Parte 1. Capítulo 08. Un buen hombre más a bordo del Duncan

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 30/11/2020 - 15:00

El despistado sabio francés, monsieur Paganel, inicialmente parece inclinado a abandonar el barco en el puerto más cercano a la espera de otro navío que le embarque hacia el destino de su misión científica. Pero una serie de curiosos inconvenientes le hacen rechazar sucesivamente las islas de Madeira, las Canarias y posteriormente Cabo Verde. Finalmente, la situación se resuelve con un inesperado acuerdo...

Los hijos del capitán Grant. Parte 1, capítulo 8

El yate, favorecido por las corrientes del norte de África, avanzaba rápidamente hacia el ecuador. El 30 de agosto se reconoció el grupo de islas de Madeira, y Glenarvan, fiel a su promesa, ofreció a su nuevo huésped tocar allí para dejarle en tierra.

—Mi querido Lord —respondió Paganel—, con vos no gastaré ceremonias. ¿Antes de mi llegada a bordo, teníais intención de deteneros en Madeira?

—Francamente, no —dijo Glenarvan.

—Pues bien, permitidme aprovechar las consecuencias de mi desafortunada distracción. Madeira es una isla demasiado conocida, y nada interesante ofrece a un geógrafo. Se ha dicho y escrito acerca de este grupo cuanto se puede decir y escribir, y además es un país que se halla en plena decadencia bajo el punto de vista de la viticultura. ¡Ya no hay viñas en Madera! La cosecha de vino, que en 1813 ascendía a 22.000 pipas, en 1845 había descendido a 2.669, y en la actualidad no llega a 500. Es un espectáculo desconsolador. Así, pues, si os fuese indiferente hacer escala en Canarias…

—Hagamos escala en Canarias —respondió Glenarvan. Eso no nos separa de nuestro camino.

—Lo sé, mi querido Lord. En Canarias, ya lo sabéis, hay tres grupos dignos de estudio, sin hablar del pico del Teide, que he tenido siempre muchos deseos de ver con mis propios ojos. La ocasión se presenta, y me aprovecho de ella. Mientras esté aguardando la llegada de un buque que me vuelva a Europa, subiré a esa célebre montaña.

—Como gustéis, mi querido Paganel —respondió a esto Lord Glenarvan, sonriéndose sin poderlo remediar.

Y tenía razón en sonreírse.

Las Canarias distan poco de Madeira. 250 millas escasas separan los dos grupos, y esta distancia era insignificante para un buque tan veloz como el Duncan.

A las dos de la tarde del 31 de agosto, John Mangles y Paganel se paseaban por la toldilla. El francés hacía a su compañero mil preguntas acerca de Chile; pero de pronto el capitán le interrumpió, señalando al sur un punto en el horizonte.

—¡Señor Paganel! —dijo.

—Mi querido capitán —respondió el sabio.

—Mirad hacia allí. ¿No veis nada?

—Nada.

—No miráis donde debéis. No es en el horizonte, sino encima de él, en las nubes.

—¿En las nubes? Pues por más que miro…

—Mirad ahora, enfilando por el bauprés.

—No veo nada.

—Porque no queréis ver. Aunque estamos a cuarenta millas, el pico de Tenerife se nos presenta perfectamente visible encima del horizonte.

Que Paganel quisiera o no ver, no confesándose ciego, tuvo algunas horas después que rendirse a la evidencia.

—¿Lo distinguís al cabo? —le dijo John Mangles.

—Sí, sí, perfectamente —respondió Paganel—. ¿Y es eso —añadió con un tono desdeñoso— lo que se ha dado en llamar el pico del Teide?

—Eso mismo.

—Pues me parece que no es muy alto.

—Sin embargo, se eleva 11.000 pies sobre el nivel del mar.

—Más alto es el Mont Blanc.

—No diré que no. Pero acaso os parezca demasiado alto cuando tengáis que subir por él.

—¡Oh! ¡Subir! ¡Subir! ¿Por qué he de subir? Quisiera que me lo dijeseis. ¿No han subido ya al pico del Teide los señores de Humboldt y Beauplan? ¡Qué gran genio es Humboldt! Trepó por la montaña, dio de ella una descripción que nada deja que desear y reconoció sus cinco zonas: la de los vinos, la de los laureles, la de los pinos, la de los brezos alpinos y, por último, la de la esterilidad. Puso el pie en la cima del mismo pico, donde ni espacio tenía para sentarse. Desde lo alto de la montaña, abarcó su vista un horizonte igual a una cuarta parte de España. Después visitó el volcán, registró sus entrañas y alcanzó el fondo del cráter apagado. ¿Qué queréis que haga yo, después de ese gran hombre? ¿Podéis decírmelo?

