Parte 2 Capítulo 20. Los amigos de Francfort se ponen en camino

Enviado por Francisco J. Calzado el Mié, 15/07/2020 - 10:00

La primavera llega a los Alpes y Heidi su abuelito vuelven a vivir en la cabaña en lo alto de la montaña. La niña está muy contenta con la esperanza de ver de nuevo a su amiga Clara acompañada de su abuelita, procedentes de Frankfurt. Sin embargo, Pedro no parece encajar demasiado bien la visita que tanto desea Heidi...

Capítulo 20. Heidi

Había llegado el mes de mayo. De todas las alturas cercanas, los torrentes precipitaban su enorme caudal en el valle. Una cálida atmósfera envolvía los Alpes reverdecidos. El sol acababa de fundir las últimas nieves, y sus rayos vivificadores habían despertado las primeras flores en los prados. La brisa primaveral movía las ramas de los pinos para despojarlas de las viejas agujas que pronto habían de ser substituidas por un ropaje nuevo, de un verde claro y tierno. Muy alta, en los aires, el águila desplegaba nuevamente sus alas y, alrededor de la cabaña, el sol de mayo calentaba el suelo y acababa de secar los últimos vestigios de humedad.

Heidi se hallaba otra vez en la montaña. Iba y venía de un sitio a otro y no sabía qué admirar más de todo cuanto veía. A veces escuchaba el ruido del viento que desde la cima soplaba cada vez más fuerte, y se precipitaba al fin sobre los tres pinos sacudiendo sus ramas con arrebatos de salvaje alegría. Heidi, fuera de sí de contenta, unía a aquel ruido sus alegres gritos y se dejaba llevar del viento con riesgo de ser arrastrada como una hoja. Otras veces iba corriendo a sentarse en el prado, delante de la cabaña, allí donde más calentaba el sol, para averiguar cuántos capullos estaban a punto de abrirse y cuántas flores ya abiertas. Había también miríadas de inofensivos mosquitos que revoloteaban, ebrios de alegría, en el aire. Heidi se sentía poseída de la alegría de cuanto la rodeaba, respiraba profundamente el aliento primaveral que se elevaba de la tierra vivificada y le parecía que jamás los Alpes habían sido tan bellos. Los mil pequeños insectos participaban, sin duda, de su felicidad, porque su incesante zumbido semejaba una canción que invitase a todos los seres a subir a los Alpes.

De cuando en cuando, desde el pequeño cobertizo detrás de la cabaña, se oían los golpes de un martillo y el ruido de una sierra, cosas que Heidi escuchaba también con singular placer, porque eran sonidos familiares que había oído desde el primer día de su vida en los Alpes.

De pronto se levantó y corrió hacia el cobertizo para ver qué estaba haciendo su abuelito. Delante de la puerta encontró un taburete completamente nuevo, y aún el Viejo se hallaba construyendo otro.

—¡Ya sé para quiénes son! —exclamó Heidi muy contenta—. Éste es para la abuelita de Francfort y el otro para Clara, para cuando vengan; pues ahora… hace falta otro… —continuó vacilando—, ¿o acaso crees, abuelito, que la señorita Rottenmeier no vendrá?

—Ahora no puedo decírtelo, hija mía —respondió el abuelo—, pero más vale que tengamos un asiento disponible para poderla invitar a que se siente, si viene.

Heidi contempló con aire pensativo los escabeles de madera sin respaldo, y se preguntaba si el carácter de la señorita Rottenmeier y aquellos asientos armonizarían. Al cabo de un momento la niña movió la cabeza con aire de duda y dijo:

—Abuelito, me parece que ella no se sentará en los taburetes.

—Entonces la invitaremos a que tome asiento sobre el hermoso sofá tapizado de terciopelo gris verde —replicó el anciano.

Heidi se preguntaba todavía dónde estaba el hermoso sofá tapizado de terciopelo verde, cuando oyó, de pronto, los silbidos, los gritos y latigazos que tan bien conocía. Rápidamente se lanzó hacia el rebaño, y poco después se hallaba rodeada de las cabritas. Éstas parecían alegrarse tanto como Heidi de hallarse nuevamente en la montaña, porque nunca habían saltado tanto ni habían dado tan alegres balidos como aquel día. Pedro las apartaba con empujones para poder llegar a Heidi y entregarle una cosa. Cuando estuvo a su lado, le entregó una carta.

—¡Ahí tienes eso! —exclamó, y dejó que Heidi misma buscara la explicación del asunto.

