Capítulo 22. El rayo verde

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 04/07/2022 - 15:00

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Pocos minutos después, bajo el frescor de la brisa, en el fondo de Clam-Shell, la señorita Campbell volvía en sí, como de un sueño, en el cual la imagen de Olivier Sinclair ocupaba todos los planos. De los peligros a que su imprudencia la había expuesto, ni se acordaba.

Todavía no podía hablar, pero al ver a Olivier Sinclair, dos lágrimas de agradecimiento le brotaron de los ojos, y, emocionada, tendió la mano a su salvador.

El hermano Sam y el hermano Sib, sin poder pronunciar una palabra, estrechaban al joven en un mismo abrazo. La señora Bess no se cansaba de hacerle reverencias y Partridge se moría de ganas de abrazarlo también.

Luego, como todos estaban muertos de cansancio, una vez se hubieron cambiado las ropas empapadas del agua del mar y del cielo, se echaron a dormir y la noche terminó apaciblemente.

Pero la impresión que se habían llevado no tenía que borrarse jamás del recuerdo de todos los protagonistas de aquella escena que había tenido lugar en la legendaria gruta de Fingal.

Al día siguiente, mientras la señorita Campbell descansaba en el lecho que le habían preparado al fondo de Clam-Shell, los hermanos Melvill se paseaban, cogidos del brazo, por delante de la cueva. No se decían nada, pero ¿tenían necesidad de palabras para expresar los mismos pensamientos? Los dos movían la cabeza de arriba abajo, cuando tenían que asentir, y de izquierda a derecha cuando denegaban. Y ¿qué otra cosa podían afirmar, sino que Olivier Sinclair había expuesto su vida para salvar a la imprudente jovencita? ¿Y qué negaban? Pues que sus primeros proyectos fueran ya realizables. En aquella muda conversación, se dijeron muchas cosas, cuyo próximo desenlace veían claramente tanto el hermano Sam como el hermano Sib. A sus ojos, Olivier ya no era Olivier. Se había convertido en el propio Amin, el héroe más perfecto de las epopeyas gaélicas.

Por su parte, Olivier Sinclair era presa de una excitación extraordinaria. Por un sentimiento de delicadeza, deseaba sentirse solo. Se hubiera notado cohibido ante los hermanos Melvill, como si con su presencia quisiera exigir el pago de su abnegación. Por esto salió de la gruta de Clam-Shell y dirigió sus pasos hacia la meseta de Staffa.

En aquel momento todos sus pensamientos iban dirigidos a la señorita Campbell. De todos los peligros que había corrido, voluntariamente, es cierto, ya no se acordaba. De lo único que se acordaba de aquella noche horrible, era de las horas pasadas al lado de Elena, en aquel hueco oscuro, cuando la protegía con sus brazos de furor de las olas. Volvía a ver el rostro de aquella bella muchacha, más pálido por la fatiga que por el temor y volvía a oír su voz conmovida que le decía: «¡Cómo!, ¿ya lo sabía usted?, —cuando él le había dicho—: Yo sé lo que hizo usted cuando iba a ahogarme en el abismo de Corryvreckan». Se imaginaba de nuevo en aquella estrecha gruta, dentro de la cual, queriéndose sin decírselo, habían sufrido y luchado uno al lado del otro durante largas horas. Allí habían dejado de ser el señor Sinclair y la señorita Campbell. Se habían llamado naturalmente Olivier y Elena, como si, en el momento en que la muerte les amenazaba, hubieran querido nacer a una nueva vida.

Una serie de pensamientos se agolpaban en la cabeza del joven mientras se paseaba por la meseta de Staffa. Por grandes que fueran sus deseos de volver al lado de la señorita Campbell, una fuerza invisible le retenía a pesar suyo, porque de hallarse en su presencia sin duda habría hablado demasiado, y no deseaba hacerlo.

Sin embargo, al igual que ocurre a veces con los fenómenos atmosféricos, que con la misma rapidez que se producen se desvanecen, el tiempo se había vuelto espléndido, y el cielo era de una pureza perfecta. El sol había rebasado el cénit sin que el horizonte se hubiera empañado con la más ligera bruma.

Olivier Sinclair, con la cabeza hirviendo con todos estos pensamientos, andaba nervioso bajo la intensa irradiación de los rayos solares, aspirando la brisa marina y llenándose los pulmones con aquella atmósfera vivificante.

De pronto, otro pensamiento cruzó por su mente —bien distinto de todos los que le embargaban—, cuando estuvo frente al límpido horizonte.

