar a Pedro a la mesa, se fue a buscar lo necesario para la lección.

En el gran paquete que Clara remitiera, Heidi había encontrado un librito que le gustaba mucho. La noche anterior ya se le había ocurrido que podía servirse de él para Pedro, pues se trataba de un libro abecedario en el que las letras estaban versificadas.

Se sentaron, pues, a la mesa, inclinaron la cabeza sobre el librito y comenzó la lección. Heidi obligó a Pedro a deletrear el primer verso y luego se lo hizo repetir una y otra vez, porque quería que lo hiciera sin faltas y fácilmente.

Heidi leyó:

Si hoy el A B C no tienes aprendido,

mañana, al tribunal serás conducido.

—Yo no voy —refunfuñó Pedro.

—¿Adónde? —preguntó Heidi.

—¡Al tribunal!

—Pues entonces, aprende las tres letras y cuando las sepas, no tendrás necesidad de ir allí —dijo ella para persuadirlo.

Pedro se puso nuevamente a la obra y repitió las tres letras con perseverancia, hasta que Heidi declaró que las sabía bien. Pero, habiendo notado el efecto que la amenaza producía en el muchacho, la niña quiso aprovecharse de tal circunstancia preparando el terreno para las lecciones siguientes.

—Aguarda, que voy a leerte los versos de las demás letras —dijo—, y verás todo lo que aún puede sucederte. Y con voz clara y sonora, leyó:

D E F G sabrás perfectamente, o desdichas sin

cuento caerán sobre tu frente.

Y si pasas por alto H I J K, la primera

desdicha al punto llegará.

Quien no logre L M sin titubeos saber,

Después de pagar multa, habráse de esconder.

Si lo que hoy he visto, hubieras visto tú, ya

nunca olvidarás N O P ni Q.

En R S T procura no pararte,

pues mil causas de llanto podría ello costarte.

Al terminar este verso, Heidi hizo una pausa. Pedro no había hecho ninguna manifestación y la niña quería saber qué era lo que hacía. Todas aquellas amenazas misteriosas y horribles lo habían aterrado de tal modo que se había quedado inmóvil, fijando sobre Heidi una angustiosa mirada.

El buen corazón de la niña se conmovió y se apresuró a animarlo diciendo:

—No has de tener miedo, Pedro. Tú ven todas las noches a verme y, si aprendes como hoy, acabarás por saber las letras, y ninguna de las cosas que aquí dice sucederá. Pero es preciso que vengas todas las noches y no faltes más a la escuela. Aunque nieve, has de venir, porque para ti no es obstáculo.

Pedro prometió hacerlo así, porque el miedo que sintiera al oír aquellas amenazas hizo nacer en él la voluntad de estudiar. Después se puso en camino hacia su casa.

Pedro no dejó de obedecer los mandatos de Heidi, y todas las noches iba a casa de la niña para estudiar con ardor las letras del alfabeto y aprender el contenido de los versos. A veces el abuelo de Heidi se hallaba presente y escuchaba con aire satisfecho, fumando en pipa, mientras que las comisuras de sus labios se movían de cuando en cuando, como si de pronto le acometieran ganas de reír. Luego, cuando Pedro había luchado valerosamente para aprenderse la lección, con frecuencia lo invitaba a quedarse a cenar con ellos, lo que recompensaba al muchacho ampliamente de los temores que le causaran las amenazas del librito.

Así transcurrieron los días del invierno. Pedro iba con regularidad a tomar lección y hacía verdaderos progresos con el abecedario. Sin embargo, los versos le daban cada vez más fatiga. Al fin había llegado a la U. Al leer Heidi

Si la U de la V no sabes distinguir, te llevarán allá

donde no quieras ir.

Pedro murmuró:

—Eso sí que me importaría poco.

No obstante, no estaba muy seguro de sí mismo y se puso a estudiar la U y la V lo mejor que pudo, como si tuviera la impresión de que alguien podría venir para cogerlo del cuello y llevarlo allí donde prefería no ir.