—¿Es que has recibido en el campo una carta para mí? —preguntó ella muy asombrada.

—No —respondió el muchacho.

—Pero, Pedro, ¿de dónde la has sacado?

—De la mochila.

Así era, en efecto. La noche anterior, el empleado de correos de Dörfli le había entregado la citada carta. Pedro la había puesto en el fondo de su mochila, vacía en aquel momento, y, a la mañana siguiente, había puesto sus provisiones encima. Al recoger las dos cabritas del Viejo de los Alpes, había visto a Heidi y al abuelo, pero solamente al mediodía, cuando abrió la mochila para sacar la comida, la carta cayó nuevamente en sus manos.

Heidi leyó atentamente la dirección, luego se dirigió corriendo al cobertizo y, llena de alegría, exclamó agitando la carta:

—¡Una carta de Francfort! ¡Una carta de Clara! ¿Quieres que te la lea en seguida, abuelito?

Éste estaba dispuesto a escucharla, y Pedro, que había seguido a Heidi, se preparó también para asistir a la lectura, apoyándose en el montante de la puerta para tener un sostén sólido y poder oír cómodamente lo que Heidi iba a leer. La niña empezó:

«Querida Heidi: Nosotras ya hemos preparado todas nuestras maletas y nos pondremos en camino dentro de dos o tres días, porque papá parte también al mismo tiempo, no para venir con nosotras, sino para irse a París. El doctor viene a vernos todos los días y, apenas entra, empieza a gritar: “¡Marchad! ¡Marchad!… ¡A los Alpes!». No le llega la hora de que nos pongamos en camino. ¡Si tú supieses cuánto le ha gustado la estancia en vuestras montañas! Durante el pasado invierno casi ha venido todos los días a verme porque siempre tenía alguna cosa nueva que contarme. Entonces se sentaba a mi lado y me hablaba de los días que ha pasado contigo y con tu abuelito; me hablaba de las montañas, de las flores, del delicioso aire fresco, de la tranquilidad de que se goza estando tan alto, encima de todos los pueblos y de todos los caminos. Decía con frecuencia que en los Alpes todo el mundo podría recobrar la salud. Él mismo ha vuelto completamente transformado; hacía muchísimo tiempo que no le habíamos visto tan satisfecho. ¡Cuánto me alegro de poder ver todo eso, de poderme hallar contigo en los Alpes, y también de conocer a Pedro y a sus cabritas! Sin embargo, es necesario que antes me someta a una cura durante seis semanas en el balneario de Ragatz, porque así lo ha mandado el doctor. Luego iremos en seguida a vivir a Dörfli y, cuando haga buen tiempo, me llevarán en mi sillón de ruedas a tu casa y juntas pasaremos agradablemente el día. Abuelita irá conmigo; ella se alegra también de volverte a ver. Pero creo que la señorita Rottenmeier no quiere ir. Abuelita le dice casi todos los días: «¿Qué ha pensado usted, querida Rottenmeier, acerca del viaje a Suiza? No gaste usted cumplidos si le gusta venir con nosotras». La señorita le da siempre las gracias con mucha cortesía, pero dice que no quisiera ser importuna. Yo sé muy bien lo que piensa: cuando Sebastián volvió, después de acompañarte, hizo una descripción terrible acerca de los Alpes; contó que se veían allí enormes rocas suspendidas sobre los caminos y que amenazaban derrumbarse; que en todas partes hay precipicios y abismos a los que era fácil caer; que los senderos son tan empinados que a cada instante es de temer una caída, y que, si bien las cabritas pueden subir saltando, ningún ser humano puede atreverse a poner allí sus pies sin correr inminente riesgo de perder la vida. La señorita Rottenmeier se echó a temblar, y desde entonces ya no sueña en el viaje a Suiza, como hacía antes. Tinette también está asustada y tampoco quiere venir con nosotras. Iremos, pues, solamente abuelita y yo, Sebastián nos acompañará hasta Ragatz y en seguida volverá aquí, a casa. Yo casi ya no puedo aguardar más el momento de emprender la marcha.

 

”Adiós, querida Heidi. Abuelita también te envía sus saludos. Te quiere tu buena amiga,

 

«Clara».

Después de escuchar la lectura de la carta, Pedro se apartó con rápido movimiento del marco de la puerta en que estaba apoyado e hizo restallar el látigo repetidas veces y con tanta furia, que todas las cabritas huyeron aterradas precipitándose hacia el sendero con saltos alocados. Pedro corrió tras ellas hendiendo el aire con el látigo, como si tuviera necesidad de descargar su rabia sobre algún enemigo invisible. En efecto, algo le exasperaba, y este algo era la llegada de los amigos de Heidi.

