Parte 3 Capítulo 13 - Buscan a su protector. ¡Nadie! ¡Nada!

Enviado por Francisco J. Calzado el Lun, 22/04/2019 - 13:53

Buscan a su protector. ¡Nadie! ¡Nada!

La narración de Ayrton. — Proyectos de sus viejos compinches. — Su instalación en el corral. — El justiciero de la Isla Lincoln. — El Buenaventura. — Investigaciones en torno al Monte Franklin. — Los valles altos. — Rugidos desde las profundidades. — Una respuesta de Pencroff. — En el fondo del cráter. — Regreso.

Parte 3 Capítulo 13

¿Qué había sucedido? ¿Quién había matado a los presidiarios? ¿Era Ayrton? No, porque un instante antes temía su vuelta.

Pero Ayrton estaba entonces bajo el dominio de un sopor del que no fue posible sacarlo. Después de las pocas palabras que había pronunciado, un sueño abrumador se había vuelto a apoderar de él y quedó nuevamente en su lecho sin movimiento.

Los colonos, agitados por mil pensamientos confusos y bajo la influencia de una violenta sobreexcitación, esperaron durante toda la noche sin salir de la casa y sin volver al sitio donde yacían los cadáveres de los bandidos. Quizá Ayrton no pudiese decirles nada respecto de las circunstancias en que estos habían recibido la muerte, pues él mismo no sabía siquiera si estaba en la dehesa; pero al menos podría contar los hechos que habían precedido a aquella terrible ejecución.

Al día siguiente Ayrton salió de su sopor y sus compañeros le manifestaron cordialmente todo el júbilo que experimentaban de verlo casi sano y salvo después de ciento cuatro días de separación.

Ayrton refirió en pocas palabras todo lo que había pasado, al menos lo que él sabía.

Al día siguiente de su llegada a la dehesa, el 10 de noviembre, al caer la noche fue sorprendido por los presidiarios, que habían escalado el recinto. Estos lo ataron y le pusieron una mordaza y después lo llevaron a una caverna oscura situada al pie del monte Franklin, donde tenían su refugio.

Habían decidido su muerte y a la mañana siguiente iban a matarlo. Uno de los bandidos lo reconoció y lo llamó por el nombre que llevaba en Australia. Aquellos miserables, que querían matar a Ayrton, respetaron a Ben Joyce.

Desde aquel momento Ayrton fue el blanco de las exigencias de sus cómplices, los cuales querían atraerlo a su banda y contaban con él para apoderarse del Palacio de granito, penetrar en aquella inaccesible morada y hacerse dueños de la isla después de haber asesinado a los colonos. Ayrton se resistió. El antiguo presidiario, arrepentido y perdonado, prefirió la muerte antes que hacer traición a sus compañeros.

Ayrton, atado, amordazado y guardado con centinelas a vista, vivió en aquella caverna durante cuatro meses. Entretanto, los presidiarios, que habían descubierto la dehesa poco tiempo después de su llegada a la isla, vivían de sus reservas y depósitos, pero no la habitaban. El 11 de noviembre, dos de aquellos bandidos, sorprendidos por la llegada de los colonos, dispararon contra Harbert y uno volvió jactándose de haber matado a uno de los habitantes de la isla, pero volvió solo: su compañero, como es sabido, había caído bajo el puñal de Cyrus Smith.

Puede juzgarse cuáles serían las inquietudes y la desesperación de Ayrton, al conocer la noticia de la muerte de Harbert. Los colonos no eran más que cuatro y estaban, por decirlo así, a merced de los presidiarios.

A consecuencia de este suceso y durante todo el tiempo que los colonos, detenidos por la enfermedad de Harbert, permanecieron en la dehesa, los bandidos no salieron de su caverna y aun después de saquear la meseta de la Gran Vista, no creyeron prudente abandonarla.

Entonces redoblaron los malos tratos a Ayrton. Sus manos y pies tenían todavía la señal de las ligaduras con que lo ataban día y noche y a cada instante esperaba una muerte que creía inevitable.

Así llegó la tercera semana de febrero. Los presidiarios, espiando siempre una ocasión favorable, salían poco de su retiro e hicieron solo alguna excursión de caza al interior de la isla o a la costa meridional. Ayrton no tenía noticias de sus amigos y no esperaba volverlos a ver.

