Capítulo 32

Enviado por Francisco J. Calzado el Jue, 25/07/2019 - 20:00

Los expedicionarios inauguran una nueva etapa de su viaje utilizando una balsa que les adentra en el mar interior que acaban de descubrir. Axel recorre con su imaginación gran parte de la historia de la vida en nuestro planeta en un vívido sueño alimentado por su extraordinaria erudición en materia científica.

Capítulo 32

El 13 de agosto nos despertamos temprano. Se trataba de inaugurar un nuevo género de locomoción rápida y poco fatigosa.

Un mástil fabricado de dos palos unidos, una verga formada por un tercero y una vela hecha con nuestras mantas, componían el aparejo de la balsa.

No faltaban las cuerdas y el conjunto era sólido.

A las seis, el profesor dio la señal de embarque. Los víveres, los bultos, los instrumentos, las armas y una notable cantidad de agua dulce recogida en las rocas ya estaban en su sitio.

Hans había montado una caña que le permitía dirigir su aparato flotante. Se puso al timón. Yo solté la amarra que nos sujetaba a la orilla. Orientamos la vela y zarpamos rápidamente.

En el momento de abandonar el pequeño puerto, mi tío, que andaba a vueltas con su nomenclatura geográfica, quiso darle un nombre, el mío, entre otros.

—Pues yo tengo otro que proponerle —dije.

—¿Cuál?

—El nombre de Graüben. Puerto Graüben, quedará muy bien en el mapa.

—Sea, pues, Puerto Graüben.

Y de ese modo el recuerdo de mi querida virlandesa se unió a nuestra aventurada expedición.

La brisa soplaba del noreste. El viento nos empujaba con extremada rapidez. Las densísimas capas de la atmósfera tenían un empuje considerable y actuaban sobre la vela como un poderoso ventilador.

Al cabo de una hora, mi tío había podido calcular con bastante exactitud nuestra velocidad.

—Si continuamos así —dijo—, haremos por lo menos treinta leguas cada veinticuatro horas y no tardaremos en divisar la orilla opuesta.

Yo no respondí, y fui a situarme en la proa de la balsa. La costa septentrional se empequeñecía en el horizonte. Los dos brazos de la orilla se abrían ampliamente como para facilitar nuestra partida. Ante mis ojos se extendía un mar inmenso. Grandes nubes paseaban rápidamente por la superficie su sombra grisácea, que parecía pesar sobre aquel agua sombría. Los rayos argentados de la luz eléctrica, reflejados acá y allá por alguna gotita, hacían estallar puntos luminosos en los remolinos de la embarcación. Pronto se perdió de vista la tierra y desapareció todo punto de referencia; sin el surco espumoso de la balsa, hubiera podido creerse que permanecía en perfecta inmovilidad.

Hacia mediodía, unas algas inmensas vinieron a ondular en la superficie de las olas. Yo conocía el poder vegetativo de aquellas plantas, que reptan a una profundidad de más de doce mil pies por el fondo de los mares, se reproducen bajo presiones de cuatrocientas atmósferas y forman a menudo bancos lo bastante considerables para obstaculizar la marcha de los navíos; pero jamás, según creo, hubo algas más gigantescas que las del mar Lidenbrock.

Unas algas inmensas vinieron a ondular en la superficie de las olas
Unas algas inmensas vinieron a ondular en la superficie de las olas

Nuestra balsa pasó junto a fucos de tres a cuatro mil pies de largo, inmensas serpientes que se desarrollaban hasta más allá del alcance de nuestra vista; yo me divertía siguiendo con la mirada sus cintas infinitas, creyendo siempre divisar su final, y durante horas enteras mi paciencia, si no mi asombro, era engañada.

¿Qué fuerza natural podía producir tales plantas? ¿Cuál debía ser el aspecto de la Tierra en los primeros siglos de su formación, cuando, bajo la acción del calor y la humedad, el reino vegetal se desarrollaba sólo en su superficie?

Llegó la noche, y como ya había observado la víspera, la luminosidad del aire no sufrió disminución alguna. Era un fenómeno constante con cuya duración se podía contar.

Después de la cena, me tumbé al pie del mástil, y no tardé en dormirme en medio de indolentes ensoñaciones.

