Capítulo 38

Enviado por Francisco J. Calzado el Jue, 05/09/2019 - 20:00

Entre los restos de seres vivos que acaban de descubrir nuestros amigos uno resulta ser singularmente misterioso: lo que parece ser un cadáver humano. El profesor Lidenbrock hace un meticuloso análisis antropológico de los restos y aventura posibles hipótesis que puedan explicar el origen de un ser tan enigmático en un lugar tan remoto.

Capítulo 38

Para comprender la evocación hecha por mi tío de esos ilustres sabios franceses, hay que saber que poco tiempo antes de nuestra partida se había producido un hecho de enorme importancia para la paleontología.

El 23 de marzo de 1863, los obreros que excavaban, bajo la dirección del señor Boucher de Perthes, las canteras de Moulin-Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento del Somme, en Francia, encontraron una mandíbula humana enterrada a catorce pies de profundidad. Era el primer fósil de esta especie sacado a la luz del sol. Junto a él se encontraron hachas de piedra y sílex tallados, coloreados y revestidos por el tiempo de una pátina uniforme.

La resonancia de este descubrimiento fue grande, no sólo en Francia, sino en Inglaterra y en Alemania. Varios sabios del Instituto Francés, entre otros los señores Milne-Edwards y de Quatrefages se tomaron en serio el asunto y demostraron la irrefutable autenticidad de la osamenta en cuestión, y se convirtieron en los defensores más acérrimos del «proceso de la mandíbula», según la expresión inglesa.

A los geólogos del Reino Unido que dieron el hecho por cierto, los señores Falconer, Busk, Carpenter, etcétera, se unieron sabios de Alemania, y entre ellos, en primera línea, el más fogoso, el más entusiasta, mi tío Lidenbrock.

La autenticidad de un fósil humano de la época cuaternaria parecía irrefutablemente demostrada y admitida.

Cierto que estas teorías habían tenido un adversario encarnizado en el señor Elie de Beaumont. Este sabio de tantísima autoridad sostenía que el terreno de Moulin-Quignon no pertenecía al «diluvium», sino a una capa menos antigua, y de acuerdo con Cuvier, no admitía que la especie humana hubiera sido contemporánea de los animales de la época cuaternaria. Mi tío Lidenbrock, unido a la gran mayoría de los geólogos, había atacado, disputado, discutido, y el señor Elie de Beaumont se había quedado prácticamente solo defendiendo sus teorías.

Conocíamos todos estos detalles del asunto, pero ignorábamos que después de nuestra partida el tema había hecho nuevos progresos. Se hallaron otras mandíbulas idénticas, aunque pertenecientes a individuos de tipos diversos y de naciones distintas, en los terrenos arcillosos y grises de algunas grutas de Francia, Suiza y Bélgica, así como armas, utensilios, herramientas, osamentas de niños, de adolescentes, de adultos y de viejos. La existencia del hombre cuaternario se confirmaba cada día más.

Y esto no era todo. Nuevos restos exhumados de un terreno terciario plioceno habían permitido a sabios más audaces todavía asignar una antigüedad mayor a la raza humana. Cierto que estos restos no eran esqueletos humanos, sino sólo objetos de su industria, tibias, fémures de animales, fósiles labrados, esculpidos por decirlo así, que llevaban la marca de un trabajo humano.

De un salto, el hombre remontaba la escala de los tiempos en un gran número de siglos; precedía al mastodonte; se convertía en contemporáneo del «elephans meridionalis»; tenía cien mil años de existencia, puesto que ésa es la fecha asignada por los geólogos más famosos a la formación del terreno plioceno.

Tal era en ese momento el estado de la ciencia paleontológica, y lo que nosotros conocíamos del tema bastaba para explicar nuestra actitud ante aquel osario del mar Lidenbrock. Se comprenderá, por tanto, el pasmo y la alegría de mi tío, sobre todo cuando veinte pasos más adelante se encontró en presencia, podemos decir que frente a frente, de uno de los especímenes del hombre cuaternario.

Era un cuerpo humano perfectamente reconocible. ¿Acaso lo había conservado así durante siglos un suelo de una naturaleza particular, como el del cementerio Saint-Michel, de Burdeos? No podría asegurarlo. Pero aquel cadáver, con la piel tensa y apergaminada, los miembros todavía carnosos a primera vista, los dientes intactos, la cabellera abundante, las uñas de las manos y los pies de una longitud espantosa, se mostraba a nuestros ojos tal como había vivido.

Era un cuerpo humano perfectamente reconocible
Era un cuerpo humano perfectamente reconocible

Yo estaba mudo ante aquella aparición de otra edad. Mi tío, tan locuaz como de costumbre, tan desaforadamente charlatán, también callaba. Habíamos levantado aquel cuerpo, lo habíamos enderezado. Nos miraba con sus órbitas vacías. Palpábamos su torso sonoro.

