Capítulo 42

Enviado por Francisco J. Calzado el Jue, 03/10/2019 - 20:00

El profesor y sus compañeros de aventura continúan su alocada singladura sobre la balsa por las profundidades de la tierra dominados por una total incertidumbre sobre el destino de su viaje, para el que solo parece atisbarse un catastrófico final.

Capítulo 42

Supongo que entonces debían ser las diez de la noche. Tras aquel último asalto, el primer sentido que me funcionó fue el del oído. Casi inmediatamente, porque fue un auténtico acto de audición, escuché hacerse el silencio en la galería tras aquellos bramidos que llenaban mi cabeza desde hacía largas horas. Por fin, me llegaron como un murmullo estas palabras de mi tío:

—¡Subimos!

—¿Qué quiere decir? —pregunté.

—Sí, subimos, subimos.

Extendí el brazo, toqué la pared; mi mano quedó ensangrentada. Subíamos con extrema rapidez.

—¡La antorcha! ¡La antorcha! —exclamó el profesor.

No sin dificultades, Hans consiguió encenderla, y la llama, manteniéndose de abajo arriba pese al movimiento ascensional, lanzó la suficiente claridad para iluminar toda la escena.

La antorcha lanzó la suficiente claridad para iluminar toda la escena
La antorcha lanzó la suficiente claridad para iluminar toda la escena

—Es lo que pensaba —dijo mi tío—. Estamos en un pozo estrecho, que no tiene más de cuatro toesas de diámetro. El agua, una vez que ha llegado al fondo del abismo, recupera su nivel y nos sube con ella.

—¿Adónde?

—Lo ignoro, pero hay que estar preparados para lo que sea. Subimos a una velocidad que estimo en dos toesas por segundo, o sea, ciento veinte toesas por minuto, más de tres leguas y media por hora. A esa marcha pronto se recorre el camino.

—Sí, si nada nos detiene, y este pozo tiene una salida. Pero ¿si está taponado, si el aire se comprime poco a poco bajo la presión de la columna de agua, si nos aplasta?

—Axel —respondió el profesor con una calma total—; la situación es casi desesperada, pero hay algunas posibilidades de salvación, y son las que estoy examinando. Podemos perecer en cualquier instante, pero también podemos salvarnos. Por tanto, estamos en condiciones de aprovechar las menores circunstancias.

—Mas ¿qué hacer?

—Reparar nuestras fuerzas comiendo.

Al oír estas palabras miré a mi tío asustado. Lo que no había querido confesarle, tenía que decírselo por fin.

—¿Comer? —repetí.

—Sí, y sin tardanza.

El profesor añadió algunas palabras en danés. Hans sacudió la cabeza.

—¡Cómo! —exclamó mi tío—. ¿Se han perdido nuestras provisiones?

—Sí, éstos son los únicos víveres que nos quedan; un trozo de carne seca para los tres.

Mi tío me miraba sin querer comprender mis palabras.

—Y bien —dije—, ¿aún cree que podemos salvarnos?

Mi pregunta no obtuvo respuesta.

Pasó una hora. Yo comenzaba a sentir un hambre violenta. Mis compañeros también sufrían, pero ninguno de nosotros se atrevía a tocar aquel miserable resto de alimentos.

Mientras tanto, seguíamos subiendo con extrema rapidez. A veces el aire nos cortaba la respiración, como a los aeronautas cuya ascensión es demasiado rápida. Pero si éstos sienten un frío proporcional a medida que se elevan en las capas atmosféricas, nosotros sufríamos un efecto absolutamente contrario. El calor aumentaba de modo inquietante y en aquel momento debía alcanzar los cuarenta grados.

¿Qué significaba semejante cambio? Hasta entonces los hechos habían dado la razón a las teorías de Davy y de Lidenbrock; condiciones particulares de rocas refractarias, electricidad y magnetismo habían modificado las leyes generales de la naturaleza creando una temperatura moderada, porque a mis ojos la teoría del fuego central seguía siendo la única verdadera, la auténtica explicable. ¿Íbamos a volver a un medio en el que aquellos fenómenos se cumplían en todo su rigor, y en el que el calor reducía las rocas a un total estado de fusión? Eso es lo que me temía, y se lo dije al profesor:

—Si no nos ahogamos, ni nos estrellamos, ni nos morimos de hambre, siempre nos queda la posibilidad de cocernos vivos.

Se contentó con encogerse de hombros y volvió a sumirse en sus reflexiones.

Transcurrió una hora, y salvo un ligero aumento de la temperatura, ningún accidente vino a modificar la situación. Por fin mi tío rompió el silencio.

—Veamos, hay que tomar una decisión —dijo.

—¿Tomar una decisión? —pregunté.

—Sí. Hay que reparar nuestras fuerzas. Si tratamos de conservar estos restos de alimento, intentando prolongar nuestra existencia algunas horas, nos sentiremos débiles hasta el final.

—Sí, hasta el final; que no se hará esperar.

—Pero si se presenta una oportunidad de salvación, si es necesario un momento de acción, ¿dónde encontraremos las fuerzas para actuar si nos dejamos debilitar por la inanición?

—Tío, una vez devorado ese trozo de carne, ¿qué nos quedará?

—Nada más, Axel, nada. Pero ¿te alimentará más comerlo con los ojos? Esos razonamientos son los de un hombre sin voluntad, un ser sin energía.

—¿Todavía le quedan esperanzas? —exclamé yo irritado.

—Sí —replicó con firmeza el profesor.