La niña estaba tan contenta que al día siguiente se empeñó en bajar a ver a la abuelita de Pedro para contarle quiénes iban a venir desde Francfort, sobre todo quién no vendría. Todo ello era de la mayor importancia para la anciana: ¡conocía tan bien todos los personajes citados y tomaba tanto interés en todas las cosas de Heidi! Ésta se puso, pues, en camino al mediodía siguiente. Ahora que el sol tardaba ya más tiempo en desaparecer tras el horizonte, la niña podía bajar sola a la choza de la abuela de Pedro y hallaba gran placer en hacer el camino corriendo, dejándose llevar por la brisa de mayo.

La anciana ya no pasaba todo el día en el lecho; ocupaba nuevamente su sitio del rincón y, como antes, hilaba en la rueca. Mas aquel día se advertía cierta preocupación en su rostro: hallábase sumida en pensamientos tristes que desde la noche anterior la perseguían y no le habían dejado dormir. Cuando Pedro, hecho una furia, entró por la noche en casa, la anciana había comprendido, deduciéndolo de las palabras entrecortadas del muchacho, que iban a llegar de Francfort una porción de personas. En cuanto a lo que iría sucediendo después, Pedro no sabía nada, pero los pensamientos de su abuela eran muy negros acerca del porvenir.

Heidi entró corriendo en la habitación y se fue en derechura hacia la abuela, se sentó en el pequeño taburete que siempre estaba dispuesto para ella, y contó con tal vivacidad lo que tenía que decir, que ella misma se emocionó. Mas, de pronto, se detuvo en medio de una frase y preguntó con inquietud:

—¿Qué tienes, abuelita? ¿Es que lo que te cuento no te gusta?

—Sí, sí, Heidi, por ti me alegro, puesto que la llegada de tus amigos te causa tanta alegría —respondió la anciana, esforzándose por aparecer contenta.

—Pero, abuelita, yo veo que estás preocupada. ¿Es que temes que pueda venir la señorita Rottenmeier? —preguntó Heidi, mostrándose también inquieta.

—No, no es nada, no es nada —aseguró la abuela para tranquilizarla—; dame un poco tu mano, Heidi, para que yo me dé buena cuenta de que estás aún a mi lado. Seguramente será para tu bien, aunque a mí me parece que después no podré vivir.

—Pues yo no quiero nada para mí si tú, después, no puedes vivir, abuelita —declaró Heidi en tono tan decidido que en el corazón de la anciana nacieron otros temores.

Después de oír las noticias que trajo Pedro, su abuela supuso en seguida que la gente de Francfort iba a venir para llevarse a Heidi; y era muy natural que quisieran llevársela, ahora que la niña se hallaba nuevamente bien. Sin embargo, la anciana comprendió que no hubiera podido manifestar su angustia y sus temores en presencia de Heidi. ¡Era la niña tan compasiva para con ella! Podría ocurrir que se resistiera a partir con sus amigos, y esto no debía suceder. La abuela buscó un auxilio y no tardó en encontrarlo, pues no conocía otro.

—Heidi —dijo—, ya sé lo que me hará bien y me inspirará buenos sentimientos. Léeme aquella canción que comienza por: «Desecha esos temores…».

Heidi se había familiarizado tanto con el libro de las canciones, que halló inmediatamente lo que la anciana pedía y, con voz clara, leyó:

Desecha esos temores,

que Dios sabe muy bien, lo

que para tu alma

más saludable es.

Permanece serena ante

la tempestad.

¿No es Dios como un buen padre

que te defenderá?

—Sí, sí, esto era lo que me hacía falta oír —dijo la abuela, mientras la expresión de angustia desaparecía de su rostro.

Heidi la contempló un momento muy pensativa, y luego le preguntó:

—Abuelita, saludable ¿significa lo que hace bien y lo que cura, cuando una está enferma?

—Sí, debe de ser eso, hija mía —contestó la abuela con un movimiento afirmativo de la cabeza—. Y puesto que Dios sabe lo que nos hace bien, podemos estar tranquilas, pase lo que pase. Léeme eso otra vez, Heidi, para que lo recordemos bien.

La niña leyó el verso repetidas veces, porque la encantaba la serenidad que la abuelita obtenía de la canción.

