Capítulo 23. A modo de conclusión

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 26/10/2020 - 15:00

Capítulo 23 - Alrededor de la Luna

Ya recordarán ustedes la enorme simpatía con que habían despedido a nuestros tres viajeros. Y si habían provocado tamaña emoción al inicio de la empresa, tanto en el nuevo continente como en el antiguo, ¡cuál no sería el entusiasmo con que los acogerían a la vuelta! ¿O es que los millones de espectadores que habían invadido la península de la Florida no iban a estar dispuestos a salir al encuentro de aquellos sublimes aventureros? Y las legiones de extranjeros que habían acudido de todos los puntos cardinales, ¿se marcharían acaso del territorio de la Unión sin antes haber visto a Barbicane, Nicholl y Michel Ardan? No, y el ferviente entusiasmo del público debería responder con dignidad a la categoría de la empresa. A aquellos seres humanos, que habían partido del esferoide terrestre y que ahora regresaban de tan singular viaje por los espacios celestes, había que recibirlos como recibirán al profeta Elias103 el día que vuelva a bajar a la Tierra. Primero verlos, luego escucharlos, tal era el deseo general.

Y semejante deseo habría de cumplirse muy pronto para la mayoría de los habitantes de la Unión.

A Barbicane, Michel Ardan, Nicholl y los delegados del Gun-Club, que llegaron inmediatamente a Baltimore, los recibieron con indescriptible entusiasmo. Las notas de viaje del presidente Barbicane ya estaban listas para que las publicaran. El New York Herald le compró el manuscrito a un precio todavía desconocido, pero con toda seguridad muy considerable. Efectivamente, mientras se publicaba el Viaje a la Luna, la tirada del periódico llegó a alcanzar los cinco millones de ejemplares. Tres días después de que los viajeros hubieran regresado a la Tierra, ya se conocían hasta los más mínimos detalles de su expedición. Lo único que faltaba era contemplar a los héroes de tan sobrehumana empresa.

La exploración de Barbicane y sus amigos alrededor de la Luna había permitido controlar las diferentes teorías existentes sobre el satélite terrestre, que nuestros sabios habían observado de visu104 y en condiciones especialísimas. Ahora ya se sabía cuáles eran los sistemas que había que rechazar y cuáles los que había que admitir en cuanto a la formación del astro, su origen y su habitabilidad. Incluso se habían revelado los más íntimos secretos de su pasado, su presente y su futuro. ¿Qué objeciones se podrían hacer a los concienzudos observadores que habían apuntado, a menos de cuarenta kilómetros de distancia, todos los detalles sobre la curiosa montaña de Tycho, el más extraño de los sistemas de la orografía lunar? ¿Quién iba a contradecir a aquellos valientes a los que los azares de su empresa habían arrastrado por encima de la faz invisible del disco, que hasta entonces ningún ojo humano había vislumbrado? Derecho tenían a imponer sus límites a una ciencia selenográfica que había recompuesto el mundo lunar del mismo modo que Cuvier105 había recompuesto el esqueleto de un fósil, y a decir: «¡La Luna fue esto, un mundo habitable y habitado antes que lo fuera la Tierra! ¡La Luna es esto, un mundo inhabitable que hoy no está habitado!».

Para celebrar el regreso del más ilustre de sus miembros y sus dos compañeros, al Gun-Club se le ocurrió darles un banquete, pero un banquete digno de aquellos triunfadores, digno del pueblo americano, y en condiciones tales que todos los habitantes de la Unión pudieran participar directamente en el mismo.

Se enlazaron todas las cabeceras de línea de los rails-roads estatales mediante carriles volantes. Luego, en todas las estaciones, adornadas con idénticos gallardetes y la misma decoración, pusieron mesas servidas de manera similar. A determinadas horas, sucesivamente calculadas y controladas con relojes eléctricos que daban la hora con rigurosa exactitud, invitaron a los habitantes a que se sentaran a las mesas del banquete.

Durante cuatro días, del 5 al 9 de enero, se suspendieron todos los trenes, como sucede cada domingo en todos los ferrocarriles de los Estados Unidos.

