Capítulo 13

Enviado por Francisco J. Calzado el Dom, 14/04/2019 - 22:02

Continúa el viaje hacia el Sneffels por las ásperas tierras de Islandia. En el trayecto se encuentran con varios leprosos y llegan al lugar donde vive la familia de Hans, que les recibe con una calurosa hospitalidad.

Capítulo 13

Hubiera debido ser de noche, pero en el paralelo sesenta y cinco no debía sorprenderme la claridad nocturna de las regiones polares. Durante los meses de junio y julio el sol no se pone en Islandia.

No obstante, la temperatura había bajado. Tenía frío, y sobre todo hambre. Bendito sea el boer que se abrió hospitalariamente para recibirnos.

Era la casa de un campesino, pero en punto a hospitalidad valía tanto como la de un rey. A nuestra llegada, el dueño de la casa vino a estrecharnos la mano y, sin más ceremonia, nos hizo señas de seguirle.

En efecto, seguirle, porque acompañarle hubiera sido imposible. Un pasaje largo, estrecho y oscuro, daba acceso a un habitáculo construido con vigas escuadradas apenas, y permitía llegar a cada una de las habitaciones; éstas eran cuatro: la cocina, el taller de tejer, la badstofa, dormitorio de la familia, y, la mejor de todas, la habitación de los forasteros. Mi tío, en cuya estatura no habían pensado al construir la casa, no pudo evitar darse tres o cuatro veces con la cabeza contra los salientes del techo.

Nos llevaron a nuestra habitación, especie de gran sala con suelo de tierra apisonada e iluminada por una ventana cuyos cristales estaban formados por membranas de cordero bastante poco transparentes. Las camas eran de forraje seco esparcido sobre dos cuadros de madera pintados de rojo y adornados con sentencias islandesas. Era realmente confortable, a no ser porque en aquella casa reinaba un fuerte olor a pescado seco, a carne macerada y a leche agria que sentaba bastante mal a mi olfato.

Cuando hubimos dejado a un lado nuestros arreos de viaje se dejó oír la voz del anfitrión invitándonos a pasar a la cocina, única pieza donde se hacía fuego, incluso cuando el frío era más intenso.

Mi tío se apresuró a obedecer aquella orden amistosa. Yo le seguí.

La chimenea de la cocina era de un modelo antiguo: en medio de la habitación, una piedra servía de hogar; en el techo, un agujero por el que salía el humo. La cocina servía también de comedor.

Al entrar, el anfitrión nos saludó, como si aún no nos hubiera visto, con la palabra saellvertu, que significa «sed felices», y vino a besarnos en la mejilla.

Su mujer, que se mantenía a su lado, pronunció las mismas palabras, acompañadas de idéntico ceremonial; luego, ambos esposos se inclinaron profundamente, poniendo su mano derecha sobre el corazón.

Debo decir que la islandesa era madre de diecinueve niños; todos los cuales, grandes y pequeños, pululaban entre las volutas de humo con que el lar inundaba la habitación. A cada momento se veía una cabecita rubia y algo melancólica salir de aquella niebla. Parecían una guirnalda de ángeles insuficientemente aseados.

Mi tío y yo acogimos cariñosamente aquella «nidada»; pronto tuvimos a tres o cuatro de aquellos críos en nuestros hombros, otros tantos sobre nuestras rodillas y el resto entre nuestras piernas. Los que hablaban repetían saellvertu en todos los tonos imaginables. Los que no hablaban gritaban a más no poder.

Este concierto fue interrumpido por el anuncio de la comida. En ese momento entró el cazador, que venía de dar de comer a los caballos; es decir, que económicamente los había soltado en el campo; los pobres animales debían contentarse con pacer el escaso musgo de las rocas y algunos fucos poco nutritivos; y al día siguiente acudirían por sí mismos a reanudar el trabajo de la víspera.

Saellvertu —dijo Hans.

Después, tranquilo, automáticamente, sin que un beso fuera más acentuado que otro, rozó con sus labios al anfitrión, a su esposa y a los diecinueve hijos.

Acabada la ceremonia, nos sentamos a la mesa en número de veinticuatro, y por consiguiente, unos encima de otros, en el verdadero sentido de la expresión. Los más favorecidos no tenían más que dos chiquillos en las rodillas.

Sin embargo, a la llegada de la sopa se hizo el silencio en aquel pequeño mundo, e incluso entre los críos recobró su imperio la taciturnidad natural. El anfitrión nos sirvió una sopa de liquen nada desagradable, luego un enorme trozo de pescado seco nadando en mantequilla rancia desde hacía veinte años, y por consiguiente, preferible a la mantequilla fresca, según las ideas gastronómicas de los islandeses. Con aquello había skyr, especie de leche cuajada, acompañada de galleta sazonada con un jugo de bayas de enebro; finalmente, como bebida, suero de leche con agua, llamado blanda en el país. Si este singular alimento era bueno o no, es algo que no puedo juzgar. Tenía hambre, y de postre engullí hasta la última gota de una espesa papilla de alforfón.

Acabada la comida, los niños desaparecieron; las personas mayores rodearon el hogar, donde ardían turba, brezo, estiércol de vaca y huesos de peces desecados. Luego, tras aquella «toma de calor», los diversos grupos ganaron sus respectivos cuartos. La anfitriona, siguiendo la costumbre, se ofreció a quitarnos los calcetines y los pantalones; pero ante una educadísima negativa por nuestra parte, no insistió, y finalmente pude hacerme un ovillo en mi yacija de forraje.