—En efecto —respondió John Mangles—, es un campo ya espigado. Lo siento, porque vais a fastidiaros mucho aguardando un buque en el puerto de Tenerife. No podéis esperar encontrar allí grandes distracciones.

—Como no sean las mías propias —dijo Paganel riendo. ¿Pero acaso, mi querido Mangles, no ofrecen las islas de Cabo Verde buenos puntos de escala?

—Sí, por cierto. Nada más fácil que embarcarse en Villa Praia.

—Sin hablar de una ventaja que no es de despreciar —replicó Paganel—, cual es que las islas de Cabo Verde no distan mucho de Senegal, donde encontraré compatriotas. Ya sé que se dice que ese grupo es poco interesante, salvaje e insalubre; pero todo es curioso para los ojos de un geógrafo. Ver es una ciencia. Muchos hay que no saben ver, y que viajan con tanta inteligencia como un crustáceo. No pertenezco a su escuela.

—Como gustéis, Monsieur Paganel —respondió John Mangles. Yo estoy seguro de que la ciencia geográfica ganará mucho con vuestra permanencia en las islas de Cabo Verde. Debemos, precisamente, hacer allí escala para cargar carbón y, por consiguiente, no nos causará ninguna extorsión vuestro desembarque.

Dicho esto, mandó el capitán pasar al oeste de las islas Canarias. Se dejó a babor el célebre pico, y el Duncan, continuando su marcha rápida, cortó el trópico de Cáncer el 2 de septiembre, a las cinco de la mañana. Hubo entonces variación del tiempo. Se sintió la atmósfera húmeda y pesada de la estación de las lluvias, le tempo das aguas16, según la expresión española; estación penosa para los viajeros, pero útil para los habitantes de las islas africanas, que carecen de árboles y, por consiguiente, de agua. El mar, muy picado y grueso, impidió a los pasajeros permanecer sobre cubierta, pero las conversaciones no por tenerse en el salón fueron menos animadas.

El 3 de septiembre, Paganel empezó a arreglar su equipaje para su próximo desembarque. El Duncan evolucionaba entre las islas de Cabo Verde; pasó por delante de la isla de la Sal, verdadera tumba de arena árida y triste y después de haber costeado los grandes bancos de coral, dejó a un lado la isla de Santiago, atravesada de norte a mediodía por una cordillera de montañas basálticas que terminan en dos erguidas crestas. Entró después en la bahía de Villa Praia, y ancló luego delante de la ciudad, en ocho brazas de fondo. El tiempo era espantoso y la resaca muy violenta, pero la bahía estaba resguardada del viento. La lluvia caía a torrentes y apenas permitía ver la ciudad, que se levanta sobre una llanura en forma de terraza, apoyándose en una escollera de rocas volcánicas de trescientos pies de altura. El aspecto de la isla, vista al trasluz de la densa cortina de lluvia, era muy triste.

El aspecto de la isla, vista al trasluz de la densa lluvia, era muy triste
El aspecto de la isla, vista al trasluz de la densa lluvia, era muy triste

Lady Elena no pudo realizar su propósito de visitar la ciudad, pues hasta el embarque del carbón se hizo difícilmente. Los pasajeros del Duncan tuvieron, pues, que guarecerse bajo la toldilla, mientras el mar y el cielo mezclaban sus aguas en una confusión indecible. El estado del tiempo fue el tema de las conversaciones de a bordo. Cada cual expuso su opinión, a excepción del Mayor, que hubiera presenciado el diluvio universal con una indiferencia completa. Paganel iba y venía moviendo la cabeza.

—Parece hecho expresamente —decía.

—Está visto —respondió Glenarvan— que están conjurados contra vos los elementos.

—Sin embargo, veremos quién puede más.

—No podéis arrostrar una lluvia semejante —dijo Lady Elena.

—¿No he de poder, señora? No la temo más que por mis equipajes e instrumentos, que van a ponerse perdidos.

—Lo único que hay que temer es el desembarque —repuso Glenarvan. Una vez en Villa Praia, no estaréis del todo mal alojado, aunque no con mucha limpieza, en compañía de monos y cerdos, cuyas relaciones no son siempre agradables. Pero un viajero no se para en barras. Además, es de esperar que dentro de siete u ocho meses se os proporcione algún medio de embarcaros para Europa.

—¡Siete u ocho meses! —exclamó Paganel.

—Por lo menos. Las islas de Cabo Verde son poco frecuentadas durante la estación de las lluvias. Pero podréis matar útilmente el tiempo. Este archipiélago es aún poco conocido, y queda mucho que hacer en topografía, climatología, etnografía e hipsometría.