Hans, inmóvil al timón, dejaba deslizarse la balsa que, por lo demás, empujada desde detrás por el viento, ni siquiera necesitaba ser dirigida.

Desde nuestra partida de Puerto Graüben, el profesor Lidenbrock me había encargado llevar el «diario de a bordo», anotar las menores observaciones, consignar los fenómenos interesantes, la dirección del viento, la velocidad conseguida, el camino recorrido, en una palabra, todos los incidentes de aquella extraña navegación.

Me limitaré, pues, a reproducir aquí estas notas cotidianas, escritas, por así decirlo, al dictado de los acontecimientos, a fin de dar un relato más exacto de nuestra travesía.

Viernes, 14 de agosto. Brisa sostenida del NO. La balsa marcha con rapidez y en línea recta. La costa queda a treinta leguas a sotavento. Nada en el horizonte. La intensidad de la luz no varía. Buen tiempo, es decir, las nubes están muy altas, son poco espesas, y se bañan en una atmósfera blanca, como si fuera de plata en fusión. Termómetro: + 32° C.

A mediodía Hans prepara un anzuelo en el extremo de una cuerda. Lo ceba con un trozo de carne y lo lanza al mar. Durante dos horas no coge nada. ¿Son acaso aguas deshabitadas? No. Se produce un tirón. Hans saca su caña y recoge un pez que se debate vigorosamente.

—¡Un pez! —exclama mi tío.

—Es un esturión —digo a mi vez—, un esturión de pequeño tamaño.

El profesor mira atentamente el animal y no comparte mi opinión. El pez tiene la cabeza lisa, redondeada, y la parte anterior del cuerpo cubierta de placas óseas; su boca carece de dientes; sus aletas natatorias pectorales, bastante desarrolladas, están ajustadas a su cuerpo, desprovisto de cola. Ese animal pertenece a un orden en el que los naturalistas han clasificado al esturión, pero que difiere de él en aspectos bastante esenciales.

Mi tío no se engaña, porque tras un breve examen dice:

—Este pez pertenece a una familia extinguida hace siglos, cuyas huellas solamente se encuentran en terrenos devónicos.

—¿Cómo? —digo—; ¿habremos conseguido coger vivo a uno de esos habitantes de los mares primitivos?

—Sí —responde el profesor, continuando con sus observaciones—, y ya ves que estos peces fósiles no guardan la menor identidad con las especies actuales. Poseer uno de estos seres vivos es un verdadero honor para un naturalista.

—Pero ¿a qué familia pertenece?

—Al orden de los ganoides, familia de los cefaláspidos, género…

—¿Sí?…

—Género de los pterichtis, lo juraría. Pero éste ofrece una particularidad que, según dicen, se encuentra en los peces de las aguas subterráneas.

—¿Cuál?

—Es ciego.

—¿Ciego?

—No solamente ciego, sino que le falta por completo el órgano de la vista.

Miro, y nada es más cierto. Pero puede ser un caso particular. Hans ceba de nuevo la caña y la echa al mar. A buen seguro que este océano abunda en peces, porque en dos horas hemos cogido gran cantidad de pterichtis, así como otros que pertenecen a una familia también extinguida, los diptéridos, cuyo género mi tío no puede reconocer. Todos carecen del órgano de la vista. Esta pesca inesperada renueva provechosamente nuestras provisiones.

Así pues, parece confirmado: este mar sólo encierra especies fósiles, en las que peces y reptiles son tanto más perfectos cuanto más antigua es su creación.

Tal vez encontremos algunos de esos saurios que la ciencia ha logrado reconstruir a partir de un hueso o de un cartílago.

Tomo el anteojo y examino el mar. Está desierto. Sin duda aún nos hallamos demasiado cerca de las costas.

Miro al aire. ¿Por qué algunos de esos pájaros reconstruidos por el inmortal Cuvier no habían de batir con sus alas esas pesadas capas atmosféricas? Los peces les proporcionarían alimento suficiente. Observo el espacio, pero el cielo está deshabitado como las orillas.