A la noche siguiente, Heidi continuó:

No aprendas la W sin afición, mira el palo que está en

aquel rincón.

Pedro miró hacia el sitio indicado y observó con sorna:

—No hay ninguno.

—Es verdad, pero ¿sabes lo que tiene el abuelito en el armario? Pues un palo casi tan grueso como mi brazo y si lo saca, bien se puede decir: «Mira el palo que está en aquel rincón».

Pedro conocía muy bien la enorme vara de avellano del Viejo de los Alpes, y sin tardanza se inclinó sobre el libro para aprender la W.

Al día siguiente le tocó aprender estos dos versos:

Y quien, desaplicado, X olvida, se

quedará un día entero sin comida.

Pedro lanzó una mirada hacia el lado donde estaba el armario en el que se guardaba el pan y el queso y, muy enojado, observó:

—¡Yo no he dicho que iba a olvidar la X!

—Tanto mejor; si no la olvidas —respondió Heidi—, podrás aprender inmediatamente otra letra y mañana no te quedará más que una.

Pedro no era de la misma opinión, pero Heidi ya había empezado a leer:

La Y también siempre debes recordar,

porque, si no, la gente te podrá

avergonzar.

Al oír aquellas palabras, Pedro tuvo la visión de todos los graves señores de Francfort con sus grandes sombreros negros y sus rostros burlones, y se lanzó sobre la Y.

Al otro día, como no quedaba más que una letra, Pedro comenzó a estudiarla con aire un poco altanero, y cuando Heidi hubo leído el último verso:

Si la Z ignoras serás un zote

y te enviarán al país

hotentote,

exclamó burlonamente:

—¡Claro! ¡Como si alguien supiera dónde está!

—Naturalmente que hay quien lo sabe. El abuelito lo sabrá seguramente —replicó con viveza Heidi—. Espera, que iré en seguida a preguntárselo; está aquí muy cerca, en casa del señor párroco.

Y en tres saltos ganó la puerta.

—¡Aguarda! —gritó Pedro sobrecogido de angustia, creyendo ya ver al Viejo de los Alpes y al señor párroco para cogerlo y mandarlo al país de los hotentotes.

El grito de angustia detuvo a Heidi.

—¿Qué tienes? —le preguntó muy sorprendida.

—Nada, pero vuelve, ya estudiaré la zeta —respondió.

Pero Heidi deseaba saber dónde vivían los hotentotes y se empeñaba en ir a preguntárselo a su abuelo. Cedió al fin a las súplicas desesperadas de Pedro y se sentó nuevamente a su lado. Sin embargo, como el muchacho le debía una compensación, ella le hizo repetir el verso de la zeta hasta que hubo entrado de una vez para siempre en su cabeza, y en seguida le hizo pasar a las sílabas. Aquella misma noche, Pedro progresó mucho en la lectura, y así continuó de día en día.

Mientras tanto, la nieve habíase deshelado y casi todas las noches volvía a nevar, tanto, que durante tres semanas Heidi no pudo subir a ver a la anciana. La niña mostró, a causa de ello, mayor empeño en enseñar a leer a Pedro para que éste pudiera substituirla lo antes posible en la lectura de las canciones.

Una noche, pues, cuando Pedro regresó a su casa, después de haber visitado, como siempre, a Heidi, entró en la habitación exclamando:

—¡Ya sé!

—¿Qué es lo que sabes? —preguntó su madre muy intrigada.

—¡Leer!

—Pero ¿es posible? ¿Has oído, madre? —exclamó Brígida en el colmo de la estupefacción.

La abuela de Pedro lo había oído y también se preguntaba asombrada si era posible.

—Ahora he de leer una canción, Heidi lo ha dicho —continuó el muchacho.

Su madre bajó apresuradamente el libro que estaba encima del estante, y la abuela se alegró mucho porque ¡hacía tanto tiempo que no oía aquellas palabras consoladoras! Pedro se sentó a la mesa y comenzó a leer. Su madre le escuchaba, de pie y a su lado.

