Parte 3 Capítulo 08 - Cena de Harbert. La fortuna empieza a darles la espalda

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/04/2019 - 13:19

Cena de Harbert. La fortuna empieza a darles la espalda

Los convictos en las inmediaciones del corral. — Instalación provisional. — Continuación del tratamiento de Harbert. — Las primeras alegrías de Pencroff. — Regreso al pasado. — Lo que reserva el porvenir. — Las ideas de Cyrus Smith a ese respecto.

Parte 3 Capítulo 8

¡Luego los presidiarios continuaban en las inmediaciones de la dehesa, espiando lo que en ella pasaba, decididos a matar a los colonos uno tras otro! Había que tratarlos como fieras, pero debían tomarse grandes precauciones, porque en aquel momento los miserables tenían la ventaja de la situación, viendo y no siendo vistos, pudiendo sorprender bruscamente con un ataque y no pudiendo ser sorprendidos.

Cyrus Smith tomó todas las medidas necesarias para vivir en la dehesa, cuyas provisiones, por otra parte, podían bastar para largo tiempo. La casa de Ayrton había sido provista de todo lo necesario para la vida y los presidiarios, asustados por la llegada de los colonos, no habían tenido tiempo de saquearla. Era probable, como observó Gédéon Spilett, que las cosas hubieran pasado de esta manera: Los seis presidiarios desembarcados en la isla habían seguido el litoral sur; después, recorriendo las dos millas de la península Serpentina, no queriendo aventurarse por los bosques del Far-West, habían llegado a la desembocadura del río de la Cascada. Una vez en aquel punto, subiendo por la orilla derecha del río, habían encontrado los contrafuertes del monte Franklin, entre los cuales era natural que buscasen refugio; no habían tardado en descubrir la dehesa, entonces deshabitada. Se habían instalado, esperando el momento de poner en ejecución sus proyectos abominables. La llegada de Ayrton les sorprendió, pero habían conseguido apoderarse del infeliz… Lo demás se adivinaba fácilmente.

Entretanto, los malhechores, reducidos a cinco, pero bien armados, vagaban por los bosques y aventurarse contra ellos era exponerse a sus tiros, sin que fuera posible contestarlos ni evitarlos.

—Esperemos, es lo único que se puede hacer —repetía Cyrus Smith. Cuando Harbert esté curado, podremos organizar una batida general en la isla y acabar con esos miserables. Tal será el objeto de nuestra gran expedición al mismo tiempo que…

—Que buscar a nuestro protector misterioso —añadió Gédéon Spilett acabando la frase del ingeniero. ¡Ah! Tenemos que confesar, querido Cyrus, que esta vez su protección nos ha faltado y en el momento en que nos era más necesaria.

—¡Quién sabe! —exclamó el ingeniero.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el periodista.

—Que aún nos aguardan muchos contratiempos, mi querido Spilett y que la poderosa intervención de ese ser misterioso tendrá quizá ocasión de ejercitarse en favor nuestro. Pero no se trata de eso: la vida de Harbert, ante todo.

Este era el cuidado más doloroso de los colonos. Pasaron algunos días y el estado del pobre joven, afortunadamente, no había empeorado. Era mucho haber ganado tiempo contra la enfermedad. El agua fría, siempre mantenida a la temperatura conveniente, había impedido la inflamación de las heridas y el periodista llegó a creer que aquel agua, un poco sulfurosa, lo cual se explicaba por la proximidad del volcán, tenía una acción más directa sobre la cicatrización. La supuración era menos abundante y Harbert, merced a los cuidados incesantes de que estaba rodeado, volvía a la vida, su fiebre era menos intensa. Además, estaba sometido a una dieta severa y por consiguiente, su debilidad era y debía ser grande; pero no faltaban las tisanas y el reposo absoluto le hacía bien.

Cyrus Smith, Gédéon Spilett y Pencroff se habían hecho muy hábiles para curar al joven herido. Habían sacrificado todo el lienzo que había en la habitación. Las heridas de Harbert, cubiertas de compresas y de hilas, no estaban ni comprimidas ni holgadas, de manera que se provocase la cicatrización sin determinar ninguna reacción inflamatoria. El periodista hacía las curas con cuidado, sabiendo cuán importante era esto y repitiendo a sus compañeros lo que reconocen espontáneamente la mayor parte de los médicos; a saber: que es más raro ver una cura bien hecha, que una operación bien practicada.