En la locomotora, conducida por un maquinista y un ayudante, se había subido, por favor especial, el honorable J. T. Maston, secretario del Gun-Club.

El vagón estaba reservado para el presidente Barbicane, el capitán Nicholl y Michel Ardan.

En cuanto el maquinista tocó el silbato, tras los hip, hip, hurra de rigor y todas las onomatopeyas admirativas que existen en la lengua americana, el tren salió de la estación de Baltimore. Avanzaba a una velocidad de ochenta lenguas por hora. Mas ¿qué era eso comparado con la velocidad que habían llevado nuestros tres héroes al salir disparados del Columbiad?

Y así fueron de una ciudad a otra, y en cada una se encontraba a sus habitantes sentados a la mesa, y los saludaban con las mismas aclamaciones y les prodigaban los mismos bravos. Recorrieron el este de la Unión, atravesando Pensilvania, Connecticut, Massachusetts, Vermont, Maine y Nuevo Brunswick; cruzaron el norte y el oeste, pasando por Nueva York, Ohio, Michigan y Wisconsin; bajaron hasta el sur por Illinois, Missouri, Arkansas, Texas y Luisiana; llegaron al sudoeste por Alabama y la Florida; luego subieron por Georgia y las Carolinas; visitaron el centro por Tennessee, Kentucky, Virginia e Indiana; y por último, tras pasar por la estación de Washington, regresaron a Baltimore. ¡Y durante cuatro días tuvieron la impresión de que los Estados Unidos de América, participando de un banquete inmenso y único, los saludaban simultáneamente con los mismos hurras!

Era una apoteosis digna de aquellos tres héroes a los que la Fábula hubiera conferido categoría de semidioses.

El tren salió de la estación de Baltimore.
El tren salió de la estación de Baltimore.

Ahora ya no cabe más que pensar si este intento sin precedentes en los anales de los viajes producirá algún resultado práctico. ¿Se llegará a establecer algún día comunicación directa con la Luna? ¿Se podrá fundar un servicio de navegación a través del espacio para enlazar diversos puntos del sistema solar? ¿Podremos ir de un planeta a otro, de Júpiter a Mercurio, y luego de una estrella a otra, de la Polar a Sirio? ¿Existirá algún modo de locomoción que nos permita visitar todos esos soles que abundan por el firmamento?

Imposible responder a todas estas cuestiones. Pero, conociendo el audaz ingenio de la raza anglosajona, a nadie le ha de extrañar que los americanos tratasen de sacar partido del intento del presidente Barbicane.

De tal modo que, a poco de regresar nuestros viajeros, el público acogió muy favorablemente el anuncio de la creación de una sociedad en comandita (anónima), con un capital de cien millones de dólares, dividido en cien mil acciones de mil dólares, a la que se le dio el nombre de Sociedad Nacional de Comunicaciones Interestelares. Presidente, Barbicane; vicepresidente, el capitán Nicholl; secretario de administración, J. T. Maston; director operativo, Michel Ardan.

Y como es propio del temperamento americano que, en cuestiones de negocios, lo tengan todo previsto, incluso la quiebra, nombraron de antemano al honorable Harry Troloppe juez delegado, y a Francis Dayton, síndico.

  • 103. Profeta judío que vivió en tiempos de Ajab y de Jezabel (S. IX a. de C.). Ejerció su ministerio en el dominio propiamente religioso (realizó numerosos milagros), como en el moral y social. Durante algún tiempo, apartó al pueblo de Israel del culto a Baal, pero el odio de Jezabel determinó su marcha del país, confiando a Eliseo la continuación de su obra. En tiempos de Cristo se creía que volvería en los tiempos mesiánicos.
  • 104. «De vista», «por haberlo visto». (En latín en el original).
  • 105. Georges Cuvier (1769-1832) fue un naturalista francés, considerado como el creador de la anatomía comparada y de la paleontología. Aplicando sus teorías, pudo determinar especies desconocidas a partir de algunos huesos rotos.