Parte 2. Capítulo 12. El railway de Melbourne a Sandhurst

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 28/06/2021 - 15:00

Los buenos oficios de Ayrton consiguen traer un herrero a la expedición, para que repare la carreta, por lo que los viajeros pueden continuar con su camino. En el punto en que han de atravesar la vía férrea son testigos de un cruento percance...

Los hijos del capitán Grant. Parte 2, capítulo 12

No dejó de infundir al Mayor cierto recelo la salida de Ayrton del campamento de Wimerra para ir a la estación de Black Point a buscar un herrador. Pero no dejó a nadie entrever sus desconfianzas personales, y se contentó con vigilar las inmediaciones del río. Nada turbó la tranquilidad de aquella pacífica campiña, y después de algunas horas de noche, reapareció el sol en el horizonte.

Glenarvan temía únicamente que Ayrton volviese solo. Sin un artesano que reparase la carreta, era imposible ponerse en marcha, y el viaje podía retardarse algunos días, lo que ponía de mal humor a Glenarvan, cuya impaciencia para alcanzar pronto su objetivo no admitía ninguna demora.

Afortunadamente, Ayrton no había perdido el tiempo. Reapareció al rayar el alba, acompañado de un hombre que se decía albéitar, herrador de la estación de Black Point. Era un mozo vigoroso, alto, pero de una fisonomía baja y bestial que no predisponía en su favor. Pero esto importaba poco, si sabía bien su oficio. Hablaba poco y no pronunciaba ninguna palabra inútil.

—¿Es un oficial hábil? —preguntó John Mangles al contramaestre.

—Le conozco lo mismo que vos, capitán —respondió Ayrton—. Ya lo veremos.

El herrador puso manos a la obra. Por la manera con que recompuso el juego delantero de la carreta se vio que era hombre de oficio. Trabajaba diestramente y con un vigor poco común. El Mayor observó que una de sus muñecas estaba como desollada y presentaba un círculo amoratado, como una extravasación de sangre. Era aquello el indicio de una herida reciente que ocultaban bastante mal las mangas de una mala camisa. Mac Nabbs interrogó al herrador sobre aquellas desolladuras, que debían ser muy dolorosas. Pero el albéitar no respondió y prosiguió su trabajo. Dos horas después estaban reparadas las averías de la carreta. El caballo de Glenarvan dio muy poco que hacer. El herrador tenía en su poder herraduras ya preparadas, que ofrecían una particularidad que llamó la atención al Mayor… Tenían en su parte anterior un trébol groseramente grabado. Mac Nabbs se lo hizo observar a Ayrton.

—Es la marca de Black Point —respondió el contramaestre—. Sirve para reconocer las huellas de los caballos que se separan de la estación, para no confundirlos con otros.

Herrado el caballo, el herrador reclamó el precio de su trabajo, y se fue sin pronunciar cuatro palabras.

Media hora después, los viajeros se habían puesto en marcha. Más allá de la línea de mimosas se extendía un espacio muy despejado que merecía bien su nombre de Open plain. Algunos fragmentos de cuarzo y de rocas ferruginosas yacían entre los matorrales, altas hierbas y cercados en que pastaban rebaños numerosos. Algunas millas más adelante, las ruedas de la carreta surcaron profundamente terrenos cenagosos en que murmuraban creeks irregulares, medio ocultos por gigantescos cañares. Se sortearon después grandes lagunas saladas, en plena evaporación. Debemos añadir que el viaje se hizo sin molestias y fue bastante distraído.

Lady Elena invitaba a los expedicionarios a visitarla uno tras otro, pues su exiguo salón no permitía recibirlos a todos juntos. De este modo descansaban de las fatigas que les ocasionaba el estar tanto tiempo montados a caballo, y se recreaban con la conversación de aquella mujer adorable. Lady Elena, secundada por Miss Mary, hacía con mucha gracia los honores de su casa ambulante. John Mangles no era olvidado en aquellas invitaciones diarias, y no desagradaba su conversación, bastante seria. Todo lo contrario.