Tras unos instantes de silencio, se esfumó mi pariente y surgió el profesor Otto Lidenbrock, que arrebatado por su temperamento olvidó las circunstancias de nuestro viaje, el medio en que estábamos, la inmensa caverna que nos contenía. Sin duda se creyó en el Johannaeum, dando clase ante sus alumnos, porque adoptó un tono doctoral y dirigiéndose a un auditorio imaginario, dijo:

—Señores, tengo el honor de presentarles a un hombre de la época cuaternaria. Grandes sabios han negado su existencia, otros no menos grandes la han afirmado. Los santo Tomás de la paleontología lo tocarían con el dedo si estuvieran aquí, y se verían obligados a admitir su error. De sobra sé que la ciencia debe tener cuidado con los descubrimientos de este género. No ignoro la explotación que de los hombres fósiles han hecho los Barnum y demás charlatanes del mismo jaez. Conozco la historia de la rótula de Áyax, del pretendido cuerpo de Orestes encontrado por los Espartiatas, y del cuerpo de Asterius, de diez codos de largo, de que habla Pausanias. He leído los informes sobre el esqueleto de Trapani descubierto en el siglo catorce, en el que se quería reconocer a Polifemo, y la historia del gigante desenterrado en el siglo dieciséis en los alrededores de Palermo. Señores, ni ustedes ni yo ignoramos el análisis hecho junto a Lucerna, en mil quinientos setenta y siete, de esos grandes esqueletos que según el célebre médico Felix Plater pertenecían a un gigante de diecinueve pies. He devorado los tratados de Cassanion, y todas esas memorias, opúsculos, discursos y contradiscursos publicados a propósito del esqueleto del rey de los Cimbros, Teutoboco, el invasor de la Galia, exhumado en un arenal del Delfinado en mil seiscientos trece. En el siglo dieciocho yo habría negado, con Pierre Campet, la existencia de los preadamitas de Scheuchzer. He tenido entre mis manos el escrito titulado Gigans…

En este momento reapareció el defecto natural de mi tío, que en público no podía pronunciar las palabras difíciles.

—El escrito llamado Gigans… —prosiguió.

No podía continuar.

Giganteo…

¡Imposible! La condenada palabra no quería salir. ¡Cuánto se habrían reído en el Johannaeum!

Gigantosteología —acabó de decir el profesor Lidenbrock entre dos juramentos.

Luego, y animándose cada vez más, continuó:

—Sí, señores, sé todas esas cosas. Sé también que Cuvier y Blumenbach han reconocido en esos esqueletos simples huesos de mamut y otros animales de la época cuaternaria. Pero aquí la duda sólo sería una injuria a la ciencia. ¡El cadáver está ahí! Podéis verlo, podéis tocarlo. No es un esqueleto, es un cuerpo intacto, conservado con miras únicamente antropológicas.

No quise contradecir aquella afirmación.

—Si pudiera lavarlo en una solución de ácido sulfúrico —continuaba mi tío—, haría desaparecer de él todas las partes terrosas y esas conchas brillantes que están incrustadas en su cuerpo. Pero no tengo el precioso disolvente. Sin embargo, tal como está, ese cuerpo nos contará su propia historia.

Entonces el profesor cogió el cadáver fósil y lo manipuló con la destreza de un vendedor de antigüedades.

—Ya lo ven —siguió—, no tiene seis pies de largo, y nos encontramos muy lejos de los presuntos gigantes. En cuanto a la raza a que pertenece, es caucásica sin lugar a dudas. Pertenece a la raza blanca, a la nuestra. El cráneo de este fósil es regularmente ovoide, sin desarrollo de pómulos, sin proyección de la mandíbula. No presenta ningún carácter de ese prognatismo que modifica el ángulo facial[20]. Midan ese ángulo: tiene casi noventa grados. Pero iré más lejos aún en el terreno de las deducciones, y me atreveré a decir que esta muestra humana pertenece a la familia japética, diseminada desde las Indias hasta los límites de la Europa occidental. No sonrían, señores.

Nadie sonreía, pero ¡el profesor tenía tal hábito de ver expansionarse los rostros durante sus doctas disertaciones!

—Sí —prosiguió con animación renovada—, aquí tenemos un hombre fósil contemporáneo de los mastodontes, cuyos esqueletos llenan este anfiteatro. Pero no voy a decirles por qué camino ha llegado aquí, cómo se han deslizado hasta esta enorme cavidad del globo las capas donde estaba enterrado. Sin duda, en la época cuaternaria todavía se manifestaban perturbaciones considerables en la corteza terrestre; el enfriamiento continuo del globo producía fracturas, hendiduras, fallas, por las que verosímilmente caía una parte del terreno superior. No quiero pronunciarme, pero en última instancia el hombre está ahí, rodeado por las obras de su mano, por esas hachas, por esos sílex tallados que constituyeron la edad de piedra, y a menos que haya venido aquí como simple turista, como pionero de la ciencia no puedo poner en duda la autenticidad de su antiguo origen.

El profesor se calló, y yo estallé en unánimes aplausos. Por otra parte, mi tío tenía razón, y personas más sabias que su sobrino se habrían visto en la imposibilidad de llevarle la contraria.

Otro indicio más. Aquel cuerpo fosilizado no era el único del inmenso osario. A cada paso que dábamos en aquel polvo, encontrábamos nuevos cuerpos, y mi tío podía escoger la más maravillosa de aquellas muestras para convencer a los incrédulos.

En verdad era un sorprendente espectáculo el de aquellas generaciones de hombres y animales confundidos en su cementerio. Pero se presentaba un problema grave que no osábamos resolver. ¿Aquellos seres animados se habían deslizado hasta allí por una convulsión del suelo hacia las orillas del mar de Lidenbrock cuando ya estaban reducidos a polvo, o más bien vivieron allí, en aquel mundo subterráneo, bajo aquel cielo ficticio, naciendo y muriendo como los habitantes de la Tierra? Hasta entonces sólo los monstruos marinos, sólo los peces habían aparecido vivos ante nosotros. ¿Qué hombre del abismo vagaba aún por aquellas playas desiertas?