—¡Cómo!, ¿todavía cree que existe alguna posibilidad de salvación?

—Sí, desde luego; mientras el corazón late, mientras la carne palpita, no admito que un ser dotado de voluntad permita que la desesperación anide en él.

¡Qué palabras! El hombre que las pronunciaba en semejantes circunstancias era, desde luego, de un temple poco común.

—En fin —dije—, ¿qué pretende hacer?

—Comer lo que queda de alimento hasta la última migaja y reparar nuestras fuerzas perdidas. Esa comida será la última, de acuerdo, pero, al menos, en lugar de estar agotados, nos convertiremos de nuevo en hombres.

—Pues bien, ¡comamos! —exclamé.

Mi tío cogió el trozo de carne y algunas galletas escapadas al naufragio; hizo tres partes iguales y las distribuyó. Aproximadamente era una libra de alimento para cada uno. El profesor comió con avidez, con una especie de arrebato febril; yo, sin placer, pese a mi hambre, casi con repugnancia; Hans, tranquila, moderadamente, masticando sin ruido pequeños bocados, saboreándolos con la calma de un hombre a quien las preocupaciones por el futuro no podían inquietar. Husmeando, había encontrado una cantimplora medio llena de ginebra; nos la ofreció, y ese líquido bienhechor tuvo el poder de reanimarme un poco.

Förtrafflig —dijo Hans, bebiendo a su vez.

—¡Excelente! —respondió mi tío.

Yo había recobrado algo de esperanza. Pero nuestra última comida acababa de finalizar. Eran entonces las cinco de la mañana.

El hombre está hecho de tal forma que su salud es un efecto puramente negativo; una vez satisfecha la necesidad de comer, difícilmente se figura los horrores del hambre; tiene que sentirlos para comprenderlos. Por eso, al salir de un largo ayuno, algunos bocados de galletas y carne triunfaron sobre nuestros pasados sufrimientos.

Mientras tanto, después de esta comida, cada cual se dejó llevar por sus reflexiones. ¿En qué pensaba Hans, aquel hombre del extremo occidente que dominaba la resignación fatalista de los orientales? Por lo que a mí se refiere, mis pensamientos sólo estaban hechos de recuerdos, y éstos me devolvían a la superficie del globo que jamás hubiera debido abandonar. La casa de Königstrasse, mi pobre Graüben, nuestra fiel Marthe, pasaron como visiones ante mis ojos y, en los lúgubres gruñidos que corrían a través del macizo, yo creía oír el ruido de las ciudades de la Tierra.

En cuanto a mi tío, «siempre en su tarea», con la antorcha en la mano, examinaba atentamente la naturaleza de los terrenos; trataba de reconocer su situación mediante la observación de las capas superpuestas. Aquel cálculo, o mejor, aquella estimación, no podía ser sino muy aproximada; pero un sabio es siempre un sabio, cuando consigue conservar la sangre fría y, desde luego, el profesor Lidenbrock poseía esa cualidad en un grado poco común.

Le oía murmurar palabras de la ciencia geológica; las comprendía y me interesaba a mi pesar en aquel estudio supremo.

—Granito eruptivo —decía—. Todavía estamos en la época primitiva pero ¡subimos!, ¡subimos!, ¡subimos! ¡Quién sabe!

¿Quién sabe? El seguía esperando. Con su mano tanteaba la pared vertical, y algunos instantes más tarde proseguía de la siguiente forma:

—¡Aquí tenemos los gneis!, y aquí los micaesquistos. Bueno, pronto vendrán los terrenos de la época de transición y entonces…

¿Qué quería decir el profesor? ¿Podía medir el espesor de la corteza terrestre suspendida sobre nuestra cabeza? ¿Poseía algún medio para hacer aquel cálculo? No. Carecía de manómetro, y ninguna estimación podía suplirlo.

Mientras tanto, la temperatura aumentaba sin cesar y yo me sentía bañado de sudor en medio de una atmósfera ardiente. No podía compararla más que con el calor despedido por los hornos de una fundición a la hora del vaciado. Poco a poco, Hans, mi tío y yo tuvimos que quitarnos nuestras chaquetas y chalecos; cualquier ropa se convertía en causa de malestar, por no decir de sufrimiento.

Poco a poco tuvimos que quitarnos nuestra ropa
Poco a poco tuvimos que quitarnos nuestra ropa

—¿Subimos hacia un foco incandescente? —pregunté en el momento en que el calor aumentaba.

—No —respondió mi tío—; es imposible, es imposible.

—Sin embargo —dije tanteando la pared—, este muro está ardiendo.

En el momento en que pronuncié estas palabras, mi mano había rozado el agua y hube de retirarla a toda prisa.

—El agua está ardiendo —exclamé.

Aquella vez el profesor sólo respondió con un gesto de cólera.

Entonces se apoderó de mi cerebro un invencible espanto y ya no lo abandonó. Tenía la sensación de una catástrofe próxima, y tal como hubiera podido concebirla la imaginación más audaz. Una idea, al principio vaga, insegura, se tornaba certidumbre en mi mente. La rechacé, pero volvía con obstinación. No me atrevía a formularla. Sin embargo, algunas observaciones involuntarias determinaron mi convicción. A la luz dudosa de la antorcha, distinguí movimientos desordenados en las capas graníticas; evidentemente iba a producirse un fenómeno en el que la electricidad jugaba un papel; además, estaban el calor excesivo y el agua hirviendo… Miré la brújula.

¡Estaba loca!