Por fin, el desdichado, debilitado por los malos tratos, cayó en una postración profunda que no le permitió ver ni oír nada. Desde aquel momento, es decir, dos días antes, no podía ni siquiera decir lo que había pasado.

—Pero, señor Smith —añadió— puesto que yo estaba aprisionado en aquella caverna, ¿cómo es que me encuentro en la dehesa?

—¿Y cómo los presidiarios están muertos en medio del recinto? —preguntó a su vez el ingeniero.

—¡Muertos! —exclamó Ayrton, que a pesar de su debilidad se incorporó en la cama.

Sus compañeros lo sostuvieron. Quiso levantarse, lo dejaron y todos se dirigieron hacia el arroyo.

Era ya de día.

A la orilla del agua, en la posición que les había sorprendido una muerte que había debido de ser fulminante, yacían los cinco cadáveres de los criminales.

Ayrton estaba aterrado. Cyrus Smith y sus compañeros se miraban sin pronunciar una palabra. Obedeciendo a una señal del ingeniero, Nab y Pencroff examinaron aquellos cadáveres, ya rígidos por el frío. No tenían ninguna señal aparente de herida.

Solo después de haberlos examinado con mucha atención, Pencroff observó en la frente del uno, en el pecho del otro, en la espalda de este, en el hombro de aquel, un puntito rojo, especie de contusión apenas visible y cuyo origen era imposible determinar.

—¡Ahí les han herido! —dijo Cyrus Smith.

—Pero ¿con qué arma? —exclamó el periodista.

—Con un arma fulminante, cuyo secreto no tenemos nosotros.

—¿Y quién les ha herido con un rayo? —preguntó Pencroff.

—El justiciero de la isla —replicó Cyrus Smith— el que ha trasladado a Ayrton; el hombre cuya influencia viene otra vez a manifestarse; el que hace por nosotros todo lo que nosotros mismos no podríamos hacer y después se oculta a nuestra vista.

—¡Busquémoslo! —exclamó Pencroff.

—Sí, busquémoslo —respondió Cyrus Smith. Pero el ser superior que hace tales prodigios no podrá ser hallado hasta que no quiera.

Aquella protección invisible que auxiliaba la acción de los colonos irritaba y conmovía al ingeniero. La inferioridad relativa que demostraba era de las que pueden herir a un alma altiva. Una generosidad que toma sus disposiciones para eludir toda muestra de gratitud, revelaba una especie de desdén hacia los agradecidos, que disminuía a los ojos de Cyrus Smith el valor del beneficio.

—Busquemos —dijo— y Dios quiera que encontremos un día a ese protector altivo que no ha protegido a ingratos. ¿Qué no daría yo porque pudiéramos pagarle la deuda de reconocimiento prestándole, a nuestra vez, aunque fuera a costa de la vida, algún señalado servicio?

Desde aquel día esta investigación fue el único cuidado de los habitantes de la isla Lincoln. Todo los llevaba a descubrir la clave de aquel enigma, clave que no podía ser sino el nombre de un individuo dotado de un poder verdaderamente inexplicable, en cierto modo sobrehumano.

Después de unos instantes, los colonos volvieron a la habitación de la dehesa, donde sus cuidados hicieron recobrar pronto a Ayrton su energía moral y física.

Nab y Pencroff trasladaron los cadáveres de los bandidos al bosque a poca distancia de la dehesa y los enterraron profundamente. Después Ayrton fue puesto al corriente de los sucesos que habían ocurrido durante su secuestro. Supo entonces la herida y enfermedad de Harbert y la serie de pruebas por las que los colonos habían pasado. Estos no esperaban volver a ver a Ayrton y temían que los bandidos lo hubiesen asesinado cruelmente.

—Ahora —dijo Cyrus Smith, terminando su relación— tenemos que cumplir un deber. La mitad de nuestra tarea está acabada, pero, si los presidiarios no son ya temibles, no hemos recobrado por nosotros mismos el dominio de la isla.

—Pues bien —repuso Gédéon Spilett— registremos todo este laberinto de contrafuertes del monte Franklin. No dejemos una excavación ni un agujero por explorar. ¡Nunca se ha encontrado un corresponsal de periódico con un misterio tan conmovedor como este en el que yo me encuentro, amigos míos!

—Y no volveremos al Palacio de granito —repuso Harbert— hasta después de haber encontrado a nuestro bienhechor.