Entre tanto habíase hecho de noche y Heidi hubo de regresar a la cabaña. Mientras recorría el largo sendero empezaba a brillar en el firmamento una estrella tras otra. Cada nueva estrella aparecía más brillante que la anterior, como si con su radiante centelleo quisiera verter nuevas alegrías en el corazón de Heidi. Ésta se detenía sin cesar para contemplarlas, y al ver que el cielo aparecía cada vez más alegre y más brillante, no pudo menos de corresponder a su mensaje, exclamando en voz alta:

—¡Oh, ahora lo comprendo todo! Porque Dios sabe lo que es bueno para nosotros, debemos estar tranquilos y ser felices.

Y las estrellas continuaron brillando y guiñando el ojo a Heidi hasta que ésta llegó a la cabaña, delante de la cual la esperaba el abuelo contemplando también el firmamento, que desde hacía mucho tiempo no había brillado con tanto esplendor.

No solamente las noches, sino también los días, fueron, durante aquel mes de mayo, excepcionalmente luminosos y puros. El abuelo se maravillaba a veces al ver que el sol saliera por la mañana con todo el esplendor que tenía al ponerse la noche anterior, y de que día tras día luciese en un cielo sin nubes.

—Éste es un año de sol —dijo un día—, un año como hay pocos. La savia de las plantas será muy vigorosa y enérgica. Ten cuidado, general, no vaya a resultar que tus saltarinas se vuelvan ingobernables a causa de la buena nutrición.

Pedro le contestaba haciendo restallar su látigo con cierto aire de bravuconería y en su rostro se leía claramente esta muda contestación: «Yo sabré arreglármelas».

De este modo transcurrió el verdeante mes de mayo. Llegó luego el de junio con sus largos y radiantes días, y el calor del sol, cada vez más fuerte, hizo brotar de la tierra todas las flores. Se esparcían éstas por las montañas de los Alpes y llenaban el aire con su dulce aroma. Tocaba también a su fin el mes de junio, cuando una mañana salió Heidi corriendo de la cabaña, después de terminar sus quehaceres domésticos. Deseaba ir a los pinos y luego subir más alto todavía para ver si la gran mata de la centaura habíase abierto ya, porque nada le parecía tan precioso como aquellas graciosas campanillas abiertas en plena luz. Mas en el momento en que Heidi iba a dar la vuelta a la casa, se detuvo bruscamente y empezó a dar tales gritos, que el abuelo salió del cobertizo para ver qué cosa extraordinaria había sucedido.

—¡Abuelito, abuelito! —le gritó la niña fuera de sí—. ¡Ven aquí, ven y mira!

El anciano acudió a la llamada de su nieta y miró en la dirección que la niña le señalaba con tanta agitación. Por el largo sendero de los Alpes serpenteaba la más extraña de las comitivas que jamás se había visto en aquella región. A la cabeza iban dos hombres con una silla de manos descubierta en la que se hallaba instalada una muchacha envuelta en muchos chales. Detrás de ellos iba un caballo montado por una dama de aspecto imponente que miraba sin cesar a todas partes y hablaba con viveza con el joven guía que caminaba a su lado. Luego seguía un gran sillón de ruedas, vacío, empujado por otro joven, porque era más prudente para la enferma subir el sendero abrupto en silla de manos. Cerraba la marcha un mozo que llevaba una banasta llena de mantas, chales y abrigos; había tantos, que tras de ellos no se veía la cabeza del hombre.

—¡Son ellas! ¡Son ellas! —exclamaba Heidi brincando de alegría.

En efecto, eran Clara y su abuelita que, poco a poco, se aproximaban y alcanzaron al fin la cima. Los mozos dejaron la silla de manos en el suelo. Heidi se abalanzó sobre Clara y las dos niñas se abrazaron con transportes de alegría. La abuelita llegó después, se apeó del caballo y saludó con mucha ternura a Heidi, que había acudido inmediatamente. Luego la anciana se volvió al Viejo de los Alpes, que se había acercado para dar la bienvenida a la ilustre dama. No hubo muestras de rigidez en su encuentro; se conocían ambos tan bien como si se hubieran relacionado durante muchos años.

Después del primer saludo, la abuela de Clara exclamó con viveza:

—¡Pero, querido abuelo, tiene usted aquí una residencia verdaderamente señorial! ¿Quién lo hubiese creído? Un rey podría envidiársela. ¡Y qué buena cara tiene nuestra pequeña Heidi! Una verdadera rosa de mayo —continuó, atrayendo a la niña y acariciándole las frescas mejillas—. ¡Qué maravillas en todas partes! ¿Qué dices de esto, Clara, qué dices?