Sin embargo, mi imaginación me arrastra a las maravillosas hipótesis de la paleontología. Sueño completamente despierto. Creo ver en la superficie de las aguas enormes quersitas, esas tortugas antediluvianas, semejantes a islas flotantes. Sobre las sombrías orillas pasan los grandes mamíferos de los primeros días, el leptoterio, encontrado en las cavernas del Brasil, el mericoterio, venido de las regiones heladas de Siberia. Más lejos, el paquidermo lofiodón, gigantesco tapir, se oculta tras las rocas, dispuesto a disputar su presa al anoploterio, animal extraño, mezcla de rinoceronte, caballo, hipopótamo y camello, como si el Creador, con demasiada prisa en las primeras horas del mundo, hubiera reunido varios animales en uno solo. El mastodonte gigante hace voltear su trompa y destroza con sus defensas las rocas de la orilla, mientras el megaterio, apuntalado sobre sus enormes patas, pisotea la tierra despertando con sus rugidos el eco de los sonoros granitos. Más arriba, el protopiteco, el primer mono aparecido en la superficie del globo, trepa a las ásperas cumbres. Más arriba todavía, el pterodáctilo, de manos aladas, se desliza como un murciélago en el aire comprimido. Por último, en las últimas capas, pájaros inmensos, más poderosos que el casuario, más grandes que el avestruz, despliegan sus vastas alas, y van a rozar con sus cabezas la pared de la bóveda granítica.

El sueño de Axel
El sueño de Axel

Todo este mundo fósil renace en mi imaginación. Me transporto a las épocas bíblicas de la creación, mucho antes del nacimiento del hombre, cuando la Tierra incompleta aún no era todavía suficiente para él. Mi sueño se adelanta a la aparición de los seres animados. Los mamíferos desaparecen, luego los pájaros, luego los reptiles de la época secundaria, y, por último, los peces, los crustáceos, los moluscos, los artrópodos. Los zoofitos del período de transición también vuelven a la nada. Toda la vida de la Tierra se resume en mí, y mi corazón es el único que late en este mundo despoblado. Ya no hay estaciones; tampoco climas; el calor propio del globo aumenta sin cesar y neutraliza el del astro radiante. La vegetación se desmesura. Paso como una sombra en medio de helechos arborescentes, pisando con mi pie inseguro las margas irisadas, las gredas abigarradas del suelo; me apoyo en el tronco de coníferas inmensas; me tumbo a la sombra de los esfenófilos, de los asterófilos y de licopodios de cien pies de alto.

Los siglos pasan como días. Remonto la serie de transformaciones terrestres. Las plantas desaparecen; las rocas graníticas pierden su pureza; el estado líquido va a reemplazar al sólido bajo la acción de un calor más intenso; las aguas corren por la superficie del globo; hierven, se volatilizan; los vapores envuelven la Tierra, que poco a poco no forma ya más que una masa gaseosa que alcanza la incandescencia, tan grande y brillante como el sol.

En el centro de esta nebulosa, un millón cuatrocientas mil veces más voluminosa que el globo que va a formar un día, me veo arrastrado a los espacios planetarios. Mi cuerpo se sutiliza, se sublima a su vez y se mezcla como un átomo imponderable con esos inmensos vapores que trazan en el infinito su órbita en llamas.

¡Qué sueño! ¿Adónde me lleva? Mi mano febril pone sobre el papel extraños detalles. Lo he olvidado todo: el profesor, el guía y la balsa. Una alucinación se ha apoderado de mi espíritu.

—¿Qué te pasa? —dice mi tío.

Mis ojos, completamente abiertos, se clavan en él sin verle.

—Ten cuidado, Axel, te vas a caer al mar.

Al mismo tiempo me siento vigorosamente cogido por la mano de Hans. Sin él, bajo el imperio de mi sueño, me hubiera precipitado en las olas.

—¿Se estará volviendo loco? —exclama el profesor.

—¿Qué pasa? —digo, volviendo en mí.

—¿Estás enfermo?

—No, he tenido un momento de alucinación, pero ya ha pasado. ¿Va todo bien?

—Sí, buena brisa y mar en calma. Navegamos con rapidez, y si mis cálculos no me engañan, no podremos tardar mucho en tocar tierra.

Tras estas palabras, me levanto, consulto el horizonte; pero la línea del agua se sigue confundiendo con la de las nubes.