—Sí —dijo el ingeniero— haremos todo lo humanamente posible. Sin embargo, lo repito, no lo encontraremos hasta que él quiera.

—¿Nos quedaremos en la dehesa? —preguntó Pencroff.

—Sí —contestó Cyrus Smith— porque las provisiones son abundantes y estamos en el centro de nuestro círculo de investigaciones. Por lo demás, si es necesario, el carro irá al Palacio de granito y volverá rápidamente.

—Bien —repuso el marino. Tengo que hacer una observación.

—¿Cuál?

—La buena estación está muy avanzada y debemos hacer una travesía.

—¿Una travesía? —dijo Gédéon Spilett.

—Sí, la de la isla Tabor —repuso Pencroff. Hay que llevar una noticia que indique la situación de la isla donde actualmente se encuentra Ayrton, para el caso de que el yate escocés venga por él. ¡Quién sabe sino es demasiado tarde!

—Pero, Pencroff —preguntó Ayrton— ¿con qué cuenta para hacer esta travesía?

—Con el Buenaventura.

—¡El Buenaventura! —exclamó Ayrton. No existe.

—¡Mi Buenaventura no existe! —gritó Pencroff— dando un salto.

—No —repuso Ayrton. Los bandidos lo descubrieron hace ocho días, se hicieron a la mar y…

—¿Y qué? —dijo Pencroff— cuyo corazón palpitaba con fuerza.

—Y no teniendo a Bob Harvey para dirigir la maniobra, encallaron en las rocas y la embarcación se hizo pedazos.

—¡Miserables! ¡Bandidos! ¡Infame canalla! —exclamó el marino.

—Pencroff, —dijo Harbert— tomando la mano de su amigo, haremos otro Buenaventura mayor. Tenemos todo el hierro y todo el aparejo del brick a nuestra disposición.

—¿Pero no sabéis —respondió Pencroff— que se necesitan de cinco a seis meses para construir una embarcación de veinte a cuarenta toneladas?

—Tomaremos todo el tiempo necesario —respondió el periodista— y renunciaremos por este año a la travesía de la isla Tabor.

—¿Qué vamos a hacer, Pencroff? Hay que resignarse —dijo el ingeniero. Espero que ese retraso no nos sea perjudicial.

—¡Mi Buenaventura! ¡Mi pobre Buenaventura! —exclamó Pencroff verdaderamente consternado con la pérdida de su embarcación, de la cual estaba tan orgulloso.

La destrucción del Buenaventura era un acontecimiento muy sensible para los colonos y se acordó reparar la pérdida cuanto antes. Tomando este acuerdo, se trató de llevar a cabo la exploración de las otras partes de la isla.

Comenzaron aquel mismo día, 19 de febrero y duró una semana. La base de la montaña entre sus contrafuertes y sus infinitas ramificaciones formaba un laberinto de valles y contra-valles dispuestos muy caprichosamente. En el fondo de aquellas estrechas gargantas y en el interior del monte Franklin convenía proseguir las pesquisas, porque ningún punto de la isla podía ser más a propósito para ocultar una habitación, cuyo huésped quisiera permanecer ignorado. Pero tal era el enredo de los contrafuertes, que Cyrus Smith tuvo que proceder a su exploración con severo método.

Los colonos visitaron al principio todo el valle que se abría al sur del volcán y que recogía las primeras aguas del río de la Cascada. Ayrton les enseñó la caverna donde se habían refugiado los presidiarios y en la cual había estado secuestrado hasta su instalación en la dehesa.

La caverna estaba en el estado en que la había dejado Ayrton y los colonos hallaron en ella cantidad de municiones y víveres, que los bandidos habían llevado con la intención de formar un depósito.

Todo el valle que terminaba en la gruta, valle sembrado de hermosos árboles, entre los cuales dominaban las coníferas, fue explorado con cuidadoso extremo; y los colonos, dando vueltas al contrafuerte del sudoeste, penetraron en una garganta más estrecha, que empalmaba con el cúmulo pintoresco de los basaltos del litoral. Aquí los árboles eran más raros. La piedra reemplazaba a las hierbas; las cabras monteses y los muflones saltaban entre las rocas, comenzaba la parte árida de la isla. Observaron entonces que de los muchos valles que se ramificaban en la base del monte Franklin, tres solamente estaban cubiertos de árboles, ricos en pastos como el de la dehesa, que confinaba por el oeste con el valle del río de la Cascada y por el este con el del arroyo Rojo. Estos dos riachuelos, convertidos más abajo en ríos por la absorción de varios afluentes, se formaban de todas las aguas de la montaña y producían la fertilidad de su parte meridional. El río de la Merced se alimentaba más directamente de los abundantes manantiales perdidos bajo la sombra de los bosques del Jacamar, manantiales de la misma naturaleza que los que, extendiéndose en mil hilos de agua, regaban el suelo de la península Serpentina.