Clara miró en torno suyo plenamente asombrada y maravillada. Jamás había visto, ni menos presentido, semejante ambiente.

—¡Qué hermoso es todo esto! ¡Qué bien se está aquí! —repetía sin cesar—. Jamás hubiera podido figurarme que fuera así. ¡Oh, abuelita, aquí quisiera quedarme!

Mientras tanto, el Viejo de los Alpes había aproximado el sillón de ruedas, en cuyo asiento colocó algunas mantas que había tomado de la banasta. Luego se dirigió hacia la silla de manos:

—Si instalásemos a la señorita en su sillón, se encontraría mucho mejor —dijo—. La silla es un poco incómoda.

Y sin esperar que lo ayudasen, con sus brazos vigorosos levantó suavemente a Clara y la colocó con el mayor cuidado en el cómodo sillón. Luego extendió la manta sobre sus rodillas y le arregló tan bien los pies sobre los cojines, que se hubiera dicho que se había pasado la vida cuidando a personas inválidas. La abuela miraba al Viejo con gran asombro.

—Abuelo —dijo al fin—, si yo supiese dónde ha aprendido usted a cuidar enfermos, mandaría al mismo sitio a todas las enfermeras que conozco para que pudiesen adquirir la destreza que usted tiene. No entiendo cómo es posible esto.

El Viejo sonrió afablemente.

—Es más cuestión de práctica que de estudios —respondió; pero a pesar de la sonrisa, se advertía en su rostro un poco de tristeza.

Había recordado, de pronto, el rostro sufriente de un hombre sentado en otra silla igual que la de la niña, mas cuyo cuerpo se hallaba tan mutilado, que apenas le quedaba un miembro útil. Aquel hombre había sido capitán, a las órdenes del cual se hallaba el Viejo, y al que encontró en Sicilia, después de un duro combate, muy mal herido. Cargándolo sobre sus fuertes hombros, sacó al capitán del lugar peligroso; desde entonces no lo abandonó ni un momento y lo cuidó hasta que la muerte puso término a su triste situación. Al ver a Clara sentada en el sillón, le pareció que la cosa más natural, como antes hiciera con su capitán, era cuidar de la niña y prestarle todos aquellos servicios que tan bien conocía.

Sobre la cabaña y los pinos se cernía un cielo sin nubes, de un azul profundo, que sobrepasaba las altas cumbres grises de la montaña. Clara no pudo apartar la mirada de aquella maravilla y se hallaba transportada de alegría.

—¡Oh, Heidi, qué dicha si yo pudiera recorrer este prado, dar contigo la vuelta a la cabaña, pasearme bajo los pinos! —exclamó con anhelo—. ¡Ojalá pudiera ver contigo todo lo que ya conozco desde hace tanto tiempo sin haberlo visto jamás!

Heidi, al oír a su amiga, hizo un gran esfuerzo y logró lo que se había propuesto. Suavemente empujó el sillón sobre el césped seco, y no lo detuvo hasta llegar al grupo de los tres pinos, debajo de los cuales descansó. Nunca en su vida había visto Clara una cosa tan bella como aquellos altos y viejos árboles, cuyas anchas ramas tocaban con la punta el suelo. También la abuela, que había seguido a las niñas, se detuvo asombrada ante tanta belleza. No sabía decir qué era lo más hermoso de los viejísimos pinos, si las densas copas que susurraban su eterna canción proyectando hacia el azul del cielo sus puntas, o los rectos y sólidos troncos, cuyas enormes ramas daban cuenta de los muchos años que aquellos árboles se hallaban allí contemplando los valles en que las personas iban y venían y donde todo cambiaba… y sólo ellos seguían como habían sido siempre.

Entre tanto, Heidi había llevado el sillón de Clara al establo de las cabritas, cuya puerta abrió en seguida de par en par para que su amiga pudiera verlo todo bien. Mas en aquel momento poca cosa había que ver en el establo, puesto que sus habitantes se hallaban fuera. Con acento de pena exclamó Clara:

—¡Oh, abuelita, ojalá pudiera yo quedarme aquí hasta que regresen Diana y Blanquita, porque tengo muchas ganas de verlas! ¡Y también a las otras cabritas y a Pedro! —añadió—. Pero si he de bajar todas las noches tan temprano como dijiste, no podré ver nada. ¡Qué lástima!

