Capítulo 18. Graves cuestiones

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 21/09/2020 - 15:00

El cráter Tycho había planteado el enigma de sus misteriosas irradiaciones en torno a su centro, y Barbicane explica a sus compañeros las posibles explicaciones de tan espectaculares formaciones. Nuestros amigos también intentan resolver dos cuestiones de gran importancia, sobre las que se pronuncian a la luz de sus observaciones: la habitabilidad de la Luna, y si nuestro satélite ha podido estar habitado en algún momento del pasado.

Capítulo 18 - Alrededor de la Luna

Entretanto el proyectil había superado el recinto de Tycho. Barbicane y sus dos amigos observaron entonces con detenidísima atención las rayas brillantes que la famosa montaña dispersa de modo tan curioso en todas direcciones.

¿Qué era aquella aureola radiante? ¿Qué fenómeno geológico había dibujado aquella ardiente cabellera? La cuestión tenía muy preocupado, y con razón, a Barbicane.

Porque efectivamente, bajo sus ojos se extendían, en todas las direcciones, unos surcos luminosos de bordes levantados y cóncavos por el centro, unos de veinte kilómetros de anchura, otros de cincuenta. Aquellas resplandecientes estelas que salían de Tycho, alcanzaban, en algunos casos, hasta trescientas leguas de longitud y parecía que cubrían, sobre todo por el este, el noreste y el norte, la mitad del hemisferio meridional. Uno de los rayos se extendía hasta el circo de Neandro, situado en el meridiano cuarenta. Otro iba, redondeándose, a surcar el mar del Néctar y a quebrarse contra la cadena de los Pirineos, después de haber recorrido cuatrocientas leguas. Otros, hacia el oeste, cubrían con una red luminosa el mar de las Nubes y el mar de los Humores.

¿Cuál era el origen de aquellos rayos centelleantes que se veían por encima de las llanuras como por encima de los relieves, fuera cual fuera su altura? Todos partían de un centro común, el cráter de Tycho. Emanaban de él. Herschel atribuye su resplandeciente aspecto a antiguas corrientes de lava inmovilizadas por el frío, opinión que no ha sido compartida. Otros astrónomos han visto en estos inexplicables rayos unas especies de morenas, regueros de piedras erráticas que hubieran salido despedidas en la época de la formación de Tycho.

—¿Y por qué no? —le preguntó Nicholl a Barbicane, que relataba todas estas opiniones, rechazándolas.

—Porque la regularidad de esas líneas luminosas, y la violencia que hubiera sido necesaria para lanzar a semejantes distancias las materias volcánicas, resultan inexplicables.

—¡Cáspita! —exclamó Michel Ardan—. Pues a mí me parece fácil explicar el origen de esos rayos.

—¡No me digas! —comentó Barbicane.

—Sí te digo —prosiguió Michel—. Basta con decir que es como un enorme resquebrejamiento, semejante al que se produce cuando se dispara una bala o se tira una piedra contra el cristal de una ventana.

—¡Bueno! —replicó Barbicane con una sonrisa—. Y ahora dime qué mano habría tenido suficiente fuerza como para lanzar una piedra que hubiera causado semejante resquebrajamiento.

—La mano no es necesaria —respondió Michel sin dar su brazo a torcer—, y en cuanto a la piedra, admitamos que sea un cometa.

—¡Ay, cuánto se abusa de los cometas! —exclamó Barbicane—. Querido Michel, no es mala tu explicación, pero el cometa está de más. El choque que produjo semejante resquebrajamiento puede haber procedido del interior del astro. Una violenta contracción de la corteza lunar, al encogerse por enfriamiento, ha podido bastar para marcar ese resquebrajamiento.

—Admitamos la contracción, algo así como un cólico lunar —respondió Michel Ardan.

Admitamos la contracción, algo así como un cólico lunar
Admitamos la contracción, algo así como un cólico lunar

—Además —añadió Barbicane—, esta opinión es la de Nasmyth, un sabio inglés, y me parece que con ella se explica suficientemente la irradiación de esas montañas.

—¡Pues no es nada tonto, el tal Nasmyth! —respondió Michel.

