Capítulo 23. Conclusión

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 11/07/2022 - 15:00

23

Al día siguiente, 12 de septiembre, el Clorinda zarpaba con buena mar y brisa favorable, navegando por el suroeste del archipiélago de las Hébridas. Muy pronto Staffa, Iona y la punta de Mull desaparecieron detrás de los acantilados de la gran isla.

Después de una feliz travesía, los pasajeros del yate desembarcaron en el pequeño puerto de Oban; luego cogieron el tren, pasaron por el más pintoresco lugar de los Highlands, y regresaron a su finca de Helensburgh.

Dieciocho días más tarde se celebró con gran pompa un casamiento en la iglesia de San Jorge de Glasgow; pero debemos aclarar que no se trataba de la de Aristobulus Ursiclos con la señorita Campbell. Aun cuando el novio era Olivier Sinclair, el hermano Sam y el hermano Sib se mostraban tan satisfechos como su sobrina.

Sería inútil añadir que aquella unión, efectuada en aquellas circunstancias, tenía todas las condiciones para ser feliz. La finca de Helensburgh, el hotel de West George Street, en Glasgow, el país entero, hubiera sido insuficiente para contener toda la felicidad que, como sabemos, había cabido en la pequeña gruta de Fingal.

Pero de aquella última tarde pasada en la meseta de Staffa, Olivier Sinclair, a pesar de no haber visto el fenómeno, tan buscado, tuvo interés en plasmar el recuerdo de una manera más duradera. Por esto un día expuso una «puesta de sol» de un efecto muy particular, en la cual se admiró mucho un rayo verde, de gran intensidad, que parecía pintado con el tono de una esmeralda en fusión.

Aquel cuadro levantó una ola de admiración y de discusiones, ya que mientras unos pretendían que era un efecto natural reproducido maravillosamente, otros sostenían que era puramente fantástico, y que la naturaleza no producía nunca efectos semejantes.

Esto causaba una gran irritación en los dos tíos, que habían visto el famoso rayo y daban la razón al joven pintor.

—Incluso —dijo el hermano Sam— es mejor mirar el Rayo Verde en pintura…

—… que al natural —contestó el hermano Sib—; pues el mirar tantas puestas de sol una tras de otra, llega a dañar la vista.

Y tenían toda la razón, los hermanos Melvill.

Dos meses después, los recién casados y sus tíos se paseaban por las orillas del Clyde, frente al jardín de la finca, cuando encontraron inesperadamente a Aristobulus Ursiclos.

El joven sabio, que seguía con el máximo interés los trabajos de drenaje del río, se dirigía hacia la estación de Helensburgh cuando se tropezó con sus antiguos compañeros de Oban.

Pudiera creerse que Aristobulus Ursiclos había sufrido con el abandono de la señorita Campbell, pero esto sería no conocerlo bien. Pues no experimentó ninguna turbación al hallarse en presencia de la joven señora Sinclair.

Se saludaron cordialmente unos a otros, Aristobulus Ursiclos felicitó cortésmente a los recién casados.

Los hermanos Melvill, al verlo en tan buenas disposiciones, no pudieron menos de expresar cuán felices se sentían por aquella boda.

—Me siento tan feliz —dijo el hermano Sam— que a veces, cuando estoy solo, me río sin motivo…

—Pues yo me pongo a llorar —dijo el hermano Sib.

—Bueno, caballeros —dijo Aristobulus Ursiclos—, es la primera vez que no están ustedes de acuerdo. Uno de ustedes llora cuando el otro ríe…

—Es exactamente lo mismo, señor Ursiclos —observó Olivier Sinclair.

—Exactamente —añadió su esposa, alargando la mano a sus tíos.

—¿Cómo que es lo mismo? —contestó Aristobulus Ursiclos, con aquel tono de superioridad que le caracterizaba—; eso sí que no… ¡de ninguna manera! ¿Qué es la sonrisa? Una expresión voluntaria y particular de los músculos del rostro, a la cual los fenómenos de la respiración son casi extraños mientras que el llanto…

—¿El llanto? —preguntó la señora Sinclair.

—Es únicamente un humor que lubrifica el glóbulo del ojo, un compuesto de cloruro sódico, de fosfato cálcico y de clorato sódico.

—En química, seguramente tendrá usted razón, señor Ursiclos —dijo Olivier Sinclair—, pero solamente en química.

—No comprendo la diferencia —contestó agriamente Aristobulus Ursiclos.

Y, saludando con una rigidez geométrica, reanudó lentamente el camino de la estación.

—Vamos, ¡ahí tenéis a este pobre señor Ursiclos que pretende explicar las cosas del corazón como se ha explicado el fenómeno del Rayo Verde! —dijo la señora Sinclair.

—Pero, en realidad, mi querida Elena —contestó Olivier Sinclair—, nosotros no hemos visto este rayo que tanto hemos buscado.

—Hemos visto algo mejor —dijo en voz baja Elena—. Hemos visto la misma felicidad, la que la leyenda atribuye a la observación de este fenómeno. Y ya que la hemos encontrado, mi querido Olivier, ¡no necesitamos nada más, y podemos ceder a los que no lo conocen y quieren conocerlo, el famoso Rayo Verde!

FIN

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