—Hija mía, ante todo es necesario que nos alegremos de tantas cosas hermosas como hay aquí y no que recordemos aquello que falta —dijo en tono de amable reproche la anciana, siguiendo el sillón empujado por Heidi.

—¡Oh, las flores! —volvió a exclamar Clara—. ¡Cuántas florecillas rojas y cuántas campanillas azules! ¡Oh, quién pudiera saltar de esta silla y cogerlas!

Heidi se precipitó en el acto hacia las flores y, al poco rato, regresó con un gran puñado de ellas.

—Eso no es nada —dijo colocando el ramo sobre las rodillas de Clara— comparado con las que hay en los prados. ¡Espera hasta que vayas allí y verás qué flores tan hermosas hay! En muchos sitios la centaura roja y la pasionaria están amontonadas a millares, y en otros, las campanillas azules. También hay sitios donde abundan unas lindas rosas de un amarillo tan brillante, que el suelo parece cubierto de oro. Luego aquellas otras, de pétalos grandes, que el abuelito llama ojos de sol; después hay unas que tienen un color moreno, con florecitas pequeñas redondas y que huelen muy bien. Cuando estoy sentada entre todas aquellas flores, me hallo tan a gusto que nunca quisiera levantarme.

Los ojos de Heidi brillaban del deseo de volver a ver lo que acababa de describir; Clara se contagió de su mismo entusiasmo y en sus suaves ojos azules se reflejó el ardiente deseo de su amiguita.

—¡Oh, abuelita! ¿Podré ir hasta allí? ¿Crees posible que pueda subir yo tan alto? —preguntó anhelante—. ¡Oh, si yo pudiera andar y recorrer contigo los Alpes, Heidi!

—Yo empujaré el sillón, no temas —contestó la niña tranquilizándola.

Y para demostrar lo fácil que era para ella llevar a su amiga, empujó el sillón y dio la vuelta por la casa con tanta fuerza que, por poco, se precipita montaña abajo. Mas allí estaba el abuelo que detuvo el sillón a tiempo.

Mientras se efectuó la visita a los pinos, el abuelo no estuvo ocioso. Junto al banco, delante de la cabaña, había puesto la mesa y algunos asientos, y todo estaba dispuesto para que allí mismo pudiera tomarse la excelente comida que en aquel momento se cocía en un perol, en el hogar de la cabaña. No pasó mucho tiempo, cuando el abuelo tenía ya todo colocado encima de la mesa; alegremente se reunió la gente alrededor de ella.

La abuela se deshacía en exclamaciones de admiración acerca de aquel hermoso comedor, desde el cual se podía contemplar el valle, las montañas y el cielo azul. Una suave brisa llevaba sobre los comensales un fresco agradable y susurraba en los pinos tan dulcemente, como si el rumor se produjera para amenizar la fiesta.

—Jamás me ha sucedido nada igual —exclamó nuevamente la señora—. ¡Esto es una verdadera maravilla! Pero ¿qué veo? —añadió asombrada—. Me parece que estás comiendo el segundo pedazo de queso tostado, Clarita. ¿Cómo es eso?

En efecto, encima de la rebanada de pan de Clara había otro pedazo del dorado queso de los Alpes.

—Es que esto tiene muy buen gusto, abuelita, mucho mejor que todas las comidas que nos daban en el balneario de Ragatz —aseguró Clara, e hincó el diente con buen apetito en la sabrosa comida.

—¡Come, come! —dijo el Viejo muy satisfecho—. La brisa de nuestras montañas es la que suple la pobreza de nuestra cocina.

Y así continuó la alegre colación. La abuela y el Viejo se entendieron muy bien; su conversación hacíase cada vez más animada. En muchas cuestiones acerca de las gentes y de las cosas tenían la misma opinión; parecía que los dos hubiesen disfrutado desde muchos años en relaciones de excelente amistad. Así transcurrió agradablemente el tiempo; de pronto la anciana miró hacia el cielo y observó:

—Pronto hemos de prepararnos para bajar, hija mía. El sol va declinando y los hombres no tardarán en volver con el caballo y la silla de manos.

El rostro alegre de Clara se llenó de tristeza, y con insistencia suplicó:

—Una hora más, abuelita, te lo suplico. Aún no hemos visto la cabaña por dentro ni la cama de Heidi. ¡Ojalá tuviera el día diez horas más!

—Eso sí que no es posible —observó la abuelita, pero añadió que también le gustaría ver la cabaña por dentro.