Se cortó diagonalmente el mail road de Crowland a Horsham, camino lleno de polvo que no se suele andar a pie. Algunos grupos de colinas poco elevadas se dejaron a un lado al pasar a la extremidad del condado de Talbot, y al anochecer llegó la comitiva a tres millas de Maryborough. Lloviznaba en aquel momento lo suficiente para formar baches en cualquier otro país, pero en Australia el aire absorbe tan maravillosamente el agua, que el campamento no se resintió en lo más mínimo de la lluvia.

A la mañana siguiente, 29 de diciembre, atrasaron un poco la marcha varios montecillos que forman una Suiza en miniatura. Todo eran subidas y bajadas y un traqueteo y vaivenes bastante desagradables. Los viajeros anduvieron a pie con mucho gusto una parte del camino.

A las once llegaron a Carlsbroock, municipalidad de bastante importancia. Ayrton opinó que se diese vuelta a la ciudad sin penetrar en ella, con objeto de ganar tiempo, según él decía. Glenarvan se adhirió a su opinión, pero Paganel, hambriento siempre de curiosidades, deseaba visitar Carlsbroock. Se le dejó hacer lo que quisiera, y la carreta continuó lentamente su viaje.

Como tenía por costumbre, Paganel llevó consigo a Roberto. Su visita a la municipalidad fue rápida, pero bastó para darle una idea exacta de las ciudades australianas. Había allí un Banco mercantil, un tribunal de justicia, un mercado, una escuela, una iglesia y un centenar de casas de ladrillo, perfectamente uniformes. El todo formaba un cuadrilátero regular, surcado de calles paralelas, según el método inglés. Nada más sencillo, pero nada menos agradable. Cuando aumenta la población se prolongan sus calles, como los calzones de un niño que crece, y no se altera la simetría primitiva.

Reinaba en Carlsbroock una gran actividad, síntoma notable en ciudades que nacieron ayer. En Australia parece que las ciudades brotan al calor del sol, como los árboles. Agentes de negocios recorrían las calles; los expendedores de oro se aglomeraban en las dependencias en que se deposita al llegar, y el precioso metal, escoltado por la policía indígena, venía de las fundiciones de Bendigo y del monte Alejandro. Todo aquel gentío aguijoneado por el interés, no pensaba más que en sus negocios, y los extranjeros pasaron inadvertidos en medio de aquella población laboriosa.

Paganel y Roberto invirtieron una hora en recorrer Carlsbroock, y luego fueron en pos de sus compañeros, a quienes alcanzaron al atravesar una campiña esmeradamente cultivada. Extensas praderas conocidas con el nombre de Low Lovel plains, vinieron después de innumerables rebaños de carneros y cabañas de pastores. Luego se presentó el desierto, sin transición, con esa brusquedad característica de la naturaleza australiana.

Las colinas de Simpson y el monte Tarrangouwer marcaban la punta que forma al sur el distrito de Loddo, a los 144° de longitud.

Sin embargo, no se había encontrado hasta entonces ninguna de las tribus de aborígenes que viven en estado salvaje. Glenarvan se preguntaba si habían desaparecido de Australia los australianos, como los indios de las Pampas argentinas. Pero Paganel le advirtió que en aquella latitud, los salvajes frecuentan principalmente las llanuras de Murray, situadas a 100 millas al este.

—Nos acercamos —dijo— al país del oro. Antes de dos días atravesaremos la opulenta región del monte Alejandro, donde en 1852 descargó la nube de mineros. Los naturales han tenido que internarse en el desierto. Nos hallamos en país civilizado sin que lo parezca, y antes de concluir la jornada, nuestro camino habrá cortado el railway que pone en comunicación el Murray con el mar. ¡Un camino de hierro en Australia! ¿Puede darse un fenómeno más sorprendente?