—¡El Rayo Verde! —exclamó—. Nunca el cielo se ha mostrado más propicio para nuestra observación, como ahora. Ni una nube, ni una bruma. Y no es probable que aparezcan, después de la borrasca de ayer que las barrió todas hacia el este. ¡Y la señorita Campbell que no pensará seguramente que en este día le está esperando una espléndida puesta de sol! ¡Debo… debo avisarla sin perder tiempo!

Olivier Sinclair, feliz de tener un motivo tan natural para volver al lado de Elena, dio media vuelta y corrió hacia la gruta de Clam-Shell.

Pocos minutos después se hallaba ante la señorita Campbell y sus dos tíos, que le sonreían afectuosamente, mientras la señora Bess le tendía la mano.

—Señorita Campbell —le dijo—, ¿se encuentra usted mejor…? Sí, ya lo veo… ¿Ha recuperado usted las fuerzas?

—Sí, señor Olivier —contestó la señorita Campbell, que se estremeció ligeramente al ver entrar al joven.

—Creo que haría usted bien —dijo entonces Olivier Sinclair— en venir hasta la meseta para respirar un poco la suave brisa purificada por la tempestad. El sol es magnífico y la reconfortará.

—El señor Sinclair tiene razón —dijo Sam.

—Toda la razón —añadió el hermano Sib.

—Y además, para decírselo de una vez, si mis presentimientos no me engañan —continuó Olivier Sinclair— me parece que dentro de algunas horas verá usted cumplirse su más caro deseo.

—¿Mi más caro deseo? —murmuró la señorita Campbell, como interrogándose a sí misma.

—Sí… el cielo es de una pureza perfecta y es muy probable que el sol se ponga en un horizonte sin nubes.

—¿Es posible? —exclamó el hermano Sam.

—¿Es posible? —repitió el hermano Sib.

—Y casi puedo asegurar —prosiguió Olivier Sinclair— que acaso esta misma tarde consigamos ver el Rayo Verde.

—¡El Rayo Verde! —exclamó la señorita Campbell.

Parecía buscar en sus recuerdos, un poco confusos, el significado de aquel Rayo Verde.

—¡Ah! ¡Sí! —exclamó al fin—. ¡Hemos venido aquí precisamente para ver el Rayo Verde!

—¡Vamos, vamos! —dijo el hermano Sam, contento con la ocasión que se le presentaba de sacar a la muchacha de aquel sopor—. Vámonos al otro lado del islote.

—Esto nos abrirá el apetito para la cena —añadió alegremente el hermano Sib.

Eran las cinco de la tarde.

Guiada por Olivier Sinclair, toda la familia, comprendiendo a la señorita Bess y a Partridge, salió de la gruta de Clam-Shell y subió hasta la meseta superior.

Había que ver la alegría que se pintaba en los rostros de los dos tíos cuando contemplaron aquel cielo tan magnífico, por el cual iba deslizándose el astro radiante. Quizás exageraban un poco, pero nunca se habían mostrado tan entusiasmados por el fenómeno. Parecía que por ellos y no por la señorita Campbell habían cambiado tantas veces de morada y sufrido tantas pruebas desde la quinta de Helensburgh hasta Staffa pasando por Iona y Oban.

En realidad, aquella tarde la puesta de sol debía ser tan hermosa que el ser más insensible, el más materialista, el más prosaico, no hubiera dejado de admirar el panorama que ellos veían extenderse ante sus ojos.

La señorita Campbell se sintió renacer en aquella atmósfera impregnada de las emanaciones salinas de que era portadora la suave brisa que venía del mar. Tenía bien abiertos sus grandes ojos contemplando la inmensidad del Atlántico. Y el color volvía a sus pálidas mejillas. ¡Qué hermosa estaba! ¡Qué encanto desprendía toda su persona en aquella actitud! Olivier Sinclair, que se había quedado un poco rezagado, la contemplaba en silencio, y él, que hasta entonces siempre la había acompañado en todos sus paseos, ahora se sentía turbado, con el corazón oprimido de angustia y apenas se atrevía a mirarla.

En cuanto a los hermanos Melvill estaban positivamente tan radiantes como el mismo sol. Increpaban al astro rey con entusiasmo y le conminaban a que corriera al ocaso rápidamente en aquel horizonte sin brumas, suplicándole que se dignara enviarles su último rayo al finalizar aquel espléndido día.

Las poesías ossiánicas acudían a su mente verso tras verso:

¡Oh, tú que corres por encima de nuestra cabeza,

redondo como el escudo de nuestros padres,

dinos de dónde parten tus rayos, divino sol!

¿De dónde viene tu luz eterna?

¡Tú avanzas impasible con tu belleza majestuosa!