El Viejo se levantó en seguida de la mesa y llevó el sillón con mano firme hasta la puerta, pero no pudo pasar por ella porque el mueble era demasiado ancho. El abuelo no vaciló un momento: cogió a Clara en brazos y con ella penetró en la cabaña.

La abuela entró también, y yendo de un lado a otro, admiró como ella, las cosas de aquel hogar sencillo y rústico, complaciéndose de que todo estuviera en tan buen orden y tan aseado.

—Eso que veo ahí arriba, Heidi, debe de ser tu cama, ¿verdad? —preguntó, y, sin temor, subió por la pequeña escalera de mano al desván donde estaba el heno—. ¡Oh, qué bien huele esto! ¡Qué saludable debe de ser dormir aquí!

Después se dirigió a la pequeña ventana practicada en el techo. Detrás de ella subió el abuelo con Clara en brazos; Heidi tampoco se quedó abajo.

Todos se hallaban en torno del lecho de Heidi; la anciana, muy pensativa, lo contemplaba, aspirando de cuando en cuando con placer el fuerte aroma del heno fresco. Clara quedó estática delante de la cama de su amiga.

—¡Oh, Heidi, qué bien duermes aquí arriba! Desde la cama puedes contemplar el cielo, en torno tuyo tienes este delicioso aroma y, además, ¡oyes el susurro de los pinos! ¡Nunca he visto un dormitorio tan divertido y tan lindo!

El abuelo echó una mirada a la abuela.

—Si la señora me lo permite —dijo—, y quiere creerme, no me parece desacertado que Clarita se quedara aquí en la montaña algún tiempo. He visto que ustedes han traído consigo bastantes mantas y chales; con ello podríamos hacerle aquí una buena cama, y en cuanto al cuidado de la niña, la señora no habría de preocuparse, porque de eso me encargaría yo muy a gusto.

Clara y Heidi empezaron a gritar de contento como dos loquillas que eran; en el rostro de la abuela se transparentó la profunda alegría que sentía.

—¡Qué hombre tan maravilloso es usted! —exclamó—. ¿Qué cree usted que pensaba yo en este momento? Pues que una estancia aquí, en la montaña, habría de ser excepcionalmente beneficiosa para mi nieta, pero no me atreví a decirlo porque pensé también que sería muy incómodo para quien la hospedara, además de las molestias de tenerla que cuidar. ¡Y ahora usted ofrece todo esto como si nada significara! En verdad, querido abuelo, le quedo agradecida de corazón.

La anciana estrechó efusivamente la mano del Viejo y éste correspondió con la misma efusión.

En seguida el Viejo puso manos a la obra. Volvió a llevar a Clara al sillón que quedó delante de la puerta; Heidi lo seguía sin saber qué hacer, tanta era su alegría. El abuelo recogió todos los chales y mantas para subirlos al desván.

—Ha sido una suerte que la señora se haya provisto de todo, como si se tratara de una campaña de invierno. Todo esto nos viene ahora de perlas.

—Querido amigo —contestó la anciana, que se aproximaba en aquel momento—, la previsión es una virtud que protege contra muchos males. Si durante un viaje por sus montañas no sobrevienen tempestades y lluvias, se puede hablar de suerte, pero esto no debe impedir que nos preparemos para todas las eventualidades. Y ya ve usted: los dos estamos de acuerdo en que mis medidas han servido para algo.

Entre tanto, los dos habían subido nuevamente al desván y empezaban a extender las mantas para formar con el heno una buena cama. Había tantas mantas que, cuando terminaron su obra, más que lecho, parecía una pequeña fortaleza.

—Ahora ya no puede penetrar el heno a través de las mantas —dijo al fin la abuela volviendo a probar con la mano la suavidad de la cama, en la que, a causa del espesor de las mantas amontonadas, no se notaba el heno que había debajo.

Satisfecha de su obra, la anciana bajó la escalera y se volvió a reunir con las niñas, las cuales, con rostros ardientes, hacían proyectos acerca de cómo emplearían el tiempo desde la mañana hasta la noche durante el tiempo que permitirían a Clara permanecer en la montaña. Y ¿cuánto tiempo podría estar allí? Inmediatamente preguntaron a la abuela acerca de tan importante asunto. La anciana contestó que no podía decírselo, que era preciso preguntárselo al abuelo de Heidi, y como éste en aquel momento se reunió también al grupo, las niñas le interrogaron en seguida. El abuelo contestó que unas cuatro semanas sería justamente el tiempo necesario para poder juzgar si el aire de los Alpes dejaría sentir también su benéfica influencia sobre Clara. Las niñas, al oír la respuesta, manifestaron ruidosamente su satisfacción, porque no habían esperado poder estar juntas tanto tiempo.