Ahora bien, de estos tres valles, donde el agua no faltaba, uno de ellos habría podido servir de retiro a cualquier solitario, pues en él habría encontrado todo lo necesario para la vida. Los colonos lo habían explorado ya y en ninguna parte habían encontrado señal de la presencia del hombre.

¡Estaba el retiro de su huésped en el fondo de aquellas gargantas áridas, en medio de los derrumbamientos de rocas, entre los ásperos barrancos del norte, entre las corrientes de antigua lava!

La parte norte del monte Franklin se componía únicamente en su base de dos valles anchos y poco profundos, sin apariencia de verdor, sembrados de bloques erráticos, jaspeados de morrenas, llenos de gruesos tumores minerales y espolvoreados, digámoslo así, de obsidianas y labradoritas. Esta parte exigió largas y difíciles exploraciones. Se abrían mil cavidades incómodas, pero absolutamente disimuladas y de un acceso difícil.

Los colonos visitaron oscuros túneles, que databan de la época plutoniana, ennegrecidos todavía por el paso de llamas antiguas y que se internaban hasta la masa del monte. Recorrieron aquellas tenebrosas galerías, examinándolas a la luz de las teas de resina, registraron las excavaciones, sondearon las más pequeñas profundidades, pero en todas partes no encontraron más que silencio y oscuridad. No parecía que un ser humano hubiera dirigido sus pasos por aquellos antiguos corredores, ni que su brazo hubiera desplazado una sola de aquellas piedras: estaban como el volcán las había proyectado por encima de las aguas en la época de la emersión de la isla.

Sin embargo, si aquellos subterráneos parecían absolutamente desiertos, si la oscuridad en ellos era completa, Cyrus Smith se vio obligado a reconocer que no reinaba en aquellos sitios un silencio absoluto. Al llegar al fondo de una de aquellas sombrías cavidades que se prolongaban en una longitud de muchos centenares de pies por el interior de la montaña, les sorprendieron sordos ruidos, cuya intensidad aumentaba por efecto de la sonoridad de las rocas.

Gédéon Spilett, que le acompañaba, oyó aquellos ruidos lejanos, que indicaban una reanimación de los fuegos subterráneos. Varias veces escucharon los dos y opinaron que alguna reacción química se elaboraba en las entrañas de la tierra.

—¿No está extinguido totalmente el volcán? —preguntó el periodista.

—Es posible que desde que exploramos el cráter —contestó Cyrus Smith haya habido alguna reacción de las capas inferiores. Todo volcán, por más que se le considere extinguido, puede, sin duda alguna, volver a encenderse.

—Pero si se preparase una erupción del monte Franklin —preguntó Gédéon Spilett— ¿no habría peligro para la isla Lincoln?

—No creo —contestó el ingeniero. El cráter, es decir, la válvula de seguridad, existe y el exceso de vapores y de lavas se escapará, como se escapaba en otro tiempo, por la salida acostumbrada.

—A menos que esas lavas no se abran un nuevo camino hacia las partes fértiles de la isla.

—¿Por qué, mi querido Spilett —dijo Cyrus Smith— por qué no habían de seguir el rumbo que les está trazado naturalmente?

—Los volcanes son caprichosos —contestó el periodista.

—Sin embargo —añadió el ingeniero— la inclinación de toda la masa del monte Franklin favorece la expansión de las materias volcánicas hacia los valles que exploramos en este momento. Un temblor de tierra debería cambiar el centro de gravedad del monte para que se modificara la dirección de la lava.

—Pero en estas condiciones siempre se teme un terremoto —observó Gédéon Spilett.