Los viajeros estuvieron un buen rato admirando el esplendor de Tycho, sin cansarse de semejante espectáculo. El proyectil, impregnado de efluvios luminosos, sometido a la doble irradiación del Sol y de la Luna, sin duda se les figuraría un globo incandescente. Es decir, que de repente habían pasado de un frío considerable a un intenso calor. Así era como la naturaleza los preparaba para que se convirtieran en selenitas.

¡Convertirse en selenitas! Esta idea provocó que se volviera a sacar a colación la cuestión de la habitabilidad de la Luna. Y después de lo que habían visto, ¿los viajeros serían capaces de resolverla? ¿Llegarían a una conclusión en favor o en contra? Michel Ardan indujo a sus dos amigos a que expresaran sus respectivas opiniones, y les preguntó sin rodeos si creían que animales o seres humanos tendrían alguna representación en el mundo lunar.

—Creo que podemos dar una contestación —dijo Barbicane—. Pero en mi opinión, la cuestión no debe plantearse de esa manera. Requiero que se me plantee en otros términos.

—Tú dirás —respondió Michel.

—Verás —prosiguió Barbicane—. El problema es doble y por lo tanto requiere una doble solución. ¿La Luna es habitable? ¿La Luna ha estado habitada?

—Bien —respondió Nicholl—. Primero averiguaremos si la Luna es habitable.

—La verdad es que no tengo ni idea —respondió Michel.

—Pues yo respondo con una negativa —prosiguió Barbicane—. En el estado en que se encuentra actualmente, con una capa atmosférica verdaderamente muy reducida, los mares en su mayoría desecados, aguas insuficientes, escasa vegetación, bruscas alternativas entre el calor y el frío y noches y días de trescientas cincuenta y cuatro horas, no me parece que la Luna sea habitable, ni me parece que en ella se pueda desarrollar el mundo animal, ni que ofrezca suficientes recursos para la existencia, tal como nosotros la concebimos.

—De acuerdo —respondió Nicholl—. Pero ¿no podría darse el caso de que la Luna fuera habitable para seres organizados de distinta manera que nosotros?

—A esa cuestión —respondió Barbicane—, es más difícil contestar. No obstante, trataré de hacerlo, aunque tendré que preguntarle, Nicholl, si el movimiento le parece el resultado necesario de la vida, cualquiera que sea su organización.

—Sin ningún género de dudas —respondió Nicholl.

—En ese caso, estimado amigo, he de responderle que hemos observado los continentes lunares a distancias de quinientos metros como mucho, y que en ningún momento nos ha parecido que algo se moviera sobre la superficie de la Luna. La presencia de cualquier tipo de humanidad hubiera quedado manifestada por adaptaciones, por construcciones de cualquier estilo, incluso por ruinas. ¿Y qué hemos visto? Siempre y en todo lugar, la obra geológica de la naturaleza, y nunca la obra del hombre. De modo que, si existen representantes del reino animal en la Luna, tendrían que vivir en el fondo de aquellas insondables cavidades, donde no alcanza la vista. Cosa que me resulta inadmisible, pues hubieran dejado alguna huella de su paso por las llanuras que deben estar cubiertas por una capa atmosférica, por mínima que ésta sea. Pero no hemos visto huellas por ninguna parte. ¡De modo que la única hipótesis que nos quedaría sería la de una raza de seres vivos que carecieran de movimiento, que equivale a vida!

—O sea, de seres vivos que no estuvieran vivos —replicó Michel.

—Exactamente —respondió Barbicane—, cosa que para nosotros carece de sentido.

—En ese caso, ya podemos formular nuestra opinión —dijo Michel.

—Sí —respondió Nicholl.

—Pues bien —prosiguió Michel—, la Comisión científica, reunida dentro del proyectil del Gun-Club, tras haber apoyado sus agrupamientos con los datos observados sobre el movimiento, decide por unanimidad de voces con respecto a la habitabilidad actual de la Luna lo siguiente: No, la Luna no es habitable.

La decisión fue recogida por el presidente Barbicane en su cuaderno de notas, en el que figura el acta de la sesión del 6 de diciembre.

—Ahora —dijo Nicholl—, abordemos la segunda cuestión, complemento indispensable de la primera. Quisiera preguntarle a la honorable Comisión: Si la Luna no es habitable, ¿lo ha sido anteriormente?