—¿Por qué, Paganel? —preguntó Glenarvan.

—¿Por qué? Porque la antítesis es casi repugnante. ¡Oh! Ya sé yo que vosotros, acostumbrados a colonizar posesiones lejanas, vosotros, que tenéis telégrafos eléctricos y exposiciones universales en Nueva Zelanda, lo encontráis todo muy llano y muy sencillo. Pero lo que a vosotros os parece regular y lógico, confunde la imaginación de un francés como yo, y desbarajusta todas sus ideas sobre Australia.

—Porque vos miráis el pasado y no el presente —respondió John Mangles.

—Convenido —replicó Paganel—; pero locomotoras mugiendo en los desiertos, espirales de humo enroscándose alrededor de las ramas de las mimosas y de los eucaliptos, equidnas, ornitorrincos y casuarios que huyen ante los trenes lanzados a todo vapor; salvajes que toman el exprés de las tres y treinta minutos para ir de Melbourne a Kynebon, a Castlemaine, a Sandhurst o a Echua, son maravillas que asombran a cualquiera que no sea inglés o americano. Vuestros railways han proscrito la poesía del desierto.

—¿Qué importa, si penetra en él el progreso? —respondió el Mayor.

Un vigoroso silbido interrumpió la discusión. Los viajeros se hallaban a menos de una milla del camino de hierro. Una locomotora, procedente del sur, que marchaba a poca velocidad, se detuvo precisamente en el punto de intersección de la vía férrea y del camino seguido por la carreta.

Como había dicho Paganel, aquel camino de hierro ponía en comunicación la capital de Victoria con el Murray, que es el mayor río de Australia. El inmenso río, descubierto por Stuart en 1828, salido de los Alpes australianos, engrosado por el Lachlan y el Darling, cubre toda la frontera septentrional de la provincia de Victoria, y desagua en la bahía de Emounter, cerca del Adelaida. Cruza países ricos y fértiles, y en todo su curso se multiplican las estaciones de los squatters, gracias a las fáciles comunicaciones que establece el railway con Melbourne.

Se explotaba entonces dicha vía férrea en una extensión de 500 millas entre Melbourne y Sandhurst, enlazando con Kynebon y Castlemaine. El camino seguía en construcción en el trayecto de otras 70 millas hasta Echua, capital de la colonia de Biberisia, fundada en aquel mismo año en las márgenes del Murray.

Hacia aquel punto cortaba la línea férrea a algunas millas más arriba de Castlemaine, y precisamente en Camden Bridge, puente echado sobre el Lutton, que es uno de los numerosos afluentes del Murray.

En efecto, un gentío considerable se dirigía al puente del camino de hierro. Los habitantes de las estaciones vecinas abandonaban sus casas, los pastores dejaban sus rebaños, y todos se precipitaban hacia la vía. Se oían con frecuencia gritos:

—¡Al railway! ¡Al railway!

Algún acontecimiento grave debía causar aquella agitación. Quizás había sobrevenido una terrible catástrofe.

Glenarvan, seguido de sus compañeros, metió la espuela a su caballo, y en pocos minutos llegó a Camden Bridge. Allí supo la causa de tan extraordinaria afluencia de gente.

Había ocurrido un accidente espantoso, no un choque de trenes, sino un descarrilamiento y una caída que traían a la memoria los mayores desastres de los railways americanos.

El río que atravesaba la vía férrea, estaba atestado de restos de vagones y de la locomotora. Ya fuese que el puente había cedido bajo el peso del tren, ya fuese que éste hubiera salido de los raíles, cinco coches se habían despeñado arrastrados por la locomotora y se les veía en el lecho del Lutton totalmente destrozados. El último vagón fue el único que milagrosamente preservado por haberse roto la cadena, permanecía en la vía a media toesa del abismo. Debajo no había más que un hacinamiento siniestro de ejes ennegrecidos por el humo, cajas rotas, raíles retorcidos, traviesas calcinadas. La caldera, que reventó al choque, había arrojado a enorme distancia pedazos de las planchas de que se componían sus paredes. De aquella aglomeración de objetos informes salían aún algunas llamas y espirales de vapor mezcladas con un humo negro. ¡Después de la terrible caída, el incendio era aún más terrible! Anchos regueros de sangre, miembros dispersos, troncos de cadáveres carbonizados, aparecían por todas partes, y nadie se atrevía a calcular el número de víctimas que yacían bajo aquel montón de escombros.