Al día siguiente, a las cinco, nos despedíamos del campesino islandés; a mi tío le costó mucho trabajo que aceptara una remuneración adecuada, y Hans dio la señal de partida.

A cien pasos de Gardär, el terreno comenzó a cambiar de aspecto; el suelo se volvió pantanoso y menos adecuado para la marcha. A la derecha, la serie de montañas se prolongaba indefinidamente, como un mismo sistema de fortificaciones naturales, cuya contraescarpa seguíamos; a menudo se presentaban riachuelos que nos veíamos en la necesidad de vadear sin mojar demasiado nuestros equipajes.

El desierto se volvía a cada paso más desolado; sin embargo, a veces una sombra humana parecía huir a lo lejos; si las vueltas del camino nos acercaban inopinadamente a uno de aquellos espectros, yo experimentaba un malestar repentino a la vista de una cabeza hinchada, de piel reluciente, sin pelo, y cubierta de llagas repugnantes que dejaban ver los desgarrones de miserables harapos.

La desventurada criatura no se acercaba para tender su mano deforme; al contrario, escapaba, pero no antes de que Hans la hubiera saludado con el saellvertu habitual.

Spetelsk —decía.

—¡Un leproso! —repetía mi tío.

"¡Un leproso!", repetía mi tío
"¡Un leproso!", repetía mi tío


«¡Un leproso!», repetía mi tío.

Y esta sola palabra producía su repulsivo efecto. Esa horrible afección de la lepra es bastante común en Islandia; no es contagiosa, sino hereditaria; por lo cual les está prohibido el matrimonio a estos miserables.

Aquellas apariciones no eran, por su naturaleza, las más idóneas para alegrar el paisaje, que se volvía profundamente triste; las últimas matas de hierbas venían a morir bajo nuestros pies. Ningún árbol, a no ser algunos bosquecillos de abedules enanos semejantes a matorrales. Ningún animal, salvo algunos caballos que su dueño no podía alimentar, y que vagaban por las sombrías llanuras. A veces un halcón planeaba entre las nubes grises y huía a todo vuelo hacia las comarcas del sur; yo me dejaba llevar por la melancolía de aquella naturaleza salvaje, y mis recuerdos me devolvían a mi país natal.

Fue preciso atravesar varios pequeños fiordos sin importancia, y, por fin, un verdadero golfo: la marea, quieta en ese momento, nos permitió pasar sin grandes fatigas y ganar el caserío de Aftanes, situado una milla más allá.

Tras haber vadeado dos ríos ricos en truchas y lucios, el Alfa y el Heta, nos vimos obligados a pasar la noche en una casucha abandonada, digna de ser frecuentada por todos los duendes de la mitología escandinava; a buen seguro el genio del frío la había elegido por domicilio, e hizo de las suyas durante toda la noche.

La jornada siguiente no ofreció ningún incidente particular. Siempre el mismo suelo pantanoso, igual uniformidad, exacta fisonomía triste. Al atardecer habíamos franqueado la mitad de la distancia a recorrer, y dormimos en la «annexia» de Krösolbt.

El 19 de junio, un terreno de lava se extendió bajo nuestros pies durante una milla aproximadamente; allí, esta disposición del suelo se llama hraun; la lava arrugada en la superficie adoptaba formas de cables tan pronto estirados como enrollados sobre sí mismos; una inmensa corriente descendía de las montañas vecinas, que en la actualidad eran volcanes apagados, pero de los que estos vestigios atestiguaban la violencia pasada. Sin embargo, algunas humaredas de fuentes termales se elevaban aquí y allá.

No teníamos tiempo para observar estos fenómenos; había que seguir caminando. Pronto reapareció bajo los pies de nuestras monturas el suelo pantanoso; pequeños lagos lo entrecortaban. Nuestro rumbo se orientaba entonces hacia el oeste; en efecto, habíamos dado la vuelta a la gran bahía de Faxa, y la doble cima blanca del Sneffels se erguía entre las nubes a menos de cinco millas.

Los caballos marchaban bien; las dificultades del suelo no los detenían; por lo que a mí se refiere, comenzaba a estar cansado; mi tío seguía firme y erguido como el primer día; no tenía más remedio que mirarle, lo mismo que al cazador, que consideraba aquella expedición como un simple paseo.

A las seis de la tarde del sábado 20 de junio llegábamos a Büdir, aldea situada a la orilla del mar, y el guía reclamaba la paga convenida. Mi tío se la abonó. Fue la familia misma de Hans, es decir, sus tíos y primos, la que nos ofreció hospitalidad; fuimos bien recibidos, y en aquella casa me habría repuesto del cansancio del viaje, sin abusar de la bondad de aquella gente. Pero mi tío, que no tenía que reponerse de nada, no lo entendía así, y al día siguiente hubo que montar de nuevo sobre nuestras buenas bestias. El suelo se resentía de la vecindad de la montaña, cuyas raíces de granito salían de la tierra, como las de una vieja encina. Rodeábamos la inmensa base del volcán. El profesor no lo perdía de vista: gesticulaba, parecía desafiarle y decir: «¡Ése es el gigante que voy a domar!». Finalmente, tras cuatro horas de marcha, los caballos se detuvieron por sí mismos a la puerta del presbiterio de Stapi.