Al cabo de diez días, el 22 de noviembre, Harbert mejoraba a ojos vistas y había comenzado a tomar algún alimento. Volvían los colores a las mejillas y miraba, sonriéndose, a sus enfermeros. Hablaba un poco, a pesar de los esfuerzos de Pencroff, que charlaba sin cesar para impedirle tomar la palabra y le contaba las historias más inverosímiles. Harbert le había preguntado por Ayrton, porque le extrañaba no verlo allí y pensaba que debería estar en la dehesa, pero el marino, que no quería afligirlo, se había contentado con responder que Ayrton había marchado al Palacio de granito para defenderlo con Nab.

—¡Ah! —decía— esos piratas son unos caballeros que no tienen derecho a ninguna consideración de nuestra parte. ¡Y el señor Smith que confiaba en atraerlos con buenos sentimientos! Yo les enviaré un buen sentimiento, pero será con una bala de grueso calibre.

—¿Y no se les ha vuelto a ver? —preguntó Harbert.

—No, hijo mío —contestó el marino— pero los encontraremos. Cuando estés curado, veremos si esos cobardes, que hieren por detrás, se atreven a atacarnos cara a cara.

—Estoy todavía muy débil, mi pobre Pencroff.

—¡Bah! Las fuerzas volverán poco a poco. ¿Qué es una bala a través del pecho? ¡Una friolera! Yo he tenido algunas y no por eso me siento menos fuerte.

Las cosas parecían tomar buen cariz y desde el momento en que no se había presentado ninguna complicación, la curación de Harbert podía considerarse como asegurada. ¿Pero cuál hubiera sido la situación de los colonos si su estado se hubiera agravado; si, por ejemplo, se hubiera quedado la bala en el cuerpo o hubieran tenido que amputar al joven el brazo o la pierna?

—No —dijo más de una vez Gédéon Spilett— nunca pensé sin temblar en una eventualidad semejante.

—Y sin embargo, si hubiera sido preciso operarlo —dijo un día Cyrus Smith— creo que no hubiera usted vacilado.

—No, Cyrus —repuso Gédéon Spilett— pero bendito sea Dios que nos ha evitado ese duro trance.

Los colonos, en esta como en todas las demás circunstancias, habían apelado a esa lógica del buen sentido, que tantas veces les había sido útil y habían logrado buen éxito, gracias a sus conocimientos generales. ¿Pero no vendría un momento en que fuese inútil toda su ciencia? Estaban solos en aquella isla y los hombres se completan en la sociedad y son necesarios los unos a los otros. Cyrus Smith lo sabía perfectamente y algunas veces se preguntaba si no vendrían circunstancias que les fuera imposible dominar.

Le parecía, además, que sus compañeros y él, hasta entonces felices, habían entrado en un período nefasto. Hacía más de dos años y medio que se habían escapado de Richmond y desde entonces puede decirse que todo iba a medida de sus deseos. La isla les había dado abundantemente minerales, vegetales y animales; y si la naturaleza les había prodigado sus dones, su ciencia les había puesto en situación de sacar partido de cuanto se les ofrecía. El bienestar de la colonia era, por decir así, completo. Además, en ciertas circunstancias había acudido en su socorro una influencia inexplicable…, pero todo esto debía tener su término.

En una palabra, Cyrus Smith creía observar que la fortuna iba a volverse contra ellos.

El buque corsario se había presentado en las aguas de la isla y sí los piratas habían sido destruidos, digámoslo así, milagrosamente, seis de ellos por lo menos se habían librado de la catástrofe desembarcando en la isla y los cinco que sobrevivían estaban allí, siendo casi imposible agarrarlos. Ayrton, sin duda, había sido asesinado por aquellos miserables, que poseían armas de fuego y habían herido a Harbert casi mortalmente. ¿Eran los primeros golpes que la fortuna contraria descargaba contra los colonos? Esta era la pregunta que se hacía interiormente Cyrus Smith; era lo que se repetía con frecuencia el periodista, pareciéndole también que la intervención tan extraña como eficaz, que tanto les había servido hasta entonces, se apartaba de ellos. Aquel ser misterioso, cualquiera que fuese, cuya existencia no podían negar, ¿había abandonado la isla?, ¿había sucumbido?

A estas preguntas no era posible dar respuesta, pero no hay que suponer que Cyrus Smith y sus compañeros, porque hablasen de esas cosas, estuviesen desesperados. Lejos de eso, miraban la situación cara a cara, analizaban las probabilidades favorables y contrarias, se preparaban a todo evento y se erguían con firmeza ante el porvenir. Si la adversidad venía de cara, encontraría en ellos hombres preparados para combatirla.

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