Glenarvan, Paganel, el Mayor y Mangles, mezclados con la multitud, oían los comentarios que se hacían. Todos, mientras se ocupaban del salvamento, querían explicar la catástrofe.

—El puente se ha roto —decía uno.

—¡Roto! —respondían otros—. Está intacto. Lo que ha pasado es que se han olvidado de bajarlo al pasar el tren. Ni más ni menos.

Era, en efecto, un puente levadizo que se levantaba para no impedir el tránsito de los barcos. El guarda, por una lamentable negligencia, se había olvidado de bajarlo, y el tren, lanzado a todo vapor, faltándole súbitamente la vía, se había precipitado en el lecho del Lutton. Esta versión o hipótesis parecía muy aceptable, porque si bien una mitad del puente yacía confundida con los restos de los vagones, en la orilla opuesta, la otra mitad pendía aún de sus cadenas intactas. No cabía la menor duda. La incuria del guarda había causado la catástrofe.

El accidente había ocurrido de noche al tren número 37, que había salido de Melbourne a las once y cuarenta y cinco minutos. Serían las tres y quince minutos de la madrugada cuando el tren, veinticinco minutos después de haber salido de la estación de Castlemaine, llegó al paso de Camden Bridge y sobrevino la catástrofe. Los viajeros y empleados del último vagón pidieron inmediatamente socorro; pero el telégrafo, cuyos postes estaban caídos, no funcionaba.

Eran las seis de la mañana cuando se organizó el salvamento bajo la dirección de Monsieur Mitchell, inspector general de la colonia, por una partida de agentes de Policía mandados por un oficial. Tres horas necesitaron las autoridades de Castlemaine para llegar al lugar de la catástrofe. Los squatters y sus dependientes se condujeron como auxiliares celosos, y contribuyeron activamente a apagar el incendio que devoraba aquellos tristes despojos. En la escarpa había algunos cadáveres mutilados que no era posible reconocer. No se podía pensar en encontrar un solo ser viviente bajo aquellos restos convertidos en hoguera. El fuego había concluido rápidamente la obra de destrucción. De los viajeros del tren, cuyo número se ignoraba, no sobrevivieron más que diez, los del último coche. La administración del ferrocarril acababa de enviar una locomotora para volverles a Castlemaine.

Sin embargo, Lord Glenarvan, habiéndose dado a conocer al inspector general, entró en conversación con él y con el oficial de Policía. Era este último un hombre alto y enjuto de carnes, de una imperturbable sangre fría, el cual, si alguna sensibilidad tenía en el corazón, no la dejaba traslucir en sus impasibles facciones. Estaba delante de todo aquel desastre como un matemático delante de un problema, procurando despejar la incógnita para resolverlo. Oyendo exclamar a Glenarvan:

—¡Qué catástrofe!

Respondió tranquilamente:

—Algo más que catástrofe, Milord.

—¡Algo más que catástrofe! —dijo Glenarvan, a quien le chocó la frase—. ¿Qué hay que sea algo más que una catástrofe?

—Un crimen —respondió sin inmutarse el oficial de Policía.

Glenarvan se volvió hacia Monsieur Mitchell, interrogándole con la mirada.