—El ciudadano Barbicane tiene la palabra —dijo Michel Ardan.

—Amigos míos —respondió Barbicane—, no he esperado a realizar este viaje para formarme una opinión sobre la habitabilidad pasada de nuestro satélite. Añadiré que nuestras observaciones personales no han hecho sino confirmarme dicha opinión. Creo, incluso afirmo, que la Luna ha estado habitada por una raza humana de características semejantes a las nuestras, que produjo animales anatómicamente similares a los animales terrestres, pero he de añadir que dichas razas humanas o animales ya han cumplido su cometido y hoy están absolutamente extinguidas.

—¿Quieres decir que la Luna es un mundo más antiguo que la Tierra? —preguntó Michel.

—No —respondió Barbicane con convicción—. Pero es un mundo que ha envejecido más rápidamente y que ha tenido una formación y una deformación más aceleradas. Las fuerzas organizadoras de la materia han sido relativamente más violentas en el interior de la Luna que en el interior del globo terrestre. El estado actual de este disco agujereado, atormentado, deformado, lo prueba sobradamente. Tanto la Luna como la Tierra no han sido originalmente más que masas gaseosas. Los gases, bajo diversas influencias, pasaron a estado líquido, y posteriormente se formó la masa sólida. Pero muy probablemente nuestro esferoide se encontraba todavía en estado gaseoso o líquido cuando la Luna, ya solidificada por enfriamiento, era habitable.

—Comparto esa opinión —dijo Nicholl.

—Entonces estaba rodeada de atmósfera —prosiguió Barbicane—. Las aguas, contenidas dentro de aquella capa gaseosa, no podían evaporarse. Bajo la influencia del aire, del agua, de la luz, del calor solar, del calor central, la vegetación habrá ido adueñándose de los continentes dispuestos para recibirla, y qué duda cabe de que la vida se habrá manifestado por aquella época, pues la naturaleza no suele hacer gastos inútiles; de modo que un mundo tan maravillosamente habitable tiene que haber estado necesariamente habitado.

—No obstante —intervino Nicholl—, muchos de los fenómenos inherentes a los movimientos de nuestro satélite tendrían que dificultar la expansión de los reinos vegetal y animal. Por ejemplo, los días y las noches de trescientas cincuenta y cuatro horas, ¿no?

—¡En los polos de la Tierra duran seis meses! —dijo Michel.

—Argumento de escaso valor, dado que los polos no están habitados.

—Hemos de tener en cuenta, amigos míos —intervino Barbicane—, que aunque en el estado actual de la Luna, esas largas noches y esos largos días produzcan diferencias de temperatura insoportables para el organismo, no sucedía lo mismo en aquella época de los tiempos históricos. La atmósfera envolvía el disco con un fluido. Los vapores adoptaban la forma de nubes. Y esta pantalla natural dulcificaba el ardor de los rayos del Sol y aminoraba la irradiación nocturna. Tanto la luz como el calor podían difundirse en el aire, produciéndose un equilibrio entre ambas influencias que actualmente ya no existe porque la atmósfera ha desaparecido casi por completo. Además, voy a sorprenderos…

—Sorpréndenos —dijo Michel Ardan.

—Tengo la impresión de que, en la época en que la Luna estaba habitada, las noches y los días no duraban trescientas cincuenta y cuatro horas.

—¿Y eso por qué? —preguntó Nicholl muy interesado.

—Porque, muy probablemente entonces, el movimiento de rotación de la Luna sobre su eje no era igual a su movimiento de revolución, igualdad que presenta cada punto del disco durante quince días a la acción de los rayos del Sol.

—De acuerdo —respondió Nicholl—, pero ¿por qué le parece que esos dos movimientos no serían iguales, cuando actualmente lo son?

—Porque dicha igualdad no ha sido determinada más que por la atracción de la Tierra. Y ¿quién nos dice que dicha atracción haya tenido fuerza suficiente para modificar los movimientos de la Luna, en un momento en el que la Tierra no era nada más que fluido?

—De hecho —replicó Nicholl—, ¿quién nos dice que la Luna ha sido siempre satélite de la Tierra?

—¿Y quién nos dice —exclamó Michel Ardan— que la Luna no ha podido existir mucho antes que la Tierra?