—Siempre —repuso el ingeniero— sobre todo cuando las fuerzas subterráneas comienzan a despertarse y cuando las entrañas del globo pueden hallarse obstruidas después de un largo reposo. Una erupción sería para nosotros un acontecimiento grave y sería mejor que este volcán no tuviera el capricho de despertarse. Pero en este punto nada podemos hacer nosotros, ¿no es verdad? En todo caso, suceda lo que suceda, no creo que nuestra posesión de la Gran Vista pueda verse seriamente amenazada. Entre ella y la montaña el suelo se encuentra deprimido y si las lavas tomasen el camino del lago, serían rechazadas hacia las dunas y hacia las partes inmediatas al golfo del Tiburón.

—Todavía no hemos visto en la cima del monte ninguna columna de humo, que indique la proximidad de una erupción —dijo Gédéon Spilett.

—No —contestó Cyrus Smith— ni el más pequeño vapor sale del cráter, cuya cima he observado precisamente ayer. Pero es posible que, en la parte inferior de la chimenea, el tiempo haya acumulado rocas, cenizas, lavas endurecidas y que esa válvula, de que hablaba hace poco, se encuentre momentáneamente obstruida. Pero al primer esfuerzo de importancia desaparecerá todo obstáculo y podemos estar seguros que ni la isla, que es la caldera, ni el volcán, que es la chimenea, estallarán bajo la presión de los gases. De todos modos sería mejor que no hubiera erupción.

—Sin embargo, no nos engañamos: se oyen sordos ruidos en las entrañas mismas del volcán.

—En efecto —repuso el ingeniero, que escuchó de nuevo con grande atención— no es posible equivocarse… Allá dentro se verifica una reacción, cuya importancia y cuyos resultados definitivos no podemos calcular.

Cyrus Smith y Gédéon Spilett, después de haber salido, encontraron a sus compañeros, a quienes dieron cuenta del estado de las cosas.

—¡Bueno! —exclamó Pencroff. Ese volcán quiere hacer una de las suyas. ¡Que lo intente, encontrará la horma de su zapato!

—¿En quién? —preguntó Nab.

—En nuestro genio, Nab, en nuestro genio, que pondrá una tapadera al cráter, si muestra la menor intención de abrirse.

Como se ve, la confianza del marino en el dios especial de su isla era absoluta. Ciertamente el poder oculto que había manifestado hasta entonces por tantos hechos inexplicables parecía no tener límites, pero tan bien había sabido burlar las minuciosas investigaciones de los colonos, que a pesar de todos sus esfuerzos, a pesar del celo y de la tenacidad que emplearon en la exploración, no pudieron descubrir el extraño retiro.

Desde el 19 al 25 de marzo se extendió el círculo de las investigaciones a toda la región septentrional de la isla Lincoln, cuyos más secretos rincones fueron registrados. Los colonos llegaron a golpear las paredes como si fueran agentes encargados de registrar una casa sospechosa. El ingeniero tomó también un plano muy exacto de la montaña y llevó sus investigaciones hasta el límite. Exploró la altura del cono truncado, en que terminaba el primer piso de las rocas y llegó hasta la cresta superior de aquel enorme sombrero, en cuyo fondo se abría el cráter.

Se hizo más, se visitó el antro, todavía apagado, pero en cuyas profundidades se oían distintamente los truenos. Sin embargo, ni humo, ni vapor, ni calor en la pared indicaban una erupción próxima; ni allí ni en ninguna otra parte del monte Franklin se encontraron indicios de la persona a quien se buscaba.

Se dirigieron después las investigaciones a toda la región de las dunas. Se visitaron con cuidado las altas murallas de lava, inmediatas al golfo del Tiburón, desde su base hasta su cima, aunque era dificilísimo llegar al nivel mismo del golfo. ¡Nadie! ¡Nada!

Finalmente estas dos palabras, nadie, nada, fueron el resumen de tantos trabajos inútiles, de tanta obstinación sin resultado. Cyrus Smith y sus compañeros sentían una especie de ira ante aquella decepción.

Hubo que renunciar a las investigaciones, porque no era posible seguirlas indefinidamente. Los colonos tenían derecho a creer que el ser misterioso no residía en la superficie de la isla y sus imaginaciones sobreexcitadas dieron cabida a las más locas hipótesis. Pencroff y Nab no se contentaban con lo extraordinario y se dejaban llevar a la esfera de lo sobrenatural.

El 25 de febrero, los colonos volvían al Palacio de granito y por medio de la doble cuerda que una flecha llevó al umbral de la puerta, restablecieron la comunicación entre su dominio y el suelo. Un mes después celebraban, el día 25 de marzo, el tercer aniversario de su llegada a la isla Lincoln.