—Sí, Milord —respondió el inspector general—, nuestras averiguaciones nos inclinan a creer que la catástrofe es el resultado de un crimen. El último vagón de equipajes ha sido saqueado. Los viajeros que han sobrevivido se han visto atacados por una cuadrilla de cinco o seis malhechores. El puente no ha permanecido levantado por negligencia, sino que lo ha sido intencionadamente, y si se añade a lo dicho que ha desaparecido el guarda, debemos creer que el miserable ha sido cómplice de los criminales.

Al oír esta deducción del inspector general, el oficial de Policía movió suavemente la cabeza.

—¿No participáis de mi opinión? —le preguntó Monsieur Mitchell.

—Respecto a la complicidad del guarda, no.

—Sin embargo, esta complicidad —replicó el inspector general— permite atribuir el crimen a los salvajes que viven en los campos de Murray. Sin el guarda no podían los indígenas levantar el puente levadizo, o, por mejor decir, abrir el puente giratorio, cuyo mecanismo les es desconocido.

—Justamente —respondió el oficial de Policía.

—Y es indudable —añadió Monsieur Mitchell—, según consta por la declaración de un batelero, cuya barca ha pasado por el Camden Bridge a las diez y cuarenta minutos de la noche, que el puente, después de haberlo pasado, quedó reglamentariamente cerrado.

—Perfectamente.

—Así, pues, la complicidad del guarda me parece probada de una manera concluyente.

El oficial de Policía no dejó un instante de menear la cabeza de un lado a otro.

—Pero entonces —le preguntó Glenarvan—, ¿vos no atribuís el crimen a los salvajes?

—De ninguna manera.

—¿A quién, pues?

En aquel momento se oyó un gran bullicio a media milla río arriba. Se había formado un corrillo que aumentó rápidamente, y no tardó en llegar a la estación.

En el centro del grupo había dos hombres que llevaban un cadáver.

Era el cadáver del guarda, ya frío. Un puñal le había atravesado el corazón. Los asesinos, arrastrando su cuerpo lejos de Camden Bridge, habían querido sin duda desorientar y hacer perder la pista a la Policía durante sus primeras investigaciones.

Aquel descubrimiento justificaba plenamente las dudas del oficial. Los salvajes nada tenían que ver con el crimen.

—Los que han dado el golpe son hombres familiarizados ya con el uso de este pequeño instrumento.

Y hablando así, mostraba un par de derbis, especie de esposas que consistían en una doble argolla de hierro provista de un candado.

—Dentro de poco —añadió—, tendré el gusto de ofrecerles este brazalete como regalo de año nuevo.

—¿Sospecháis, pues, que son…?

—Que son gentes que han viajado gratis en los buques de Su Majestad.

—¡Cómo! ¡Fugados de presidio! —exclamó Paganel, que conocía aquella metáfora muy usada en las colonias australianas.

—Creía —hizo observar Glenarvan— que los deportados no tenían derecho de residir en la provincia de Victoria.

—¡Toma! —replicó el oficial de Policía—. No tienen ese derecho, pero se lo toman. Los deportados se evaden algunas veces, y apostaría la cabeza a que éstos vienen en línea recta de Perth. Pues bien, allí volverán, creedme.

Monsieur Mitchell aprobó con un gesto las palabras del oficial de Policía. En aquel momento llegaba la carreta al paso a nivel de la vía férrea. Glenarvan quiso evitar que las viajeras presenciasen el horrible espectáculo de Camden Bridge, por lo que se despidió del inspector e hizo señal a sus amigos de que le siguieran.

—No hay razón —dijo— para interrumpir nuestro viaje.

Al llegar a la carreta, Glenarvan habló sencillamente a Lady Elena de un grave accidente en el ferrocarril, sin decir una palabra sobre la parte que el crimen había tomado en la catástrofe, ni hacer mención de la presencia en el país de un grupo de malhechores escapados de presidio, reservándose informar a Ayrton a solas de todo lo ocurrido. Después, los pasajeros atravesaron el railway a algunos centenares de toesas río arriba del puente, reemprendiendo su marcha hacia el este.

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