—¡Quién lo hubiera dicho! —repetía una y otra vez con admiración, cada vez que terminaba una estrofa.

La anciana abuela escuchó también con atención una estrofa tras otra, pero no dijo nada.

Al día siguiente de tan importante suceso acaeció que en la clase de Pedro hubo lección de lectura. Cuando le llegó el turno al muchacho, el maestro le dijo:

—Pedro, ¿hemos de prescindir de ti como siempre o quieres probarlo otra vez? No digo que leas, pero sí deletrear un poco.

Pedro comenzó a leer y leyó tres líneas de corrido sin detenerse. El maestro dejó el libro. Mudo de asombro, contemplaba a Pedro como si jamás hubiera visto cosa semejante.

—Pedro, aquí ha sucedido un milagro —dijo al fin—. Todo el tiempo que yo me he esforzado con inagotable paciencia a enseñarte a leer, no llegaste siquiera a deletrear sin hacer continuamente faltas. Y ahora, cuando, no sin lamentarlo mucho, renuncié a sacar provecho de ti, he aquí que no sólo sabes deletrear bien, sino que, además, lees con facilidad. Dime, Pedro, ¿de dónde puede venir semejante milagro?

—De Heidi —respondió el muchacho.

El maestro, sumamente sorprendido, miró hacia el lado donde Heidi estaba sentada con el aire más cándido del mundo, pero no pudo descubrir nada extraordinario en ella.

—Por otra parte —continuó—, hace algún tiempo que observo un cambio notable en ti, Pedro. Mientras que antes faltabas, a veces, hasta una semana entera, ahora no dejas de venir a la escuela un solo día. ¿A qué se debe tan buena transformación?

—Al Viejo de los Alpes —respondió Pedro.

El maestro no salía de su asombro y miraba, ora a Heidi, ora a Pedro.

—Vamos a probarlo otra vez —dijo después, porque juzgó prudente someter el conocimiento de Pedro a nueva prueba.

El muchacho leyó otras tres líneas sin hacer ninguna falta y sin detenerse. Era, pues, verdad; Pedro había aprendido a leer.

Tan pronto como terminó aquel día la clase, el maestro se dirigió a toda prisa a casa del párroco para participarle lo sucedido; el sacerdote se complació también en la bienhechora influencia que el Viejo de los Alpes y su nieta ejercían en el pueblo.

Desde entonces, Pedro leía todas las noches una canción. Su obediencia a las órdenes de Heidi llegaba a eso, pero nunca a más: jamás se le ocurrió leer una segunda canción y, además, la abuela no se lo suplicaba. En cuanto a Brígida, se asombraba cada vez más de que su hijo Pedro hubiese podido llegar a leer y, a veces, acabada la lectura y acostado el lector, seguía diciendo a su anciana madre:

—La verdad, no puede una alegrarse bastante de que Pedro haya aprendido a leer tan bien. ¡Quién sabe lo que podrá llegar a ser todavía!

A lo que respondía la abuela:

—Sí, es bueno para él haber aprendido algo, pero, no obstante, yo me alegraría de que Dios hiciera que pronto viniese la primavera y que Heidi subiese otra vez. Cuando ella lee las canciones, éstas parecen otras. Cuando las lee Pedro, parece que les falta algo. Entonces trato de encontrarlo y luego no puedo seguir bien las ideas; en resumen: no me causan la misma impresión que cuando las lee Heidi.

Lo cual no era debido sino a que, al leer, Pedro se las arreglaba para hacerse la lectura más fácil. Cuando llegaba a una palabra un poco larga o que le parecía difícil, la saltaba, pensando que a la abuelita le sería igual que hubiese tres o cuatro palabras menos en una estrofa, pues aún quedaban bastantes. De aquí que casi nunca había substantivos en las canciones que leía Pedro.