En aquel momento vieron llegar a los mozos portadores de la silla de manos y el agua del caballo. Los dos primeros regresaron inmediatamente al pueblo.

Cuando la abuela se dispuso a montar en su caballo, Clara exclamó alegremente:

—¡Oh, abuelita!, ahora la despedida no puede causar pena, porque, aunque te vayas, vendrás de cuando en cuando a verme, y entonces todos estaremos contentos, ¿verdad, Heidi?

La abuelita montó a caballo, el Viejo cogió las riendas y lo llevó con mano firme por el abrupto sendero de la montaña. De nada valieron las protestas de la anciana, que no quería tal sacrificio; el Viejo declaró que la acompañaría hasta Dörfli porque la pendiente era muy pronunciada y no carecía de peligro.

La abuela no pensaba quedarse en Dörfli, ahora que regresaba sola, sino que decidió ir directamente al balneario de Ragatz, desde donde haría de vez en vez excursiones a la montaña.

Mucho antes de regresar el Viejo, llegó Pedro con sus cabritas a la cabaña. Cuando los animalitos se dieron cuenta del sitio donde se hallaba Heidi, se precipitaron hacia ella, y las dos niñas se vieron inmediatamente rodeadas por los animales. Las cabras se empujaban, como siempre, unas a otras para estar más cerca de la niña. Ésta iba diciendo los nombres de cada una para que Clara también las conociera.

Las dos niñas se vieron rodeadas por los animales
Las dos niñas se vieron rodeadas por los animales

De aquí que Clara hiciera, por fin, el anhelado conocimiento de la pequeña Blancanieves, la alegre Cascabel, las aseadas cabritas del abuelo, de todas, hasta del Gran Turco.

Mientras tanto, Pedro se mantuvo apartado y echaba miradas amenazadoras a Clara, la cual no cabía en sí de contenta y nada advirtió del extraño proceder del muchacho.

Cuando las niñas le dieron las buenas noches, Pedro, por toda respuesta, hendió tan furiosamente el aire con su látigo como si quisiera romperlo. Luego echó a correr montaña abajo, seguido de las cabras.

Digno remate de todas las cosas hermosas que Clara había visto aquel día, fue la sorpresa que experimentó cuando, después de acostarse en el mueble hecho de heno, pudo contemplar, a través de la abertura del techo, el firmamento lleno de estrellas.

—¡Oh, Heidi —exclamó—, si parece que estamos en un coche que se dirige directamente hacia el cielo!

—Sí, eso parece, y ¿tú sabes por qué están tan contentas las estrellas y nos guiñan el ojo? —preguntó Heidi.

—No, eso sí que no lo sé. ¿Qué quieres decir? —preguntó Clara a su vez.

—Pues porque las estrellas ven como Dios Nuestro Señor todo lo dispone tan bien para los hombres a fin de que nada teman y estén seguros de que todo ha de resultar, al fin, para su bien. Esto les causa mucha alegría. Fíjate como nos hacen señas para que también nosotras estemos contentas. Pero, Clara, nosotras no nos hemos de olvidar de rezar. Hemos de rogar mucho a Dios Nuestro Señor para que no nos olvide cuando lo dispone todo, para que también nosotras podamos estar seguras y no tengamos nada que temer.

Entonces las dos niñas se incorporaron nuevamente en la cama y cada una de ellas dijo la oración de la noche. Después Heidi se echó otra vez, se apoyó sobre un brazo y se durmió instantáneamente. Sólo Clara permaneció largo rato despierta todavía, porque jamás había visto una cosa tan maravillosa como aquel dormitorio alumbrado por la luz de las estrellas, a las cuales no se cansaba de contemplar.

Es que Clara nunca había visto las estrellas, porque, de noche, jamás había salido de casa, y, dentro de ella, la servidumbre cerraba las cortinas de las ventanas mucho antes de la aparición de los astros nocturnos. Y ahora, cada vez que cerraba los ojos para dormir, volvía a abrirlos nuevamente, para ver si todavía estaban en el firmamento aquellas dos estrellas grandes que brillaban más que las otras y que tan singulares señas hacían, como había dicho Heidi. Así continuó hasta que el cansancio la rindió, pero aun en sueños seguía viendo aquellos dos luceros del cielo.