—Tendréis ríos que reconocer —dijo Lady Elena.

—No los hay, señora —respondió Paganel.

—¡Pues habrá arroyos!

—Tampoco.

—¿Arroyuelos?

—Tampoco.

—Bien —dijo el Mayor—, recorreréis los bosques.

—¿Qué bosques ha de haber, si no hay árboles?

—¡Hermoso país! —replicó el Mayor.

—Consolaos, mi querido Paganel —dijo entonces Glenarvan. No os faltarán montañas.

—Poco elevadas y poco interesantes, Milord. Además, ese trabajo está ya hecho.

—¡Hecho! —exclamó Glenarvan.

—Sí, es mi percance habitual. ¡Si en las Canarias me veo delante de Humboldt, aquí me encuentro precedido por el geólogo Monsieur Saint-Claire Deville!

—¿Es posible?

—¡Y tanto! —respondió Paganel muy compungido. Monsieur Saint-Claire Deville se hallaba a bordo de la corbeta de guerra la Décidée, que hizo escala en las islas de Cabo Verde, y visitó la cima más interesante del grupo, el volcán de la isla Fogo. ¿Qué queréis que haga yo después de él?

—Es triste cosa —respondió Lady Elena. ¿Qué va a ser, pues, de vos, Monsieur Paganel?

Paganel guardó silencio.

—¡Decididamente —dijo Glenarvan—, lo mejor que podíais haber hecho era desembarcar en Madeira, aunque allí no hubiese vino!

El sabio secretario de la Sociedad de Geografía siguió silencioso.

—Yo aguardaría —dijo el Mayor, lo mismo que pudiera haber dicho: «Yo no aguardaría».

—Mi querido Glenarvan —preguntó entonces Paganel—, ¿dónde pensáis tocar después de aquí?

—¡Oh, nuestro primer punto de escala será Concepción!

—¡Diablo! ¡No me separa eso poco de las Indias!

—No tal; desde el momento en que paséis el cabo de Hornos os acercáis a ellas.

—Mucho lo dudo.

—Además —repuso Glenarvan, como si hablase con la mayor formalidad del mundo—, cuando se va a las Indias, importa poco que sean orientales u occidentales.

—¡Pues no ha de importar!

—Sin contar con que los habitantes de las pampas de la Patagonia son tan indios como los indígenas del Punjab.

—¡Por dios, Milord! —exclamó Paganel. ¡La razón que acabáis de esgrimir nunca se me hubiera ocurrido!

—Y, amén de todo, querido Paganel, se puede ganar la medalla de oro en todas partes, porque en todas partes hay mucho que hacer, mucho que investigar, mucho que descubrir, lo mismo en los cerros de las cordilleras andinas que en las montañas del Tibet.

—¿Pero el curso del Yarú-Dzangho-Tchú?

—¿Y qué? Lo remplazaréis por el río Colorado, que es también un río poco conocido, que corre en los mapas al arbitrio de los geógrafos.

—Así es la verdad, querido Lord, hay errores de muchos grados. ¡Oh! La Sociedad de Geografía, habiéndolo yo solicitado, me hubiera enviado a la Patagonia, lo mismo que a las Indias, pero no caí en ello.

—Efecto de vuestras distracciones de costumbre.

—Vamos, Monsieur Paganel, nos acompañáis, ¿no es verdad? —dijo Lady Elena, con un acento que comprometía.

—Señor, ¿y mi misión?

—Os prevengo que pasaremos el estrecho de Magallanes —añadió Glenarvan.

—Milord, sois un tentador.

—Y añado que visitaremos el Puerto del Hambre.

—¡El Puerto del Hambre! —exclamó el francés, asaltado por todas partes. ¡Ese puerto tan célebre en los fastos geográficos!

—Considerad también, Monsieur Paganel —repuso Lady Elena—, que en esta empresa tendréis el derecho de asociar el nombre de Francia al de Escocia.

—¡Sí, sin duda!

—Un geógrafo puede ser muy útil a nuestra expedición, y ¿qué cosa puede hacerse mejor que poner la ciencia al servicio de la humanidad?

—Habláis perfectamente, señora.

—Creedme. Dejad obrar a la casualidad, o por mejor decir, a la providencia. Imitadnos. Ellos nos han enviado este documento y hemos partido. Ella os ha puesto a bordo del Duncan, no le abandonéis.

—¿Queréis que os diga lo que siento, mis buenos amigos? —respondió entonces Paganel. Pues bien, lo que vosotros deseáis es que me quede.

—Y vos, Paganel, lo que deseáis es quedaros —replicó Glenarvan.

—¡Toma! —exclamó el sabio geógrafo. Pero yo temía ser indiscreto.

  • 16. Así en el original.

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