¡Las estrellas desaparecen en el firmamento!

¡La luna pálida y fría se esconde en las brumas de occidente!

¡Tú solo te mueves, oh sol!

¿Quién podría acompañarte en tu carrera?

¡La luna se pierde en los cielos;

tú solo eres siempre el mismo!

¡Tú te recreas sin cesar en tu esplendente marcha!

¡Cuando retumba el trueno y luce el relámpago,

tú sales de la nube con toda tu hermosura

y te ríes de la tempestad!

Y con esta disposición de espíritu, recitando versos, los dos hermanos fueron andando hasta el extremo de la meseta de Staffa, frente al mar. Allí se sentaron sobre unas rocas, frente al horizonte donde nada parecía alterar la fina línea que separa al cielo del agua.

¡Y esta vez sí que no habría ningún Aristobulus Ursiclos que se interpusiera entre el horizonte y el islote de Staffa!

Entretanto, la brisa iba menguando con el día, y las últimas olas morían al pie de las rocas en el suave balanceo de la marea. Mar adentro, el agua era lisa como un espejo. Todas las circunstancias eran, pues, propicias para la aparición del fenómeno.

Pero he aquí que media hora más tarde, Partridge extendía la mano hacia el sur, exclamando:

—¡Una vela!

¡Una vela! ¿Iría a pasar precisamente ante el disco solar en el momento en que éste desapareciera en el horizonte? ¡Verdaderamente hubiera sido algo más que mala suerte!

La embarcación salía del estrecho que separa la isla de Iona de la punta de Mull. Navegaba despacio, empujada más por la marea que por la ligera brisa que apenas hinchaba su vela.

—Es el Clorinda —dijo Olivier Sinclair—; pero como hace la ruta para fondear en la isla de Staffa, pasará más cerca y no estorbará nuestra observación.

Efectivamente, era el Clorinda, que después de contornear la isla de Mull por el sur, se dirigía a la bahía de Clam-Shell para anclar allí.

Todas las miradas de nuestros amigos estaban fijas en el horizonte oeste.

El sol iba descendiendo con la rapidez que parece animarlo al llegar a la proximidad del mar. En la superficie de las aguas brillaba ya una larga estela plateada lanzada por el disco cuya irradiación era aún insostenible. De aquel matiz de oro viejo que ofrecía al caer, pasó al rojo cereza. Entornando los párpados veíanse brillar como espejos, rombos encamados y círculos amarillos que se mezclaban y confundían como los fugitivos colores del calidoscopio. Ligeras estrías onduladas producían rayas en aquella especie de cola de cometa trazada por la reverberación en la superficie de las aguas, y los ojos creían distinguir una lluvia de lentejuelas plateadas que se tomaban más pálidas al aproximarse a la orilla.

En toda la extensión del horizonte no había ni la más ligera nube, ni señales de bruma. Nada enturbiaba la limpidez de aquella línea circular, que parecía trazada con un compás de precisión.

Todos, inmóviles y más emocionados de lo que se pueda imaginar, miraban el disco solar que iba moviéndose oblicuamente hacia el horizonte, descendiendo cada vez más, hasta que pareció quedar suspendido un instante sobre el abismo. Luego la curva del disco empezó a desaparecer dentro del agua.

No había duda alguna sobre la presentación del fenómeno. ¡Nada turbaría aquella admirable puesta de sol! ¡Nada vendría a interceptar su último rayo!

No tardó en desaparecer la mitad del disco del sol detrás de la línea del horizonte. Algunos rayos luminosos lanzados como flechas de oro, brillaron un momento sobre las rocas de Staffa. Detrás de ellos, los acantilados de la isla de Mull y el monte de Ben More, se tiñeron de púrpura.

Por fin solo quedó un ligero segmento del arco superior flotando en el horizonte.

—¡El Rayo Verde! ¡El Rayo Verde! —exclamaron al unísono los hermanos Melvill, la señora Bess y Partridge, cuyos ojos se habían impregnado por un cuarto de segundo con aquella incomparable tonalidad del último rayo del sol.

Únicamente Olivier y Elena no habían visto nada del fenómeno que acababa de producirse, después de tantos intentos infructuosos.

En el momento en que el sol lanzaba su última rayo a través del espacio, sus miradas se cruzaban olvidándose de todo en la mutua contemplación.

Pero Elena había visto el rayo negro que lanzaban los ojos del joven; y Olivier el rayo azul que se había escapado de los ojos de la muchacha.

El sol había desaparecido totalmente: pero ¡ni Olivier ni Elena habían visto el Rayo Verde!

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¡Ni Olivier ni Elena habían visto el Rayo Verde!

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