Las imaginaciones se dejaban arrastrar por el campo infinito de las hipótesis. Barbicane pretendió ponerles freno y dijo:

—Esas son especulaciones demasiado elevadas y problemas realmente sin solución. Más vale que los dejemos estar. Admitamos solamente la insuficiencia de la atracción primordial y, como consecuencia, por desigualdad de los dos movimientos de rotación y de revolución, que los días y las noches han podido sucederse en la Luna como se suceden en la Tierra. Además, incluso sin esas condiciones, la vida era posible.

—¿Quieres decir que la humanidad ha desaparecido de la Luna? —preguntó Michel Ardan.

—Sí —respondió Barbicane—, tras haber perdurado durante miles de siglos. Luego, poco a poco, la atmósfera se habrá ido rarificando y el disco, por enfriamiento, se habrá hecho inhabitable como en su día lo será el globo terrestre.

—¿También por enfriamiento?

—Con toda seguridad —respondió Barbicane—. A medida que se iban extinguiendo los fuegos interiores y que la materia incandescente se concentraba, se iba enfriando la corteza lunar. Poco a poco se fueron produciendo las consecuencias de este fenómeno: desaparición de seres organizados, desaparición de la vegetación. Poco después se rarificaría la atmósfera, muy probablemente por los efectos de la atracción terrestre; desaparición del aire respirable, desaparición del agua por evaporación. En esa época la Luna, que ya era inhabitable, había dejado de estar habitada. Era un mundo muerto, tal y como hoy lo vemos.

—¿Y dices que ésa es la suerte que le espera a la Tierra?

—Muy probablemente.

—Pero ¿cuándo?

—Cuando su corteza se haya enfriado hasta el punto que resulte inhabitable.

—¿Y se ha calculado el tiempo que tardará en enfriarse nuestro pobre esferoide?

—Naturalmente que sí.

—¿Tú conoces esos cálculos?

—Perfectamente.

—¡Pues anda y suéltalo ya, sabio de mis tormentos, que me tienes negro de impaciencia! —exclamó Michel Ardan.

—Pues verás, querido Michel —respondió Barbicane con toda la calma—, se conoce la disminución de temperatura que experimenta la Tierra en el lapso de un siglo. Y resulta que, según determinados cálculos, esta temperatura media alcanzará los cero grados después de un período de cuatrocientos mil años.

—¡Cuatrocientos mil años! —exclamó Michel Ardan—. ¡Ay, qué alivio! ¡La verdad es que estaba asustadísimo! ¡Al oír tus explicaciones llegué a temer que no nos quedaran más que cincuenta mil años de vida!

Barbicane y Nicholl no pudieron evitar reírse ante las preocupaciones de su compañero. Luego, Nicholl, que quería dejar concluido el tema, volvió a plantear la segunda cuestión, que acababa de ser discutida, y dijo:

—¿La Luna ha estado habitada?

La respuesta fue afirmativa por unanimidad.

Pero durante esta discusión, fecunda en teorías un tanto aventuradas, que no obstante resumía las ideas generales que la ciencia les había conferido al respecto, el proyectil se había desplazado a gran velocidad hacia el ecuador de la Luna, al mismo tiempo que se alejaba con regularidad del disco. Había superado el circo Willem87, y el paralelo cuarenta a una distancia de ochocientos kilómetros. Luego, dejando a la derecha a Pitatus, en el grado treinta, avanzaba por el sur del mar de las Nubes, al que ya se había aproximado por el norte. Varios circos aparecieron de manera confusa en el blanco resplandor del plenilunio: Bouillaud, Purbach, de forma casi cuadrada con un cráter central, y luego Arzachel, cuya montaña interior brilla con indescriptible resplandor.

Por último, como el proyectil seguía alejándose, los viajeros acabaron por perder de vista los lineamentos, las montañas se confundieron en la distancia y, de todo aquel maravilloso y extraño conjunto del satélite de la Tierra, al cabo no les quedó más que un imborrable recuerdo.

  • 87. Probablemente, el nombre de este circo proceda de Willem van Ruysbroek (c. 1220-1293), franciscano flamenco que fue enviado por San Luis como embajador ante el gran Kan de Mongolia, por el que fue recibido en 1253. Escribió en latín un relato de su viaje, que sigue siendo una fuente de gran importancia.